Capítulo 15 — Cuando el silencio comienza a doler
Alexandra Woods había tomado una decisión.
No volvería a buscar la mirada de Eli Sinclair. No intentaría provocarla, no haría comentarios destinados a arrancarle una reacción y, sobre todo, no volvería a permitir que aquella mujer ocupara un lugar tan importante en sus pensamientos.
Había pasado demasiadas noches preguntándose por qué Eli la trataba con tanta frialdad, por qué parecía molesta cuando la veía con otra mujer y por qué, a pesar de todo, insistía en recordarle que amaba a su marido.
La respuesta era dolorosamente sencilla.
Eli Sinclair no la quería.
Y Alexandra, por primera vez en mucho tiempo, no estaba dispuesta a perseguir algo que jamás podría tener.
No era una mujer acostumbrada a perder. Desde pequeña había conseguido casi todo lo que deseaba gracias a su inteligencia, su dinero y una personalidad que rara vez aceptaba un no por respuesta. Las mujeres que pasaban por su vida solían buscar su atención tanto como ella buscaba la de ellas.
Pero Eli era diferente.
Y precisamente por eso tenía que alejarse.
Aquella mañana, cuando Eli entró en su despacho con una carpeta entre las manos, encontró a la presidenta de Woods International sentada detrás de su escritorio, revisando unos documentos en la computadora.
—Buenos días, señorita Woods.
—Buenos días, Sinclair.
Nada más.
Alexandra ni siquiera levantó la mirada para observarla como acostumbraba hacerlo. No hubo una sonrisa arrogante, ningún comentario sobre sus ojos azules ni aquella expresión traviesa que solía ponerla de los nervios.
Solo profesionalismo.
—Necesito que revise estos documentos antes de la reunión de las once —explicó Eli, dejando la carpeta sobre el escritorio.
—Déjelos ahí. Los revisaré.
Eli esperó unos segundos.
Alexandra continuó leyendo.
—¿Necesita algo más? —preguntó finalmente, al notar que su vicepresidenta seguía de pie frente a ella.
Eli parpadeó, sorprendida.
—No. Eso es todo.
—Perfecto. Puede retirarse.
La ejecutiva salió del despacho con una sensación extraña en el pecho.
No entendía qué estaba pasando.
Durante días había deseado que Alexandra dejara de provocarla, que abandonara aquellas insinuaciones que la obligaban a recordar que era una mujer casada. Sin embargo, ahora que Alexandra parecía haberle concedido exactamente lo que quería, algo dentro de ella se sentía incómodo.
Era absurdo.
Debería estar aliviada.
En cambio, echaba de menos aquella mirada verde que solía seguirla cuando entraba en una habitación.
Echaba de menos las sonrisas arrogantes, los comentarios inesperados y hasta las discusiones que terminaban dejándola furiosa durante horas.
Y eso era mucho más preocupante que cualquier provocación.
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Durante el resto de la mañana, Alexandra se comportó como la presidenta impecable que todos conocían.
Revisó contratos, tomó decisiones, corrigió informes y dirigió una reunión con varios inversionistas sin cometer un solo error.
Con sus empleados fue educada, aunque exigente. Con sus socios, encantadora cuando era necesario y fría cuando la situación lo requería.
Era la Alexandra Woods de siempre.
La mujer segura de sí misma, ambiciosa, elegante y completamente consciente de su poder.
Excepto que, cada vez que Eli entraba en la sala de reuniones, Alexandra mantenía la mirada sobre los documentos.
Si Eli hablaba, escuchaba.
Si le hacía una pregunta, respondía.
Si necesitaba una firma, se la daba.
Pero nunca intentaba prolongar la conversación.
Ni una sola vez.
Eli comenzó a sentirse desesperadamente consciente de aquella distancia.
Durante la reunión de las once, presentó un informe que había preparado con especial cuidado. Alexandra escuchó cada detalle, hizo dos preguntas pertinentes y finalmente asintió.
—Buen trabajo, Sinclair. El análisis está completo y las proyecciones son razonables. Puede enviar la versión definitiva al consejo.
Eli se quedó mirándola.
—¿Eso es todo?
Alexandra alzó la vista.
—¿Esperaba alguna otra observación?
—No. Solo quería saber si tenía alguna corrección adicional.
—No tengo ninguna. Ha hecho un buen trabajo.
La respuesta fue tan sencilla que Eli no encontró cómo continuar.
Antes, Alexandra habría aprovechado cualquier oportunidad para hacerla sonrojar. Le habría dicho que era demasiado inteligente para trabajar tantas horas o que su mirada azul podía distraer hasta al inversionista más serio.
Ahora no parecía interesada en nada que no estuviera relacionado con la empresa.
Y Eli descubrió que aquella indiferencia le dolía más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Cuando terminó la reunión, observó a Alexandra conversar con uno de los directivos. La presidenta sonreía con naturalidad, relajada, sin esa tensión que había comenzado a acompañarla en los últimos días.
Eli sintió un pinchazo de celos al verla reír.
No tenía sentido.
Alexandra no le pertenecía.
Nunca le había pertenecido.
Y, sin embargo, una parte de ella quería que aquella sonrisa fuera para ella.
—Esto es ridículo —murmuró mientras regresaba a su despacho.
Intentó concentrarse en su trabajo, pero cada pocos minutos terminaba mirando hacia la puerta, esperando que Alexandra apareciera con alguna excusa absurda para molestarla.
