Capítulo 13 — Una ausencia imperdonable #3
—Entonces deja de comportarte como si no tuvieras responsabilidades.
—¿Siempre tienes que tener la última palabra?
—No. Solo cuando alguien necesita escucharla.
A pesar del dolor de cabeza, Alexandra estuvo a punto de sonreír.
Eli lo notó y endureció la expresión.
—No encuentro nada gracioso en esto.
—No me estoy riendo.
—Todavía.
Alexandra bajó la mirada, ocultando una sonrisa que no había conseguido evitar.
Durante unos segundos, la tensión entre ellas pareció transformarse en algo distinto. Algo familiar, incómodo y peligrosamente cercano a la complicidad que ambas intentaban negar.
Entonces Alexandra volvió a recordar el bar.
—¿Te arrepentiste de haber bailado conmigo? —preguntó de repente.
Eli se quedó inmóvil.
No esperaba aquella pregunta, y mucho menos en aquel momento.
—¿Qué?
—Anoche. Cuando me invitaste a bailar. ¿Te arrepentiste después?
Eli apartó la mirada durante un instante.
—No estamos hablando de eso ahora.
—Ya sé. Estamos hablando de mi ausencia y de la reunión. Pero tú estás aquí, yo estoy aquí y no creo que volvamos a estar solas tan pronto.
—Alexandra...
—Solo es una pregunta.
Eli respiró hondo.
—No me arrepiento de haberte pedido disculpas.
—No te pregunté eso.
El silencio que siguió fue suficiente para que Alexandra comprendiera que había tocado un punto delicado.
Eli volvió a mirarla.
—Necesitas descansar. Después hablaremos de lo que ocurrió en la reunión.
La distancia repentina hizo que Alexandra sintiera que algo se le escapaba.
—Siempre haces lo mismo —murmuró.
—¿Qué cosa?
—Te acercas, haces que piense que quizá hay algo más y después te escondes detrás de una respuesta profesional.
Eli se tensó.
—No voy a tener esta conversación contigo mientras estás así.
—¿Así cómo? ¿Con resaca? ¿Cansada? ¿O demasiado consciente de que viniste porque te preocupaste por mí?
—Vine porque nadie conseguía localizarte. No conviertas eso en algo que no es.
La frase cayó entre ambas con una familiaridad dolorosa.
Alexandra reconoció aquellas palabras. Eran casi las mismas que Eli había utilizado otras veces para marcar una distancia entre ellas.
Una distancia que parecía necesitar tanto como temer.
Alexandra bajó la mirada hacia el vaso.
—Entendido.
Eli pareció arrepentirse de la dureza de su respuesta, pero no encontró la manera de corregirla sin abrir una conversación que no estaba preparada para tener.
Retrocedió un paso.
—Descansa. Después hablaremos del trabajo.
Alexandra levantó la mirada una última vez.
—Gracias por el agua.
Eli la observó durante un instante.
—No tienes que agradecerme eso.
Y salió de la habitación.
Alexandra permaneció inmóvil, escuchando sus pasos alejarse por el pasillo.
Había pasado semanas provocando a Eli, intentando arrancarle una reacción que confirmara que no era la única atrapada en aquella tensión. La noche anterior, durante el baile, había creído vislumbrar algo detrás de la culpa y la resistencia de Eli.
Ahora, sin embargo, volvía a encontrarse con la misma barrera.
Y no sabía si lo que más le dolía era que Eli negara sus sentimientos o que quizá no hubiera nada que negar.
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Sofía regresó poco después con algo de comida y un analgésico que Alexandra podía tomar siguiendo las indicaciones del envase. Dejó todo sobre la mesita y se sentó en el borde de la cama.
—Tenemos que hablar.
Alexandra cerró los ojos.
—¿Otra vez?
—Sí, otra vez. Y esta vez vas a escucharme.
Alexandra suspiró, pero no discutió.
—Los inversores no quedaron satisfechos —continuó Sofía—. Eli consiguió mantener la reunión bajo control, pero el acuerdo no se cerró. Tendremos que reorganizar el trabajo y solicitar otra fecha. Además, uno de los directores cuestionó tu compromiso con el proyecto.
La expresión de Alexandra perdió todo rastro de humor.
—¿Dijo eso?
—Sí. No es algo que vaya a destruir tu reputación, pero tienes que entender que las personas no pueden confiar en ti si desapareces justo cuando más te necesitan.
Alexandra tomó el vaso de agua y bebió un poco más.
—Me ocuparé de ello.
—Espero que sí.
Sofía hizo una pausa antes de continuar.
—Y hay algo más.
Alexandra la miró con recelo.
—¿Qué?
—Eli insistió en acompañarme. No tuve que pedírselo.
Alexandra intentó mantener una expresión indiferente, pero sus dedos se detuvieron alrededor del vaso.
—¿Y qué quieres que haga con esa información?
—Nada. Solo quiero que no confundas su preocupación con algo que todavía no te ha dicho.
Alexandra frunció el ceño.
—No estoy confundiendo nada.
—Te conozco demasiado bien para creerte cuando dices eso.
—Sofía...
—No voy a decirte qué debes sentir por ella.
Pero tampoco voy a permitir que conviertas cada gesto suyo en una promesa que nunca te hizo.
Eli está casada y ustedes dos tienen una relación complicada.
Si sigues provocándola para comprobar hasta dónde está dispuesta a llegar, alguien va a terminar herido.
La mención de Roberto cayó entre ambas como un recordatorio incómodo.
