Capítulo 8 — Celos que no debería sentir #4
Alexandra bajó la mirada hacia la mancha que se extendía por la tela.
—Eso parece.
—Fue un accidente. Déjame ayudarte.
Eli dejó el vaso sobre la mesa y tomó rápidamente unas servilletas. Alexandra se apartó la tela húmeda del cuerpo, intentando evitar que el líquido siguiera extendiéndose.
—De verdad, Alexandra, lo siento muchísimo.
—Tranquila, Sinclair. No es el fin del mundo.
La respuesta, pronunciada con aquella calma provocadora, hizo que Eli levantara los ojos.
—Podrías al menos dejarme disculparme sin burlarte.
—Estoy aceptando tus disculpas.
—No parece.
Alexandra sonrió ligeramente.
—Quizá porque estás demasiado nerviosa.
Eli abrió la boca para responder, pero se quedó sin palabras cuando Alexandra se quitó la camisa mojada para evitar que el jugo siguiera pegándose a la tela.
Debajo llevaba únicamente el topsito que ya tenía puesto.
Eli apartó la mirada por puro instinto.
Pero el gesto llegó demasiado tarde.
Había alcanzado a ver su silueta, sus hombros y la piel de su espalda cuando Alexandra se volvió para dejar la camisa sobre una silla.
Y entonces descubrió vio que las marcas seguían en su espalda.
Eli sintió que el estómago se le encogía.
No necesitaba acercarse para reconocerlas. Eran señales que parecían recientes y que le recordaron inmediatamente aquella marca en el cuello de Alexandra.
La misma imagen que llevaba días intentando olvidar.
Alexandra, ajena o quizá indiferente a la reacción de la vicepresidenta, tomó una toalla pequeña y comenzó a secarse la piel.
—¿Podrías alcanzarme otra servilleta? —preguntó.
Eli tardó unos segundos en reaccionar.
—Sí. Claro.
Le acercó el paquete sin mirarla directamente.
Alexandra lo aceptó.
—Gracias.
El silencio que siguió resultó insoportable para Eli.
Quería preguntar quién había dejado aquellas marcas.
Quería saber si Alexandra había pasado la noche con alguien, si aquella persona significaba algo para ella y si volvería a verla.
Pero no podía preguntar nada de eso.
No tenía derecho.
—¿Estás segura de que estás bien? —preguntó finalmente, señalando la mancha de la camisa.
Alexandra volvió el rostro hacia ella.
—Estoy perfectamente. Es solo jugo.
—Puedo pedirle a Natalie que consiga otra camisa.
—No hace falta. Tengo ropa de repuesto en mi despacho.
Alexandra recogió la camisa húmeda y se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo y miró a Eli por encima del hombro.
—Aunque, si querías que me quitara la camisa, podrías haber encontrado una forma menos desastrosa de conseguirlo.
Eli abrió los ojos.
—¡Alexandra!
La presidenta soltó una carcajada.
—Estoy bromeando, Sinclair.
—Eres imposible.
—Y, aun así, aquí sigues.
Alexandra salió de la habitación antes de que Eli pudiera responder.
La puerta se cerró suavemente.
Eli permaneció inmóvil junto a la mesa, con las servilletas todavía entre los dedos.
Su corazón latía demasiado rápido.
Había visto las marcas.
Había visto la espalda de Alexandra.
Y, durante unos segundos, su imaginación había vuelto a hacer lo mismo que en la reunión.
Solo que esta vez la fantasía había sido todavía más difícil de apartar.
Se había imaginado acercándose a Alexandra, rozando con cuidado su espalda y preguntándole quién había estado con ella.
Después había imaginado una respuesta distinta: que no había nadie más, que aquellas marcas no pertenecían a una historia ajena, que era Eli quien había estado a su lado.
La idea la hizo cerrar los ojos con fuerza.
—Basta —susurró.
Dejó las servilletas sobre la mesa y se apoyó contra el borde.
No podía seguir así.
No podía continuar fingiendo que Alexandra era solamente su jefa cuando su cuerpo reaccionaba cada vez que la tenía cerca.
Y no podía soportar la idea de que otra persona ocupara un lugar que, en secreto, ella empezaba a desear.
Eli respiró hondo y miró hacia la puerta por la que Alexandra acababa de marcharse.
La joven presidenta probablemente ya había olvidado el accidente. Seguramente estaría cambiándose de ropa, revisando sus mensajes y preparándose para continuar con su jornada.
Para ella, todo aquello quizá no había sido más que una broma.
Para Eli, en cambio, había sido otra prueba de que estaba perdiendo una batalla que ni siquiera se había atrevido a reconocer.
Se llevó una mano al rostro.
—Estoy casada —murmuró—. Y ella es mi jefa.
Las palabras eran ciertas.
Pero no consiguieron tranquilizarla.
Porque, por primera vez, Eli comenzaba a comprender que su mayor problema no era la posibilidad de que Alexandra estuviera con otra persona.
Era que deseaba dejar de ser una simple espectadora de su vida.
Y que, cuanto más intentaba alejarse, más fuerte se volvía aquella necesidad.
Eli recogió su vaso, bebió un poco de agua y salió de la habitación de descanso.
Tenía que volver al trabajo.
Tenía que comportarse como siempre.
Pero, mientras caminaba por el pasillo, una pregunta se instaló en su mente y se negó a desaparecer:
¿Qué haría si algún día Alexandra dejara de provocarla y le preguntara directamente si deseaba estar con ella?
Eli no tenía una respuesta.
Y eso la asustaba mucho más que cualquiera de sus fantasías.