Capítulo 16 — La mujer que podía arrebatársela
Eli Sinclair llevaba casi veinte minutos mirando la misma página en la computadora sin haber leído una sola línea.
La jornada había terminado, los últimos empleados se habían marchado y su despacho estaba sumido en un silencio que parecía darle más espacio a los pensamientos que llevaba días intentando evitar.
Alexandra tenía planes con Alicia.
No sabía exactamente cuáles eran, pero recordaba perfectamente la tranquilidad con la que la presidenta se lo había contado. No había intentado ocultarlo ni había parecido preocupada por la reacción de Eli.
Simplemente le había informado que tenía una salida organizada.
Como si la opinión de su vicepresidenta ya no tuviera ninguna importancia.
Eli apretó los labios y cerró el documento que llevaba varios minutos intentando revisar.
No tenía motivos para sentirse inquieta. Alexandra era libre de salir con quien quisiera, conocer a otras mujeres y comenzar una relación si así lo deseaba.
Entre ellas no existía ningún compromiso que le permitiera reclamar explicaciones.
Además, Eli estaba casada.
Roberto confiaba en ella, la quería y continuaba ofreciéndole el mismo cariño de siempre. No merecía que su esposa pasara las horas pensando en otra mujer.
Entonces, ¿por qué le resultaba tan difícil aceptar que Alexandra pudiera encontrar a alguien más?
Tomó el teléfono con la intención de distraerse. Revisó algunas publicaciones, respondió un mensaje y pasó distraídamente por varias fotografías.
Hasta que recordó a Leticia.
La hermana de Alexandra era una de las personas más cercanas a ella. Eli la conocía de reuniones empresariales y eventos familiares, y sabía que compartían una relación de confianza que les permitía hablar de prácticamente cualquier cosa.
Quizá Leticia supiera algo sobre los planes de Alexandra.
El pensamiento apareció con tanta rapidez que Eli ni siquiera tuvo tiempo de cuestionarlo.
Buscó su contacto en el teléfono y abrió la conversación.
Se quedó mirando la pantalla.
¿Qué podía preguntarle sin despertar sospechas?
No podía escribirle directamente para averiguar qué relación existía entre Alexandra y Alicia. Sería demasiado evidente, sobre todo después de haber pasado tanto tiempo insistiendo en que no tenía ningún interés personal en la vida de la presidenta.
Necesitaba una excusa.
Una pregunta casual.
Algo que no pareciera lo que realmente era.
Finalmente, escribió:
Hola, Leticia. Espero que estés bien. Quería preguntarte algo sobre la agenda de Alexandra para este fin de semana. Necesito organizar unos asuntos de la empresa y no sé si estará disponible.
Eli leyó el mensaje dos veces antes de enviarlo.
La excusa no era particularmente convincente, pero al menos le permitía iniciar la conversación.
Dejó el teléfono sobre el escritorio y trató de regresar al trabajo.
No consiguió hacerlo.
Cada pocos minutos miraba la pantalla, esperando una respuesta que pudiera tranquilizarla o, al menos, darle alguna pista sobre lo que estaba ocurriendo.
Cuando finalmente apareció una notificación, tomó el teléfono de inmediato.
Leticia había respondido.
Hola, Eli. Todo bien, gracias. Por lo que sé, Alexandra no tiene compromisos de trabajo este fin de semana. ¿Necesitas que le pregunte algo?
Eli sintió una pequeña punzada de culpa.
Leticia estaba respondiendo con amabilidad, sin imaginar que aquella consulta aparentemente profesional escondía una inquietud que Eli ya no sabía controlar.
Escribió una respuesta.
No hace falta. Pensé que quizá tendría que revisar unos documentos, pero puedo esperar al lunes.
Estuvo a punto de cerrar la conversación.
Podía detenerse allí.
Debería detenerse allí.
Pero la pregunta que realmente quería hacerle seguía atormentándola.
Respiró hondo y volvió a escribir.
Por cierto, ¿Alexandra tiene algún compromiso familiar? Me pareció entender que tenía planes fuera de la ciudad.
Envió el mensaje y se quedó mirando la pantalla.
Esta vez, la respuesta tardó un poco más.
Cuando llegó, Eli sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
¡Ah, sí! Va a salir con Alicia. Creo que pasarán el día en una cabaña fuera de la ciudad. Alexandra necesita desconectarse un poco del trabajo, y Alicia tuvo la idea. Por lo que entendí, quieren pasar unas horas tranquilas lejos de todo.
Eli leyó el mensaje una vez.
Después volvió a leerlo.
Una cabaña.
Fuera de la ciudad.
Un día entero lejos de la oficina, de las reuniones y de todas las personas que podían interrumpirlas.
Solo Alexandra y Alicia.
La imagen apareció en su mente con una claridad que la hizo apretar el teléfono entre los dedos.
Las imaginó conduciendo juntas, conversando durante el trayecto. Imaginó a Alicia sentada frente a Alexandra en una terraza, compartiendo una comida y disfrutando de la tranquilidad del lugar.
Después imaginó el silencio de aquella cabaña, la cercanía entre ambas y la posibilidad de que una conversación terminara convirtiéndose en algo más.
Eli cerró los ojos.
No tenía ninguna prueba de que Alexandra sintiera algo por Alicia. Tampoco sabía si aquella salida tenía intenciones románticas o si simplemente querían pasar un día agradable.
