Capítulo 14 — La mujer que no debía importarle
Alexandra Woods había cometido muchos errores a lo largo de su vida.
Había despedido empleados por incompetencia, cerrado negociaciones millonarias sin pestañear y terminado relaciones sentimentales con la misma facilidad con la que las había comenzado.
Nunca había permitido que una equivocación le robara el sueño durante demasiado tiempo.
Para ella, los errores eran lecciones; las pérdidas, oportunidades para fortalecerse.
Sin embargo, Eli Sinclair estaba convirtiéndose en una excepción que empezaba a irritarla.
No porque la vicepresidenta hubiera cometido algún error profesional. Al contrario, Eli era una mujer competente, inteligente y lo suficientemente obstinada como para enfrentarse a ella cuando consideraba que tenía razón.
El problema era que Alexandra había comenzado a desear algo que no podía permitirse.
Quería que Eli la mirara de una manera diferente.
Quería que sus ojos azules se detuvieran en ella unos segundos más de lo necesario, que su voz perdiera aquella seguridad cuando estaban demasiado cerca y que, por una vez, fuera Eli quien buscara una excusa para prolongar una conversación.
Pero Alexandra estaba cansándose de esperar señales que quizá nunca llegarían.
Eli estaba casada con Roberto. Tenía una vida construida lejos de ella y, aunque entre ambas existiera una tensión difícil de ignorar, eso no significaba que estuviera dispuesta a cambiar su mundo por una mujer que apenas comenzaba a ocupar sus pensamientos.
Alexandra conocía perfectamente los límites.
Lo que necesitaba era aprender a respetarlos sin permitir que sus sentimientos siguieran decidiendo por ella.
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Sofía encontró a Alexandra en su despacho, sentada detrás del escritorio, con varios documentos abiertos frente a ella y una expresión que habría conseguido intimidar a cualquiera que no la conociera.
La presidenta llevaba varios minutos leyendo el mismo párrafo sin avanzar.
—Si continúas mirando ese documento de esa manera, terminará presentando su renuncia —comentó Sofía al entrar.
Alexandra levantó la mirada.
—¿No tienes trabajo?
—Tengo muchísimo. Precisamente por eso me preocupa verte perder el tiempo fingiendo que estás trabajando.
—Estoy trabajando.
Sofía miró los documentos y después a su amiga.
—Claro. Y yo acabo de ganar un premio por mi paciencia.
Alexandra dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
—¿Qué quieres, Sofía?
—Saber qué te pasa.
—Nada.
—Esa respuesta sería más convincente si no llevaras toda la mañana con cara de querer despedir a media empresa.
—Quizá debería hacerlo. Hay demasiada gente incompetente en este edificio.
—¿Y Eli también está en esa lista?
La expresión de Alexandra cambió apenas un instante.
Fue suficiente para que Sofía comprendiera que había acertado.
—No mezcles las cosas —advirtió Alexandra.
—No las estoy mezclando. Eres tú quien lleva días permitiendo que una mujer afecte tu humor más de lo que debería.
Alexandra se levantó y caminó hasta los ventanales. Desde allí, Nueva York se extendía bajo el cielo gris, indiferente a los conflictos personales de quienes intentaban conquistarla.
—Eli está casada —dijo finalmente.
Sofía no respondió de inmediato.
—Lo sé.
—Entonces sabes que no tiene sentido.
—¿Qué cosa?
Alexandra giró la cabeza.
—Esto. Mi interés por ella. La necesidad absurda de preguntarme qué piensa cuando me mira, por qué a veces parece querer acercarse y otras se comporta como si yo fuera una complicación que preferiría evitar.
Sofía se acercó despacio.
—¿Y has considerado preguntárselo?
—No voy a perseguir a una mujer casada.
—No te he dicho que lo hagas.
—Tampoco voy a convertirme en la razón por la que alguien destruya su matrimonio.
Aquella vez, la voz de Alexandra sonó más seria. No había arrogancia en sus palabras, sino una decisión que llevaba tiempo intentando aceptar.
Sofía la observó con atención.
—¿Y qué piensas hacer?
Alexandra regresó a su escritorio y recogió el bolígrafo.
—Lo que debería haber hecho desde el principio. Mantener las cosas en su lugar.
—¿Eso significa que vas a dejar de buscarla?
—Significa que voy a tratarla como lo que es: mi vicepresidenta.
—¿Y si ella intenta acercarse?
Alexandra sostuvo su mirada.
—Entonces tendrá que recordar que fue ella quien eligió la vida que tiene.
Sofía suspiró. Conocía demasiado bien a su amiga para confundir aquella frialdad con indiferencia. Alexandra podía cerrar una negociación en cuestión de minutos, pero cuando algo le importaba de verdad, se volvía mucho más difícil de descifrar.
—Solo procura no convertir tu orgullo en un castigo para las dos —le aconsejó.
—No estoy castigando a nadie.
—Todavía no.
Alexandra no respondió.
Sofía se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo.
—Una cosa más. No tienes que demostrar que no te importa alguien tratándola como si no existiera.
—No necesito demostrar nada.
—Perfecto. Entonces no debería costarte tanto.
