La heredera del imperio Woods Capítulo 13 — Una ausencia imperdonable
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Capítulo 13 — Una ausencia imperdonable

Alexandra Woods estaba acostumbrada a conseguir lo que quería.

A sus veintitrés años, dirigía una de las empresas más importantes del país.

Había aprendido a negociar con hombres que duplicaban su edad, a enfrentarse a juntas directivas enteras y a tomar decisiones que podían cambiar el futuro de cientos de empleados sin permitir que nadie descubriera sus dudas.

Sin embargo, había una mujer capaz de desordenar todos sus pensamientos con una sola mirada.

Eli Sinclair.

Y lo peor era que, después de lo ocurrido la noche anterior, Alexandra ya no estaba segura de querer evitarlo.

El recuerdo del bar regresaba a su mente una y otra vez: Eli acercándose a ella, la invitación inesperada a bailar, la música lenta que las había obligado a permanecer demasiado cerca y aquella disculpa que Alexandra había esperado escuchar desde el día de la bofetada.

Todavía podía recordar la voz de Eli cuando le dijo que sabía que una disculpa no era suficiente.

No. No basta.

Había sido su respuesta.

Y era verdad. Una disculpa no borraba lo sucedido, ni cambiaba el hecho de que Eli la había golpeado por segunda vez.

Sin embargo, mientras bailaban, Alexandra había descubierto algo que la inquietaba mucho más que el dolor de aquella bofetada: por unos minutos, había deseado olvidarse de todo y quedarse allí, entre los brazos de la mujer que se empeñaba en recordarle que estaba casada.

Recordaba el perfume de Eli, su respiración cercana y la forma en que ambas habían guardado silencio cuando la canción pareció alargarse más de lo normal.

También recordaba el instante en que había tenido que apartarse.

No porque no quisiera continuar bailando, sino porque su cuerpo estaba reaccionando a una cercanía que su orgullo no sabía cómo disimular.

Había regresado junto a Vanessa fingiendo que nada había sucedido. Se había reído, había aceptado otra copa y había intentado convencerse de que aquella conversación no significaba nada.

Pero Eli había conseguido arruinarle la noche incluso después de marcharse.

Alexandra no sabía si la había visto salir del bar, si había sentido celos al verla con Vanessa o si, por el contrario, había olvidado el baile en cuanto se alejó de ella.

Y esa incertidumbre la irritaba.

¿Por qué Eli podía acercarse cuando le nacía, pedirle disculpas y después regresar a su vida como si nada hubiera pasado?

¿Por qué podía preocuparse por ella durante unos minutos y al día siguiente volver a esconderse detrás de su matrimonio y de aquella actitud profesional que Alexandra comenzaba a detestar?

Quizá la respuesta era más sencilla de lo que quería admitir.

Quizá Eli no sentía lo mismo.

Quizá aquel baile solo había sido un intento de disculparse.

Y quizá Alexandra estaba convirtiendo un gesto de arrepentimiento en algo que nunca había sido.

La idea le resultó insoportable.

Por eso, cuando Vanessa le propuso continuar la noche en otro lugar, Alexandra aceptó sin pensarlo demasiado.

Necesitaba dejar de recordar la cercanía de Eli. Necesitaba escuchar otra voz, reírse de cualquier tontería y demostrarle a sí misma que seguía siendo la misma mujer de siempre: independiente, segura y perfectamente capaz de disfrutar de la compañía de quien quisiera.

Vanessa no hizo preguntas cuando Alexandra pidió otra copa.

Al principio hablaron de asuntos triviales.

Después, de los últimos acontecimientos en la empresa y de una fiesta a la que Vanessa quería asistir el fin de semana siguiente.

Alexandra intentó prestar atención, pero sus pensamientos seguían regresando a la mujer de cabello castaño y ojos azules que había dejado atrás en el bar.

Pidió otra copa.

Luego una más.

No estaba acostumbrada a beber de aquella manera. Conocía sus límites y rara vez los sobrepasaba, pero aquella noche parecía decidida a silenciar todo lo que no quería sentir.

—Alexandra, ¿estás segura de que quieres otra? —preguntó Vanessa, observándola con cierta preocupación.

—Estoy perfectamente bien.

—No he dicho lo contrario. Solo creo que ya es suficiente.

Alexandra dejó la copa sobre la mesa y sonrió sin demasiado entusiasmo.

—No sabía que habías decidido convertirte en mi niñera.

Vanessa arqueó una ceja.

—Y yo no sabía que necesitabas beber para demostrarme que puedes divertirte.

La sonrisa de Alexandra desapareció.

Durante un instante, creyó que Vanessa había descubierto lo que intentaba esconder. Sin embargo, su acompañante no insistió. Se limitó a pedir la cuenta y a recordarle que al día siguiente tenía responsabilidades.

Alexandra aceptó marcharse, aunque no estaba de buen humor.

Su conductor la llevó hasta su residencia poco después de la medianoche. Apenas entró, se quitó los zapatos, dejó el teléfono sobre la mesita de noche y caminó hasta la cama.

No revisó los mensajes.

No comprobó la hora.

Ni siquiera recordó que a la mañana siguiente tenía una reunión decisiva para cerrar el acuerdo de inversión que había supervisado personalmente durante semanas.

