La heredera del imperio Woods Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler #2
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Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler #2

Dentro de su despacho, Alexandra no tenía idea de que Eli había escuchado la conversación.

Su hermana y Lucas se marcharon poco después, satisfechos por haber conseguido que aceptara la invitación.

Alexandra permaneció unos minutos mirando por la ventana.

Alicia era una conocida de la familia. Se habían encontrado en varias ocasiones durante reuniones sociales y siempre había sido amable con ella. Era atractiva, inteligente y bastante directa cuando quería algo.

Alexandra sabía que le gustaba.

No era la primera vez que una mujer le demostraba interés, y en otras circunstancias habría aceptado la invitación con entusiasmo.

Sin embargo, últimamente no sentía deseos de comenzar nada con nadie.

No cuando todavía se descubría pensando en Eli.

Se pasó una mano por el cabello y soltó un suspiro.

Precisamente por eso había aceptado la cena.

Necesitaba recordar que su vida no podía girar alrededor de una mujer casada que jamás la elegiría.

Si Alicia quería conocerla mejor, quizá podía permitirse pasar una noche agradable. No tenía que prometer nada ni fingir sentimientos que no existían.

Solo necesitaba dejar de esperar algo de Eli.

El teléfono vibró sobre el escritorio.

Era un mensaje de su hermana.

No llegues tarde. Alicia está especialmente emocionada por verte.

Alexandra sonrió apenas y dejó el móvil boca abajo.

—Una cena —murmuró para sí misma—. Solo es una cena.

Pero, por primera vez, no estaba segura de que aquella noche fuera tan sencilla como quería creer.

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Eli pasó el resto de la tarde luchando contra una inquietud que no tenía ninguna explicación razonable.

Cuando Alexandra apareció en su despacho para revisar un asunto relacionado con una adquisición, Eli levantó la mirada demasiado rápido.

La presidenta llevaba el cabello perfectamente arreglado y el traje oscuro que acostumbraba usar en las reuniones importantes. Su expresión era tranquila, casi distante.

—Necesito tu opinión sobre esta propuesta —dijo Alexandra, dejando unos documentos frente a ella.

Eli se obligó a mirar las páginas.

—La revisaré antes de finalizar la jornada.

—Gracias. Si ves algún problema, puedes enviarme tus observaciones por correo.

Alexandra se dispuso a marcharse.

Eli reaccionó antes de poder pensarlo.

—¿Tienes planes para esta noche?

La pregunta quedó suspendida entre ambas.

Alexandra se detuvo y volvió lentamente la cabeza.

Por un instante, Eli creyó que aquella mirada verde recuperaría la intensidad de antes, que encontraría en ella una sonrisa provocadora o una pregunta incómoda.

Pero Alexandra solo pareció sorprendida.

—Sí. Tengo una cena familiar.

—Ah.

Eli bajó los ojos hacia los documentos, fingiendo que la respuesta no le importaba.

—Espero que lo pases bien —añadió.

—Gracias, Sinclair.

Alexandra no preguntó por qué quería saberlo.

Tampoco intentó prolongar la conversación.

Simplemente salió del despacho.

Eli se quedó mirando la puerta cerrada.

Había esperado una broma, una provocación, cualquier cosa que le permitiera responder y recuperar aquella dinámica que tanto decía detestar.

Pero Alexandra no le había dado nada.

Ni una sola señal.

Y entonces comprendió que la mujer a la que había estado intentando mantener a distancia estaba empezando a alejarse de verdad.

Por primera vez, Eli tuvo miedo de que Alexandra dejara de buscarla para siempre.

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Al terminar la jornada, Alexandra se marchó sin pasar por el despacho de Eli para despedirse.

La vicepresidenta permaneció frente a su computadora, con el correo abierto y la mirada perdida en la pantalla.

Su teléfono vibró.

Roberto le había enviado un mensaje preguntándole si cenarían juntos.

Eli sintió una punzada de culpa.

Tenía un marido que la amaba, una vida que había construido con él y un compromiso que no quería romper.

No podía seguir permitiendo que Alexandra se convirtiera en el centro de sus emociones.

Escribió una respuesta cariñosa y le aseguró que llegaría a casa a tiempo.

Después dejó el teléfono sobre la mesa y trató de concentrarse.

Pero su mente regresó a la cena.

A Alicia.

A la posibilidad de que Alexandra se sentara frente a aquella mujer, le sonriera como antes le sonreía a ella y descubriera que podía sentirse atraída por alguien que no le complicara la vida.

Alguien libre.

Alguien que pudiera corresponderle sin sentirse culpable.

Eli apretó los labios.

—No tienes derecho a sentir celos —se recordó.

Lo sabía.

Y aun así, los sentía.

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El restaurante elegido por la familia de Alexandra era uno de esos lugares elegantes donde las luces cálidas, la música suave y las conversaciones discretas creaban una atmósfera de intimidad difícil de ignorar.

Alexandra llegó unos minutos después de la hora acordada.

Llevaba un traje negro que resaltaba su figura, el cabello oscuro cayéndole con elegancia sobre los hombros y una expresión serena que ocultaba bastante bien el cansancio de los últimos días.

Apenas cruzó la entrada, su hermana levantó una mano para llamarla.

