La heredera del imperio Woods Capítulo 10 — Marcas que no se pueden ocultar
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Capítulo 10 — Marcas que no se pueden ocultar

El lunes por la mañana, Eli Sinclair llegó a Woods International con quince minutos de anticipación.

Había elegido cuidadosamente su ropa: una blusa elegante, el cabello castaño perfectamente acomodado y un maquillaje discreto que le permitía disimular el cansancio de un fin de semana que había resultado mucho más complicado de lo que esperaba.

La marca de su cuello casi había desaparecido.

Casi.

Frente al espejo del baño de su casa, antes de salir, había comprobado varias veces que no se notara. No quería darle a Alexandra ningún motivo para volver a burlarse de ella.

Pero lo que más le preocupaba no era la marca.

Era la manera en que su jefa la había mirado en el supermercado.

Y aquella maldita sonrisa.

—No voy a permitir que me haga perder la paciencia —murmuró mientras dejaba su bolso sobre el escritorio.

Encendió el ordenador y abrió los documentos de la primera reunión. Tenía asuntos importantes que resolver y no pensaba permitir que una situación personal, por absurda que fuera, interfiriera en su trabajo.

A las ocho y media, Natalie apareció en su despacho con una carpeta.

—La señora Woods quiere verla en su oficina antes de la reunión de dirección.

Eli levantó la mirada.

—¿Ha dicho para qué?

—Únicamente que necesita revisar unos documentos con usted.

Por supuesto.

Alexandra nunca necesitaba explicar demasiado cuando quería que alguien acudiera a su despacho.

—Dígale que estaré allí en cinco minutos.

Natalie asintió y se marchó.

Eli respiró profundamente antes de levantarse.

No iba a ponerse nerviosa.

No iba a recordar el club.

Y, sobre todo, no iba a pensar en el supermercado.

Cinco minutos después, llamó a la puerta del despacho presidencial.

—Adelante.

Alexandra estaba de pie junto a los ventanales, con una taza de café en la mano. Llevaba un traje negro impecable y una camisa blanca. Su cabello oscuro caía sobre los hombros, y sus ojos verdes se dirigieron a Eli en cuanto esta entró.

—Buenos días, señora Sinclair.

—Buenos días, señora Woods. Natalie me dijo que quería revisar unos documentos.

—Así es. Siéntese.

Eli ocupó la silla frente al escritorio y colocó la carpeta sobre sus rodillas.

Alexandra no se sentó inmediatamente. Se tomó su tiempo para dejar la taza, revisar un par de hojas y acomodar una pluma sobre el escritorio.

Eli comenzó a impacientarse.

—¿Qué documentos necesita revisar?

Alexandra levantó los ojos.

—Siempre tan directa.

—Tenemos una reunión en veinte minutos.

—Lo sé. Por eso me sorprende que esté tan apurada. Pensé que habría pasado un fin de semana lo bastante entretenido como para empezar el lunes de buen humor.

Eli se quedó inmóvil.

Ahí estaba.

La primera provocación del día.

—Mi fin de semana no tiene ninguna relación con los asuntos de la empresa.

—Por supuesto que no.

Alexandra se sentó finalmente y abrió una carpeta.

—Aunque debo admitir que me sorprendió encontrarla en el supermercado. No imaginaba que fuera tan demostrativa con su marido.

Eli apretó los dedos alrededor de la carpeta que llevaba consigo.

—No sabía que ahora también evaluaba el comportamiento personal de sus empleados.

—No lo hago. Pero cuando una persona besa a su pareja prácticamente delante de mis narices, resulta difícil no advertirlo.

El silencio cayó entre ambas.

Eli levantó la cabeza lentamente.

—¿Perdón?

Alexandra sostuvo su mirada con absoluta tranquilidad.

—¿De verdad cree que no me di cuenta?

—No sé de qué está hablando.

—Claro que lo sabe.

La presidenta se recostó en su silla.

—Primero me ve con Vanessa. Después, de repente, parece recordar cuánto quiere a su marido. Lo toma de la mano, lo besa como si estuviera intentando demostrar algo y, mientras lo hace, se asegura de que yo esté mirando.

Eli sintió que el rostro se le calentaba.

—Está imaginando cosas.

—Puede ser.

Alexandra sonrió.

—Pero tengo una excelente capacidad de observación, señora Sinclair. Es una de las razones por las que ocupo este despacho.

—Y una arrogancia extraordinaria, por lo que veo.

—Eso ya lo sabía.

Eli estuvo a punto de responder, pero Alexandra se inclinó ligeramente hacia delante.

—Dígame una cosa. ¿Su marido sabe que lo utiliza para participar en sus pequeñas competiciones imaginarias?

La expresión de Eli cambió de inmediato.

—No vuelva a hablar de Roberto de esa manera.

Por primera vez desde que había comenzado la conversación, Alexandra dejó de sonreír.

