Capítulo 11 — Una provocación peligrosa
Alexandra Woods llevaba toda la mañana intentando concentrarse en su trabajo, pero le resultaba imposible. La imagen de Eli Sinclair aparecía en su mente una y otra vez, acompañada de aquella mezcla de deseo, frustración y rabia que se negaba a reconocer.
Desde que sus caminos se habían cruzado, Eli tenía una habilidad especial para sacarla de sus casillas. Bastaba una mirada, una palabra pronunciada con aquel tono frío o una de sus actitudes arrogantes para despertar en Alexandra emociones que prefería mantener bajo control.
Lo peor era que Eli parecía decidida a negar cualquier sentimiento que pudiera existir entre ellas.
Alexandra estaba revisando unos documentos cuando escuchó que llamaban a la puerta.
—Adelante.
Eli entró sin esperar demasiado, sosteniendo una carpeta entre las manos. Su expresión era seria y su postura, impecable. Llevaba puesta aquella máscara de mujer segura de sí misma que Alexandra había aprendido a detestar tanto como le atraía.
—Necesito que revises estos documentos —dijo Eli, dejando la carpeta sobre el escritorio—. Hay algunos detalles que debemos corregir antes de la reunión.
Alexandra levantó lentamente la mirada.
—Buenos días para ti también, Eli.
—No tengo tiempo para tus juegos, Alexandra.
—Qué curioso. Siempre tienes tiempo para darme órdenes, pero nunca para comportarte como una persona normal conmigo.
Eli apretó los labios.
—¿Podemos limitarnos al trabajo?
—Por supuesto. No quisiera que te pusieras nerviosa.
La mirada de Eli se endureció.
—¿Qué estás insinuando?
Alexandra se recostó en su silla y cruzó las piernas con deliberada tranquilidad.
—Nada. Aunque últimamente pareces bastante alterada cada vez que estamos solas.
—No te confundas. No eres tan importante como crees.
Aquellas palabras no hicieron más que alimentar la irritación de Alexandra. Había algo en la manera en que Eli intentaba mantener las distancias que la empujaba a querer atravesar todas sus defensas.
—Entonces no debería costarte tanto mirarme a los ojos cuando me hablas.
Eli sostuvo su mirada, desafiante.
—¿Ya terminaste?
—Todavía no.
Alexandra se puso de pie y rodeó lentamente el escritorio. No necesitaba acercarse tanto, pero lo hizo de todas formas. Quería descubrir cuánto podía provocarla antes de que Eli perdiera aquella compostura que tanto se empeñaba en conservar.
—Dime una cosa, Eli. ¿Siempre eres tan fría o solamente conmigo?
—No voy a responder a preguntas absurdas.
—¿Porque no tienes respuesta o porque tienes miedo de decirla?
Eli dejó escapar una risa breve, sin humor.
—Tienes una opinión demasiado elevada de ti misma.
—Y tú tienes demasiadas cosas que ocultar detrás de esa actitud.
Por un momento, ninguna de las dos habló. La tensión entre ellas parecía ocupar todo el despacho.
Finalmente, Eli apartó la mirada y recogió la carpeta.
—Voy a regresar a mi oficina. Cuando decidas comportarte como una adulta, podremos continuar esta conversación.
—Claro. Huye, como siempre.
Eli se detuvo junto a la puerta.
—¿Qué acabas de decir?
Alexandra no retrocedió.
—Que es muy fácil fingir indiferencia cuando no quieres enfrentarte a lo que sientes.
—No tienes ni idea de lo que siento.
—Entonces dímelo.
—No tengo que explicarte absolutamente nada.
Eli abrió la puerta, pero Alexandra volvió a hablar antes de que pudiera salir.
—¿Sabes qué creo? Que te molesta mucho más de lo que admites que yo pueda estar con otra mujer.
Eli se volvió lentamente. Su expresión había cambiado. La frialdad habitual seguía allí, pero ahora estaba acompañada por una rabia que no conseguía disimular.
—No te atrevas a sacar conclusiones sobre mí.
—¿Por qué? ¿Porque he acertado?
—¡Basta, Alexandra!
La voz de Eli resonó en el despacho.
Alexandra se quedó quieta, aunque una parte de ella se alegró de haber conseguido romper aquella fachada. Si Eli estaba tan enfadada, quizá no le resultaba tan indiferente como quería hacer creer.
—No me compares contigo, Alexandra —espetó Eli, acercándose un paso—. Yo no soy como tú. No soy de las que se van a los antros a follar con mujeres diferentes y después actúan como si nada hubiera pasado.
La palabra cayó entre ambas como una piedra.
Alexandra perdió la sonrisa.
Por primera vez desde que había comenzado la discusión, su expresión dejó ver una sorpresa genuina. No esperaba escuchar algo así de Eli, y mucho menos con aquella seguridad.
—¿Qué acabas de decir? —preguntó, mirándola fijamente.
Eli apretó la mandíbula.
—Me has oído perfectamente.
—Sí, te he oído. Lo que no entiendo es cómo sabes lo que hago cuando salgo de aquí.
Alexandra dio un paso hacia ella, esta vez sin intención de jugar.
—¿Cómo sabes que voy a los clubes? ¿Y por qué hablas como si conocieras los detalles de mi vida privada?
Eli sintió que había cometido un error. Había dejado escapar más de lo que pretendía y ahora tenía que encontrar una manera de sostener sus palabras sin revelar cuánto sabía realmente.
