La heredera del imperio Woods Capítulo 12 — Lo que no se atreve a admitir
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Capítulo 12 — Lo que no se atreve a admitir

La mañana siguiente a la bofetada, Alexandra Woods llegó a la empresa decidida a comportarse como si nada hubiera ocurrido.

Sin embargo, olvidar lo sucedido era mucho más difícil de lo que había imaginado.

Cada vez que recordaba el sonido de aquella bofetada y la expresión de Eli después de golpearla, sentía que algo se le apretaba en el pecho.

No era solamente el dolor físico, que había disminuido durante la noche.

Era la decepción de haber esperado una respuesta diferente de una mujer que parecía empeñada en hacerle daño cada vez que se acercaban demasiado.

Alexandra sabía que había provocado a Eli. Había intentado llevarla al límite para descubrir si detrás de aquella frialdad existía algún sentimiento. Pero jamás había esperado que la situación terminara de aquella manera.

Aun así, no pensaba permitir que Eli descubriera cuánto le había afectado.

Cuando atravesó las puertas de la empresa, levantó la cabeza y caminó hacia los ascensores con su habitual seguridad. Su rostro todavía conservaba un ligero enrojecimiento en la mejilla y su expresión era más seria de lo normal.

No tardó en notar que algunos empleados la observaban.

—¿Viste a la presidenta esta mañana? —susurró una empleada.

—Sí. Parece que no ha dormido bien.

—Tiene la cara roja. ¿Crees que le pasó algo?

—No sé, pero últimamente está muy seria.

Alexandra escuchó los murmullos mientras pasaba cerca de ellos. Se detuvo y los miró con una frialdad que hizo que todos guardaran silencio.

—Si tienen tiempo para hablar de mi aspecto, supongo que también tienen tiempo para terminar sus pendientes —dijo con calma—. Les recomiendo que se concentren en su trabajo.

—Disculpe, señora Woods —respondió uno de ellos.

Alexandra continuó su camino sin decir nada más.

No estaba dispuesta a soportar rumores, especialmente aquella mañana. Tenía una reunión importante con la junta directiva y no podía permitirse que los comentarios de los empleados interfirieran en sus responsabilidades.

Lo que menos necesitaba era que alguien descubriera que la mujer que había conseguido sacarla de sus casillas también era la responsable de aquella marca en su rostro.

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Eli Sinclair había llegado unos minutos antes y se encontraba revisando los documentos que debía presentar durante la reunión cuando escuchó a dos empleados conversando cerca de su oficina.

—La presidenta llegó de muy mal humor.

—Yo la vi. Tiene la mejilla roja.

Eli levantó la cabeza.

Por un instante, dejó de leer.

Sabía perfectamente por qué Alexandra tenía aquella marca. La imagen de su mano golpeando el rostro de la presidenta regresó a su memoria y sintió una punzada de culpa.

No había justificación para lo que había hecho.

Alexandra la había provocado, había invadido su espacio y había intentado besarla, pero Eli sabía que podría haberla apartado sin recurrir a la violencia. En cambio, había reaccionado impulsivamente y después había permitido que el orgullo le impidiera arreglar las cosas.

—¿No tienen trabajo que hacer? —preguntó con frialdad.

Los empleados se volvieron hacia ella.

—Disculpe, señora Sinclair. Ya nos íbamos.

Cuando se quedaron solos, Eli cerró la carpeta y se pasó una mano por el rostro.

Quería disculparse con Alexandra. Había pensado en hacerlo varias veces durante la noche, pero cada vez que imaginaba la conversación recordaba la expresión herida de la presidenta y no sabía cómo acercarse a ella.

Además, Alexandra le había pedido que saliera de su despacho.

Quizá lo mejor era respetar su decisión.

Eso se dijo mientras recogía los documentos.

Pero la verdad era que le aterraba encontrarse con Alexandra y descubrir que ya no la miraba de la misma manera.

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Cuando Alexandra entró en su despacho, Sofía ya la estaba esperando con los documentos de la reunión.

—Buenos días —saludó su amiga.

—Buenos días.

Sofía levantó la mirada y observó la mejilla de Alexandra. Aunque la marca había disminuido, todavía se distinguía un ligero enrojecimiento.

—¿Dormiste algo anoche? —preguntó con cautela.

—Lo suficiente.

—Alexandra, no tienes que fingir conmigo que estás bien.

La presidenta dejó el bolso sobre una silla y se dirigió hacia su escritorio.

—No estoy fingiendo. Tengo una reunión importante y necesito concentrarme.

Sofía suspiró. Ya sabía lo que había sucedido entre Alexandra y Eli. Lo que le preocupaba era verla actuar como si nada pudiera afectarla, cuando ambas sabían que aquella discusión había dejado una herida que iba mucho más allá de la marca en su rostro.

—No voy a insistir —dijo Sofía—. Pero quiero que recuerdes que no merecías que te golpeara, independientemente de lo que haya ocurrido entre ustedes.

Alexandra apretó los labios y apartó la mirada.

—Lo sé.

—Bien. Entonces, por ahora, concéntrate en la reunión. Yo me encargo de que tengas todos los documentos preparados.

Alexandra asintió y abrió la carpeta que Sofía había dejado sobre el escritorio.

—Gracias.

