Capítulo 14 — La mujer que no debía importarle #2
—Buenos días. Espero que todos hayan podido revisar las modificaciones que enviamos anoche.
Su voz fue impecable. Su atención se dirigió inmediatamente a los inversionistas.
Ni una sola palabra innecesaria. Ni una mirada que se prolongara más de lo debido.
Eli bajó los ojos hacia sus documentos.
La reunión comenzó con una revisión de las condiciones financieras.
Uno de los representantes planteó objeciones sobre los plazos de ejecución y la distribución de riesgos.
Eli explicó las medidas de protección que había propuesto el equipo directivo, pero el hombre insistió en modificar un punto que podía comprometer la rentabilidad de la operación.
Alexandra escuchó sin interrumpir.
Cuando terminó la exposición, apoyó las manos sobre la mesa.
—Entiendo su preocupación por los plazos —dijo—, pero la modificación que propone trasladaría un riesgo desproporcionado a nuestra compañía. No vamos a aceptar una condición que perjudique la estabilidad de la inversión a largo plazo.
El representante intentó argumentar de nuevo.
Alexandra abrió una carpeta y deslizó una hoja hacia él.
—Aquí tiene tres escenarios proyectados por nuestro departamento financiero. Incluso en el supuesto menos favorable, nuestra propuesta ofrece mejores garantías que la alternativa que usted plantea.
El hombre examinó las cifras.
Eli observó a Alexandra mientras explicaba cada apartado con precisión. No necesitaba elevar la voz ni recurrir a amenazas. Su seguridad bastaba para dejar claro que no firmaría un acuerdo perjudicial por el simple deseo de cerrar una negociación.
—Si aceptamos esta cláusula y ajustamos el calendario de ejecución, podemos avanzar hoy mismo —añadió Alexandra—. De lo contrario, prefiero que reconsideremos la operación antes de comprometernos con términos que no benefician a ninguna de las partes.
La sala quedó en silencio.
Finalmente, los representantes aceptaron revisar la cláusula y continuar con el acuerdo.
La reunión terminó con un apretón de manos y el compromiso de intercambiar la documentación definitiva durante la tarde.
Cuando los invitados salieron, Eli comenzó a recoger sus papeles.
—La modificación que propusiste fue acertada —comentó—. El segundo escenario demuestra que podemos conservar el margen sin asumir el riesgo adicional.
Alexandra guardó su bolígrafo.
—Gracias. Natalie enviará las instrucciones al departamento jurídico. Quiero revisar la versión definitiva antes de que la remitan.
—Me encargaré de supervisarlo.
—Perfecto.
Eli esperó un momento.
—¿Necesitas que revisemos juntas los últimos cambios?
—No será necesario. Envíame el informe cuando esté listo y lo revisaré personalmente.
La respuesta fue profesional, correcta y definitiva.
Alexandra se levantó.
—Tengo otra reunión dentro de quince minutos. Si no hay nada más, puedes retirarte.
Eli se quedó sentada unos segundos.
—No, eso es todo.
Alexandra salió de la sala sin mirar atrás.
Eli sintió una incomodidad que no consiguió explicar. No había ocurrido ninguna discusión. Alexandra no había sido descortés ni había cuestionado su trabajo. De hecho, la reunión había sido un éxito.
Entonces, ¿por qué aquella conversación le había dejado una sensación tan desagradable?
Se dijo que era absurdo buscar significados ocultos en un intercambio profesional.
Sin embargo, mientras guardaba sus documentos, recordó que Alexandra solía quedarse unos minutos más para discutir algún detalle, incluso cuando no era estrictamente necesario. A veces hacía comentarios irónicos sobre sus observaciones o le pedía su opinión sobre asuntos que ya había decidido.
Aquella mañana no había hecho nada de eso.
Por primera vez desde que trabajaban juntas, Alexandra parecía perfectamente satisfecha con mantenerla a una distancia estrictamente profesional.
Eli descubrió que aquella distancia le molestaba más de lo que debería.
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Vanessa apareció en el despacho de Alexandra poco después del mediodía.
Habían coincidido en varios eventos empresariales y mantenían una relación cordial que, en otras circunstancias, podría haber evolucionado hacia algo más personal. Vanessa nunca había ocultado su interés y Alexandra tampoco había rechazado su compañía de manera tajante.
Sin embargo, durante los últimos días Alexandra había dejado claro que no tenía intención de profundizar aquella relación.
—Pensé que podríamos almorzar juntas —propuso Vanessa, apoyándose ligeramente en el borde del escritorio—. Hace tiempo que no tenemos una conversación sin que alguien nos interrumpa.
Alexandra terminó de firmar un documento.
—Hoy tengo varios asuntos pendientes.
—Siempre tienes asuntos pendientes.
—Dirijo una compañía. Forma parte del trabajo.
Vanessa sonrió, aunque no pareció convencida.
—Podrías hacer una excepción.
Alexandra dejó la pluma y la miró.
No quería ser cruel con Vanessa. La mujer no había hecho nada malo y merecía una respuesta honesta, no una serie de excusas destinadas a mantenerla esperando.
—Prefiero que no confundamos nuestra buena relación con algo que no estoy buscando.
