Capítulo 12 — Lo que no se atreve a admitir #4
Eli se quedó inmóvil bajo las luces tenues, sintiendo todavía el recuerdo de la cercanía de Alexandra.
Había ido hasta ella para disculparse.
Y lo había conseguido, al menos en parte.
Pero el baile había despertado una tensión que ninguna de las dos parecía preparada para afrontar.
Eli se llevó una mano al rostro y respiró profundamente.
No podía seguir interpretando cada gesto de Alexandra como una invitación. Tampoco podía olvidar que estaba casada con Roberto y que sus sentimientos, fueran cuales fueran, no le daban derecho a cruzar límites.
Sin embargo, cuando recordó el perfume de Alexandra, la calidez de su mano y la forma en que la presidenta la había mirado durante aquellos últimos segundos, supo que no sería fácil regresar a la mesa y fingir que nada había ocurrido.
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Alexandra llegó al baño y se apoyó unos segundos contra el lavabo.
Cerró los ojos y respiró hondo.
¿Qué acababa de pasar?
Había aceptado bailar con Eli porque quería comprobar si su disculpa era sincera. No había planeado nada más. Sin embargo, la cercanía entre ambas había despertado sensaciones que prefería mantener bajo control.
Se miró al espejo.
—Contrólate, Alexandra —murmuró.
No quería confundir un baile con una promesa. Tampoco quería olvidar la bofetada solo porque Eli hubiera encontrado el valor para disculparse.
Pero había algo que no podía negar: durante aquella canción, Eli no la había mirado con desprecio. La había escuchado, había reconocido su error y había respetado su necesidad de apartarse.
Era un comienzo, quizá.
Pero no significaba que Alexandra estuviera dispuesta a bajar la guardia.
Se acomodó el cabello, se lavó las manos y permaneció unos instantes más frente al espejo antes de regresar al local.
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Eli seguía cerca de la pista cuando Alexandra volvió.
La presidenta se acercó a ella, pero esta vez mantuvo una distancia prudente.
—Gracias por el baile —dijo Alexandra.
Eli asintió.
—Gracias por aceptar.
Alexandra la observó durante un instante. Había muchas cosas que quería preguntarle, pero ninguna parecía apropiada para aquella noche.
—Voy a volver con Vanessa.
Eli sintió que algo se le encogía en el pecho, aunque mantuvo la expresión serena.
—Claro. Que disfrutes de la noche.
—Tú también.
Alexandra se alejó sin mirar atrás.
Eli permaneció en su sitio, observándola reunirse con Vanessa. La otra mujer sonrió al verla regresar y le preguntó algo que Alexandra respondió con naturalidad.
Poco después, Vanessa le ofreció la mano para volver a bailar.
Alexandra aceptó.
Eli apartó la mirada.
Había ido hasta allí para disculparse, no para reclamar un lugar en la vida de Alexandra. No podía pedirle que dejara de ver a Vanessa, ni esperar que una sola conversación reparara el daño que le había causado.
Regresó a su mesa y se sentó junto a su compañera.
—¿Todo bien? —le preguntó ella.
Eli tomó su vaso.
—Sí. Todo bien.
Pero no era cierto.
Porque ahora, además de la culpa por la bofetada, tenía otro recuerdo que no conseguía apartar de su mente: Alexandra bailando con ella, tan cerca que había podido percibir su perfume y escuchar su respiración.
Y lo peor era que, por primera vez, Eli deseaba que aquella canción hubiera durado mucho más.
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Esa noche, Eli regresó a casa con la cabeza llena de pensamientos contradictorios.
Roberto todavía no había llegado. Ella dejó el bolso sobre una silla y se quitó los zapatos antes de sentarse en el sofá.
Había conseguido disculparse con Alexandra, pero no había conseguido resolver nada de lo que ocurría dentro de ella.
Recordó las palabras que había pronunciado durante el baile y la forma en que Alexandra había aceptado escucharlas, aunque sin ofrecerle un perdón completo.
Después recordó la cercanía de sus cuerpos, el perfume de la presidenta y aquel instante en que Alexandra se había apartado, visiblemente afectada.
Eli no sabía qué había sentido Alexandra. No podía dar por hecho que su reacción significara lo mismo que la suya.
Y no quería convertir una impresión en una certeza solo porque necesitaba creer que no era la única confundida.
Se llevó una mano a la frente.
Estaba casada con Roberto. No podía seguir ignorando las preguntas que llevaba días evitando, ni continuar utilizando la culpa como excusa para no examinar sus propios sentimientos.
La bofetada había sido un error. Eso no admitía discusión.
Pero lo que había ocurrido durante el baile era distinto. No había sido una discusión ni un enfrentamiento. Había sido un momento en el que, por unos minutos, ambas habían bajado la guardia.
Y Eli no podía fingir que no le había importado.
Cerró los ojos, intentando recuperar la calma.
Podía seguir diciéndose que Alexandra era una mujer que disfrutaba provocándola, que su presencia la desconcertaba porque era impredecible y que sus celos no significaban nada.
Sin embargo, cada vez le resultaba más difícil creerlo.
Porque su mayor problema ya no era lo que Alexandra hacía con otras mujeres.
Era que, cuando la tenía cerca, Eli olvidaba todas las razones por las que debía mantenerse alejada.
Y esa era una verdad que todavía no se atrevía a admitir.