La heredera del imperio Woods Capítulo 9 — La noche en que descubrió su secreto
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Capítulo 9 — La noche en que descubrió su secreto

El viernes por la noche, Eli Sinclair había aceptado acompañar a Roberto a uno de los clubes más exclusivos de Manhattan.

Llevaba toda la semana trabajando hasta tarde en Woods International y, aunque el cansancio le pesaba en los hombros, su marido había insistido en que necesitaban una noche para ellos.

Eli aceptó porque no encontró una excusa convincente para negarse.

No imaginaba que aquella salida terminaría alterando su tranquilidad de una manera que jamás habría podido prever.

El club estaba lleno. Las luces violetas y azules recorrían las paredes, la música retumbaba entre las mesas y las parejas bailaban en la pista, ajenas a las miradas de quienes las rodeaban.

Roberto la tomó de la mano.

—Vamos a bailar.

—¿Ahora?

—Precisamente ahora. Llevas toda la semana con la cabeza metida en documentos y contratos. Quiero recuperar a mi esposa por unas horas.

Eli sonrió.

—No sabía que me habías perdido.

—A veces parece que Woods International te ha secuestrado.

Ella soltó una carcajada y permitió que la llevara a la pista.

Durante un rato consiguió relajarse. Bailó con Roberto, se rio de sus comentarios y trató de convencerse de que aquella era exactamente la noche que necesitaba.

Hasta que una voz femenina, procedente de una mesa cercana, captó su atención.

—No puedo creer que hayas venido sin avisarme.

Eli reconoció aquella voz antes incluso de volverse.

Alexandra Woods.

Su jefa estaba a pocos metros, vestida con unos pantalones negros que se ajustaban a su figura y una camisa oscura abierta en el cuello. Llevaba las mangas remangadas, el cabello negro ligeramente despeinado y una expresión despreocupada que Eli jamás había visto en la oficina.

Sus ojos verdes parecían más intensos bajo las luces del club.

Frente a ella estaba Vanessa, una mujer elegante que sonreía como si conociera perfectamente cada una de las debilidades de Alexandra.

—Si te hubiera avisado, habrías encontrado una excusa para llegar tarde —respondió Alexandra.

—¿Yo? La que siempre llega tarde eres tú.

—Tengo una reputación que mantener.

Vanessa se rio y la tomó de la mano.

—Entonces ven a demostrarme por qué tienes tanta fama.

Alexandra aceptó la invitación.

Eli se quedó mirándola cuando ambas se dirigieron a la pista de baile.

—¿Qué estás mirando? —preguntó Roberto, acercándose a su oído para hacerse escuchar por encima de la música.

—Nada. Creí reconocer a alguien.

—¿Alguien del trabajo?

—Sí. Mi jefa.

Roberto siguió la dirección de su mirada.

—¿La presidenta?

Eli asintió.

—No sabía que frecuentaba estos lugares.

—Parece que tiene una vida bastante más interesante de lo que imaginabas.

Eli no respondió.

Porque Alexandra acababa de sonreírle a Vanessa de una manera que jamás le había dedicado en la oficina.

Y aquella sonrisa le produjo una incomodidad absurda.

Alexandra bailaba con una seguridad natural, sin preocuparse por quién pudiera observarla. Vanessa se movía frente a ella, acercándose cada vez que la música cambiaba de ritmo. En determinado momento, la mujer rodeó su cintura y Alexandra apoyó las manos en sus caderas.

No había nada tímido en aquel intercambio.

Era un juego de miradas, sonrisas y proximidad.

Alexandra inclinó la cabeza para decirle algo al oído. Vanessa soltó una carcajada y, segundos después, le rodeó el cuello con los brazos.

Sus labios se encontraron.

Eli sintió que algo se le encogía en el pecho.

Apartó los ojos inmediatamente.

No tenía ningún derecho a reaccionar de aquella manera. Alexandra era su jefa, una mujer adulta y libre de hacer lo que quisiera con su vida privada.

Además, ella estaba casada.

Tenía a Roberto a su lado.

Aun así, cuando volvió a mirar, Alexandra seguía besando a Vanessa.

Y Eli descubrió que la curiosidad podía convertirse en algo peligrosamente parecido a los celos.

—¿Quieres tomar algo? —preguntó Roberto.

—Sí. Ve tú. Ahora te alcanzo.

Él le dio un beso en la mejilla antes de dirigirse a la barra.

Eli aprovechó para apartarse un poco de la pista. Se dijo que solo necesitaba respirar, recuperar la compostura y dejar de comportarse como una adolescente incapaz de controlar sus emociones.

Entonces vio a Alexandra y Vanessa dirigirse hacia un corredor lateral.

Al fondo había varias salas privadas, separadas del resto del club por puertas oscuras y discretas.

Alexandra abrió una de ellas y dejó pasar a Vanessa.

Antes de entrar, volvió la cabeza y sonrió.

Una sonrisa íntima, cómplice, completamente distinta de la que utilizaba durante las reuniones.

Después, la puerta se cerró.

Eli permaneció inmóvil.

No sabía por qué aquella escena le había despertado tantas preguntas. Podía haberse marchado a buscar a Roberto y continuar con su noche, pero su curiosidad se impuso a su sentido común.

Caminó por el corredor, diciéndose que únicamente quería comprobar si había reconocido bien a Alexandra.

Al llegar cerca de la puerta, escuchó una risa femenina y después la voz de su jefa.