—¡Por fin! Empezábamos a pensar que habías encontrado una excusa para no venir.

—Lo consideré seriamente —respondió Alexandra, inclinándose para besarla en la mejilla.

Lucas soltó una carcajada.

—Lo sabía. Si no fuera porque mamá lleva una semana hablando de esta cena, estarías encerrada en tu despacho hasta medianoche.

—Alguien tiene que trabajar mientras ustedes se dedican a organizar mi vida sentimental.

—Y alguien tiene que asegurarse de que no termines convirtiéndote en una anciana rodeada de contratos y balances —replicó su hermana.

Alexandra puso los ojos en blanco, pero una sonrisa terminó dibujándose en sus labios.

Entonces la vio.

Alicia estaba de pie junto a la mesa, sosteniendo una copa de agua entre los dedos. Era una mujer atractiva, de modales refinados y mirada cálida. Cuando Alexandra se acercó, Alicia dejó la copa y sonrió de una manera que no parecía ensayada.

—Alexandra. Me alegra que hayas venido.

—Alicia.

—Por un momento pensé que tendría que conformarme con escuchar las historias de tu familia.

—Créeme, probablemente habría sido mejor para tu reputación.

Alicia rio.

—¿Siempre eres tan encantadora?

—Solo cuando estoy de buen humor.

—Entonces tendré que esforzarme por mantenerte así.

La respuesta tomó a Alexandra por sorpresa.

No estaba acostumbrada a que alguien le siguiera el juego sin intimidarse por su apellido, su posición o su carácter. Alicia no parecía impresionada por su dinero ni interesada en demostrar que podía competir con ella.

Simplemente parecía disfrutar de su compañía.

Y eso, Alexandra tuvo que admitirlo, resultaba agradable.

Durante la cena, Alicia consiguió hacerla reír en varias ocasiones. Hablaron de viajes, de negocios y de una exposición de arte que ambas habían visitado tiempo atrás. Descubrieron que compartían algunos gustos y que tenían opiniones bastante diferentes sobre otros.

Por primera vez en semanas, Alexandra dejó de mirar mentalmente el reloj.

No pensó en la oficina.

No pensó en los informes pendientes.

Y, durante algunos minutos, casi consiguió no pensar en Eli Sinclair.

Casi.

Porque cuando Alicia le preguntó si había alguien especial en su vida, la imagen de unos ojos azules apareció en su mente con una claridad irritante.

—¿Alguien especial? —repitió Alexandra, tomando su copa.

—Sí. Una persona que consiga que te olvides del trabajo durante más de diez minutos.

Lucas soltó una risa desde el otro extremo de la mesa.

—Si encuentras a esa persona, Alicia, tendrás que avisarnos. Queremos conocerla. Probablemente sea la única capaz de hacer un milagro.

—No te emociones, Lucas —advirtió Alexandra.

Pero Alicia no apartó la mirada.

—¿Existe alguien?

La pregunta fue formulada con suavidad, sin exigencias ni curiosidad malintencionada.

Alexandra podría haber respondido que no. Habría sido sencillo. Nadie en aquella mesa conocía la verdadera razón por la que llevaba días intentando convencerse de que debía dejar de pensar en una mujer que no podía tener.

Sin embargo, mentir le pareció agotador.

—Existe alguien que me ha hecho comprender que no siempre basta con querer algo para conseguirlo.

La sonrisa de Alicia se suavizó.

—Eso suena doloroso.

—Lo es.

—¿Y esa persona sabe lo que sientes?

Alexandra bajó la mirada hacia su copa.

—Probablemente.

—¿Y te corresponde?

El silencio que siguió fue suficiente para responder.

Alicia no insistió. No intentó aprovechar la vulnerabilidad que acababa de descubrir ni hizo comentarios sobre la mujer desconocida.

Simplemente asintió.

—Entonces espero que algún día alguien te mire como tú necesitas que te miren.

Alexandra levantó los ojos.

Por un instante, aquella frase la golpeó con más fuerza de la que esperaba.

Porque eso era precisamente lo que había querido de Eli.

No que la eligiera por obligación. No que abandonara su matrimonio ni que traicionara sus principios.

Solo había querido que, alguna vez, Eli la mirara y sintiera que ella también podía ser importante.

—¿Y si esa persona nunca llega? —preguntó Alexandra, casi sin darse cuenta.

Alicia sostuvo su mirada.

—Entonces tendrás que aprender a no conformarte con migajas solo porque vienen de alguien a quien deseas.

Alexandra permaneció inmóvil.

La frase le recordó demasiadas cosas.

Las conversaciones que había prolongado sin necesidad. Las sonrisas que había buscado. Los pequeños gestos de Eli que había interpretado como señales, aunque después siempre terminara recordándole que amaba a su marido.

Había llegado a un punto en el que una mirada amable de aquella mujer podía mejorarle el día y una palabra fría podía arruinárselo.

Eso no era lo que quería para su vida.

Y, por primera vez, alguien acababa de decírselo sin conocer siquiera su nombre.

—Tienes una manera bastante peligrosa de conversar durante una cena —comentó Alexandra, intentando recuperar su habitual ironía.

Alicia sonrió.

—Solo cuando alguien me interesa.

La respuesta fue directa.

Alexandra no pudo evitar sonreír también.