Alexandra desvió la mirada.
—No le he pedido que venga.
—Lo sé.
—Y tampoco le he pedido que se preocupe por mí.
—También lo sé.
—Entonces, ¿por qué parece que todo esto es culpa mía?
Sofía suavizó la voz.
—No digo que todo sea culpa tuya. Digo que eres responsable de tus decisiones. Y hoy has tomado una decisión que ha perjudicado a la empresa. No dejes que lo que sientes por Eli te haga perder de vista quién eres.
Alexandra guardó silencio.
Porque lo cierto era que ya no sabía si estaba intentando olvidar a Eli o encontrar una excusa para seguir pensando en ella.
Quizá la noche anterior había bebido porque no soportaba la incertidumbre. Quizá había querido demostrar que podía divertirse con Vanessa y que el baile no había significado nada.
Pero si de verdad no había significado nada, ¿por qué seguía recordando cada detalle?
—Voy a arreglar lo de la reunión —dijo al fin—. Y no volverá a ocurrir.
Sofía se levantó.
—Eso espero. Ahora come algo y descansa. Hablaremos de la empresa cuando estés en condiciones de pensar con claridad.
Cuando Sofía salió, Alexandra tomó el teléfono y volvió a revisar los mensajes.
Entre las llamadas de su equipo y los avisos de la reunión, encontró el mensaje de Eli.
La reunión ya comenzó. ¿Dónde estás?
No había reproches escritos. Ninguna frase innecesaria. Pero Alexandra podía imaginar perfectamente el tono con el que Eli lo habría dicho.
Se quedó mirando la pantalla durante varios minutos.
Después abrió la conversación de la noche anterior. Allí estaba el último mensaje que habían intercambiado, breve y correcto, como si el baile no hubiera ocurrido.
Alexandra pasó el dedo por la pantalla, dudando.
Finalmente, escribió:
Ya estoy bien. Siento haberte causado problemas esta mañana. Gracias por venir.
Lo leyó dos veces antes de enviarlo.
Después dejó el teléfono boca abajo, como si así pudiera evitar arrepentirse.
No pasaron ni cinco minutos antes de que la pantalla se iluminara.
Me alegra saber que estás bien. Descansa. Mañana tenemos mucho trabajo pendiente.
Alexandra leyó la respuesta una vez.
Luego otra.
Era un mensaje correcto, distante y profesional. Exactamente el tipo de respuesta que Eli debía enviarle.
Y, aun así, Alexandra sintió una decepción absurda.
Esperaba algo más, aunque no habría sabido explicar qué.
Una palabra diferente. Una pregunta personal. Una señal de que, por un momento, Eli había dejado de pensar en ella como la presidenta de Woods International.
Quizá una referencia al baile. Quizá una pregunta sobre cómo se sentía. Quizá cualquier cosa que le demostrara que la noche anterior también había dejado una huella en ella.
Pero no había nada de eso.
Alexandra apretó los labios y bloqueó el teléfono.
—Idiota —murmuró, sin saber si se refería a Eli o a sí misma.
Se obligó a comer algo y después descansó. No volvió a beber aquella tarde. En cambio, revisó los documentos pendientes y comenzó a preparar una estrategia para recuperar la confianza de los inversores.
No podía cambiar lo que había ocurrido.
Pero sí podía demostrar que había aprendido de su error.
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A la mañana siguiente, Alexandra regresó a la empresa decidida a recuperar el control.
Había dormido varias horas, bebido suficiente agua y pasado buena parte de la tarde anterior revisando los documentos del acuerdo. El dolor de cabeza había desaparecido, pero la vergüenza por lo ocurrido seguía presente.
No pensaba permitir que aquel error definiera su semana.
Saludó a los empleados, revisó los informes pendientes y pidió que reorganizaran su agenda. También solicitó que se contactara con los inversores para fijar una nueva reunión.
Cuando terminó, fue directamente a la oficina de Eli.
La encontró sentada detrás de su escritorio, revisando una serie de documentos. Eli levantó la mirada cuando Alexandra entró, pero no mostró ninguna sorpresa.
—Buenos días —dijo Alexandra.
—Buenos días.
Alexandra cerró la puerta.
—Quería hablar contigo sobre lo de ayer.
Eli dejó los documentos a un lado.
—Te escucho.
—Ya revisé el informe de la reunión. Sé que tuviste que encargarte de todo y que el acuerdo quedó pendiente. Voy a comunicarme personalmente con los inversores y asumiré la responsabilidad por mi ausencia.
—Bien. Es lo que corresponde.
La respuesta fue tan profesional que Alexandra sintió una punzada de irritación.
—¿Eso es todo?
Eli frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué más esperabas?
—No lo sé. Tal vez una opinión sobre lo ocurrido.
—Mi opinión no va a cambiar los hechos, Alexandra. Faltaste a una reunión importante y tu equipo tuvo que resolver las consecuencias. Ya lo hablamos ayer.
—También viniste a mi casa.
El rostro de Eli se mantuvo impasible, aunque sus dedos se tensaron sobre el borde del escritorio.
—Fui porque nadie conseguía localizarte y quería asegurarme de que estuvieras bien.
—Eso ya me lo dijiste.
—Entonces no entiendo por qué lo repites.
Alexandra se acercó un poco al escritorio.
—Quizá porque todavía intento entenderlo.
Eli sostuvo su mirada.
—No hay nada que entender. Me preocupé. Eso es todo.
—¿Te preocupaste por mí?
—No conviertas un gesto de preocupación en algo que no es.