Capítulo 13 — Una ausencia imperdonable #2
—Entendemos su posición —respondió Eli, manteniendo la compostura—. Les enviaremos la documentación pendiente y coordinaremos una nueva reunión para finalizar los puntos que faltan.
La reunión terminó sin que el acuerdo quedara cerrado.
Cuando los asistentes se marcharon, Sofía recogió sus documentos con evidente frustración.
—Esto nos va a costar tiempo —dijo—. Y posiblemente confianza.
—Lo sé.
—Uno de los directores ya me preguntó si Alexandra sigue comprometida con el proyecto.
Eli apretó la mandíbula.
—Alexandra está comprometida con la empresa. Tiene que haber una explicación.
—Puede haberla, pero eso no cambia lo que acaba de ocurrir.
Sofía no estaba siendo cruel. Conocía a Alexandra desde hacía años y sabía cuánto le había costado llegar hasta allí. Precisamente por eso, le preocupaba que su amiga estuviera permitiendo que sus asuntos personales afectaran decisiones que exigían toda su atención.
Eli volvió a mirar su teléfono.
Seguía sin noticias.
La inquietud ya no parecía tener relación únicamente con la empresa.
—Voy a su casa —anunció Sofía.
—Voy contigo.
Sofía levantó la mirada.
—No tienes por qué acompañarme.
—Ya lo sé.
—Entonces, ¿por qué vienes?
Eli guardó el teléfono en el bolsillo.
Podría haber dicho que necesitaba comprobar que Alexandra estaba bien porque su ausencia había perjudicado un acuerdo importante. Podría haber argumentado que, como vicepresidenta ejecutiva, tenía motivos profesionales para asegurarse de que la presidenta estuviera disponible.
Pero ninguna de esas explicaciones parecía suficiente.
—Porque nadie sabe dónde está y quiero comprobar que se encuentra bien.
Sofía la estudió en silencio. No hizo ningún comentario, aunque su expresión dejó claro que había entendido más de lo que Eli pretendía decir.
—De acuerdo. Vamos.
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El trayecto hasta la residencia de Alexandra transcurrió en silencio.
Eli intentó convencerse de que su preocupación era razonable. Alexandra era la presidenta de la empresa, su superiora y una mujer con la que compartía responsabilidades importantes. Era natural que quisiera asegurarse de que no le hubiera ocurrido nada.
No tenía ninguna relación con el baile de la noche anterior.
Ni con la manera en que Alexandra había apartado la mirada cuando sus cuerpos quedaron demasiado cerca.
Ni con aquella sonrisa que Eli llevaba horas intentando olvidar.
El teléfono permaneció en su mano durante todo el trayecto. Comprobó la pantalla varias veces, aunque sabía perfectamente que no había llegado ningún mensaje nuevo.
No podía dejar de preguntarse si Alexandra estaría enfadada con ella.
Tal vez se había arrepentido de haber aceptado bailar. Tal vez su silencio significaba que no quería volver a hablar de lo sucedido. O quizá simplemente estaba durmiendo, ajena a la preocupación que había provocado.
Cuando el automóvil se detuvo frente a la residencia, Eli guardó el teléfono y bajó.
Sofía sacó una llave de su bolso y abrió la puerta.
—¿Tienes una llave de su casa? —preguntó Eli.
—Me la dio hace años para emergencias. Espero que no se moleste por usarla.
Entraron y llamaron a Alexandra, pero no obtuvieron respuesta.
La casa estaba en silencio.
Sofía llamó al conductor, que confirmó que había dejado a Alexandra en casa después de la medianoche. Su automóvil estaba en el garaje, así que no había salido de nuevo.
—Está aquí —dijo Sofía, más tranquila, aunque todavía preocupada—. Vamos a buscarla.
Subieron las escaleras y se dirigieron a la habitación de Alexandra.
La encontraron dormida sobre la cama, todavía vestida con la ropa de la noche anterior. Tenía el cabello revuelto, el rostro pálido y una botella de agua junto a la mesita de noche. El olor a alcohol era evidente.
Eli se detuvo en el umbral.
La imagen le provocó una punzada de preocupación que no pudo disimular.
Aquella no era la Alexandra que conocía.
No era la mujer que entraba en una sala de juntas con la seguridad de quien estaba acostumbrada a controlar cada detalle.
Tampoco era la mujer que la había mirado durante el baile como si estuviera desafiándola a reconocer algo que ninguna se atrevía a nombrar.
Era simplemente Alexandra, vulnerable y ajena a todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
Sofía se acercó y le tocó el hombro.
—Alexandra. Despierta.
Alexandra se movió, se cubrió la cabeza con una almohada y soltó un quejido.
—Cinco minutos más.
—No. Tienes que levantarte.
—Sofía, por favor...
—Alexandra.
Esta vez, el tono de su amiga fue suficiente para que abriera los ojos.
Parpadeó varias veces, confundida. Después se incorporó demasiado rápido y se llevó una mano a la frente.
—Dios... ¿Qué hora es?
—Casi las diez.
Alexandra se quedó inmóvil.
—¿Las diez?
—Sí.
De pronto, los recuerdos de la noche anterior comenzaron a regresar. La cena, las copas, Vanessa, el automóvil y la decisión de acostarse sin siquiera mirar el teléfono.
Después recordó el bar.
El baile.
Eli.
Sacudió ligeramente la cabeza, intentando apartar aquellas imágenes, y buscó el móvil entre las sábanas.
