La heredera del imperio Woods Capítulo 12 — Lo que no se atreve a admitir #2
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Capítulo 12 — Lo que no se atreve a admitir #2

—¿La señora Woods dejó alguna indicación? —preguntó.

—No, señora Sinclair. Solo me avisó de que saldría un momento.

Eli asintió y volvió a sus documentos.

No tenía motivos para preguntarse adónde había ido Alexandra ni con quién estaba.

Sin embargo, sus pensamientos parecían tener voluntad propia.

Recordó haber visto a Vanessa junto a Alexandra y se preguntó si aquella sería la mujer con la que la presidenta había estado pasando tiempo últimamente.

Se reprendió por pensar en ello.

Alexandra podía salir con quien quisiera. No era asunto suyo.

Además, ella estaba casada con Roberto. Tenía una vida construida junto a su marido y no pensaba permitir que la actitud provocadora de una joven caprichosa alterara su tranquilidad.

Se concentró en el trabajo, aunque cada vez que escuchaba pasos en el pasillo levantaba la mirada involuntariamente.

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Alexandra y Vanessa regresaron a la empresa después de almorzar juntas.

Ambas parecían satisfechas con la salida, y Vanessa se despidió de Alexandra con un beso en la mejilla antes de marcharse.

Eli, que esperaba a Alexandra con una carpeta de documentos, se acercó en cuanto la vio entrar.

—Alexandra, necesito que firmes estos documentos. El departamento financiero los está esperando.

Alexandra miró la carpeta y después consultó la hora en su reloj.

—Ahora no puedo, Eli. Tengo una cita importante.

Eli apretó ligeramente los dedos alrededor de la carpeta.

—Solo te pido que firmes unos documentos. No te llevará más de dos minutos.

—Te he dicho que los revisaré después. Déjalos en mi despacho.

—Como quieras, presidenta.

Alexandra percibió el tono frío de su vicepresidenta y sonrió con picardía.

—¿Te molesta que tenga otros compromisos?

—Tu vida personal no es asunto mío.

—Entonces, no entiendo por qué pareces tan molesta.

—No estoy molesta, Alexandra. Tengo trabajo que hacer y no dispongo de tiempo para tus provocaciones.

Eli le entregó la carpeta y se marchó sin esperar una respuesta.

Alexandra la siguió con la mirada.

Aquella mujer podía asegurar que su vida personal no le interesaba, pero su actitud despertaba en ella una curiosidad cada vez más difícil de ignorar.

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Alexandra entró en su despacho y dejó el bolso sobre una silla. Tenía una cita más tarde y todavía debía revisar algunos asuntos pendientes, pero no conseguía concentrarse.

La expresión de Eli seguía rondándole la cabeza.

—¿Qué te pasa ahora? —preguntó Sofía desde la puerta.

Alexandra levantó la mirada.

—¿No tienes nada mejor que hacer que aparecer cuando estoy ocupada?

Sofía entró sin inmutarse.

—Podría preguntarte lo mismo. Llevas varios minutos mirando esa carpeta como si fuera a revelarte los secretos del universo.

Alexandra suspiró.

—Eli está insoportable.

—¿Otra vez Eli?

—¿Qué significa eso?

—Que últimamente parece ser el único tema capaz de arruinarte el humor.

Alexandra se levantó y caminó hacia los ventanales.

—No me arruina el humor. Simplemente no entiendo por qué se comporta como si tuviera algo contra mí.

—Quizá porque no le gusta que la provoques.

—Yo no la provoco.

Sofía soltó una carcajada.

—Alexandra, por favor. Te conozco desde hace años. Sé perfectamente cuándo estás intentando conseguir una reacción de alguien.

Alexandra se volvió hacia ella.

—¿Y si simplemente me divierte hacerla enfadar?

—Entonces deberías preguntarte por qué necesitas tanto que ella reaccione.

La presidenta guardó silencio.

Sofía se acercó y apoyó las manos sobre el escritorio.

—Puedes salir con Vanessa y disfrutar de tu vida. No tienes que justificarte ante nadie. Pero si cada vez que Eli te mira con desaprobación sientes la necesidad de demostrarle algo, quizá el problema no sea ella.

—No hay ningún problema.

—Perfecto. Entonces deja de pensar en ella.

Alexandra abrió la boca para responder, pero Sofía ya estaba sonriendo.

—Eso imaginaba.

—Eres insoportable.

—Y tú eres demasiado orgullosa para admitir cuando alguien consigue desconcertarte.

Sofía salió del despacho antes de que Alexandra pudiera replicar.

Alexandra volvió a mirar los documentos que Eli le había entregado.

No entendía por qué le molestaba tanto que la vicepresidenta la juzgara. Había tenido relaciones con otras mujeres sin preocuparse por sus opiniones, y ninguna de ellas había conseguido hacerla sentir como lo hacía Eli con una simple mirada.

Aquello tenía que terminar.

Alexandra Woods no iba a permitir que una mujer casada, que además parecía empeñada en despreciarla, alterara su vida.

Al menos eso se dijo a sí misma.

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En los días siguientes, Alexandra y Eli mantuvieron una relación estrictamente profesional.

Alexandra procuró no buscar discusiones innecesarias y Eli cumplió con cada una de sus responsabilidades. Sin embargo, ninguna parecía haber olvidado lo ocurrido.

Eli continuaba sintiéndose culpable por la bofetada. En varias ocasiones estuvo a punto de disculparse, pero Alexandra siempre encontraba una manera de evitar quedarse a solas con ella.