—Creí que habías venido a bailar.

—Y eso hice —respondió Vanessa—. Pero tengo la impresión de que tienes otros planes para terminar la noche.

Eli dejó de respirar durante un instante.

No debía estar allí.

Lo sabía perfectamente.

Sin embargo, cuando la puerta quedó entreabierta por un movimiento desde el interior, la curiosidad pudo más que la prudencia.

Desde donde estaba podía distinguir una parte de la sala.

Alexandra tenía a Vanessa junto a la pared, con una mano apoyada a cada lado de ella. Sus rostros estaban muy cerca y sus sonrisas se habían transformado en algo más serio, más íntimo.

Vanessa le acarició la mandíbula.

—¿Vas a seguir mirándome así o piensas besarme?

Alexandra respondió acercándose a sus labios.

El beso comenzó despacio, pero pronto se volvió apasionado. Vanessa le rodeó el cuello y Alexandra la atrajo por la cintura, como si ambas conocieran perfectamente aquel lenguaje silencioso.

Eli sintió un calor repentino que le recorrió el cuerpo.

No podía apartar la mirada.

La mujer que conocía como una presidenta exigente, arrogante y siempre dueña de la situación era la misma que ahora besaba a Vanessa con una naturalidad que resultaba desconcertante.

Alexandra se apartó apenas para besarle la mandíbula y después el cuello.

Vanessa cerró los ojos y dejó escapar una risa baja.

—Siempre consigues distraerme.

—Entonces estamos a mano —murmuró Alexandra.

La mano de Vanessa se deslizó por la camisa de Alexandra, acomodando la tela antes de volver a atraerla hacia ella.

Eli sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.

Era consciente de que estaba invadiendo la intimidad de otra persona. Debería haberse marchado en ese mismo instante, avergonzada por su propia curiosidad.

Pero algo la mantenía allí.

La seguridad de Alexandra.

Su voz.

La manera en que parecía conocer exactamente el efecto que provocaba en la mujer que tenía entre sus brazos.

Y aquella expresión de deseo que Eli jamás habría imaginado ver en el rostro de su jefa.

Vanessa interrumpió el beso para susurrarle algo al oído.

—Si vamos a continuar, asegúrate de que tengamos protección.

Alexandra asintió con una sonrisa y buscó en el pequeño bolso que Vanessa había dejado sobre una mesa cercana.

Eli comprendió que estaba presenciando un momento que no le pertenecía.

La certeza debería haber bastado para hacerla retroceder.

Sin embargo, permaneció inmóvil unos segundos más, incapaz de ordenar la mezcla de vergüenza, fascinación y desconcierto que se había apoderado de ella.

Entonces escuchó que Vanessa volvía a llamarla por su nombre.

—Alexandra…

La presidenta regresó a su lado y ambas se besaron otra vez.

Eli apartó finalmente la mirada.

El corazón le latía demasiado rápido. Tenía las manos frías y el rostro encendido.

No entendía qué le estaba ocurriendo.

No era simplemente sorpresa por haber descubierto que Alexandra mantenía relaciones casuales. Tampoco era únicamente la incomodidad de haber visto una escena íntima.

Era algo más profundo.

Una atracción que se negaba a reconocer, mezclada con una curiosidad que comenzaba a resultarle peligrosa.

Alexandra la beso con deseo a la mujer, dejaba rastros del besos por el cuello, entonces lo vio, Alexandra poniéndose un preservativo qué alcanzo lograr muy bien, vio lo enorme y dura que estaba el miembro de su jefa, Alexandra volteo a la mujer y empezó a penetrarla rápidamente, escuchaba los jadeos y gemidos de ambas mujeres sumidas en el placer, no lo pudo evitar sintió como sus bragas se mojaban y empezó a tocarse en ese momento imaginando que Alexandra la penetraba a ella de esa forma, sintió como venía su orgasmo y lo mojaba que estaba, volvió a realidad de repente y se dijo a si misma esto no puede estar pasándome

Se alejó de la puerta y regresó al pasillo principal.

Necesitaba encontrar a Roberto.

Necesitaba recordar quién era y qué clase de vida había elegido.

Pero la imagen de Alexandra en esa situación continuó acompañándola incluso cuando volvió a la pista.

Roberto la recibió con dos bebidas.

—Aquí estás. ¿Dónde te habías metido?

Eli aceptó el vaso.

—Necesitaba ir al baño.

—¿Te encuentras bien? Estás colorada.

—Hace mucho calor aquí.

Roberto sonrió y le dio un beso en la frente.

—Entonces bailemos un poco más y después nos vamos.

Eli asintió.

Intentó concentrarse en la música, en los brazos de su marido y en las palabras que él le susurraba al oído.

Pero su mente regresaba una y otra vez a la misma escena.

Alexandra besando a Vanessa.

Alexandra acariciándole el cuello.

Alexandra pronunciando su nombre con una voz que Eli jamás había escuchado.

Y lo más desconcertante era que, al recordarlo, Eli descubría una respuesta física que no sabía cómo explicar ni cómo aceptar.

Se sentía avergonzada por ello.

No quería engañar a Roberto, ni siquiera con sus pensamientos. Mucho menos quería reconocer que la mujer que llevaba semanas sacándola de quicio en la oficina había despertado en ella una curiosidad que no podía controlar.

Aquella noche, cuando regresaron a casa, Eli se acostó junto a su marido y cerró los ojos.

No sirvió de nada.