No apareció.
A mediodía, Eli ya había perdido la cuenta de las veces que había mirado el reloj.
Aquello tenía que terminar.
Si Alexandra había decidido dejar de provocarla, quizá ella tendría que encontrar una manera de recordarle que todavía existía.
El pensamiento la hizo detenerse.
¿Desde cuándo necesitaba la atención de otra mujer para sentirse bien?
Eli cerró los ojos unos segundos.
Amaba a Roberto. Se había casado con él porque lo quería, porque había imaginado un futuro a su lado y porque él le había ofrecido una estabilidad que siempre había valorado.
No quería traicionarlo.
No quería enamorarse de Alexandra.
Pero tampoco podía negar que la ausencia de aquella mujer empezaba a pesarle.
Y cuanto más intentaba convencerse de que no significaba nada, más presente se volvía aquella ausencia.
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A primera hora de la tarde, Eli decidió que necesitaba hablar con Alexandra.
No tenía una razón concreta. Podía inventar una consulta sobre el presupuesto, preguntarle por el calendario de reuniones o revisar algún asunto pendiente.
Cualquier excusa serviría.
Tomó una carpeta y caminó hacia el despacho presidencial.
Cuando estaba a punto de tocar la puerta, escuchó unas voces procedentes del interior.
Reconoció la de Alexandra inmediatamente.
—No sé si podré quedarme hasta tan tarde. Tengo algunos asuntos pendientes.
—No aceptamos un no como respuesta —contestó Lucas, el hermano de Alexandra—. Hace semanas que no cenamos todos juntos.
—Lucas tiene razón —intervino una mujer—. Además, prometiste que vendrías la próxima vez que organizáramos algo.
Eli reconoció también aquella voz. Era la hermana de Alexandra.
Se quedó inmóvil junto a la puerta, con la carpeta apretada contra el pecho.
—¿Y quiénes van a estar? —preguntó Alexandra.
—Nosotros, por supuesto. Algunos amigos de la familia y Alicia.
Hubo una pausa.
—¿Alicia? —repitió Alexandra.
—Sí, Alicia. La misma Alicia que no deja de preguntar por ti.
Lucas soltó una carcajada.
—Por favor, hermana, no te hagas la desentendida. Esa mujer muere por verte. Cada vez que alguien menciona tu nombre, encuentra la manera de preguntar si estás saliendo con alguien.
—Lucas, no empieces.
—¿Qué? Es la verdad. Alicia está encantada contigo desde hace tiempo. Es inteligente, elegante y tiene una familia estupenda. No veo por qué no puedes dedicarle una cena.
—Porque una cena no significa que vaya a comenzar una relación con ella.
—Nadie ha dicho eso —replicó su hermana—. Solo queremos que vengas. Alicia estará feliz de verte.
Eli sintió que algo se le hundía en el estómago.
Alicia.
No conocía a aquella mujer, pero la manera en que hablaban de ella bastó para que su imaginación comenzara a trabajar en su contra.
Una mujer interesada en Alexandra.
Una mujer que deseaba verla.
Una mujer que, por lo visto, no tenía ningún inconveniente en demostrarlo.
Y Alexandra, que últimamente parecía empeñada en no mirarla siquiera, podría encontrar en aquella cena una oportunidad perfecta para conocerla mejor.
—Está bien —escuchó decir a Alexandra después de unos segundos—. Iré a cenar con ustedes.
Eli dejó de respirar por un instante.
—¡Sabía que aceptarías! —exclamó su hermana.
—Pero no prometo quedarme toda la noche.
—No importa. Lo importante es que estés allí. Alicia lleva días esperando esta oportunidad.
Alexandra soltó una risa breve.
—Espero que no le hayan prometido demasiado. No pienso casarme con nadie solo porque ustedes quieran organizarme la vida.
—Nadie te está pidiendo matrimonio —dijo Lucas—. Aunque, si sigues así, un día alguien te robará el corazón y no sabrás qué hacer.
—Eso tendría que ser una mujer extraordinaria.
—O una mujer que no se deje intimidar por ti —añadió su hermana.
—Entonces tendrá que tener mucha paciencia.
Los tres rieron.
Eli no.
Se quedó junto a la puerta, sintiendo una presión incómoda en el pecho.
No tenía derecho a sentirse así. Alexandra era libre de salir con quien quisiera. Podía cenar con Alicia, besarla si le apetecía e incluso comenzar una relación con ella.
Eli no podía reclamarle absolutamente nada.
Era una mujer casada.
Y Alexandra nunca le había prometido esperarla.
Se obligó a retroceder antes de que alguien descubriera que estaba escuchando. Caminó de regreso a su despacho con pasos firmes, aunque por dentro algo comenzaba a desmoronarse.
Cuando cerró la puerta, dejó la carpeta sobre el escritorio y se sentó.
Intentó leer el primer documento.
No pudo.
Volvió a escuchar la voz de Lucas diciendo que Alicia moría por ver a Alexandra.
Después recordó la risa de la presidenta.
Aquella risa que Eli llevaba toda la mañana deseando escuchar dirigida hacia ella.
—¿Qué te está pasando? —se preguntó en voz baja.
No obtuvo respuesta.
Solo tenía una certeza: la posibilidad de que Alexandra encontrara a otra mujer le provocaba una angustia que no sabía explicar.
Y eso la asustaba.
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