La heredera del imperio Woods Capítulo 14 — La mujer que no debía importarle #3
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Capítulo 14 — La mujer que no debía importarle #3

No era una sonrisa amplia ni especialmente llamativa, pero había una naturalidad en ella que Eli rara vez conseguía ver durante las reuniones.

Se quedó observándola unos segundos más de lo necesario.

Alexandra levantó la mirada y la descubrió al otro lado del pasillo.

Eli esperó, sin saber por qué.

La presidenta le dedicó un saludo breve.

—Buenos días, Eli.

—Buenos días.

—Natalie te enviará la versión definitiva del acuerdo de ayer. Quiero que compruebes las condiciones operativas antes de que lo aprobemos.

—Por supuesto.

—Gracias.

Alexandra volvió a dirigirse a Lucas y a los directivos, continuando la conversación exactamente donde la había dejado.

Eso fue todo.

Ninguna pregunta sobre cómo había dormido. Ninguna observación irónica. Ningún comentario que le permitiera quedarse a su lado unos minutos más.

Eli continuó caminando, aunque la sensación de incomodidad volvió a instalarse en su pecho.

No tenía derecho a exigir la atención de Alexandra. Nunca se la había prometido y, en realidad, Eli tampoco había hecho nada para demostrar que quería recibirla.

Pero aquella indiferencia le estaba revelando algo que prefería no reconocer.

Había empezado a acostumbrarse a la atención de Alexandra.

A sus discusiones. A sus miradas desafiantes. A la manera en que parecía disfrutar cuando Eli no se dejaba intimidar por ella.

Y ahora que Alexandra había dejado de buscarla, Eli sentía la ausencia de algo que nunca había admitido desear.

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Más tarde, Sofía encontró a Eli revisando unos documentos en la sala de trabajo.

—¿Has visto a Alexandra esta mañana? —preguntó mientras dejaba una carpeta sobre la mesa.

Eli levantó la mirada.

—Sí. Me ha dado instrucciones sobre el acuerdo.

—¿Y?

—¿Y qué?

Sofía la observó con una expresión tranquila.

—Nada. Pensé que quizá tendrías algo que decir.

—No hay nada que decir. Estamos trabajando.

—Por supuesto.

Eli dejó el bolígrafo.

—¿Por qué tienes esa costumbre de hablar como si supieras algo que los demás ignoramos?

—Porque a veces las personas dicen mucho más con lo que evitan decir que con sus propias palabras.

—Sofía…

—Tranquila. No voy a preguntarte por tu vida privada.

Eli guardó silencio.

Sofía tomó los documentos que necesitaba y se dirigió hacia la salida. Antes de marcharse, se volvió una última vez.

—Solo te diré una cosa. Alexandra no suele cambiar su manera de tratar a las personas sin una razón.

Eli sintió que el corazón le daba un pequeño vuelco.

—¿Qué quieres decir?

—Que, si ahora mantiene las distancias contigo, quizá deberías preguntarte por qué.

Sofía salió sin esperar una respuesta.

Eli permaneció inmóvil, mirando la puerta cerrada.

La idea que llevaba días intentando apartar regresó con una claridad incómoda.

¿Y si Alexandra había decidido alejarse porque se había cansado de esperar algo de ella?

Eli apretó los labios.

No podía saberlo. No tenía pruebas y tampoco podía exigirle explicaciones a Alexandra por una decisión que, en realidad, parecía completamente razonable.

Sin embargo, la posibilidad le produjo una inquietud que no desapareció cuando volvió a sus documentos.

Por primera vez, Eli comprendió que no solo le preocupaba lo que pudiera estar sintiendo por Alexandra.

También le preocupaba haber perdido la oportunidad de descubrir qué podría haber ocurrido entre ambas si las circunstancias fueran diferentes.

Y esa preocupación era mucho más peligrosa de lo que estaba dispuesta a admitir.

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Al final de la jornada, Alexandra se quedó sola en su despacho.

Había terminado las revisiones pendientes, aprobado el acuerdo y organizado la agenda del día siguiente. El trabajo había avanzado sin contratiempos y, desde un punto de vista estrictamente profesional, todo estaba en orden.

Aun así, cuando escuchó pasos en el pasillo, levantó la mirada con la esperanza involuntaria de que fuera Eli.

No lo era.

Natalie entró para entregarle los últimos documentos y confirmar los horarios de la mañana siguiente.

Alexandra respondió a cada pregunta con precisión y, cuando su asistente se marchó, se quedó contemplando la ciudad a través de los ventanales.

Había conseguido mantener las distancias.

Eli no había tenido motivos para quejarse de su trato. Seguía confiándole responsabilidades importantes y respetaba sus opiniones profesionales. No existía ninguna razón para que la vicepresidenta sospechara que aquella frialdad era, en realidad, una forma de protegerse.

Alexandra debería haberse sentido satisfecha.

En cambio, pensó en la posibilidad de que Eli dejara de buscarla por completo.

Que las conversaciones se limitaran a los informes, que las miradas fueran siempre breves y que aquella tensión que había comenzado a crecer entre ambas terminara desapareciendo sin que ninguna llegara a reconocerla.

Se obligó a apartar la idea.

No podía exigirle a Eli algo que nunca le había ofrecido.

Y tampoco podía continuar esperando que una mujer casada le diera una respuesta que quizá no existía.

Alexandra apagó la lámpara del escritorio y recogió su bolso.

Al salir, pasó frente al despacho de Eli. La puerta estaba entreabierta y pudo verla concentrada en la pantalla de su ordenador, con el cabello castaño cayéndole ligeramente sobre el rostro.

Por un instante, Alexandra quiso entrar.

Preguntarle cómo estaba. Hacer algún comentario que provocara aquella respuesta desafiante que tanto le gustaba. Encontrar una excusa para quedarse un poco más.

Pero recordó su conversación con Sofía.

No tienes que demostrar que no te importa alguien tratándola como si no existiera.

Alexandra se detuvo.

No quería convertir sus sentimientos en una guerra silenciosa ni utilizar la indiferencia para conseguir una reacción. Si iba a alejarse, lo haría porque era lo correcto, no porque esperara que Eli la siguiera.

Respiró profundamente y continuó caminando.

Dentro del despacho, Eli levantó la cabeza al escuchar sus pasos.

Vio la silueta de Alexandra alejarse por el pasillo y sintió el impulso de llamarla.

No lo hizo.

Se quedó mirando la puerta abierta, con una pregunta creciendo en su interior y ninguna respuesta que pudiera tranquilizarla.

Alexandra había decidido dejar de buscarla.

Y Eli comenzaba a comprender que aquella decisión le importaba mucho más de lo que jamás habría imaginado.

Ninguna de las dos sabía qué ocurriría después.

Alexandra estaba convencida de que la distancia era la única manera de protegerse de un sentimiento que no debía alimentar.

Eli seguía intentando convencerse de que su inquietud era simple curiosidad, una consecuencia de haberse acostumbrado a la presencia de su jefa.

Pero mientras una se alejaba para no cruzar una línea peligrosa, la otra empezaba a descubrir cuánto podía doler quedarse del lado equivocado de aquella distancia.

Y ninguna estaba preparada para admitirlo.