La heredera del imperio Woods Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler #5
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Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler #5

Y había vuelto a dejarla escapar.

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Esa noche, Alexandra se sentó junto a la ventana de su apartamento con una copa de agua entre las manos.

No había querido beber alcohol. Necesitaba tener la mente despejada, aunque no sabía exactamente para qué.

La ciudad brillaba bajo sus pies.

Los automóviles se movían como pequeñas líneas luminosas y, a lo lejos, los edificios parecían recordar que el mundo seguía funcionando sin importar lo que sucediera dentro de su corazón.

Su teléfono vibró.

Era un mensaje de Alicia.

Gracias por aceptar la invitación del sábado. Espero que podamos pasar una noche agradable.

Alexandra sonrió.

Yo también. Buenas noches, Alicia.

Dejó el teléfono sobre la mesa y se recostó en el sofá.

Había sido una buena decisión.

Eso quería creer.

Alicia era una mujer interesante. La trataba con respeto, no la obligaba a perseguir su atención y parecía dispuesta a conocerla sin exigirle que se convirtiera en alguien diferente.

Quizá eso era precisamente lo que necesitaba.

Una oportunidad de empezar de nuevo.

Una oportunidad de descubrir si podía sentir algo por alguien que no fuera Eli.

Pero cuando cerró los ojos, no fue el rostro de Alicia lo que apareció en su mente.

Fue el de Eli.

Sus ojos azules.

Su expresión seria.

La manera en que pronunciaba su nombre cuando estaba molesta.

Alexandra abrió los ojos con frustración.

—No puedes seguir haciendo esto —murmuró.

Se levantó, recogió el teléfono y se dirigió al dormitorio.

No iba a escribirle.

No iba a buscarla.

No iba a inventar otra excusa para escuchar su voz.

Eli había elegido su vida.

Alexandra tenía que empezar a elegir la suya.

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A la mañana siguiente, Eli llegó a la oficina decidida a comportarse como siempre.

No permitiría que sus sentimientos afectaran su trabajo.

No volvería a buscar excusas para entrar en el despacho de Alexandra.

Y no volvería a hacer preguntas sobre su vida personal.

Era una decisión razonable.

Una decisión madura.

Una decisión que consiguió mantener durante exactamente dos horas.

A las diez y quince, su asistente le informó que la presidenta había solicitado una reunión para revisar los avances de la adquisición.

Eli asintió, tomó sus documentos y se dirigió a la sala de reuniones.

Alexandra ya estaba allí.

Sentada junto a la ventana, revisaba unas notas mientras esperaba a los demás participantes.

Cuando Eli entró, levantó la mirada.

—Buenos días.

—Buenos días.

Eli tomó asiento frente a ella.

Por un momento, ninguna dijo nada.

Entonces el teléfono de Alexandra vibró sobre la mesa.

La presidenta miró la pantalla y sonrió ligeramente antes de responder.

—Hola, Alicia.

Eli sintió que el estómago se le contraía.

No quería escuchar.

No tenía ningún derecho a hacerlo.

Pero la voz de Alexandra era diferente.

Más suave.

Más cálida.

—Sí, el sábado sigue en pie —continuó la presidenta—. A las seis está bien.

Eli bajó la mirada hacia sus documentos.

Intentó leer la misma línea tres veces.

No consiguió comprender una sola palabra.

—Perfecto —dijo Alexandra al otro lado de la mesa—. Nos vemos entonces.

La llamada terminó.

Eli siguió mirando sus papeles.

No sabía qué le dolía más: que Alexandra tuviera planes con Alicia o que pareciera disfrutar de ellos.

—¿Está todo bien, Sinclair? —preguntó Alexandra.

Eli levantó la cabeza.

—Por supuesto.

—Pareces distraída.

La ironía de aquella observación casi la hizo reír.

—Debe de ser el cansancio.

Alexandra asintió, sin insistir.

Y volvió a sus documentos.

Eli la observó durante un segundo.

Quería que la provocara.

Quería que le hiciera una pregunta incómoda.

Quería que recuperara aquella sonrisa arrogante que tantas veces había jurado detestar.

Pero Alexandra no hizo nada de eso.

Se limitó a continuar trabajando.

Y Eli comprendió que la distancia no era una amenaza ni una estrategia para conseguir su atención.

Alexandra estaba intentando seguir adelante.

De verdad.

Por primera vez, Eli sintió miedo de que aquella mujer dejara de esperarla.

Y lo peor era que no podía pedirle que se quedara.

Porque Alexandra nunca le había prometido su corazón.

Y Eli, hasta ese momento, tampoco había sido capaz de admitir que lo deseaba.

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Al terminar la reunión, Alexandra recogió sus documentos.

—Enviaré el informe definitivo esta tarde —dijo—. Si no hay ninguna otra observación, podemos dar por concluido el asunto.

—No tengo nada más que añadir.

—Perfecto.

Alexandra se levantó y se dirigió hacia la puerta.

Eli la siguió con la mirada.

Esta vez no intentó detenerla.

Pero cuando la presidenta estaba a punto de salir, su teléfono vibró.

La pantalla se iluminó durante un instante.

Eli no habría podido leer el mensaje si no hubiera estado mirando precisamente en aquella dirección.

Solo alcanzó a distinguir el nombre de Alicia y una frase:

Estoy deseando volver a verte.

Alexandra tomó el teléfono y sonrió antes de guardarlo.

Fue un gesto pequeño.

Casi insignificante.

Pero Eli sintió que acababa de perder algo que nunca se había atrevido a reclamar.

Alexandra salió de la sala.

La puerta se cerró suavemente detrás de ella.

Eli permaneció sentada, mirando el lugar vacío que había dejado.

Durante meses se había convencido de que podía controlar lo que sentía.

Había rechazado las insinuaciones de Alexandra, había recordado una y otra vez que estaba casada y había intentado reducir aquella atracción a una simple incomodidad pasajera.

Pero ahora Alexandra estaba dejando de buscarla.

Y Eli no sabía cómo detenerla.

No podía pedirle que renunciara a Alicia.

No podía confesarle que se sentía celosa.

No podía exigirle que siguiera esperándola.

Lo único que podía hacer era reconocer la verdad que llevaba demasiado tiempo intentando ocultar.

La idea de que Alexandra pudiera enamorarse de otra mujer le dolía mucho más de lo que debería.

Y quizá el verdadero problema no era que Alexandra estuviera empezando una nueva etapa.

Quizá el problema era que Eli acababa de comprender que quería formar parte de ella.

Pero había llegado a esa conclusión demasiado tarde.

Porque, mientras Eli empezaba a descubrir lo que sentía, Alexandra estaba aprendiendo a vivir sin esperar nada de ella.

Y el sábado, cuando Alicia volviera a sonreírle y Alexandra tuviera la oportunidad de conocerla un poco más, quizá descubriría que podía ser feliz sin aquella mirada azul.

O quizá Eli, al verla marcharse definitivamente, comprendería que algunos sentimientos no desaparecen cuando los negamos.

A veces solo esperan el momento más doloroso para hacerse eimposibles de ignorar.

Y Eli Sinclair estaba a punto de descubrir cuánto podía doler amar a alguien cuando ya no tenía derecho a pedirle que se quedara.