Si Eli se acercaba a su despacho, Alexandra decía que tenía una llamada pendiente.

Si la buscaba después de una reunión, la presidenta alegaba que debía salir a atender un compromiso.

Y si Eli le preguntaba cuándo podrían conversar, Alexandra respondía que tenía demasiadas cosas que hacer para perder el tiempo con asuntos personales.

No era que Alexandra no tuviera tiempo.

Era que no quería volver a encontrarse en una situación en la que Eli pudiera herirla.

Eli terminó por comprender que Alexandra estaba esquivándola deliberadamente. Aquello la frustraba, pero sabía que no podía exigirle que la escuchara después de lo sucedido.

La presidenta, por su parte, había decidido que no volvería a darle a Eli la oportunidad de herirla.

Al menos eso intentaba.

Hasta que llegó el viernes.

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Eli había salido de la oficina después de una jornada agotadora. Roberto tenía otros compromisos y le había avisado de que cenaría fuera, así que ella decidió pasar por un restaurante antes de regresar a casa.

Después de cenar, una antigua compañera la llamó para invitarla a tomar algo en un local cercano. Eli aceptó, pensando que una conversación tranquila podría ayudarla a desconectar del trabajo.

No esperaba encontrarse con Alexandra.

El lugar estaba lleno de música y conversaciones. Las luces tenues iluminaban la barra y las mesas, mientras una canción animada hacía que varias personas se movieran al ritmo de la música.

Eli acababa de entrar cuando distinguió una figura familiar cerca de la barra.

Alexandra llevaba ropa elegante, pero informal. Su cabello negro caía sobre los hombros y su sonrisa parecía mucho más natural que la que solía mostrar en la empresa.

A su lado estaba Vanessa.

Ambas conversaban muy cerca, inclinándose para escucharse por encima de la música. Vanessa dijo algo que hizo reír a Alexandra y, poco después, le tocó suavemente el brazo.

Eli se quedó inmóvil.

No había nada extraño en aquella escena. Alexandra estaba fuera del trabajo, acompañada por una mujer con la que parecía tener confianza. No estaba haciendo nada malo.

Sin embargo, Eli sintió una presión incómoda en el pecho.

Se obligó a apartar la mirada y siguió a su compañera hasta una mesa. Intentó prestar atención a la conversación, pero sus ojos regresaban involuntariamente hacia la barra.

En un momento, Vanessa se inclinó y besó a Alexandra en la mejilla.

Alexandra sonrió.

Eli apretó los dedos alrededor de su vaso.

—¿Estás bien? —preguntó su compañera.

—Sí. ¿Por qué?

—Pareces distraída.

—Estoy cansada, nada más.

Su compañera aceptó la explicación y continuó hablando.

Eli intentó hacer lo mismo. Se recordó que Alexandra no le debía explicaciones y que ella no tenía ningún derecho sobre la vida de la presidenta.

Estaba casada. Tenía un marido que la quería y una vida que había elegido construir.

No podía sentirse celosa de Alexandra.

No debía.

Pero entonces Vanessa se acercó al oído de Alexandra y le susurró algo. La presidenta sonrió de una manera que Eli nunca había conseguido provocarle.

Y aquella sonrisa terminó de arruinarle la noche.

Eli miró su vaso y respiró profundamente.

Había ido allí para despejarse, no para pasar la noche observando a Alexandra. Sin embargo, cuando su compañera se levantó para saludar a unos conocidos, Eli volvió a mirar hacia la barra.

Alexandra estaba sola por unos instantes.

Era su oportunidad.

Podía marcharse sin decir nada y continuar evitando aquella conversación que llevaba días posponiendo. O podía acercarse, saludarla y, quizá, encontrar por fin el valor para disculparse.

Eli dejó el vaso sobre la mesa.

—Voy a saludar a alguien —le explicó a su compañera.

Se puso de pie antes de que la falta de valor la hiciera cambiar de opinión.

Caminó hacia la barra, intentando mantener una expresión tranquila. Cuanto más se acercaba a Alexandra, más consciente era de lo nerviosa que estaba.

—Buenas noches, Alexandra.

La presidenta giró la cabeza.

La sorpresa cruzó sus ojos verdes durante un segundo antes de ser reemplazada por una expresión cuidadosamente indiferente.

—Eli. No sabía que frecuentabas este lugar.

—Yo tampoco sabía que tú venías aquí.

—Hay muchas cosas que no sabemos la una de la otra.

La respuesta fue educada, pero la distancia que escondía resultó evidente.

Eli bajó ligeramente la mirada.

—¿Puedo hablar contigo un momento?

Alexandra tomó su copa.

—Estoy pasando una noche agradable. No quiero discutir.

—No he venido a discutir.

—Entonces, ¿qué quieres?

Eli respiró hondo. Podía sentir el peso de los días anteriores sobre sus hombros.

—Quería saludarte. Y preguntarte cómo estás.

Alexandra la observó con una mezcla de incredulidad y cautela.

—Estoy bien, Eli.

—Me alegra.

El silencio se prolongó entre ambas.

Eli comprendió que, si no encontraba otra manera de acercarse, Alexandra volvería a cerrar la puerta antes de darle la oportunidad de disculparse.

En ese momento comenzó una canción lenta. La música cambió el ambiente del local y algunas parejas se dirigieron hacia la pista.

Eli miró a Alexandra. Su corazón comenzó a latir más deprisa.

—¿Quieres bailar conmigo?