La heredera del imperio Woods Capítulo 11 — Una provocación peligrosa #3
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Capítulo 11 — Una provocación peligrosa #3

Sofía no insistió. Conocía lo suficiente a Alexandra y a las personas que la rodeaban para saber cuándo una respuesta no significaba absolutamente nada.

Esperó unos segundos antes de entrar al despacho.

—¿Puedo pasar?

Alexandra estaba junto al escritorio, fingiendo revisar unos documentos. Al escucharla, levantó la cabeza.

—Claro.

Sofía entró y cerró la puerta. Bastó una mirada para notar el enrojecimiento de la mejilla de su amiga.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—Alexandra, te conozco demasiado bien para creerme eso.

Alexandra intentó sonreír, pero no lo consiguió.

—Tuve una discusión con Eli.

Sofía dejó los documentos que llevaba sobre una silla y se acercó con cautela.

—¿Ella te hizo eso?

Alexandra apartó la mirada.

—No quiero hablar del tema.

Sofía sintió que la preocupación le apretaba el pecho. Como asesora y amiga, sabía que Alexandra podía ser orgullosa, impulsiva y, en ocasiones, demasiado provocadora. También sabía que rara vez permitía que alguien viera sus heridas.

—Está bien —respondió con suavidad—. No tienes que contarme nada si no quieres. Pero no tienes que fingir conmigo que no te duele.

Alexandra tragó saliva. Por un momento estuvo a punto de contarle todo: las palabras de Eli, las acusaciones, la provocación y aquella bofetada que había dejado mucho más que una marca en su mejilla.

Sin embargo, volvió a encerrarse en su silencio.

—Necesito terminar unas cosas, Sofía.

Sofía comprendió que su amiga necesitaba espacio. No la presionó ni trató de arrancarle una explicación. Simplemente permaneció cerca, dispuesta a escucharla cuando estuviera preparada.

—De acuerdo. Estaré en mi oficina. Si necesitas algo, me avisas.

Alexandra asintió.

Cuando Sofía salió, el despacho volvió a quedar en silencio.

Alexandra se sentó lentamente y cerró los ojos. Todavía podía escuchar la voz de Eli acusándola de ser una mujer que se acostaba con cualquiera. Todavía podía sentir el ardor de la bofetada.

Pero lo que más le dolía era otra cosa.

Había querido comprobar si detrás de la frialdad de Eli existía algún sentimiento. Había querido obligarla a dejar de fingir, aunque fuera por un instante.

Y lo único que había conseguido era confirmar que, por mucho que deseara acercarse a ella, Eli seguía siendo una mujer capaz de herirla.

Se pasó una mano por el rostro y dejó escapar un suspiro.

—¿En qué estaba pensando? —murmuró para sí misma.

Había tantas mujeres dispuestas a compartir una noche con ella que no tenía sentido obsesionarse con la única que parecía empeñada en rechazarla.

Alexandra conocía el deseo. Sabía reconocerlo en una mirada, en un gesto, en la manera en que alguien se acercaba a ella. Pero con Eli todo era diferente. No podía descifrarla y, cuanto más lo intentaba, más se exponía a salir herida.

No volvería a acercarse de esa manera.

No volvería a ofrecerle una oportunidad para rechazarla.

Al menos, eso fue lo que se prometió mientras abría nuevamente los documentos que tenía sobre el escritorio.

Al otro lado del pasillo, Eli se encerró en su propia oficina y dejó la carpeta sobre el escritorio.

Se miró la mano con la que había golpeado a Alexandra y sintió una oleada de vergüenza.

No podía justificarlo. Alexandra la había provocado, sí. Había cruzado una línea al acercarse de aquella manera, pero nada de eso justificaba su reacción.

Se llevó una mano al rostro y respiró profundamente.

¿Por qué le afectaba tanto Alexandra Woods?

¿Por qué le enfurecía imaginarla con otras mujeres?

Y, sobre todo, ¿por qué la idea de que Alexandra no volviera a acercarse a ella le provocaba una sensación de pérdida que no sabía explicar?

Las palabras de Alexandra volvieron a su memoria.

No estoy pensando en ti como mujer.

Eli cerró los ojos.

Debería haber sentido alivio al escucharla. Alexandra acababa de dejarle claro que no esperaba nada de ella, que tenía muchas otras mujeres a su disposición y que no pensaba insistir.

Sin embargo, aquellas palabras le habían dolido.

Le había dolido imaginar que Alexandra pudiera apartarse de ella con tanta facilidad. Que pudiera regresar a su vida, salir con otras mujeres y olvidarse de aquella tensión que las envolvía cada vez que estaban juntas.

Y lo peor era que Eli no tenía derecho a pedirle nada diferente.

Estaba casada con Roberto. Tenía una vida construida, compromisos y responsabilidades. No podía presentarse ante Alexandra y exigirle que la esperara mientras ella misma se negaba a reconocer lo que sentía.

Pero tampoco podía seguir fingiendo que Alexandra le resultaba indiferente.

Eli abrió los ojos y contempló la puerta cerrada de su oficina.

La culpa por la bofetada seguía pesándole en el pecho. Había prometido que no volvería a suceder y había incumplido su palabra. No bastaba con sentirse mal; tendría que demostrarle a Alexandra que podía respetarla, incluso cuando sus emociones la superaran.

Podía seguir diciéndose que Alexandra era una provocación, una mujer demasiado segura de sí misma que disfrutaba desafiándola. Podía convencerse de que su rabia era simple indignación.

Pero había algo que ya no podía negar.

La discusión había terminado, pero lo que sentía por Alexandra apenas comenzaba a mostrar su verdadero rostro.