Lo encontró y contempló la pantalla llena de llamadas perdidas y mensajes.
Su expresión cambió.
—Mierda.
—Esa es una forma bastante suave de describir lo que ha ocurrido —respondió Sofía.
Alexandra se pasó una mano por el cabello.
—¿Por qué nadie me despertó?
—¿De verdad estás preguntando eso? Te llamamos decenas de veces. También llamamos a tus hermanos. Nadie sabía dónde estabas hasta que vinimos aquí.
Alexandra cerró los ojos un instante, intentando soportar el dolor de cabeza.
—Salí con Vanessa. Bebí más de la cuenta y me quedé dormida.
—Eso ya lo hemos deducido.
—Sofía, no empieces.
—¿Que no empiece? Has faltado a una reunión decisiva. Los inversores se marcharon sin cerrar el acuerdo y Eli tuvo que hacerse cargo de todo sin ti.
Al escuchar aquel nombre, Alexandra levantó la mirada.
Entonces vio a Eli, de pie junto a la puerta.
Por un instante, olvidó el dolor de cabeza.
Eli no llevaba la expresión fría y desafiante que Alexandra conocía tan bien. Parecía cansada y preocupada. Tenía los brazos cruzados, pero sus ojos no dejaban de recorrer el rostro de Alexandra, como si buscara alguna señal de que algo más grave hubiera sucedido.
Alexandra sintió una mezcla de vergüenza y desconcierto.
Después de la noche anterior, no había esperado volver a verla tan pronto. Mucho menos encontrarla en su habitación, observándola con aquella preocupación que parecía contradecir todo lo que Eli se empeñaba en decirle.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
Eli descruzó los brazos.
—¿Eso es lo primero que se te ocurre decir?
—Es una pregunta bastante sencilla.
—Y yo podría hacerte otra: ¿qué te pasó por la cabeza para beber hasta el punto de no poder levantarte para una reunión que tú misma organizaste?
Alexandra frunció el ceño.
—No necesito que me sermonees.
—Perfecto. Entonces no me des motivos para hacerlo.
Sofía intervino antes de que la conversación se convirtiera en otra discusión.
—Alexandra, tienes responsabilidades. No solamente contigo misma, sino con cientos de personas que dependen de las decisiones que tomas. Puedes salir, divertirte y pasar tiempo con quien quieras, pero no puedes desaparecer de esta manera.
Alexandra bajó la mirada hacia el teléfono.
Sabía que Sofía tenía razón. Y eso la molestaba, porque no tenía ninguna excusa que pudiera justificar lo ocurrido.
—Lo sé —admitió finalmente—. Me equivoqué.
Sofía pareció sorprenderse al escucharla reconocerlo tan rápido, aunque su expresión no se suavizó demasiado.
—Bien. Entonces empieza por levantarte, beber agua y dejar de actuar como si nada tuviera consecuencias.
Eli tomó la botella de la mesita de noche y comprobó que quedaba muy poca agua. Miró a Alexandra y después la dejó en su sitio.
—¿Has bebido algo desde que llegaste?
—No lo recuerdo.
Eli soltó un suspiro y se acercó a la jarra que había sobre una cómoda. Sirvió agua en un vaso y se lo tendió.
—Toma.
Alexandra lo aceptó lentamente. Sus dedos rozaron los de Eli durante un instante.
Fue un contacto insignificante.
Al menos, debería haberlo sido.
Pero Alexandra sintió una extraña calma al tenerla cerca. Eli apartó la mano enseguida, como si también hubiera notado aquel roce.
—Bebe despacio —le indicó.
Alexandra obedeció sin apartar los ojos de ella.
—No tenías que venir.
Eli sostuvo su mirada.
—Lo sé.
La respuesta dejó a Alexandra sin palabras.
No había reproche en aquellas dos palabras. Tampoco una explicación que pudiera utilizar para burlarse de ella. Solo una sinceridad inesperada que le resultó mucho más difícil de soportar que cualquier discusión.
—Entonces, ¿por qué viniste? —preguntó, esta vez en voz más baja.
Eli tardó un segundo en responder.
—Porque nadie sabía dónde estabas. Porque no contestabas el teléfono. Y porque quería comprobar que estabas bien.
Alexandra apretó el vaso entre las manos.
—Podrías haber dejado que Sofía viniera sola.
—Podría haberlo hecho.
—Pero no lo hiciste.
—No.
Las dos se quedaron mirándose.
Alexandra recordó de pronto el baile de la noche anterior. Recordó la disculpa de Eli y la manera en que había parecido luchar contra sus propias palabras. Por un instante, quiso preguntarle si había pensado en ella después de marcharse del bar.
Pero ahora tenía una respuesta más urgente delante de sus ojos.
Eli se había preocupado lo suficiente como para ir a buscarla.
Y Alexandra no sabía qué hacer con esa información.
Sofía, que observaba la escena desde un costado, decidió intervenir antes de que volvieran a perderse en aquel peligroso intercambio de silencios y miradas.
—Voy a pedir que preparen algo de comer. Alexandra, necesitas descansar y después tendrás que ocuparte de las consecuencias de tu ausencia.
—Sí, mamá —murmuró Alexandra.
—No me llames mamá cuando acabas de comportarte como una adolescente.
Sofía salió de la habitación, cerrando la puerta a medias para darles un poco de privacidad mientras organizaba lo necesario.
Alexandra dejó el vaso sobre la mesita y volvió a mirar a Eli.
—Puedes dejar de mirarme como si fuera una niña.