Pero la idea de que estuvieran solas le resultaba mucho más difícil de soportar que una cena rodeada de familiares.
En una reunión familiar siempre habría otras personas.
En una cabaña fuera de la ciudad, en cambio, tendrían tiempo para conocerse sin interrupciones.
Y Alexandra podría descubrir que Alicia era exactamente la clase de mujer que necesitaba.
Una mujer libre.
Una mujer capaz de ofrecerle una relación sin contradicciones ni sentimientos ocultos.
Una mujer que no tuviera que recordarle constantemente que estaba casada.
Eli bajó la mirada hacia el teléfono.
Leticia había enviado otro mensaje.
Creo que Alexandra está intentando salir un poco de su rutina. Últimamente ha estado muy concentrada en el trabajo.
Eli sintió que aquellas palabras le dolían más de lo que deberían.
Alexandra estaba intentando salir de su rutina.
Quizá también estaba intentando salir de aquella espera en la que Eli la había mantenido sin ofrecerle nada a cambio.
Y lo más doloroso era que tenía todo el derecho a hacerlo.
Eli escribió una última respuesta.
Me parece una buena idea. Espero que lo pase bien.
Después guardó el teléfono y dejó caer las manos sobre el escritorio.
Había conseguido la información que quería.
Y ahora se sentía peor.
—¿Qué esperabas? —murmuró para sí misma—. ¿Que se quedara esperándote mientras tú sigues fingiendo que no te importa?
La pregunta quedó suspendida en el silencio.
No tenía una respuesta que pudiera aliviarla.
Porque Alexandra había intentado acercarse a ella durante días. Le había ofrecido atención, sonrisas y oportunidades para que ambas descubrieran qué había detrás de aquella tensión que las acompañaba.
Eli había respondido con distancia.
Ahora Alexandra estaba buscando algo diferente.
Y Eli acababa de descubrir cuánto le dolía la posibilidad de que lo encontrara.
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Aquella noche, Eli llegó a casa con la cabeza llena de pensamientos.
Roberto la recibió con un beso y la ayudó a dejar el bolso.
—Pensé que hoy llegarías más temprano —comentó.
—Se me acumularon algunas cosas en la oficina.
—Últimamente siempre tienes algo pendiente.
No había reproche en su voz, solo preocupación.
Eli sintió una punzada de culpa.
—Lo sé. Intentaré organizarme mejor.
Roberto le acarició suavemente la mejilla.
—Podríamos hacer algo especial este fin de semana. Hace tiempo que no tenemos un día solo para nosotros.
Eli sintió que el pecho se le cerraba.
El fin de semana.
Precisamente cuando Alexandra estaría fuera de la ciudad con Alicia.
—¿Qué te parece si salimos a cenar mañana? —propuso Roberto—. Después podemos pasar el domingo en casa, sin preocuparnos por el trabajo.
Eli lo miró.
Era una propuesta sencilla. Una oportunidad de pasar tiempo con su marido, recuperar la tranquilidad y recordar que todavía existían cosas importantes en su vida que no tenían nada que ver con Alexandra.
—Me parece bien —respondió.
Roberto sonrió, satisfecho.
—Perfecto. Entonces me encargo de organizarlo.
Eli le devolvió la sonrisa, aunque una parte de su mente seguía atrapada en la imagen de aquella cabaña.
Se odió por ello.
Roberto no merecía compartir su vida con una mujer que estaba pendiente de los planes de otra persona.
Durante la cena, intentó concentrarse en la conversación. Escuchó a su marido hablar de su trabajo, le hizo preguntas y respondió con naturalidad.
Pero cada vez que su teléfono vibraba, se descubría mirando la pantalla.
No esperaba ningún mensaje de Alexandra.
No tenía motivos para hacerlo.
Y, aun así, una parte de ella seguía deseando que la presidenta se acordara de su existencia.
—¿Estás segura de que te encuentras bien? —preguntó Roberto.
Eli levantó la mirada.
—Sí. ¿Por qué?
—Porque estás aquí, pero parece que tienes la cabeza en otra parte.
La observación la hizo sentirse todavía peor.
—Estoy cansada. Ha sido una semana complicada.
Roberto le tomó la mano.
—Entonces deberías descansar. No tienes que resolver todos los problemas de la empresa tú sola.
Eli entrelazó los dedos con los suyos.
—Gracias.
Lo miró a los ojos y trató de concentrarse en el hombre que tenía delante.
Roberto no había hecho nada malo.
Sin embargo, Eli ya no podía negar que sus pensamientos estaban empezando a cruzar límites que jamás había imaginado.
Y no sabía qué hacer con ello.
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El sábado por la mañana, Alexandra se despertó temprano.
No tenía reuniones ni informes urgentes que revisar. Por primera vez en semanas, podía permitirse comenzar el día sin consultar inmediatamente la agenda de la empresa.
Se preparó un café y revisó el mensaje que Alicia le había enviado la noche anterior.
Espero que estés lista para escapar de la ciudad por unas horas. Prometo no hablar de negocios, salvo que tú empieces.
Alexandra sonrió.
No puedo prometer nada. Soy una mujer difícil de rehabilitar.
La respuesta llegó enseguida.
Entonces tendré que armarme de paciencia.
Alexandra dejó el teléfono sobre la mesa.