La heredera del imperio Woods Capítulo 11 — Una provocación peligrosa #2
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Capítulo 11 — Una provocación peligrosa #2

—¿Ah, no? Entonces explícame qué debería entender. Porque, desde donde estoy, parece que te molesta que me acueste con otras mujeres, que te enfurece imaginarme con alguien más y que, cuando me acerco a ti, reaccionas como si hubiera cometido el peor de los pecados.

Eli apretó los labios.

—Me provocaste deliberadamente.

—Te lo acabo de decir. Esa era precisamente la intención.

Alexandra se apartó de ella y regresó junto al escritorio. Necesitaba poner distancia entre ambas antes de que Eli descubriera que aquella aparente indiferencia era una defensa.

—Pero no te confundas —continuó—. No voy a perseguirte por los pasillos ni a insistir para que me des algo que no quieres darme.

—Alexandra, yo no he dicho que…

—No necesitas decirlo. Ya lo has dejado bastante claro.

Eli dio un paso hacia ella.

—No quería golpearte.

—Pero lo hiciste.

La respuesta fue tan sencilla que Eli se quedó sin palabras.

Alexandra abrió una carpeta sobre el escritorio, fingiendo que necesitaba revisar su contenido. No quería seguir mirándola. Si lo hacía, quizá terminaría preguntándole por qué le importaba tanto que la rechazara, por qué deseaba tanto que aquella mujer la mirara de una manera diferente.

Y no estaba dispuesta a entregarle esa parte de sí misma.

—Además —añadió, con una sonrisa forzada—, no tienes por qué sentirte culpable. No es como si yo estuviera pensando en ti como mujer.

Eli se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Alexandra levantó los ojos del documento.

—¿Qué te sorprende? Tienes marido, tienes tu vida y, por lo que he podido comprobar, tampoco te faltan razones para seguir aferrada a ella. ¿Por qué iba a imaginar que podría existir algo entre nosotras?

—Tú fuiste quien se acercó a besarme.

—Y tú fuiste quien me golpeó. Creo que estamos a mano en cuanto a decisiones impulsivas.

—No estamos a mano —respondió Eli, con la voz más baja—. Yo te hice daño.

Por primera vez, Alexandra no tuvo una respuesta mordaz preparada.

La culpa que había en los ojos de Eli parecía auténtica. Y eso, en lugar de tranquilizarla, la confundía todavía más.

—Entonces no vuelvas a hacerlo —dijo finalmente—. No me golpees, no me juzgues y no me pidas explicaciones sobre mi vida privada. Tú tienes la tuya y yo tengo la mía.

—Alexandra…

—Y no te preocupes por mí. Hay muchas mujeres por ahí que estarían encantadas de recibir mi atención. No necesito insistir con alguien que parece encontrarme despreciable.

Aquella última frase salió con una ligereza fingida que no consiguió ocultar del todo su amargura.

Eli sintió una punzada en el pecho.

No le gustó escuchar que Alexandra podía marcharse con cualquier otra mujer. Tampoco le gustó imaginarla sonriendo a alguien más, ofreciéndole esa atención que, por alguna razón que no quería reconocer, ella misma deseaba recibir.

Pero no tenía derecho a reclamar nada.

No cuando acababa de demostrarle lo poco que sabía controlar sus propias emociones.

—No pienso que seas despreciable —dijo Eli, casi en un susurro.

Alexandra la miró.

Durante un instante, la esperanza amenazó con abrirse paso en su interior. Fue una sensación breve, peligrosa, que se apresuró a aplastar.

—No importa lo que pienses de mí, Eli. No tienes que justificarte.

—Sí importa. Al menos, debería importarte que…

Eli se detuvo.

Alexandra esperó unos segundos, pero ella no terminó la frase.

—¿Que qué? —preguntó.

Eli bajó la mirada.

No podía decirle que le importaba. No podía admitir que la idea de perder su atención le resultaba insoportable, ni explicar por qué le dolía escucharla hablar de otras mujeres con tanta facilidad.

Y mucho menos podía confesar que, desde aquella noche en el club, Alexandra se había instalado en sus pensamientos de una manera que ya no conseguía controlar.

—Olvídalo —murmuró.

Alexandra soltó una risa suave, aunque sus ojos ya no tenían el mismo brillo de antes.

—Eso es lo que mejor se te da, ¿verdad? Olvidar las cosas que no quieres afrontar.

Eli recibió aquellas palabras en silencio.

—Puedes despreciarme todo lo que quieras —continuó Alexandra—. Puedes pensar que soy una mujer que no sabe lo que quiere. Pero no vuelvas a tocarme de esa manera. Ni a mí ni a nadie.

Esta vez no había provocación en su voz. Solo una seriedad que Eli no podía discutir.

—Lo siento —susurró.

Alexandra asintió una sola vez.

—Acepto tus disculpas. Ahora, si no te importa, tengo trabajo.

No era exactamente un perdón. Tampoco una invitación a quedarse.

Era una manera de terminar aquella conversación antes de que Eli descubriera cuánto le había dolido.

Eli recogió la carpeta con movimientos torpes y se dirigió a la puerta. Antes de salir, volvió a mirarla, esperando quizá encontrar en sus ojos una señal de que todavía podía reparar el daño.

Pero Alexandra ya había apartado la mirada.

La puerta se cerró.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Eli no sintió alivio al alejarse de ella.

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Sofía, asesora y amiga de Alexandra, se encontraba en el pasillo cuando vio salir a Eli. La expresión de la mujer llamó inmediatamente su atención. Eli parecía alterada, con el rostro tenso y los ojos cargados de una emoción que intentaba esconder.

—¿Todo bien? —preguntó Sofía.

—Sí —respondió Eli demasiado rápido.