Capítulo 9 — La noche en que descubrió su secreto #3
—Una lástima. Necesito a alguien que me recuerde lo insoportable que puedo ser.
Vanessa se inclinó para besarla en la mejilla.
—Para eso no necesitas contratarme.
Alexandra sonrió, pero entonces vio una figura al otro lado del pasillo.
Eli Sinclair.
La vicepresidenta estaba junto a un hombre al que reconoció como su marido.
Alexandra se quedó observándolos unos segundos.
Aquella era la primera vez que veía a Eli fuera de la oficina en un contexto tan cotidiano. Sin sus reuniones interminables, sus informes y su expresión severa, parecía una mujer distinta.
Más relajada.
Más cercana.
Roberto le estaba hablando mientras ella intentaba concentrarse en la lista de compras.
Alexandra sintió una curiosidad inesperada.
—¿Conoces a esa mujer? —preguntó Vanessa.
—Trabaja conmigo.
—¿Es tu jefa?
Alexandra soltó una risa breve.
—Todo lo contrario. Es mi vicepresidenta ejecutiva y, probablemente, la mujer más obstinada que conozco.
—¿Y por qué la miras tanto?
Alexandra apartó los ojos.
—Estoy comprobando que fuera de la empresa también sabe sonreír.
Vanessa levantó una ceja.
—Qué interesante.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Pero lo estás pensando.
Vanessa se rio y volvió a tomarla de la mano.
Alexandra decidió ignorar el asunto.
No tenía ninguna razón para interesarse por Eli Sinclair fuera del trabajo.
Ninguna.
Sin embargo, cuando volvió a mirar hacia el pasillo, descubrió que Eli también estaba observándola.
Y, durante un instante, ninguna de las dos apartó los ojos.
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Eli encontró una excusa para detenerse frente a una estantería de productos de limpieza.
Desde allí podía ver parte del pasillo donde se encontraba Alexandra.
La presidenta conversaba con Vanessa con una facilidad irritante. La mujer le rodeó la cintura y Alexandra se inclinó para susurrarle algo al oído.
Eli apretó los labios.
Era ridículo.
No tenía que importarle.
Pero, mientras observaba a Vanessa acariciar el brazo de Alexandra, la memoria le devolvió las imágenes de la noche anterior con una claridad insoportable.
El corredor oscuro.
La puerta entreabierta.
Los labios de Alexandra sobre los de Vanessa.
La voz de su jefa, más baja y suave que de costumbre.
Eli se obligó a mirar los productos de la estantería.
No iba a seguir alimentando aquella obsesión.
—Cariño, ¿cuál prefieres? ¿Este café o el otro?
La voz de Roberto la obligó a regresar al presente.
Eli miró los dos paquetes que él sostenía.
—El de la izquierda.
—De acuerdo.
Roberto lo dejó en el carrito y se acercó a ella.
—Hoy estás muy distraída.
—Lo siento.
—¿Sabes qué creo? Que necesitas un beso para volver a la realidad.
Antes de que Eli pudiera responder, Roberto la atrajo suavemente hacia él y la besó.
Ella correspondió de manera automática.
Pero, al abrir los ojos, descubrió que Alexandra estaba mirando en su dirección.
Sus miradas se encontraron.
Eli sintió que el tiempo se detenía.
Los ojos verdes de Alexandra se posaron primero en ella y después en Roberto. La presidenta mantuvo una expresión tranquila, aunque algo cambió en su rostro durante aquel breve instante.
Quizá fue sorpresa.
Quizá simple curiosidad.
O quizá Eli estaba tan desesperada por encontrar una reacción en ella que empezó a interpretar cada pequeño gesto como una señal.
Una idea imprudente se abrió paso en su mente.
¿Por qué tenía que ser ella la única que se sintiera incómoda?
¿Por qué Alexandra podía besar a otra mujer sin preocuparse por nada mientras Eli llevaba toda la mañana intentando comprender sus propios sentimientos?
No.
No iba a permitirlo.
Eli tomó a Roberto de la mano.
—¿Qué pasa? —preguntó él.
Ella le sonrió y se acercó todavía más.
—Nada. Ven aquí.
Le acomodó el cuello de la camiseta y lo besó de nuevo.
Esta vez fue un beso prolongado, mucho más intenso que el anterior. Eli rodeó el cuello de su marido con los brazos mientras él la abrazaba por la cintura, sorprendido y encantado por aquella inesperada demostración de cariño.
Pero Eli no estaba pensando únicamente en Roberto.
Sabía que Alexandra podía verla.
Y quería que la viera.
Quería que la presidenta comprendiera que ella también tenía una vida privada, que también podía besar a alguien y que no era la única capaz de despertar emociones contradictorias.
Cuando abrió los ojos, encontró a Alexandra observándola desde el otro lado del pasillo.
La presidenta no sonreía.
Su mandíbula se había tensado ligeramente y la botella que sostenía permanecía inmóvil entre sus dedos.
Vanessa también había advertido la escena. Miró a Alexandra y después a Eli, con una expresión divertida que parecía anticipar un espectáculo.
Eli sintió una satisfacción absurda.
Ahora sabes lo que se siente.
Sin embargo, la satisfacción duró apenas unos segundos.
Porque Alexandra dejó la botella en el carrito y comenzó a caminar hacia ellos.
Eli sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
No había previsto que se acercara.
Mucho menos que lo hiciera con aquella expresión serena que utilizaba en las reuniones cuando estaba a punto de formular una pregunta incómoda.
—Buenos días, señora Sinclair.
