Capítulo 8 — Celos que no debería sentir #3
Y en lo mucho que había deseado que aquella distancia desapareciera.
El perfume que no podía olvidar
A media mañana, Eli regresó a su oficina y cerró la puerta.
Necesitaba unos minutos de tranquilidad.
Se sentó frente al escritorio y abrió el primer documento de la carpeta que tenía pendiente. Leyó las primeras líneas, revisó una cifra y comenzó a redactar una observación.
Entonces percibió algo.
El perfume de Alexandra.
No era posible. La presidenta estaba en su despacho, al otro lado del pasillo.
Eli se llevó una mano a la frente.
—Estoy perdiendo la cabeza.
Se levantó para abrir la ventana, como si el aire fresco pudiera despejar sus pensamientos.
No funcionó.
El recuerdo seguía allí, mezclado con la imagen de aquella marca en el cuello de Alexandra y la fantasía que había tenido durante la reunión.
Eli apoyó las manos sobre el escritorio.
¿Por qué le importaba tanto?
¿Por qué le molestaba imaginar a Alexandra con alguien más?
Y, sobre todo, ¿por qué había imaginado que era ella quien dejaba aquellas marcas?
No podía atribuirlo únicamente a la curiosidad.
Había sentido algo mucho más profundo, algo que la había sorprendido por completo.
Deseo de cercanía.
Celos.
Una necesidad absurda de ocupar un lugar que no le correspondía.
Eli cerró los ojos.
—No estoy enamorada de ella.
La frase quedó suspendida en el silencio de su oficina.
La repitió una vez más, como si necesitara escucharla.
—No estoy enamorada de Alexandra Woods.
Pero ni siquiera ella pareció creer sus propias palabras.
Una niña no puede ocupar mis pensamientos
Al mediodía, Eli se encontró con Alexandra en el pasillo que conducía a las oficinas ejecutivas.
La presidenta llevaba varios documentos en una mano y conversaba con Natalie sobre una llamada internacional.
Cuando terminó, Alexandra se volvió hacia Eli.
—Sinclair, necesito que revises el nuevo informe antes de las cuatro.
—Lo tendrás listo.
—Confío en tu criterio.
Eli se quedó sorprendida por aquella respuesta.
Alexandra no siempre expresaba su confianza de manera tan directa.
—Gracias —respondió después de una breve pausa.
La presidenta sonrió.
—No te acostumbres. No pienso felicitarte todos los días.
—No te preocupes. No lo esperaba.
Alexandra soltó una risa y siguió caminando.
Eli la observó alejarse.
Por un instante, se permitió contemplar su cabello oscuro, la elegancia de sus movimientos y la seguridad con la que parecía dominar cada espacio que ocupaba.
Después se obligó a apartar la mirada.
—Es una niña —murmuró para sí misma.
Era su manera de recordarse que Alexandra era más joven, que tenían responsabilidades distintas y que la relación entre ambas debía mantenerse dentro de los límites profesionales.
Pero la palabra ya no le producía el mismo efecto.
Alexandra podía ser joven, arrogante y provocadora. También era inteligente, ambiciosa y capaz de sostener una discusión con cualquiera que cuestionara sus decisiones.
Eli lo sabía.
Había trabajado a su lado el tiempo suficiente para reconocer su capacidad.
Y quizá ese era uno de los problemas.
Ya no veía únicamente a la heredera caprichosa que había imaginado al principio.
Empezaba a ver a una mujer que despertaba en ella emociones que no sabía manejar.
Una mujer cuya sonrisa podía alterar su día.
Una mujer cuyo perfume podía perseguirla incluso cuando no estaba cerca.
Una mujer a la que no podía dejar de imaginar.
Eli negó con la cabeza.
—No puede ser.
Pero Alexandra Woods ya ocupaba un espacio en sus pensamientos que ninguna orden podía desalojar.
Una última decisión
Por la tarde, Eli terminó el informe de expansión y lo envió al despacho de Alexandra.
Después cerró su computadora y recogió sus pertenencias.
Había sido un día agotador.
No solo por el trabajo, sino por la lucha constante contra sí misma.
No podía seguir reaccionando de aquella manera. Tenía que recuperar la distancia que siempre había mantenido con Alexandra.
A partir de ese momento, hablaría con ella únicamente de trabajo.
No preguntaría por su vida privada.
No volvería a observar las marcas de su cuello.