Sofía le dedicó una última mirada antes de dirigirse a la puerta.

—Y, Alexandra, no permitas que lo ocurrido te haga perder de vista quién eres.

Cuando se quedó sola, Alexandra respiró profundamente. No quería pensar en Eli, ni en la bofetada, ni en la expresión de arrepentimiento que había visto en su rostro antes de que abandonara el despacho.

Pero cuanto más intentaba apartar aquellos recuerdos, más regresaban a su mente.

Se acomodó el cabello, cubrió parcialmente la marca de su mejilla y levantó la barbilla.

Tenía una reunión con la junta directiva. No permitiría que nadie descubriera cuánto le había afectado lo ocurrido.

Mucho menos Eli.

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A las nueve de la mañana, los miembros de la junta directiva comenzaron a ocupar sus lugares en la sala de reuniones.

Alexandra estaba sentada a la cabecera de la mesa, revisando los informes que debía presentar. Eli se encontraba a su derecha, organizando los documentos financieros.

Cuando la vicepresidenta entró, sus miradas se encontraron durante un breve instante.

—Buenos días, Alexandra —dijo Eli.

—Buenos días, vicepresidenta.

La formalidad de la respuesta le dejó claro a Eli que Alexandra no tenía intención de facilitarle las cosas.

La reunión comenzó con la revisión de los resultados de la compañía y los objetivos para el siguiente trimestre.

Alexandra presentó las cifras con seguridad, respondió a las preguntas de los directivos y explicó las decisiones estratégicas que pretendía implementar.

Sin embargo, uno de los miembros de la junta pareció reparar en su expresión.

—Señora Woods, ¿se encuentra bien? Parece algo cansada esta mañana.

Alexandra levantó la mirada.

—Me encuentro perfectamente. Gracias por preguntar.

—Lo digo porque tenemos decisiones importantes que tomar y necesitamos que la dirección esté en condiciones de evaluar todos los riesgos.

La presidenta dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Le aseguro que mi capacidad para dirigir esta empresa no está en discusión. Si no tiene ninguna pregunta relacionada con el informe, me gustaría continuar con la presentación.

El hombre pareció sorprendido por la respuesta, pero no insistió.

Eli observó el intercambio en silencio. Comprendía la irritación de Alexandra y sabía que ella estaba haciendo un esfuerzo para mantener la compostura.

Cuando llegó su turno, Eli se puso de pie y explicó los riesgos asociados al proyecto de expansión.

Su presentación fue clara y profesional, pero Alexandra cuestionó una de sus proyecciones.

—Creo que deberíamos revisar esa estimación —intervino la presidenta—. El crecimiento que propones depende demasiado de que el mercado mantenga las condiciones actuales.

Eli levantó la mirada.

—He contemplado dos escenarios alternativos. Ambos están incluidos en el informe que tienen delante.

—Los he visto. Pero no creo que estemos considerando suficientemente el riesgo de una desaceleración.

—Con todo respeto, Alexandra, las cifras no respaldan esa conclusión.

Algunos de los directivos intercambiaron miradas discretas.

Alexandra apoyó los dedos sobre la mesa.

—Las cifras también pueden interpretarse de distintas maneras. Por eso estamos aquí, para discutirlas.

—Y eso es precisamente lo que estoy haciendo.

La respuesta de Eli fue firme, aunque respetuosa.

Alexandra sintió una extraña satisfacción al verla defender su trabajo con tanta determinación. Por mucho que le irritara su actitud, no podía negar que Eli era competente.

—Bien —dijo finalmente—. Quiero que prepares una proyección adicional con un escenario más conservador. La revisaremos antes de tomar una decisión.

—La tendrás mañana por la mañana.

La reunión continuó sin más enfrentamientos.

Cuando terminó, los directivos comenzaron a abandonar la sala. Eli reunió sus documentos y esperó a que Alexandra terminara de hablar con uno de los consejeros.

Quería disculparse.

Había llegado el momento de dejar de esconderse detrás de su orgullo.

—Alexandra, ¿podemos hablar un momento?

La presidenta se volvió hacia ella.

—Si es sobre los informes, puedes enviarme tus observaciones por correo.

—No es sobre los informes.

Alexandra la miró fijamente.

—Entonces, ahora no.

Recogió sus documentos y salió de la sala sin darle oportunidad de responder.

Eli se quedó inmóvil, sintiendo que aquella negativa era una consecuencia que debía aceptar.

Por primera vez, comprendió que una disculpa no garantizaba el perdón.

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A media mañana, Alexandra recibió un mensaje de Vanessa, la mujer con la que había comenzado a pasar parte de su tiempo libre.

Vanessa le propuso salir a almorzar y Alexandra aceptó.

Necesitaba despejarse. No quería seguir pensando en Eli ni en la manera en que su presencia parecía alterar cada parte de su vida.

Con Vanessa todo resultaba sencillo. No tenía que dar explicaciones, no había discusiones ni preguntas incómodas y nadie intentaba hacerla sentir culpable por disfrutar de su libertad.

Al llegar la hora del almuerzo, Alexandra abandonó la empresa sin avisar a Eli.

No tenía por qué hacerlo.

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Eli se encontraba revisando unos informes cuando una de las asistentes le informó que la presidenta había salido.