Capítulo 9 — La noche en que descubrió su secreto #4
—Me resulta curioso descubrir que la mujer que siempre tiene una respuesta para todo se quede sin palabras por algo tan insignificante.
Eli apretó los labios.
—No me conoce tan bien como cree.
Por primera vez, la sonrisa de Alexandra adquirió un matiz diferente.
—Quizá tenga razón.
Sus miradas se encontraron.
Eli sabía que debía apartarse, poner fin a aquella conversación y esperar a que Roberto regresara. Sin embargo, había algo en la expresión de Alexandra que la mantenía inmóvil.
No era únicamente diversión.
Había curiosidad en aquellos ojos verdes. Una curiosidad que parecía ir más allá de la simple sorpresa de encontrarse con una compañera de trabajo en un supermercado.
Y Eli comprendió algo que la inquietó todavía más.
Alexandra no solo había visto la marca.
Había notado cuánto le molestaba que la descubriera.
—No tiene por qué preocuparse —dijo Eli, intentando recuperar la compostura—. El lunes volveré a ser la misma de siempre.
Alexandra sostuvo su mirada.
—Eso espero, señora Sinclair. Sería una lástima que algo ocurrido durante el fin de semana afectara su rendimiento profesional.
Eli sintió que aquella frase escondía una provocación.
—Mi trabajo nunca ha sido un problema.
—Entonces no tendrá dificultades para demostrarlo.
El silencio que siguió estuvo cargado de una tensión que ninguna de las dos quiso reconocer.
Alexandra se volvió hacia Vanessa, que acababa de acercarse.
—¿Nos vamos?
Vanessa apoyó una mano en su hombro.
—Cariño, todavía nos falta comprar lo de la cena.
—Lo sé.
Antes de marcharse, Alexandra volvió a mirar a Eli.
—Que tenga un buen fin de semana.
—Igualmente.
La presidenta se alejó con Vanessa.
Eli esperó a que desaparecieran al doblar el pasillo antes de soltar el aire que había estado conteniendo.
La marca seguía allí.
Pero ahora eso ya no era lo peor.
Alexandra la había visto. Había hecho comentarios sobre ella y había observado su reacción con una atención que Eli no sabía cómo interpretar.
Y, por la manera en que había sonreído antes de marcharse, estaba convencida de que su jefa no olvidaría aquel detalle tan fácilmente.
Roberto regresó con el café y la encontró mirando hacia el pasillo por el que Alexandra acababa de desaparecer.
—¿Ha ocurrido algo?
Eli reaccionó de inmediato.
—No. ¿Por qué?
—Pareces enfadada.
—Estoy bien, Roberto. Vámonos, por favor.
Él asintió y empujó el carrito hacia las cajas.
Eli caminó a su lado, intentando controlar el calor que todavía sentía en el rostro.
No solo había descubierto Alexandra la marca.
También había descubierto lo mucho que Eli se preocupaba por ocultarla.
Y esa era una verdad que la vicepresidenta no estaba preparada para afrontar.
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Cuando terminaron las compras, Roberto condujo el carrito hasta el automóvil mientras Eli revisaba por última vez la lista.
—Me ha caído bien tu jefa —comentó él—. Aunque tiene una forma bastante particular de hablar.
Eli soltó una risa nerviosa.
—No tienes idea.
—¿Siempre es así contigo?
—¿Así cómo?
—Como si cada conversación fuera una competición que necesita ganar.
Eli se quedó pensativa.
—Casi siempre.
Roberto le dio un beso en la frente.
—Entonces me alegro de que no tenga que soportarla en casa.
Eli sonrió.
Pero, mientras salían del supermercado, no podía dejar de pensar en la mirada de Alexandra.
Había querido que la presidenta la viera besando a su marido.
Había querido demostrarle que ella también tenía una vida privada y que no era la única mujer capaz de despertar celos.
Sin embargo, no había previsto que Alexandra descubriría la marca.
Mucho menos que la utilizaría para ponerla nerviosa con apenas unas palabras.
Eli se llevó una mano al cuello.
La marca que tanto había querido ocultar se había convertido en una prueba de que Alexandra podía afectarla de una manera que ninguna otra persona conseguía.
Y eso le daba miedo.
Había querido provocar a Alexandra.
Lo había conseguido.
Pero ahora tenía una pregunta que la inquietaba mucho más que antes.
¿Y si Alexandra no había sentido absolutamente nada?
¿Y si toda aquella tensión solo existía en su imaginación?
Eli apretó los labios.
No.
Había visto su expresión.
Había notado cómo se le tensaba la mandíbula cuando la besó Roberto, cómo se había quedado observándola y cómo su sonrisa cambió al descubrir la marca.
Algo había ocurrido.
No sabía qué.
Pero necesitaba descubrirlo.
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En el estacionamiento, Vanessa guardaba las bolsas en el maletero mientras Alexandra permanecía junto al automóvil, revisando unos mensajes en su teléfono.