Eli se levantó de la silla.

—Puede hacer todos los comentarios que quiera sobre mí, señora Woods. Puede cuestionar mi trabajo, discutir mis decisiones y exigirme resultados. Pero mi matrimonio no es un asunto que le corresponda juzgar.

Alexandra la observó en silencio.

Durante unos segundos, la provocación desapareció de su expresión y fue sustituida por una seriedad inesperada.

—Tiene razón.

Eli parpadeó, sorprendida.

No esperaba que Alexandra se lo concediera tan fácilmente.

La presidenta cerró la carpeta que tenía delante.

—Su matrimonio no es asunto mío.

Eli volvió a sentarse despacio.

—Me alegra que lo comprenda.

—Sin embargo…

Eli cerró los ojos un instante.

Por supuesto que había un «sin embargo».

Alexandra apoyó los antebrazos sobre el escritorio.

—Si va a utilizar sus demostraciones de cariño para intentar provocarme, al menos tenga la cortesía de no fingir que no sabe lo que está haciendo.

Eli abrió los ojos.

—Usted se considera demasiado importante.

—Y usted se esfuerza demasiado en demostrarme que no le importa lo que pienso.

Aquella respuesta la dejó sin palabras.

Alexandra se levantó, rodeó el escritorio y se detuvo a una distancia prudente de su vicepresidenta.

—Por cierto, señora Sinclair, hay algo que quería decirle desde el sábado.

Eli se puso rígida.

—¿Qué cosa?

La presidenta inclinó ligeramente la cabeza y su mirada descendió durante un instante hacia el cuello de Eli.

—La próxima vez que decida ocultar las marcas de su vida privada, procure hacerlo mejor.

Eli sintió que el estómago se le contraía.

—¿Qué?

—La marca de su cuello. El sábado parecía preocuparle muchísimo que yo la descubriera. Supuse que hoy tendría más cuidado.

Eli se llevó una mano al cuello por puro reflejo.

Alexandra sonrió.

—Tranquila. Esta mañana apenas se nota.

—¿Se ha pasado el fin de semana pensando en mi cuello?

La pregunta escapó de los labios de Eli antes de que pudiera detenerla.

La sonrisa de Alexandra se volvió más lenta.

—Qué pregunta tan interesante.

—No era una invitación para que la respondiera.

—Entonces procure no hacer preguntas cuya respuesta no quiera escuchar.

Eli la miró con indignación.

—Es usted insoportable.

—Y, sin embargo, aquí está.

—Porque trabajo para usted.

—Naturalmente.

Alexandra volvió hacia su escritorio, pero antes de sentarse añadió:

—Aunque debo reconocer que me intriga una cosa.

Eli no respondió.

—En el supermercado parecía bastante interesada en comprobar si yo estaba mirando. Y ahora está muy preocupada por lo que pueda decirle acerca de una marca que, según usted, no debería importarme.

La presidenta levantó la mirada.

—¿Está segura de que la única persona que necesita aprender a ocultar sus marcas es usted, señora Sinclair?

Eli sintió que el corazón le daba un vuelco.

No supo si Alexandra estaba hablando literalmente de las marcas en la piel o si acababa de convertirlas en una metáfora de algo mucho más peligroso.

—No sé qué pretende insinuar.

—Eso es lo que me gustaría averiguar.

Alexandra tomó su taza de café.

—Puede retirarse. Tenemos una reunión dentro de diez minutos.

Eli se levantó inmediatamente.

—Con mucho gusto.

Caminó hasta la puerta, pero antes de salir se volvió.

—Y, señora Woods…

—¿Sí?

—Si vuelve a encontrarme con mi marido, le agradecería que se concentrara en sus propias compras.

Alexandra sonrió.

—Lo intentaré. Siempre que usted se concentre en su marido.

Eli abrió la puerta con más fuerza de la necesaria.

—Que tenga una excelente mañana.

—Igualmente, señora Sinclair.

La puerta se cerró.

Alexandra permaneció inmóvil unos segundos, mirando el lugar por el que acababa de salir su vicepresidenta.

Después dejó la taza sobre el escritorio.

Había querido provocarla.

Lo había conseguido.

Pero lo que más le llamaba la atención no era la vergüenza de Eli ni la manera en que se había enfadado.

Era aquella pregunta.

¿Se había pasado el fin de semana pensando en su cuello?

Alexandra soltó una risa breve.

—No tienes remedio, Sinclair.

Sin embargo, mientras abría los documentos de la reunión, una sonrisa persistió en sus labios.

Porque Eli no había negado que quisiera provocarla.

Había negado todo lo demás.

Y, para Alexandra, aquella diferencia empezaba a resultar demasiado interesante.

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Eli llegó a la sala de reuniones con la determinación de ignorar a Alexandra durante el resto de la mañana.

Lucas Woods ya estaba sentado a la derecha de la mesa, revisando unas cifras relacionadas con la expansión internacional. Al verla entrar, levantó la mano a modo de saludo.

