La heredera del imperio Woods Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler #3
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Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler #3

Quizá su familia no estaba tan equivocada al insistir en que saliera de su rutina. Alicia era interesante, inteligente y, sobre todo, parecía capaz de verla como una mujer y no únicamente como la presidenta de Woods International.

No sabía si aquello podría convertirse en algo más.

Pero quizá no tenía que decidirlo esa noche.

Cuando llegó el postre, Alicia le propuso que asistieran juntas a una exposición que se celebraría el fin de semana siguiente.

Alexandra dudó apenas un segundo.

Después aceptó.

—Me gustaría.

Alicia pareció genuinamente complacida.

—Entonces es una cita.

—Es una exposición.

—Por supuesto.

—No sonrías así.

—¿Así cómo?

—Como si acabaras de ganar algo.

Alicia se inclinó ligeramente hacia ella.

—Todavía no he ganado nada, Alexandra. Pero me gustaría tener la oportunidad de conocerte.

Aquella sinceridad la dejó sin una respuesta ingeniosa.

Y eso era algo que no sucedía con frecuencia.

Cuando llegó el momento de despedirse, Alicia la acompañó hasta la entrada del restaurante.

—Gracias por venir —dijo.

—Gracias por la cena.

—Y por aceptar la exposición.

—No prometo ser una buena compañía.

—No te preocupes. Me gustan los desafíos.

Alexandra sonrió.

Alicia pareció considerar algo antes de hablar de nuevo.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Depende de la pregunta.

—¿Estás segura de que quieres conocerme?

Alexandra frunció ligeramente el ceño.

—¿Por qué no habría de querer hacerlo?

—Porque a veces una persona acepta una cita para olvidar a otra. Y no quiero ser el nombre que utilices para intentar borrar a alguien que todavía llevas dentro.

La sonrisa de Alexandra desapareció lentamente.

Alicia no conocía a Eli. No sabía nada de la vicepresidenta ni de las noches en las que Alexandra se había quedado despierta preguntándose qué había hecho mal.

Sin embargo, había visto lo suficiente para comprender que el corazón de Alexandra no estaba completamente disponible.

—No quiero utilizarte —respondió con sinceridad.

—Me alegra escucharlo.

—Pero tampoco quiero seguir esperando a alguien que no me va a elegir.

Alicia la observó durante unos segundos.

—Entonces no esperes. Vive tu vida. Conoce gente. Permítete ser feliz. Y si algún día descubres que puedes sentir algo por mí, me gustaría estar allí para averiguarlo contigo.

Alexandra sintió que algo dentro de ella se relajaba.

No había exigencias.

No había promesas.

Solo una oportunidad.

—Me gustaría eso —admitió.

Alicia sonrió y, después de despedirse, se alejó hacia su automóvil.

Alexandra permaneció unos segundos junto a la entrada, observando las luces de la calle.

Por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de preguntarse qué estaría haciendo Eli.

O eso intentó decirse.

Porque, cuando sacó el teléfono para consultar la hora, abrió involuntariamente la conversación con su vicepresidenta.

El último mensaje era de hacía varios días.

Un intercambio estrictamente profesional.

Alexandra recorrió la pantalla con el pulgar, tentada a escribir cualquier cosa. Una pregunta sobre la propuesta que había dejado en su despacho, una observación sobre la reunión del día siguiente, cualquier excusa que le permitiera comprobar si Eli seguía pensando en ella.

Pero recordó por qué había tomado aquella decisión.

Eli era una mujer casada.

Y ella no podía continuar viviendo de pequeñas esperanzas.

Apagó la pantalla.

—No más —se dijo.

Después guardó el teléfono y se dirigió a su automóvil.

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A varios kilómetros de allí, Eli Sinclair estaba sentada en el sofá de su casa, intentando prestar atención a una película que Roberto había elegido.

Él le hablaba de un asunto relacionado con su trabajo, pero ella apenas conseguía seguir la conversación.

Su teléfono descansaba sobre la mesa.

No esperaba ningún mensaje de Alexandra.

No tenía motivos para hacerlo.

Y, aun así, cada vez que la pantalla se iluminaba, su mirada se dirigía hacia ella.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Roberto.

Eli reaccionó demasiado tarde.

—Sí. ¿Por qué?

—Porque llevas toda la noche distraída.

—Estoy cansada. Ha sido un día largo en la empresa.

Roberto le tomó la mano y le acarició los dedos con afecto.

—Entonces deberías descansar. Últimamente trabajas demasiado.

La culpa le atravesó el pecho.

Roberto no había hecho nada malo. Era cariñoso con ella, se preocupaba por su bienestar y confiaba en su palabra. No merecía que Eli estuviera sentada a su lado pensando en otra mujer.

Mucho menos en una mujer a la que ni siquiera tenía derecho a reclamar.

—Tienes razón —murmuró, acercándose a él.

Intentó concentrarse en la película.

Lo intentó de verdad.

Hasta que su teléfono vibró.

Era una notificación de una publicación en redes sociales.

La hermana de Alexandra había compartido una fotografía de la cena familiar.

Eli no habría prestado demasiada atención de no ser por la mujer que aparecía sentada junto a Alexandra.

Alicia.

Reconoció inmediatamente la manera en que miraba a la presidenta.

Y reconoció algo más.

Alexandra estaba sonriendo.

No era su sonrisa profesional, aquella que utilizaba para convencer a los inversionistas de que todo saldría según lo previsto. Tampoco era la sonrisa arrogante que Eli había aprendido a detestar y, en secreto, a esperar.