Se dejó caer sobre el colchón, todavía vestida, y cerró los ojos.

Antes de quedarse dormida, pensó en el baile.

En la disculpa.

En la forma en que Eli la había mirado.

Y, por último, en la pregunta que no se había atrevido a hacerle.

¿Te habría gustado que la canción durara un poco más?

Alexandra no encontró una respuesta.

El sueño terminó por vencerla antes de que pudiera seguir buscando una.

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A las ocho y veinte de la mañana, Eli Sinclair llegó a la sala de juntas con una carpeta bajo el brazo y varios documentos que había revisado hasta tarde.

Había dormido poco.

No por el trabajo, aunque tenía suficiente para mantenerla ocupada durante días, sino porque cada vez que cerraba los ojos volvía a encontrarse en aquel bar, frente a Alexandra.

Había intentado convencerse de que acercarse a ella había sido lo correcto. Le debía una disculpa por la bofetada y no quería que Alexandra pensara que era incapaz de reconocer sus propios errores.

Sin embargo, la conversación no había terminado como esperaba.

Alexandra había aceptado bailar con ella, pero eso no significaba que la hubiera perdonado. Su respuesta había sido clara, y Eli no podía reprochárselo.

Lo que más le preocupaba era haber disfrutado de aquella cercanía.

Había sentido el perfume de Alexandra, había advertido su nerviosismo y había notado el instante en que la joven se apartó para recuperar la compostura. Durante unos segundos, Eli había tenido la impresión de que ambas estaban a punto de cruzar una frontera que llevaban demasiado tiempo bordeando.

Después, Alexandra había regresado junto a Vanessa.

Eli recordaba la manera en que las dos se habían reído juntas. Recordaba también la punzada de celos que había sentido al ver a Vanessa inclinarse hacia Alexandra para decirle algo al oído.

No tenía derecho a sentirse así.

Estaba casada con Roberto.

Y, aun así, la imagen de Alexandra sonriendo a otra mujer la había acompañado hasta su casa.

Aquella mañana, Eli había decidido que no volvería a pensar en ello. Tenía una reunión importante, un acuerdo que cerrar y una responsabilidad profesional que no podía permitir que sus sentimientos interfirieran.

Por eso, cuando el reloj marcó las ocho y treinta y la silla de la presidenta continuó vacía, su primera reacción fue mirar la puerta.

Alexandra siempre llegaba a tiempo a las reuniones que consideraba importantes. Podía ser provocadora, orgullosa y difícil de tratar, pero se tomaba en serio su trabajo.

Al menos, eso había creído hasta entonces.

—¿Alguien sabe dónde está Alexandra? —preguntó Eli, mirando a los asistentes.

Nadie respondió.

Sacó el teléfono y la llamó.

Una vez.

Dos veces.

Cinco veces.

Todas las llamadas terminaron sin respuesta.

Eli apretó los labios y le envió un mensaje.

La reunión ya comenzó. ¿Dónde estás?

Esperó unos segundos, mirando la pantalla.

Nada.

La inquietud comenzó a abrirse paso bajo su irritación. Alexandra podía haber tenido una emergencia, haber sufrido algún contratiempo o encontrarse de camino a la empresa.

Pero cuanto más tiempo pasaba, más difícil le resultaba ignorar la posibilidad de que algo no estuviera bien.

La puerta se abrió y Sofía entró con el teléfono en la mano.

—¿Ha contestado? —preguntó.

—No. ¿Tú has conseguido comunicarte con ella?

Sofía negó con la cabeza.

—La he llamado desde que llegué. También le escribí, pero no responde.

Eli dejó el teléfono sobre la mesa.

—¿Has llamado a su casa?

—Sí. No he conseguido hablar con ella. También llamé a sus hermanos y ninguno sabe dónde está.

La preocupación de Eli se intensificó.

Su mente regresó involuntariamente a la noche anterior. Recordó a Alexandra con una copa en la mano, riéndose junto a Vanessa, y se preguntó si habría seguido bebiendo después de que ella se marchara.

No sabía por qué aquella posibilidad le provocaba tanta inquietud.

—No podemos seguir esperando —dijo finalmente—. Tendremos que comenzar sin ella.

Sofía la observó durante un instante.

—Eli, este acuerdo lo estaba supervisando Alexandra personalmente.

—Lo sé. Haré todo lo posible para que la reunión avance, pero no puedo cerrar por mi cuenta los puntos que necesitan su aprobación.

Eli se colocó en la cabecera de la mesa y comenzó a dirigir la reunión.

Respondió preguntas, revisó cifras y explicó los aspectos del acuerdo que conocía de primera mano. Se esforzó por mantener la calma y transmitir seguridad, aunque cada vez que la puerta se abría levantaba la mirada, esperando encontrar a Alexandra.

No apareció.

Cuando llegó el momento de tomar una decisión que dependía directamente de la presidenta, Eli tuvo que solicitar una nueva revisión.

Los representantes de los inversores no ocultaron su descontento.

Uno de ellos cerró su carpeta con un movimiento seco.

—Confiábamos en que la presidenta estaría presente para confirmar las condiciones finales. No podemos dar por cerrado un acuerdo de esta magnitud sin las garantías correspondientes.