—Buenos días, Eli. ¿Todo listo para la reunión?

—Buenos días, Lucas. Sí, los informes están preparados.

—Perfecto. Espero que hoy nadie intente convertir una revisión financiera en una batalla campal.

Eli dejó la carpeta sobre la mesa.

—No puedo prometerte nada.

Lucas soltó una carcajada.

—Entonces será una mañana interesante.

La puerta se abrió y Alexandra entró acompañada de Natalie.

La presidenta ocupó su asiento y comenzó a revisar los informes. Durante los primeros minutos, la reunión transcurrió con normalidad. Lucas presentó los resultados de la última campaña, Eli explicó las proyecciones financieras y Alexandra formuló varias preguntas sobre los plazos de ejecución.

Eli respondió con precisión.

No iba a darle motivos para cuestionar su profesionalidad.

Sin embargo, cada vez que levantaba la mirada, encontraba a Alexandra observándola con una expresión que parecía esconder un comentario.

Finalmente, mientras Eli explicaba una modificación del presupuesto, Alexandra interrumpió:

—Una pregunta, señora Sinclair.

—Adelante.

—¿Está segura de que podrá mantener la concentración durante toda la jornada?

Eli dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—Completamente.

—Me alegra escucharlo. Después de un fin de semana tan movido, sería una lástima que llegara cansada.

Lucas levantó la cabeza.

—¿Un fin de semana movido?

Alexandra tomó una hoja del informe.

—Nada relacionado con la empresa.

Eli clavó los ojos en ella.

—La señora Woods parece especialmente interesada en mis actividades fuera del horario laboral.

Lucas miró a su hermana, divertido.

—¿Debería preocuparme por algo o me he perdido una conversación?

—No te has perdido nada —respondió Eli rápidamente.

Alexandra sonrió sin apartar la mirada de su vicepresidenta.

—Eso está por verse.

Eli respiró profundamente y volvió a los documentos.

—Como estaba diciendo, la modificación del presupuesto permitirá reducir los costes operativos un ocho por ciento durante el próximo trimestre.

Lucas regresó a sus notas.

—Eso sí me interesa. Continúa.

La reunión siguió adelante, pero Eli ya no pudo olvidar la conversación del despacho.

Y Alexandra tampoco dejó de observarla de vez en cuando.

No hizo falta que volviera a mencionar las marcas.

Ambas sabían que aquel tema seguía presente entre ellas.

Al finalizar, Lucas reunió sus documentos y se levantó.

—Buen trabajo. Enviaré las cifras definitivas esta tarde.

—Gracias, Lucas —respondió Eli.

Él se marchó junto con Natalie.

Alexandra permaneció sentada, revisando la última página del informe.

Eli recogió sus cosas y se dispuso a salir.

—Señora Sinclair.

Se detuvo.

—¿Sí?

Alexandra levantó la mirada.

—Una última cosa.

Eli apretó la carpeta contra su pecho.

—La escucho.

La presidenta señaló el informe.

—Su trabajo ha sido impecable esta mañana.

Eli parpadeó.

No esperaba aquel comentario.

—Gracias.

—No tiene que agradecérmelo. Si hace bien su trabajo, lo reconoceré.

Alexandra hizo una pausa.

—Y si alguna vez decide dejar de utilizar los besos de su marido para llamar mi atención, quizá podamos mantener una conversación mucho más productiva.

Eli se quedó mirándola, incrédula.

—Usted realmente cree que todo gira a su alrededor.

—No todo.

Alexandra sostuvo sus ojos.

—Pero algunas cosas empiezan a parecer sospechosamente relacionadas conmigo.

Eli sintió que el pulso se le aceleraba.

Quiso responder con una frase contundente, una de esas que solían dejar a Alexandra sin argumentos.

No encontró ninguna.

Así que se limitó a abrir la puerta.

—Nos vemos en la próxima reunión, señora Woods.

—La estaré esperando.

Eli salió sin mirar atrás.

Alexandra esperó a escuchar sus pasos alejarse por el pasillo antes de reclinarse en su silla.

La mañana apenas había comenzado y ya había descubierto algo que no esperaba: Eli Sinclair podía enfrentarse a cualquier negociación, discutir cualquier decisión y defender sus argumentos frente a toda la junta directiva.

Pero bastaba mencionar aquel encuentro en el supermercado para hacerla perder el hilo de sus respuestas.

Alexandra sonrió.

No sabía qué sentía Eli.

Tampoco sabía por qué le importaba tanto averiguarlo.

Lo único que tenía claro era que el lunes acababa de volverse mucho más interesante.

Y que, de ahora en adelante, cada vez que Eli intentara fingir que nada había ocurrido, Alexandra estaría esperando el momento oportuno para recordarle que algunas marcas desaparecían de la piel mucho antes de desaparecer de la memoria.