La heredera del imperio Woods Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler #4
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Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler #4

—No lo sé. Pero al menos Alicia no me ha recordado veinte veces que está casada.

—Eso no significa que debas utilizarla para olvidar a Eli.

—No pienso hacerlo.

—Entonces conócela porque te interesa. No porque quieras demostrarle algo a una mujer que ni siquiera sabe lo que quiere.

Alexandra giró la cabeza.

—Eli sabe perfectamente lo que quiere. Quiere a su marido. Yo simplemente estoy intentando aceptarlo.

Lo dijo con firmeza.

Pero la tristeza que apareció en sus ojos contradijo cada palabra.

Sofía se acercó y le apoyó una mano en el hombro.

—Entonces deja de castigarte por sentir algo que no elegiste.

Alexandra bajó la mirada.

—No me estoy castigando.

—¿Ah, no? Llevas semanas intentando convencerte de que no te importa.

—Porque no debería importarme.

—No es lo mismo.

Alexandra no encontró una respuesta.

Sofía recogió la tableta y se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, se volvió una última vez.

—Solo te pido una cosa. Si decides darle una oportunidad a Alicia, hazlo porque quieres descubrir qué puede pasar entre ustedes. No porque necesites demostrar que puedes vivir sin Eli.

Cuando la puerta se cerró, Alexandra permaneció inmóvil.

Aquellas palabras la acompañaron durante varios minutos.

Porque, aunque le molestara admitirlo, Sofía tenía razón.

No sabía si estaba preparada para enamorarse de otra persona.

Pero sí sabía que no podía seguir esperando a alguien que nunca le había prometido nada.

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A las nueve, Eli llegó a la empresa.

Había pasado la noche convenciéndose de que la fotografía no significaba absolutamente nada.

Alexandra tenía derecho a salir con quien quisiera.

Tenía derecho a sonreír.

Tenía derecho a encontrar a una mujer que pudiera ofrecerle lo que ella nunca podría darle mientras siguiera casada con Roberto.

El problema era que entenderlo no hacía que doliera menos.

Cuando pasó frente al despacho presidencial, vio a Sofía salir con varios documentos.

—Buenos días —saludó Eli.

—Buenos días, Eli.

Sofía se detuvo un momento y la observó.

—¿Todo bien?

—Sí. ¿Por qué?

—Por nada. Pareces cansada.

—Ha sido una semana complicada.

Sofía asintió.

—Entonces procura descansar. Algunas cosas se ven más claras cuando dejamos de darles tantas vueltas.

Eli frunció ligeramente el ceño.

No estaba segura de si aquel comentario tenía algún significado especial.

—Lo intentaré.

Sofía siguió su camino.

Eli se quedó unos segundos mirando hacia el despacho de Alexandra.

La puerta estaba abierta.

La presidenta hablaba por teléfono, con una mano apoyada sobre el escritorio y una expresión seria. Su cabello negro caía perfectamente sobre los hombros y sus ojos verdes parecían más intensos bajo la luz de la mañana.

Eli sintió el impulso absurdo de entrar.

Podría preguntarle por la adquisición.

Podría revisar las proyecciones.

Podría encontrar cualquier excusa.

Pero recordó la forma en que Alexandra la había despedido el día anterior.

Puede retirarse.

Dos palabras.

Nada más.

Eli continuó caminando.

No había llegado a su despacho cuando escuchó la voz de Alexandra.

—Sinclair.

Se detuvo tan rápidamente que tuvo que controlar el impulso de volverse de inmediato.

Respiró hondo y giró.

Alexandra estaba de pie junto a la puerta.

—¿Podría venir un momento, por favor?

El corazón de Eli comenzó a latir con fuerza.

—Por supuesto.

Entró en el despacho intentando mantener una expresión profesional.

Alexandra señaló una silla frente al escritorio.

—He revisado la propuesta de adquisición. Hay dos puntos que me gustaría discutir contigo antes de enviarla al consejo.

Eli se sentó.

Eso era todo.

Trabajo.

Negocios.

Nada que justificara la esperanza absurda que había sentido al escuchar su nombre en labios de Alexandra.

Durante los siguientes quince minutos revisaron las cifras, discutieron los plazos y acordaron solicitar una modificación en las condiciones del contrato.

Alexandra fue precisa, inteligente y absolutamente profesional.

No hubo sonrisas personales.

No hubo insinuaciones.

Ni siquiera una pregunta sobre cómo había pasado la noche.

Cuando terminaron, Eli cerró la carpeta.

—Enviaré la versión corregida antes del mediodía.

—Perfecto. Gracias por tu trabajo.

Eli se puso de pie.

Había llegado el momento de marcharse.

Pero había una pregunta que llevaba horas atormentándola.

Una pregunta que sabía que no tenía derecho a hacer.

Y, aun así, terminó pronunciándola.

—¿Lo pasaste bien anoche?

Alexandra levantó la mirada.

Por primera vez desde que Eli había entrado, algo cambió en su expresión.

—¿Perdón?

Eli sintió que las mejillas le ardían.

—Tu cena familiar. Preguntaba si lo pasaste bien.

Alexandra la observó durante unos segundos.

—Sí. Fue una noche agradable.

—Me alegro.

La respuesta salió demasiado rápido.

Alexandra inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Necesitabas saber algo más?

Eli quiso desaparecer.

—No. Solo preguntaba.

—Entiendo.

Alexandra tomó un documento y volvió a leerlo.

La conversación había terminado.

Pero Eli no se movió inmediatamente.