La voz de Alexandra sonó tranquila, profesional y casi demasiado amable.
Eli se separó lentamente de su marido.
—Señora Woods. No esperaba encontrarla aquí.
—Lo mismo digo.
La presidenta miró a Roberto y le tendió la mano.
—Alexandra Woods. Trabajo con su esposa.
—Roberto Sinclair. Encantado.
Ambos se estrecharon la mano.
—Eli es una profesional extraordinaria —comentó Alexandra—. Aunque debo reconocer que no imaginaba que fuera tan cariñosa fuera de la oficina.
Eli sintió que las mejillas le ardían.
Aquello había sido deliberado.
Alexandra sabía perfectamente lo que estaba haciendo.
—Mi esposa siempre ha sido cariñosa —respondió Roberto, sonriendo mientras le rodeaba la cintura—. Supongo que en el trabajo tiene que mantener una imagen más seria.
Alexandra inclinó ligeramente la cabeza.
—Es comprensible.
Sus ojos verdes regresaron a los de Eli.
—Aunque a veces resulta interesante descubrir facetas que uno no conocía de las personas con las que trabaja.
Eli sostuvo su mirada.
—Todos tenemos una vida privada, señora Woods.
—Por supuesto.
La sonrisa de Alexandra se ensanchó apenas.
—Y algunos sabemos disfrutarla mejor que otros.
Eli comprendió perfectamente la indirecta.
El calor le subió al rostro.
Por un instante, volvió a recordar la noche anterior, la puerta entreabierta y aquella faceta de Alexandra que jamás habría imaginado descubrir.
Se obligó a mantener la expresión serena.
—Me alegra que disfrute tanto de la suya.
La sonrisa de Alexandra perdió espontaneidad durante una fracción de segundo.
Eli lo vio.
Y aquella pequeña reacción le produjo una satisfacción que intentó disimular.
—Procuro aprovechar mi tiempo libre —respondió la presidenta—. Nunca se sabe cuándo volverá a presentarse una buena oportunidad.
—En eso tiene razón.
Roberto observó a una y a otra, divertido por aquella conversación que parecía más propia de una reunión de negocios que de un encuentro casual entre dos compañeras.
—Supongo que tendré que acostumbrarme a escuchar estas conversaciones —comentó.
Alexandra sonrió amablemente.
—Le aseguro que su esposa hace que cualquier conversación resulte interesante.
—Eso ya lo sé —contestó Roberto, besando a Eli en la sien.
El gesto hizo que la vicepresidenta se quedara rígida durante un instante.
Alexandra lo notó.
Y también notó que Eli, en vez de disfrutar del cariño de su marido, parecía estar pendiente de cada una de sus reacciones.
Algo no encajaba.
La mujer que tenía delante era la misma que discutía sus decisiones sin pestañear, pero aquella mañana había algo diferente en ella. Una tensión que no parecía relacionada con el trabajo.
Alexandra bajó la mirada por un momento.
Fue entonces cuando Eli se acomodó el cabello detrás de la oreja.
El movimiento dejó al descubierto la marca rojiza que tenía junto al cuello.
Alexandra la vio inmediatamente.
Su mirada descendió hacia aquella señal y permaneció allí unos segundos antes de regresar lentamente al rostro de Eli.
Una sonrisa sutil apareció en sus labios.
—Vaya… —murmuró.
Eli parpadeó.
—¿Qué?
Alexandra no respondió de inmediato. Sus ojos verdes volvieron a detenerse en la marca.
Eli comprendió lo que estaba ocurriendo.
Se llevó una mano al cuello demasiado tarde.
Alexandra ya la había visto.
El corazón le dio un vuelco.
No podía creerlo.
Había pasado toda la mañana intentando ocultar aquella marca, había discutido con Roberto por ella y había elegido cuidadosamente su ropa para evitar precisamente aquella situación.
Y ahora Alexandra Woods la estaba mirando con una expresión que no prometía nada bueno.
—No sabía que su fin de semana había sido tan entretenido, señora Sinclair —comentó la presidenta.
Roberto soltó una pequeña carcajada, sin sospechar la verdadera intención de aquellas palabras.
—Mi esposa siempre consigue sorprenderme.
Eli habría querido desaparecer.
—Roberto, ¿podrías ir a buscar el café que falta? Creo que olvidamos comprarlo.
Él la miró, extrañado por la urgencia de su petición.
—Claro. Vuelvo enseguida.
Cuando Roberto se alejó unos pasos, Eli volvió la mirada hacia Alexandra.
La presidenta seguía sonriendo.
—No sabía que su vida privada fuera motivo de tanta preocupación —dijo Eli en voz baja.
Alexandra alzó las cejas.
—¿Preocupación? No he dicho que tenga ningún problema.
Sus ojos verdes descendieron una vez más hacia la marca.
—Aunque parece que alguien ha disfrutado mucho de su compañía.
Eli sintió una punzada de vergüenza y rabia.
—Mi vida privada no es asunto suyo.
—Por supuesto que no.
Alexandra dio un pequeño paso hacia ella, manteniendo una distancia prudente.
—Pero me sorprende verla tan nerviosa por una simple observación.
—No estoy nerviosa.
—Entonces no tiene de qué preocuparse.
La presidenta sonrió de nuevo, y aquella sonrisa hizo que Eli quisiera discutir con ella y, al mismo tiempo, salir de allí cuanto antes.
—¿Le resulta divertido? —preguntó Eli.
—¿El qué?
—Hacer comentarios sobre mi vida privada.
Alexandra inclinó ligeramente la cabeza.