—¿Vas a contarme qué ha pasado? —preguntó Vanessa.
Alexandra levantó la mirada.
—¿A qué te refieres?
—A la mujer de la oficina. Eli, ¿verdad? Te has quedado mirándola como si te hubiera quitado algo.
Alexandra soltó una carcajada incrédula.
—No digas tonterías.
—No he dicho que estés enamorada. Solo he dicho que te ha molestado verla besar a su marido.
La sonrisa de Alexandra desapareció lentamente.
—Es una mujer casada.
—Lo sé. Por eso me sorprende que te importe tanto.
Alexandra guardó el teléfono en el bolsillo.
—No me importa.
Vanessa se acercó y le acarició la mejilla.
—Entonces deja de pensar en ella.
Alexandra la miró durante unos segundos antes de besarla suavemente.
—Tienes razón.
Pero, cuando Vanessa se apartó, la presidenta volvió a recordar la escena del supermercado.
Eli rodeando el cuello de su marido.
Eli besándolo mientras la miraba.
Eli sosteniendo su mirada con aquella expresión desafiante, como si hubiera querido demostrarle algo.
Y después, aquella marca.
Alexandra no había podido evitar fijarse en ella. Tampoco había podido ignorar la reacción de Eli cuando se dio cuenta de que la había descubierto.
La vicepresidenta había cambiado de expresión de inmediato. Había llevado una mano al cuello y había intentado recuperar la compostura, pero su nerviosismo había resultado demasiado evidente.
¿Por qué le preocupaba tanto que Alexandra lo supiera?
Era perfectamente normal que una mujer casada compartiera momentos de intimidad con su marido.
Entonces, ¿por qué Eli había reaccionado como si la hubieran descubierto haciendo algo prohibido?
Alexandra conocía bien el deseo de provocar una reacción en alguien. Lo había hecho durante años, tanto dentro como fuera de la empresa.
Y estaba casi segura de que Eli había querido provocarla con aquel beso.
La pregunta era por qué.
¿Por qué una mujer casada, que siempre presumía de su profesionalidad y de su capacidad para mantener las emociones bajo control, parecía tan interesada en captar su atención?
¿Y por qué había tenido aquella reacción tan extraña cuando Alexandra descubrió la marca de su cuello?
La presidenta recordó la forma en que Eli había sostenido su mirada, intentando aparentar indiferencia mientras sus mejillas se teñían de rojo.
Una sonrisa lenta apareció en sus labios.
—Interesante, señora Sinclair —murmuró.
Vanessa la observó desde el asiento del acompañante.
—¿Qué has dicho?
Alexandra negó con la cabeza.
—Nada.
Pero no estaba pensando en nada.
Estaba pensando en Eli.
En su mirada desafiante.
En su beso a Roberto.
Y en aquella marca que había provocado una reacción tan inesperada.
Quizá estaba imaginando cosas.
O quizá había algo que su vicepresidenta no quería que descubriera.
La presidenta abrió la puerta del automóvil y se sentó al volante.
—Vamos. Tenemos una cena que preparar.
Vanessa ocupó el asiento del acompañante, ajena a la tormenta de pensamientos que Alexandra intentaba ocultar.
Mientras conducía, la joven presidenta se sorprendió sonriendo.
Eli Sinclair creía que podía jugar con ella sin consecuencias.
Tal vez había llegado el momento de demostrarle que no era la única capaz de despertar celos.
Pero Alexandra no sabía todavía cuál era el verdadero motivo detrás de aquella actitud desafiante.
No sabía que Eli había pasado la noche anterior intentando comprender por qué no podía dejar de pensar en ella.
Ni que, aquella misma mañana, había discutido con su marido por una marca en el cuello que temía que Alexandra descubriera.
Y, sobre todo, no sabía que la mujer que acababa de besar a su esposo para provocarla llevaba horas intentando convencerse de que no sentía nada por ella.
El lunes se acercaba.
Y ambas tendrían que volver a encontrarse en Woods International.
Alexandra estaba decidida a descubrir qué escondía su vicepresidenta.
Eli, por su parte, solo quería que la marca desapareciera antes de volver a verla.
Pero ya era demasiado tarde para eso.
Alexandra había visto la marca.
Había visto su vergüenza.
Y había descubierto que bastaban unas pocas palabras para hacer que Eli Sinclair perdiera la seguridad que tanto se esforzaba por mantener.
Ninguna de las dos imaginaba que, cuando se encontraran frente a frente en la oficina, aquella tensión que habían intentado disimular en el supermercado sería todavía más difícil de ignorar.
El lunes, Eli tendría que sentarse frente a Alexandra en una reunión y fingir que no había ocurrido absolutamente nada.
Y Alexandra estaría esperando el momento oportuno para recordarle que, fuera de la oficina, había descubierto una faceta de su vicepresidenta que prometía resultar mucho más interesante de lo que había imaginado.