Capítulo 9 — La noche en que descubrió su secreto #2
Alexandra seguía allí, ocupando un espacio en su mente que no tenía derecho a reclamar.
Y Eli comprendió que el verdadero problema no era haber descubierto el secreto de su jefa.
Era haber descubierto algo sobre sí misma.
Algo que no estaba preparada para afrontar.
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El sábado por la mañana, Eli Sinclair despertó con una mezcla de frustración, vergüenza y una inquietud que no había conseguido sacudirse desde la noche anterior.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, contemplando el techo de su dormitorio. Roberto dormía a su lado, ajeno a la tormenta de pensamientos que la mantenía despierta.
Eli cerró los ojos.
Fue un error.
La imagen de Alexandra apareció de inmediato: sus ojos verdes bajo las luces del club, aquella sonrisa arrogante y la naturalidad con la que había besado a Vanessa.
Eli se incorporó bruscamente y se llevó una mano a la frente.
—Maldita sea, Alexandra…
No comprendía qué le estaba sucediendo. Jamás había dedicado tanto tiempo a pensar en otra persona, mucho menos en una mujer que conseguía sacarla de quicio con una simple mirada.
Lo peor era recordar lo que había sentido al descubrir aquella faceta privada de su jefa. La curiosidad que la había llevado a acercarse a aquella puerta entreabierta se había convertido en una experiencia que todavía le resultaba difícil procesar.
No podía borrar de su memoria la imagen de Alexandra con Vanessa.
Tampoco podía olvidar la extraña mezcla de fascinación, desconcierto y celos que había experimentado.
Alexandra no había hecho nada para atraerla deliberadamente aquella noche. Ni siquiera sabía que Eli había estado allí.
Y, aun así, la había dejado con la mente completamente revuelta.
—No voy a seguir pensando en ti —murmuró.
Se volvió hacia Roberto. Quizá necesitaba recuperar la normalidad, recordar que tenía un marido al que quería y una vida que no debía permitir que se complicara por culpa de una atracción inexplicable.
Roberto despertó poco después y la abrazó por la cintura.
—Buenos días, cariño.
—Buenos días.
Él le besó la mejilla y después buscó sus labios. Eli correspondió al beso, intentando concentrarse en la familiaridad de aquel gesto.
Necesitaba dejar de pensar en Alexandra.
Necesitaba sentirse como antes.
Cuando Roberto la atrajo hacia él, Eli decidió dejar de analizarlo todo y buscar refugio en la intimidad de su matrimonio.
Sin embargo, su mente volvió a traicionarla.
Recordó la mirada de Alexandra, la seguridad con la que se movía y aquella sonrisa que parecía esconder siempre algo.
Se obligó a apartar esos pensamientos.
No era justo para Roberto. Él estaba allí, queriéndola, mientras ella luchaba contra una confusión que ni siquiera se atrevía a reconocer.
Beso a Roberto con desesperación queria sacar a Alexandra de su cabeza, en la intimidad con su marido veía a Alexandra sobre ella penetrandola, no lo pudo evitar y sintió venirse en un intenso orgasmo.Cuando terminaron, Eli permaneció unos instantes en silencio.
Roberto le acarició el cabello.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo me agotaste.
Él la besó con ternura y se levantó para ducharse.
Eli se quedó mirando la puerta del baño, sintiendo una frustración que no quería admitir. Había buscado refugio en la intimidad de su matrimonio para acallar sus pensamientos, pero la confusión seguía allí.
No había desaparecido por mucho que hubiera intentado recuperar la normalidad.
Y eso la enfurecía.
¿Por qué Alexandra seguía ocupando un lugar en su mente incluso en los momentos que deberían pertenecerle exclusivamente a su marido?
No tenía respuesta.
Solo sabía que necesitaba recuperar el control de sus emociones antes de que aquella situación terminara afectando a su vida.
Entonces reparó en la marca rojiza que Roberto le había dejado junto al cuello.
Se levantó de inmediato y corrió hacia el espejo.
—¡No puede ser!
La marca era perfectamente visible.
Eli se llevó los dedos a la piel, horrorizada.
El lunes tenía que volver a la oficina. Tendría reuniones con Alexandra, revisaría documentos con ella y probablemente pasaría varias horas en su despacho.
No quería que la presidenta viera aquella marca.
No quería imaginar la sonrisa burlona que podría aparecer en su rostro ni escuchar alguno de sus comentarios cargados de dobles sentidos.
—Va a desaparecer —se dijo, intentando tranquilizarse—. Tiene que desaparecer antes del lunes.
Roberto salió del baño unos minutos después y la encontró todavía frente al espejo.
—¿Qué ocurre?
Eli se volvió hacia él, señalándose el cuello.
—¿De verdad tenías que dejarme esto aquí?
Roberto parpadeó, sorprendido.
—¿La marca? Cariño, no pensé que te molestaría tanto.
—¡Pues me molesta!
La respuesta salió más brusca de lo que pretendía.
Roberto frunció ligeramente el ceño.
—¿He hecho algo malo?
Eli se arrepintió de inmediato al ver su expresión, pero la preocupación pudo más que la culpa.
—No es eso. Es que tengo que ir a trabajar el lunes y no quiero que todo el mundo esté pendiente de mi vida privada.
—Nadie tiene por qué fijarse.
—Tú no conoces a Alexandra.
El nombre escapó de sus labios antes de que pudiera detenerlo.
Roberto la miró con curiosidad.