Era una sonrisa espontánea.

Una sonrisa que parecía nacer de una conversación agradable, de una compañía que no le exigía nada y de una mujer que estaba sentada lo suficientemente cerca como para rozarle la mano.

Eli amplió la fotografía.

Se arrepintió al instante.

Alicia tenía una mano junto a la de Alexandra sobre la mesa. No estaban tomadas de la mano, ni había nada en aquella imagen que demostrara que existía una relación entre ellas.

Pero Eli imaginó cómo sería que Alexandra la mirara de esa manera.

Cómo sería sentarse frente a ella sin tener que defender su matrimonio, sin sentirse culpable por cada pensamiento y sin buscar excusas para justificar una atracción que no debería existir.

La imaginó riéndose con Alicia.

Imaginó que aquella mujer podría besarla al despedirse.

Imaginó que, con el tiempo, Alexandra dejaría de pensar en Eli por completo.

Y descubrió que esa última posibilidad era la que más le dolía.

—¿Qué estás mirando? —preguntó Roberto.

Eli bloqueó el teléfono de inmediato.

—Nada importante.

La mentira salió con tanta facilidad que se sintió peor.

Roberto volvió a concentrarse en la película, confiando en ella como siempre.

Eli dejó el teléfono boca abajo.

No tenía derecho a sentirse celosa.

No tenía derecho a desear que Alexandra estuviera sola.

Y tampoco tenía derecho a pedirle que siguiera esperándola mientras ella continuaba viviendo como si aquellos sentimientos no existieran.

Se llevó una mano al pecho, molesta por la presión que sentía allí.

—¿Quién eres para mí, Alexandra? —susurró, tan bajo que ni siquiera Roberto pudo escucharla.

La respuesta no llegó.

Pero una verdad comenzó a abrirse paso entre todas sus excusas.

Le había pedido distancia con cada rechazo, con cada recordatorio de que era una mujer casada y con cada intento de convencerse de que lo que sentía por Alexandra era una simple atracción pasajera.

Alexandra finalmente le había concedido esa distancia.

Y ahora que otra mujer podía acercarse a ella, Eli descubría que no estaba preparada para verla marcharse.

Lo peor era que quizá ya fuera demasiado tarde.

---

A la mañana siguiente, Alexandra llegó a Woods International antes de las ocho.

Había dormido poco, aunque no estaba dispuesta a reconocer que buena parte de la noche se le había ido pensando en Eli.

Se acomodó el saco de su traje, dejó el bolso junto al escritorio y encendió la computadora.

Tenía una agenda repleta.

Una reunión con el departamento financiero, dos llamadas con inversionistas y una revisión de los documentos de la adquisición que llevaba semanas negociando.

Perfecto.

Cuanto más ocupada estuviera, menos tiempo tendría para pensar en cosas que no podía cambiar.

A las ocho y veinte, Sofía entró en su despacho con una tableta y una taza de café.

Como asesora y amiga de Alexandra, conocía sus silencios lo suficiente para distinguir cuándo estaba concentrada y cuándo utilizaba el trabajo para escapar de algo.

Dejó el café sobre la mesa y la observó.

—Tienes cara de haber discutido con la almohada toda la noche.

Alexandra no levantó la mirada.

—Buenos días para ti también.

—Buenos días. Ahora dime qué pasa.

—Nada.

Sofía soltó una pequeña risa.

—Claro. Y yo soy la nueva presidenta de la compañía.

—¿Terminaste de revisar los informes del departamento financiero?

—Sí. Y no pienso entregártelos hasta que dejes de fingir que eres una máquina.

Alexandra levantó finalmente la cabeza.

—Sofía...

—No, escúchame. Llevas días comportándote de una manera extraña. Estás más callada, has cancelado dos reuniones sociales y ayer te fuiste de aquí sin siquiera revisar el mensaje que te envié. Algo te pasa.

Alexandra tomó la taza de café.

—Fui a cenar con mi familia.

—Lo sé. Tu hermana publicó una fotografía.

—Entonces sabes que sobreviví a la experiencia.

—También sé que apareces sonriendo junto a Alicia.

Alexandra se quedó quieta un instante.

Sofía entrecerró los ojos.

—Ah. Así que hay algo que contar.

—No hay nada que contar.

—¿Te gusta?

—Es una mujer agradable.

—No te he preguntado si es agradable.

Alexandra bebió un sorbo de café antes de responder.

—Acepté ir con ella a una exposición este fin de semana.

Sofía sonrió lentamente.

—Vaya. Eso sí que es una novedad.

—No conviertas una invitación en una historia de amor.

—No lo haré. Pero me alegra que estés saliendo de tu escondite.

La sonrisa de Sofía se desvaneció un poco cuando reparó en la expresión de su amiga.

—¿Y Eli?

Alexandra dejó la taza sobre la mesa.

El silencio fue inmediato.

—¿Qué pasa con ella?

—Nada. Solo pregunto.

—No hay nada que preguntar.

Sofía la conocía demasiado bien para creerle.

—Alexandra, puedes engañar a cualquiera en esta empresa. A mí no.

La presidenta se levantó y caminó hacia la ventana.

—Estoy cansada de esperar algo que no va a suceder.

Sofía no respondió inmediatamente.

—¿Y Alicia puede ayudarte a olvidarla?

Alexandra apretó la mandíbula.