Y, sobre todo, dejaría de imaginar situaciones que jamás deberían ocurrir.
Era una decisión razonable.
Una decisión necesaria.
Eli salió de su oficina y caminó hacia los ascensores.
Sin embargo, cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, escuchó la voz de Alexandra.
—¡Sinclair!
Eli levantó la cabeza.
La presidenta se acercaba con una carpeta en la mano.
—Antes de que te marches, necesito hacerte una pregunta.
Eli contuvo un suspiro.
—¿Qué ocurre?
Alexandra se detuvo frente a ella.
—¿De verdad estás bien?
La pregunta la tomó desprevenida.
No tenía el tono burlón que Alexandra utilizaba para provocarla. Por primera vez en todo el día, parecía hablarle con auténtica curiosidad.
Eli la miró a los ojos.
Aquellos ojos verdes que había intentado evitar desde la mañana.
—Sí. Estoy bien.
Alexandra guardó silencio durante unos segundos.
—De acuerdo. Si necesitas algo, mi despacho estará abierto.
Eli asintió.
—Gracias, Alexandra.
El nombre escapó de sus labios antes de que pudiera corregirse.
La presidenta pareció notarlo, porque una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—De nada, Eli.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Eli entró y se volvió para pulsar el botón.
Antes de que las puertas se cerraran, sus miradas volvieron a encontrarse.
Alexandra no apartó los ojos.
Eli tampoco consiguió hacerlo.
Solo cuando el ascensor comenzó a descender, la vicepresidenta se permitió respirar.
Había tomado una decisión.
Mantendría las distancias. No permitiría que sus pensamientos afectaran su matrimonio ni su trabajo.
No volvería a imaginar que besaba a Alexandra, que la abrazaba ni que era ella quien dejaba aquellas marcas en su piel.
No volvería a preguntarse cómo sería estar a su lado sin tener que fingir indiferencia.
Pero, mientras salía del edificio, una verdad incómoda se instaló en su mente.
Podía controlar sus palabras.
Podía controlar sus acciones.
Incluso podía obligarse a mantener la mirada apartada de Alexandra.
Lo que todavía no sabía era cómo controlar lo que sentía cuando la tenía cerca.
Y eso era precisamente lo que más miedo le daba.
Porque ya no le molestaba únicamente pensar que otra persona había dejado aquellas marcas en Alexandra.
Lo que verdaderamente la aterraba era haber descubierto que deseaba ser ella quien las dejara.
La habitación de descanso
A la mañana siguiente, Eli llegó a Woods International con la esperanza de que el trabajo le permitiera olvidar, al menos durante unas horas, la confusión que llevaba días acompañándola.
Tenía una agenda llena de reuniones y varios documentos urgentes que necesitaban su revisión. Se concentró en cada tarea, evitando mirar hacia el despacho de Alexandra cada vez que pasaba por el pasillo.
Estaba decidida a mantener las cosas bajo control.
Alrededor del mediodía, después de terminar una llamada con el departamento financiero, sintió sed.
Dejó los documentos sobre su escritorio y se dirigió a la habitación de descanso.
Al entrar, encontró a Alexandra junto a la pequeña mesa, tomando un descanso mientras revisaba unos mensajes en su teléfono.
La presidenta llevaba un pantalón oscuro y una blusa sencilla que dejaba sus hombros y brazos al descubierto. Su cabello negro caía sobre la espalda, y su postura relajada contrastaba con la imagen impecable que solía mostrar durante las reuniones.
Eli se detuvo apenas un instante.
No esperaba encontrarla allí.
—No sabía que estabas aquí —dijo, procurando que su voz sonara natural.
Alexandra levantó la mirada.
—La habitación de descanso también es para la presidenta, Sinclair.
—No he dicho lo contrario.
—Tu expresión parece decirlo.
Eli ignoró el comentario y se dirigió al refrigerador.
Sacó una botella de agua y se sirvió un vaso. Alexandra, mientras tanto, dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó para buscar su café.
Las dos se movieron casi al mismo tiempo.
Alexandra dio un paso hacia atrás sin mirar por dónde iba y tropezó con Eli.
El movimiento fue tan repentino que Eli apenas tuvo tiempo de reaccionar.
El vaso se inclinó.
El jugo que acababa de servirse se derramó sobre la camisa de Alexandra.
Durante un segundo, ambas se quedaron inmóviles.
—¡Dios mío! —exclamó Eli—. Lo siento. No te vi.