Capítulo 13 — Una ausencia imperdonable #4
Las palabras fueron tranquilas, pero Alexandra sintió que cada una encontraba el lugar exacto donde podía hacerle daño.
—No te he pedido que conviertas nada —respondió, intentando conservar la sonrisa—. Solo hice una pregunta.
—Y yo te he contestado.
Alexandra guardó silencio.
Durante unos segundos quiso volver a provocarla, hacer algún comentario sobre sus celos o acercarse lo suficiente para obligarla a apartar la mirada.
Pero recordó lo que había ocurrido la última vez que había intentado empujarla demasiado lejos.
No quería otra bofetada.
Tampoco quería descubrir que Eli era capaz de alejarse de ella sin mirar atrás.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Hablemos de trabajo.
Eli asintió y abrió una carpeta.
—Tenemos que revisar las condiciones pendientes y preparar la documentación para la nueva reunión. También quiero que acordemos un procedimiento para que, si vuelves a tener una emergencia, alguien pueda asumir tus responsabilidades sin dejar al equipo esperando.
Alexandra se cruzó de brazos.
—¿Estás proponiendo que alguien me sustituya?
—Estoy proponiendo que la empresa no dependa de que una sola persona esté disponible en todo momento.
—Sabes perfectamente que no acostumbro a faltar.
—Precisamente por eso me preocupa que haya ocurrido.
La sinceridad de Eli la desarmó durante un instante.
No estaba intentando humillarla. Tampoco quería demostrar que era mejor que ella. Eli estaba hablando de la empresa, de las personas que dependían de ambas y de las consecuencias reales de lo ocurrido.
Y, aun así, Alexandra no podía dejar de pensar en la manera en que le había entregado el vaso de agua aquella mañana.
En la preocupación que había visto en sus ojos.
En el hecho de que hubiera ido a buscarla sin que nadie se lo pidiera.
Y en el baile de la noche anterior, que ahora parecía pertenecer a una versión de Eli que solo se permitía existir cuando la música ocultaba las palabras que no se atrevían a decirse.
—Está bien —aceptó—. Prepara una propuesta y la revisaremos.
—Lo haré.
Alexandra se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez.
—Eli.
—¿Sí?
Por un instante, Alexandra estuvo a punto de preguntarle si había pensado en ella durante la noche. Si se había preocupado más de lo que estaba dispuesta a reconocer. Si aquel baile significaba algo para ella o si solo había sido una disculpa que ya había olvidado.
Pero Eli la observaba con una calma que no le dejaba espacio para esconderse detrás de una provocación.
Así que Alexandra sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Gracias por hacerte cargo de la reunión.
Eli inclinó ligeramente la cabeza.
—Era mi responsabilidad.
Alexandra salió sin decir nada más.
Cuando la puerta se cerró, Eli permaneció inmóvil unos segundos. Después bajó la mirada hacia los documentos, intentando retomar el trabajo.
No lo consiguió de inmediato.
Porque, por mucho que quisiera convencerse de lo contrario, la imagen de Alexandra pálida, despeinada y vulnerable seguía apareciendo en su mente.
Y le molestaba que le importara tanto.
También recordaba el baile.
La forma en que Alexandra la había mirado cuando le preguntó si se arrepentía. La herida que había aparecido en sus ojos cuando Eli se negó a responderle directamente.
Eli sabía que había sido cobarde.
Podría haberle dicho que no se arrepentía de haber bailado con ella. Podría haber reconocido que durante aquella canción había olvidado por unos instantes que estaba casada, que existían límites y que su vida ya no le pertenecía únicamente a ella.
Pero no lo había hecho.
Porque decirlo en voz alta habría significado aceptar que algo estaba cambiando.
Y Eli todavía no sabía qué estaba dispuesta a hacer con esa verdad.
En el pasillo, Alexandra caminó hacia su oficina con la espalda recta y la expresión serena que todos esperaban de ella.
Nadie habría imaginado que aquella conversación le había dolido.
Había soportado críticas, pérdidas y negociaciones mucho más difíciles. Sin embargo, la distancia de Eli le resultaba insoportable de una manera que no sabía explicar.
La noche anterior al baile había intentado distraerse. Después había regresado a casa y bebido más de la cuenta para dejar de pensar. A la mañana siguiente, Eli había aparecido junto a su cama, preocupada, y por un instante Alexandra se había permitido creer que quizá significaba algo más.
Ahora volvía a encontrarse con la misma distancia.
Quizá el problema no era que Eli se acercara y después se alejara.
Quizá el problema era que Alexandra había comenzado a esperar que se quedara.
Se detuvo frente a los ventanales del pasillo y contempló la ciudad extendiéndose bajo el cielo de la mañana.
No volvería a beber para olvidar a Eli. No permitiría que una mujer casada, incapaz de reconocer lo que sentía, destruyera su concentración ni pusiera en riesgo la empresa que había trabajado tanto por dirigir.
Podía hacerlo.
Tenía que hacerlo.
Sin embargo, mientras regresaba a su oficina, una pregunta continuó persiguiéndola.
Si Eli no sentía nada por ella, ¿por qué había ido a buscarla?
Y si sentía algo, ¿cuánto tiempo más iba a fingir que no era así?
Alexandra no tenía respuestas.
Solo sabía que la noche anterior había deseado que una canción durara un poco más y que, desde entonces, no había conseguido dejar de pensar en la mujer que la había invitado a bailar.
Lo que todavía no comprendía era que Eli también estaba intentando olvidar aquella canción.
Y que ninguna de las dos estaba consiguiéndolo.