La puerta se cerró antes de que Alexandra pudiera contestar.
Durante unos segundos permaneció inmóvil. Después volvió a sentarse, abrió el documento que había estado ignorando y comenzó a trabajar.
Si algo sabía hacer, era convertir sus emociones en decisiones.
Y había decidido que Eli Sinclair dejaría de tener un lugar privilegiado en su atención.
Aunque todavía no sabía cuánto le costaría cumplirlo.
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En otro despacho, Eli Sinclair intentaba concentrarse en la revisión de un informe financiero.
Llevaba años trabajando en Woods International. Conocía los procedimientos, los riesgos de cada operación importante y las exigencias de la presidencia. Su experiencia le permitía anticiparse a los problemas antes de que llegaran a la mesa de reuniones.
Sin embargo, aquella mañana le estaba costando terminar una tarea que normalmente habría resuelto en menos de media hora.
No dejaba de recordar a Alexandra.
Le molestaba admitirlo, especialmente porque no tenía una explicación razonable para semejante distracción.
Alexandra era su jefa. Una mujer brillante, arrogante cuando quería y acostumbrada a conseguir lo que se proponía.
Eli había discutido con ella más de una vez y estaba convencida de que, en determinadas circunstancias, la paciencia de la presidenta podía agotarse más rápido que la de cualquier otra persona.
No obstante, últimamente había comenzado a prestar atención a detalles que antes no le habrían importado.
La manera en que Alexandra se recogía el cabello cuando estaba concentrada. Su mirada verde cuando alguien intentaba contradecirla sin argumentos. La seguridad con la que entraba en una sala y conseguía que todos guardaran silencio.
Y aquella sonrisa ocasional que parecía transformar por completo su rostro.
Eli cerró el informe con más fuerza de la necesaria.
—Esto es ridículo —murmuró.
—¿Qué es ridículo?
Eli levantó la cabeza. Sofía estaba junto a la puerta, con una carpeta entre las manos.
—Nada. ¿Necesitas algo?
—Venía a dejarte los documentos de la próxima reunión.
Sofía colocó la carpeta sobre el escritorio, pero no se marchó inmediatamente.
—¿Todo bien?
—Perfectamente.
—Últimamente todo el mundo está perfectamente en esta empresa.
Eli frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que Alexandra lleva días intentando convencerse de que el trabajo es lo único que le importa y tú pareces estar haciendo exactamente lo mismo.
Eli sintió que algo se tensaba en su interior.
—No sé de qué estás hablando.
—No te preocupes. No he venido a interrogarte.
—Entonces no lo hagas.
Sofía aceptó la respuesta con una tranquilidad que pareció irritar todavía más a Eli.
—Está bien. Solo quería recordarte que Alexandra es bastante buena ocultando lo que siente, pero no siempre es tan buena como cree.
Eli se quedó inmóvil.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque trabajo con ella. Y porque a veces las personas se hacen daño intentando fingir que algo no les importa.
Sofía recogió una segunda carpeta.
—De todas formas, no es asunto mío.
Se marchó antes de que Eli pudiera formular otra pregunta.
La vicepresidenta permaneció mirando la puerta.
No sabía qué pretendía insinuar Sofía, pero había una posibilidad que no estaba dispuesta a considerar: que Alexandra hubiera sentido algo por ella y estuviera intentando apartarse.
¿Por qué iba a importarle semejante cosa?
Alexandra podía interesarle como profesional. Podía reconocer su inteligencia, admirar su capacidad para dirigir la empresa e incluso sentirse incómoda cuando discutían.
Pero aquello no significaba nada más.
Eli tenía una vida con Roberto. Un matrimonio que había construido durante años y que no podía tratar como si fuera un detalle secundario.
Se obligó a volver al informe.
Esta vez consiguió leer dos páginas antes de que su teléfono vibrara.
Era un mensaje de Roberto.
¿Llegarás a tiempo para cenar? Me gustaría que pasáramos la noche juntos. Hace días que casi no coincidimos.
Eli leyó el mensaje dos veces.
Sintió una punzada de culpa. Roberto no tenía la culpa de sus distracciones, ni de aquella inquietud que aparecía cada vez que Alexandra entraba en una habitación.
Respondió que intentaría llegar temprano y dejó el teléfono boca abajo.
Tenía que recuperar el control de sus pensamientos.
No podía permitirse que una mujer que apenas comenzaba a conocerla emocionalmente se convirtiera en el centro de una confusión que amenazaba con extenderse más allá de la oficina.
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La reunión con los representantes de una firma de inversiones estaba prevista para las once.
Cuando Alexandra entró en la sala de juntas, todos los asistentes se pusieron de pie. Llevaba un traje oscuro, el cabello cuidadosamente arreglado y aquella expresión serena que solía anunciar que estaba preparada para cualquier objeción.
Eli, sentada a su derecha, levantó la mirada.
Durante un breve instante, sus ojos se encontraron.
Eli esperó, sin saber exactamente qué esperaba. Tal vez una sonrisa discreta, una observación sobre los documentos que habían revisado juntas o alguna de aquellas provocaciones con las que Alexandra solía poner a prueba su paciencia.
Pero la presidenta se limitó a asentir con formalidad.