La sonrisa de Vanessa se debilitó.
—¿Hay alguien más?
Alexandra guardó silencio durante un instante.
Podría haberlo negado. Habría sido lo más sencillo y también lo más cómodo.
Pero no quería mentirle.
—Hay cosas que necesito resolver conmigo misma antes de involucrarme con alguien.
Vanessa estudió su rostro, intentando encontrar una respuesta más concreta.
—Entiendo.
—No quisiera darte una impresión equivocada.
—Creo que ya me la había dado yo sola —admitió Vanessa, recuperando parte de su compostura—. Supuse que, si insistía lo suficiente, terminarías dándome una oportunidad.
—No es una cuestión de insistencia.
—No. Supongo que no.
Vanessa se apartó del escritorio y tomó su bolso.
—No voy a presionarte, Alexandra. Si algún día quieres algo conmigo, tendrás que ser tú quien lo diga.
—Lo entiendo.
—Y espero que encuentres lo que estás buscando.
Alexandra sostuvo su mirada.
—Gracias.
Vanessa se marchó sin añadir nada más.
Cuando la puerta se cerró, Alexandra volvió a sus documentos. Había sido una conversación necesaria, pero no le había proporcionado la tranquilidad que esperaba.
Rechazar una posibilidad era sencillo cuando no se deseaba realmente.
Lo complicado era renunciar a alguien que ni siquiera había llegado a ser una posibilidad.
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Esa noche, Eli llegó a casa más temprano de lo habitual.
Roberto estaba en la cocina preparando la cena. Al escuchar la puerta, apareció con una sonrisa y se acercó para besarla.
—Pensé que volverías más tarde.
—La reunión terminó antes de lo previsto.
—Me alegra. Podemos cenar tranquilos.
Eli dejó el bolso sobre una silla y correspondió a su beso.
—¿Cómo estuvo tu día?
Roberto comenzó a contarle algunas cosas que habían sucedido durante la jornada. Eli lo escuchó e intentó participar en la conversación, pero una parte de su atención seguía atrapada en la imagen de Alexandra saliendo de la sala de juntas.
Se obligó a dejar ese pensamiento a un lado.
Roberto no merecía competir con una mujer que ni siquiera formaba parte de su vida personal.
Durante la cena, él le habló de unos planes para el fin de semana y le preguntó si podían organizar algo especial. Eli aceptó, aunque tuvo que hacer un esfuerzo para no parecer distraída.
—Últimamente estás muy cansada —comentó Roberto cuando terminaron de comer—. ¿Está pasando algo en la empresa?
Eli dejó el tenedor.
—Hay mucho trabajo. Alexandra está revisando personalmente varias operaciones importantes y todos estamos intentando cumplir los plazos.
—¿Te está dando problemas?
Eli negó con la cabeza.
—No. En realidad, últimamente está siendo muy profesional.
Roberto sonrió ligeramente.
—Eso suena como algo bueno.
—Lo es.
La respuesta salió demasiado rápido.
Roberto la observó durante unos segundos, pero no insistió. Se levantó para recoger los platos y le pidió que lo ayudara a elegir una película.
Eli se quedó sentada, sintiendo que la culpa le pesaba más de lo razonable.
Su matrimonio no era una obligación vacía. Roberto había estado a su lado durante años, compartiendo con ella momentos buenos y malos. Habían construido una vida juntos y ella sabía cuánto significaba aquella relación.
No quería lastimarlo.
Tampoco quería convertirse en alguien que ocultara sus sentimientos detrás de excusas interminables.
Pero todavía no estaba preparada para reconocer qué significaban aquellos sentimientos, ni siquiera ante sí misma.
Cuando Roberto regresó, Eli se levantó y lo abrazó.
Él le acarició el cabello.
—¿Qué sucede?
—Nada. Solo quería abrazarte.
Roberto sonrió y la estrechó un poco más.
Eli cerró los ojos.
Intentó concentrarse en aquel abrazo, en la familiaridad de su hogar y en la vida que conocía.
Pero, en el fondo de su mente, apareció la mirada verde de Alexandra.
Y por primera vez, Eli se preguntó si el problema no era que Alexandra estuviera acercándose demasiado.
Quizá el verdadero problema era que ella había comenzado a alejarse.
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A la mañana siguiente, Eli llegó temprano a Woods International.
Esperaba encontrar a Alexandra en su despacho, como de costumbre, pero Natalie le informó que la presidenta había salido para reunirse con un cliente y regresaría más tarde.
Eli asintió, intentando disimular su decepción.
No tenía ningún motivo para sentirse decepcionada. La agenda de Alexandra no dependía de sus expectativas y, además, aquella distancia era precisamente lo que debía facilitarle las cosas.
Abrió su correo y se concentró en las tareas del día.
Poco después, mientras caminaba por el pasillo hacia una reunión, escuchó una risa que reconoció de inmediato.
Alexandra acababa de regresar.
Estaba junto a Lucas, conversando con dos directivos de la compañía. Llevaba una carpeta bajo el brazo y parecía relajada, muy distinta de la mujer implacable que había dirigido la negociación del día anterior.
Uno de los directivos dijo algo que hizo reír a Lucas.
Alexandra también sonrió.