—No es ningún secreto que te gusta salir de noche —respondió, intentando mantener la calma—. No eres precisamente discreta con tu estilo de vida.
Alexandra entrecerró los ojos.
—Una cosa es saber que salgo y otra muy distinta es hablar como si hubieras estado allí para comprobar lo que hago.
Eli sostuvo su mirada, aunque por dentro la inquietud comenzaba a crecer.
No podía decirle que la había visto en aquel club. No podía confesar que había seguido sus pasos, que la había observado bailar con Vanessa y que había terminado frente a una escena que se le había quedado grabada en la memoria.
Mucho menos podía explicarle por qué aquella imagen seguía persiguiéndola.
—No necesito vigilarte para saber la clase de mujer que eres —respondió finalmente.
Alexandra recibió aquellas palabras con una mezcla de indignación y decepción.
—¿La clase de mujer que soy? —repitió—. ¿Y quién te ha dado derecho a decidirlo?
—No tergiverses mis palabras.
—No, Eli. Tú acabas de juzgarme sin siquiera conocerme. Así que dime, ¿qué te molesta tanto? ¿Que salga con otras mujeres o que no necesite fingir que deseo a alguien para mantener las apariencias?
Eli apretó la mandíbula. La mención de su matrimonio había tocado una fibra sensible.
—Haz lo que quieras con tu vida —respondió—. Pero no esperes que yo sea una más de tus conquistas.
La sonrisa de Alexandra se desvaneció por un instante.
—Nunca te he pedido que lo seas.
Lo dijo con firmeza, aunque por dentro deseaba que Eli dejara de tratarla como si fuera alguien incapaz de sentir algo verdadero.
Eli permaneció en silencio. No quería admitir que imaginar a Alexandra con otra mujer le provocaba una rabia que no sabía controlar. Tampoco quería preguntarse por qué le importaba tanto.
Alexandra la observó durante unos segundos.
—¿Sabes cuál es tu problema, Eli? Que te has convencido de que puedes juzgarme sin conocerme. Te resulta más sencillo llamarme promiscua que preguntarte por qué te afecta tanto lo que hago.
—No tienes derecho a hablarme así.
—¿Y tú sí tienes derecho a hablarme como si fuera basura?
La pregunta quedó suspendida entre ambas.
Por primera vez, Eli pareció no encontrar una respuesta inmediata. Alexandra lo notó y, en lugar de detenerse, decidió llevar la provocación más lejos.
—Dime una cosa —murmuró—. ¿Tanto te cuesta imaginar que alguien pueda desearte de verdad?
Eli frunció el ceño.
—No empieces.
—¿O te cuesta aceptar que tú también podrías desear a alguien que no deberías?
—Cállate.
—¿Qué harías si te besara ahora mismo, Eli? ¿Me apartarías porque no sientes nada o porque tienes miedo de descubrir que sí?
Eli la miró con una mezcla de indignación y desconcierto.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Alexandra se acercó un poco más. Sus ojos verdes permanecieron fijos en los de Eli, buscando una señal, una grieta en aquella muralla de orgullo. Quería una respuesta sincera, aunque fuera una que terminara destrozándola.
—¿Y si te besara? —insistió—. ¿Me dirías que no te gusto? ¿Que no sientes absolutamente nada cuando estoy cerca?
—Alexandra, basta.
Pero Alexandra ya había tomado una decisión impulsiva. Se inclinó lentamente hacia ella, acercando su rostro al de Eli, como si realmente fuera a besarla.
Eli reaccionó antes de que sus labios llegaran a tocarse.
El sonido de la bofetada resonó en el despacho.
Alexandra giró el rostro por el impacto. Durante unos segundos no se movió. Sintió el ardor en la mejilla y, mucho más profundamente, el dolor de haber llevado demasiado lejos una provocación que escondía una esperanza.
Eli también se quedó inmóvil.
Miró su propia mano, horrorizada por lo que acababa de hacer. La rabia que había sentido momentos antes se desvaneció, sustituida por una culpa inmediata.
—Alexandra… —murmuró.
Alexandra volvió lentamente el rostro hacia ella. Ya no había una sonrisa en sus labios.
Sin embargo, en lugar de mostrarle cuánto le había dolido, soltó una pequeña risa carente de alegría.
—No te preocupes, Eli. No le doy tanta importancia.
Eli la miró, desconcertada.
—¿Cómo puedes decir eso después de lo que acabo de hacer?
Alexandra se llevó los dedos a la mejilla enrojecida y después dejó caer la mano, como si aquel golpe no mereciera siquiera su atención.
—Porque ya es la segunda vez que me golpeas. Y recuerdo perfectamente que tú misma me dijiste que no volvería a ocurrir.
El rostro de Eli perdió el poco color que le quedaba.
Aquellas palabras le recordaron una promesa que había hecho y que, en cuestión de segundos, acababa de romper.
—Yo…
—No hace falta que te excuses —la interrumpió Alexandra—. De verdad, no te preocupes. Solo estaba provocándote.
Eli frunció el ceño.
—¿Provocándome?
—Sí. Quería saber hasta dónde eras capaz de llegar cuando perdías el control conmigo. Quería descubrir si detrás de toda esa frialdad había algo más que desprecio.
Alexandra hizo una pausa. Su mirada verde se sostuvo en la de Eli, aunque por dentro estaba intentando convencerse de que aquellas palabras eran ciertas.
—Y ya tengo mi respuesta.
—No sabes lo que estás diciendo —murmuró Eli.