Capítulo 12 — Lo que no se atreve a admitir #3
La pregunta pareció sorprender a la presidenta.
—¿Bailar?
—Sí. Solo una canción.
Alexandra arqueó una ceja.
—¿Desde cuándo bailas con las mujeres a las que golpeas?
Eli sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.
No intentó defenderse ni fingir que no entendía la indirecta.
—Desde que me doy cuenta de que he cometido un error y no sé cómo arreglarlo.
La sonrisa de Alexandra desapareció.
Durante unos segundos se estudiaron en silencio. Alexandra podría haber rechazado la invitación, como había rechazado cada intento de Eli por hablar durante los últimos días.
Pero había algo en la expresión de la vicepresidenta que le impidió hacerlo.
—Una canción —aceptó finalmente—. Después volveré con Vanessa.
Eli asintió, aunque la mención del nombre de Vanessa le provocó una punzada de celos que intentó ignorar.
Le ofreció la mano.
Alexandra la miró un instante antes de aceptarla.
Y ambas se dirigieron hacia la pista.
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Al principio, mantuvieron una distancia prudente.
Eli colocó una mano en la cintura de Alexandra y la otra tomó suavemente la suya. Alexandra apoyó una mano en el hombro de Eli y comenzó a moverse al ritmo de la música.
Ninguna habló durante los primeros segundos.
Eli intentó concentrarse en el baile, pero tener a Alexandra tan cerca hacía que le resultara difícil ordenar sus pensamientos.
Podía percibir su perfume, elegante y cálido, mezclado con el aroma tenue de la bebida que Alexandra había tomado. Cuando la presidenta soltó una risa suave por algo que ocurrió cerca de ellas, Eli sintió su aliento rozarle el rostro.
Aquella proximidad le hizo olvidar por un instante todo lo que había querido decir.
Alexandra también era consciente de la cercanía. Podía sentir la mano de Eli en su cintura y la tensión contenida en sus hombros.
Era extraño verla así.
En la empresa, Eli siempre parecía controlar cada gesto, cada palabra y cada emoción. Allí, en cambio, sus movimientos eran más cautelosos, casi inseguros, como si temiera que Alexandra pudiera apartarse en cualquier momento.
—Pensé que no querías tener nada que ver conmigo —murmuró Alexandra.
Eli levantó los ojos hacia ella.
—Nunca dije eso.
—No hacía falta. Llevas días intentando acercarte y yo llevo días encontrando excusas para evitarte. Supongo que ambas hemos dejado claro lo que queremos.
Eli sintió una punzada de tristeza.
—¿Y qué quieres tú, Alexandra?
La presidenta sostuvo su mirada.
—Tranquilidad.
La respuesta fue breve, pero Eli entendió lo que había detrás de ella.
—Lo comprendo.
—No estoy segura de que lo hagas.
La música se volvió todavía más suave. Sin darse cuenta, ambas redujeron la distancia entre sus cuerpos. Eli acercó ligeramente a Alexandra para seguir el ritmo y la presidenta apoyó la mano con más firmeza en su hombro.
Por un instante, parecieron olvidar la oficina, las discusiones y la bofetada.
Solo existían la música, las luces tenues y aquella cercanía que ninguna había previsto.
Eli inclinó un poco la cabeza para escuchar mejor a Alexandra cuando esta dijo algo junto a su oído. El perfume de la presidenta se volvió más intenso para ella y su respiración se mezcló con el suave aroma del alcohol que aún quedaba en su aliento.
Eli cerró los ojos un instante.
Era consciente de lo cerca que estaban. De la calidez de Alexandra, de su mano en el hombro y de la facilidad con la que su cuerpo parecía adaptarse al movimiento de la mujer que tenía delante.
Aquello era peligroso.
Mucho más de lo que quería admitir.
—Eli —susurró Alexandra.
—¿Sí?
La presidenta la miró de una manera que le hizo olvidar la respuesta que estaba a punto de dar.
—¿Por qué me pediste bailar?
Eli tragó saliva.
Tenía la oportunidad de decirle la verdad. De explicarle que llevaba días buscando un momento para disculparse, que no soportaba la idea de haberla herido y que la distancia de Alexandra le había afectado más de lo que esperaba.
Pero todavía no encontraba el valor para confesar todo lo demás.
—Porque quería estar contigo un momento sin discutir —respondió finalmente—. Y porque quería pedirte perdón.
La expresión de Alexandra cambió ligeramente.
—Podrías haberlo hecho en la oficina.
—Lo intenté.
—Y yo te evité.
—Lo sé.
Eli no la culpó. No tenía derecho a hacerlo.
—No espero que me perdones esta noche —continuó—. Solo quería que supieras que lamento haberte golpeado. No debí hacerlo, sin importar lo que estuviera sintiendo.
Alexandra permaneció callada.
La sinceridad de aquellas palabras la tomó desprevenida. Había esperado una excusa, una explicación o un intento de responsabilizarla por lo ocurrido.
No esperaba que Eli reconociera su error sin añadir nada más.
—Gracias por decirlo —respondió después de unos segundos.
Eli asintió.
—Sé que no basta con pedir perdón.
—No. No basta.
La respuesta dolió, pero Eli la aceptó.
—Lo entiendo.
Alexandra apartó brevemente la mirada. Quería mantenerse firme, recordarse que aquella mujer la había herido y que no debía permitir que una disculpa borrara lo sucedido.
Sin embargo, no podía negar que algo en la voz de Eli había conseguido ablandar una parte de su enfado.
La música continuó envolviéndolas.
Ambas siguieron bailando, ahora más cerca que antes, pero sin decir nada. Eli intentó concentrarse en los pasos y en la respiración pausada de Alexandra.
Entonces sintió que la presidenta se tensaba ligeramente entre sus brazos.
Alexandra también lo había notado.
La proximidad, el contacto prolongado y la mezcla de emociones que había intentado contener durante días la habían dejado más alterada de lo que esperaba.
Su cuerpo reaccionó a aquella cercanía inesperada y ella comprendió que necesitaba apartarse antes de que la situación se volviera todavía más incómoda.
Eli percibió el cambio de inmediato.
—¿Alexandra? ¿Estás bien?
La presidenta bajó la mirada, visiblemente desconcertada por su propia reacción.
—Sí. Perdona.
—¿Por qué me pides perdón?
Alexandra retiró despacio la mano del hombro de Eli.
—Por esto. No esperaba que el baile me afectara de esta manera.
No añadió nada más.
Eli comprendió que Alexandra necesitaba espacio y aflojó la mano que mantenía en su cintura.
—Está bien. No tienes que explicarme nada.
Alexandra agradeció en silencio que no insistiera.
—Necesito ir al baño un momento.
—Claro.
La presidenta se apartó y abandonó la pista con paso rápido, intentando recuperar la compostura.