—¿Alexandra?
Eli sintió un vuelco en el estómago.
—Mi jefa. Ya sabes cómo es. Siempre tiene algún comentario para todo.
Roberto se encogió de hombros.
—Entonces ponte un pañuelo o una blusa que te cubra el cuello.
—No quiero tener que esconder nada por una marca que no debería estar ahí.
El silencio se instaló entre ambos.
Eli bajó la mirada, consciente de que estaba reaccionando de una manera desproporcionada. Roberto no había hecho nada con mala intención. No merecía que ella lo tratara así por una preocupación que, en el fondo, tenía mucho más que ver con Alexandra que con la marca.
—Perdóname —dijo finalmente, con un suspiro—. Estoy nerviosa por el trabajo y me he desquitado contigo.
Roberto se acercó y le acarició el brazo.
—Está bien. Pero no quiero que te preocupes tanto por lo que pueda decir tu jefa.
Eli asintió sin responder.
Porque no podía explicarle la verdadera razón.
No quería que Alexandra la viera con aquella marca porque no soportaba la idea de que la presidenta imaginara su intimidad con Roberto.
Y esa conclusión le resultaba mucho más incómoda que cualquier comentario que pudiera escuchar en la oficina.
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Una hora después, Roberto propuso salir a comprar algunas cosas para la semana y desayunar fuera.
Eli aceptó. Necesitaba distraerse, salir de casa y dejar de mirarse al espejo cada cinco minutos para comprobar si la marca había perdido intensidad.
Se vistió con una blusa de cuello alto y el cabello suelto sobre los hombros. Antes de salir, volvió a observarse en el espejo.
La marca seguía allí, aunque la tela ocultaba buena parte de ella.
—El lunes ya no se notará —murmuró.
No podía imaginar que, antes de que terminara aquella mañana, Alexandra Woods estaría mucho más cerca de lo que esperaba.
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El supermercado estaba lleno cuando llegaron.
Roberto empujaba el carrito mientras Eli revisaba la lista de productos. Intentaba concentrarse en las compras, aunque cada pocos minutos sus dedos se dirigían inconscientemente hacia el cuello de la blusa.
—¿Te aprieta? —preguntó Roberto al notarlo.
—¿Qué cosa?
—La blusa. No dejas de tocarte el cuello.
Eli apartó la mano.
—Estoy bien.
Él sonrió y siguió caminando.
Durante unos minutos, todo pareció recuperar cierta normalidad. Hablaron de las compras, de la cena que prepararían esa noche y de algunas tareas pendientes en casa.
Hasta que una voz femenina llegó desde el pasillo contiguo.
—¿De verdad necesitas comprar tantas cosas?
Eli se quedó inmóvil.
Conocía aquella voz.
La conocía demasiado bien para confundirla con cualquier otra.
—No empieces, Alexandra. Tú fuiste quien dijo que quería preparar la cena.
El corazón de Eli dio un vuelco.
Giró lentamente la cabeza.
Junto a la sección de vinos estaba Alexandra Woods, vestida con unos pantalones oscuros y una camisa blanca cuyas mangas llevaba dobladas hasta los antebrazos. Su cabello oscuro estaba ligeramente despeinado y las gafas de sol descansaban sobre su cabeza.
A su lado se encontraba Vanessa, la misma mujer del club.
La mujer sostenía una botella mientras Alexandra examinaba otra etiqueta. En un gesto de familiaridad, Vanessa se acercó para acomodarle el cuello de la camisa y le dio un beso rápido en los labios.
Alexandra sonrió.
—Confía en mí. Sé lo que hago.
—Eso dices siempre.
—Y casi siempre tengo razón.
Vanessa soltó una carcajada.
Eli apartó la mirada de inmediato.
No tenía derecho a sentirse incómoda. Alexandra podía salir con quien quisiera, besar a quien quisiera y pasar sus fines de semana como le diera la gana.
Sin embargo, verla allí, tan cerca de aquella mujer, le provocó una punzada que no consiguió ignorar.
—¿Eli? —preguntó Roberto—. ¿Qué ocurre?
—Nada.
—Te has quedado mirando algo.
—Creí haber visto a una compañera de trabajo.
Roberto miró hacia el pasillo, pero Alexandra y Vanessa ya se estaban alejando.
—¿Quieres saludarla?
—No hace falta.
Eli retomó la marcha, deseando que aquella coincidencia terminara cuanto antes.
No quería encontrarse con Alexandra. No quería que la presidenta reparara en ella y mucho menos que descubriera la marca que había estado intentando ocultar desde que se despertó.
Pero el destino parecía empeñado en complicarle la mañana.
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Alexandra estaba disfrutando de la compañía de Vanessa.
Se conocían desde hacía tiempo y habían retomado el contacto la noche anterior. Vanessa era divertida, atractiva y no acostumbraba a exigir explicaciones sobre las decisiones de Alexandra.
Era una relación sin promesas ni compromisos, exactamente el tipo de vínculo que la presidenta prefería mantener.
—¿Estás escuchándome? —preguntó Vanessa mientras elegían unos quesos.
Alexandra sonrió.
—Por supuesto.
—Mentira. Tienes esa expresión que pones cuando estás pensando en otra cosa.
—¿Qué expresión?
—La de mujer importante que cree que el mundo entero debería esperar a que termine de pensar.
Alexandra soltó una carcajada.
—Ten cuidado, Vanessa. Podría despedirte.
—No trabajo para ti.