—¿Y el resto de tu semana? —preguntó, intentando disimular su propia torpeza—. ¿Tienes muchos compromisos?

Alexandra levantó lentamente la mirada.

Esta vez no parecía sorprendida.

Parecía comprender que había algo detrás de aquellas preguntas.

—Tengo algunas cosas organizadas.

—Ah.

—¿Por qué lo preguntas, Sinclair?

Eli abrió la boca, pero ninguna respuesta convincente llegó a su mente.

No podía decirle que había visto una fotografía y que había pasado la noche imaginándola con otra mujer.

No podía confesarle que la idea de que Alicia la besara le había provocado unos celos que no sabía cómo manejar.

Y mucho menos podía admitir que había comenzado a echar de menos algo que, hasta hacía unos días, insistía en rechazar.

—Por curiosidad —respondió finalmente.

Alexandra la observó con una expresión indescifrable.

Después sonrió.

No fue una sonrisa arrogante ni una provocación.

Fue una sonrisa pequeña, tranquila y triste.

—Entonces te diré algo por curiosidad también, Eli.

Era la primera vez en varios días que pronunciaba su nombre.

Eli sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¿Qué cosa?

Alexandra dejó el documento sobre el escritorio.

—No tienes que preocuparte por mí. Estoy perfectamente bien.

Eli sintió que algo se rompía dentro de ella.

Porque Alexandra no había dicho que estaba feliz.

No había dicho que estaba enamorada de alguien más.

Ni siquiera había mencionado a Alicia.

Simplemente le estaba diciendo que ya no necesitaba que Eli se preocupara por ella.

—Me alegro —susurró.

Alexandra asintió.

—Puedes volver a tu trabajo.

Eli salió del despacho con la garganta cerrada.

Esta vez no se quedó esperando junto a la puerta.

No miró hacia atrás.

No quería que nadie descubriera lo mucho que le había dolido aquella conversación.

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Durante el resto del día, Eli hizo todo lo posible por mantenerse ocupada.

Revisó informes, respondió correos y atendió varias llamadas. Cada vez que su mente regresaba a Alexandra, se obligaba a concentrarse en la siguiente tarea.

Pero a las cuatro de la tarde recibió un mensaje de su marido.

¿Podemos cenar fuera esta noche? Hace tiempo que no tenemos una noche solo para nosotros.

Eli leyó el mensaje dos veces.

Roberto quería pasar tiempo con ella.

Era algo que siempre había valorado en su matrimonio.

Y, sin embargo, lo primero que pensó fue que Alexandra probablemente tendría otros planes.

Se odió por ello.

Claro. Me gustaría, respondió.

Dejó el teléfono sobre el escritorio y se llevó las manos a la cara.

¿Qué estaba haciendo?

¿Por qué no podía disfrutar de la vida que había elegido sin pensar en otra mujer?

¿Por qué le dolía tanto que Alexandra empezara a alejarse?

La respuesta que más temía apareció en su mente.

Porque quizá Alexandra ya no era simplemente una mujer que le parecía atractiva.

Quizá se había convertido en alguien cuya presencia necesitaba.

Y reconocerlo significaba enfrentarse a preguntas para las que todavía no tenía respuestas.

Eli amaba a Roberto.

O, al menos, sabía que lo había amado y que todavía le importaba profundamente.

No quería destruir su matrimonio.

No quería convertirse en una mujer que jugara con los sentimientos de otras personas.

Pero tampoco podía continuar fingiendo que Alexandra no le provocaba nada.

Necesitaba entenderse antes de hacer daño a alguien.

Y, por primera vez, comprendió que mantener la distancia no iba a resolver el problema.

Solo iba a obligarla a escucharse a sí misma.

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Esa tarde, Alexandra terminó de revisar los documentos y se preparó para salir.

Alicia le había enviado un mensaje para confirmar la hora de la exposición del sábado.

Alexandra respondió que podían encontrarse a las seis.

Después guardó el teléfono en el bolso.

No sabía qué esperaba de aquella salida.

Quizá nada.

Quizá simplemente necesitaba recordar que existían otras mujeres, otras conversaciones y otras posibilidades.

Una vida que no girara alrededor de unos ojos azules que nunca parecían mirarla de la manera que ella deseaba.

Cuando salió al pasillo, se encontró con Eli junto a los ascensores.

Durante un instante, ambas permanecieron inmóviles.

—Buenas tardes, Sinclair —saludó Alexandra.

—Buenas tardes.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Alexandra entró y presionó el botón de la planta baja.

Eli no se movió.

—¿No vienes? —preguntó Alexandra.

—No. Todavía tengo trabajo.

—Entiendo.

Las puertas comenzaron a cerrarse.

Eli sintió un impulso desesperado de decir algo.

Cualquier cosa.

—Alexandra.

La presidenta detuvo las puertas antes de que se cerraran por completo.

—¿Sí?

Eli la miró.

Tenía tantas preguntas que no sabía por cuál empezar.

¿Quién era Alicia para ella?

¿Le gustaba?

¿Estaba pensando en volver a salir con ella?

¿Había dejado de sentir algo por Eli?

La última pregunta era la que más miedo le daba.

Porque si Alexandra respondía que sí, Eli no sabía qué haría.

—Nada —dijo finalmente—. Que tengas una buena tarde.

Alexandra la observó unos segundos.

Después asintió.

—Tú también, Eli.

Las puertas se cerraron.

Eli se quedó mirando el ascensor hasta que los números dejaron de moverse.

Había tenido la oportunidad de hablar.