La heredera del imperio Woods Capítulo 8 — Celos que no debería sentir #2
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Capítulo 8 — Celos que no debería sentir #2

Los directivos comenzaron a levantarse.

Eli guardó sus documentos con más fuerza de la necesaria.

No podía creerlo.

Había imaginado a Alexandra entre sus brazos mientras todos discutían cifras y contratos.

Y no solo eso.

Había imaginado que era ella quien había dejado aquellas marcas en su piel.

Se pasó una mano por la frente.

Tenía que recuperar el control antes de cometer alguna estupidez.

Una pregunta para Sofía

Eli salió de la sala de reuniones con la intención de dirigirse directamente a su oficina.

Sin embargo, cuando llegó al pasillo, vio a Sofía junto a una de las ventanas.

La amiga y asesora de Alexandra revisaba unos mensajes en su teléfono.

Eli se detuvo.

No quería hacer aquella pregunta. Sabía que no tenía derecho a formularla y que, si Sofía sospechaba el verdadero motivo de su curiosidad, quedaría en evidencia.

Aun así, terminó acercándose.

—Sofía.

La mujer levantó la mirada.

—Eli. ¿Necesitas algo?

La vicepresidenta acomodó la carpeta contra su pecho.

—Quería consultarte una cosa.

—Dime.

Eli vaciló un instante.

—¿Estuviste con Alexandra ayer por la noche?

Sofía la miró con una expresión de sorpresa.

—¿Por qué me lo preguntas?

—Por nada en particular. Necesitaba hablar con ella sobre unos asuntos de trabajo y quería saber si había estado ocupada.

Sofía guardó el teléfono.

—Alexandra tiene una vida privada, Eli. No siempre tengo que saber dónde está ni con quién.

La respuesta no aclaraba absolutamente nada.

—Entiendo.

—¿De verdad? —preguntó Sofía, observándola con atención—. Porque pareces bastante interesada.

Eli se tensó.

—Solo preguntaba.

—Por supuesto.

Sofía no insistió, pero su expresión indicaba que había notado algo extraño.

Eli decidió terminar la conversación antes de cometer otro error.

—Olvídalo. No tiene importancia.

—Si tú lo dices.

La vicepresidenta se alejó con paso firme, aunque por dentro estaba hecha un desastre.

No había conseguido ninguna respuesta.

Y ahora, además, tenía la sensación de que Sofía había notado su curiosidad.

Lo que más le molestaba era que ni siquiera podía justificar su comportamiento.

Alexandra no le debía explicaciones.

No tenía derecho a preguntarle con quién pasaba las noches, quién la besaba ni quién había dejado aquellas marcas en su cuerpo.

Pero una parte de Eli deseaba saberlo.

Y esa parte empezaba a ser mucho más fuerte que su sentido común.

El hombre que la esperaba en casa

Cuando terminó la jornada laboral, Eli se marchó de la empresa con un dolor de cabeza que no había conseguido aliviar.

Había intentado concentrarse en sus responsabilidades durante toda la tarde, pero cada vez que su mente quedaba en silencio, volvía a aparecer Alexandra.

Su sonrisa.

Sus ojos verdes.

La marca de su cuello.

Y aquella fantasía que había tenido durante la reunión.

Eli apretó los labios mientras conducía.

No podía seguir permitiéndose aquello.

Estaba casada con Roberto. Habían construido una vida juntos y, aunque su relación no era perfecta, él seguía siendo una parte importante de su historia.

Cuando llegó a casa, encontró a su esposo en la sala.

Roberto levantó la vista en cuanto la oyó entrar.

—Por fin llegaste.

—La jornada fue complicada.

Él se acercó y le dio un beso en la mejilla.

—Te preparé algo para cenar. Pensé que estarías cansada.

Eli sintió una punzada de culpa.

Roberto no había hecho nada para merecer la distancia que ella llevaba días imponiendo sin explicaciones.

—Gracias —respondió, dejando el bolso sobre una silla.

—¿Todo bien en la empresa?

—Sí. Solo tuvimos una reunión larga.

Roberto la observó.

—Pareces distraída.

Eli soltó una pequeña risa, intentando restarle importancia.

—Será el cansancio.

—Entonces deberías descansar.

Él le acarició el brazo con cariño.

Eli correspondió al gesto y lo abrazó brevemente. Quería que aquel contacto le devolviera la tranquilidad de siempre, que le recordara quién era y qué vida había elegido.

Durante unos instantes, consiguió sentirse mejor.

Cenaron juntos y hablaron de asuntos cotidianos. Roberto le contó algunas cosas que habían ocurrido durante su día y Eli hizo un esfuerzo sincero por escucharlo.

Pero incluso mientras sonreía ante uno de sus comentarios, una imagen inoportuna volvió a cruzar su mente.

Alexandra.

Eli apartó los ojos de su plato.

No quería comparar a su esposo con ella. No quería cuestionar sus sentimientos ni buscar respuestas para preguntas que jamás se había hecho antes.

Mucho menos quería reconocer que la idea de Alexandra con otra persona le provocaba una reacción que no podía explicar.

Después de cenar, Roberto se acercó y la rodeó por la cintura.

—Últimamente estás muy seria.

Eli levantó el rostro.

—Tengo muchas cosas en la cabeza.

—Puedes hablar conmigo, lo sabes.

La ternura de su voz le hizo sentir todavía más culpa.

—Lo sé.

Roberto le dio un beso suave.

Eli cerró los ojos durante un instante y trató de concentrarse en el presente, en la persona que tenía delante y en la vida que habían compartido durante tantos años.

No quería hacerle daño.

No quería convertirse en alguien capaz de traicionar la confianza de su esposo.

Sin embargo, cuando se separaron, el rostro de Alexandra volvió a aparecer en su mente.

Y Eli comprendió que el problema no iba a desaparecer simplemente por ignorarlo.

Una noche de matrimonio

Más tarde, Eli y Roberto se retiraron a su habitación.

La luz tenue de la lámpara iluminaba las paredes mientras Roberto se acomodaba a su lado.

—¿Recuerdas cuando empezamos a vivir juntos? —preguntó él.

Eli giró el rostro hacia su esposo.

—Claro que lo recuerdo.

—Pensaba que nunca conseguiría acostumbrarme a tenerte todos los días conmigo.

Él sonrió al recordarlo.

—Siempre estabas trabajando. Incluso entonces tenías esa costumbre de revisar documentos antes de dormir.

Eli soltó una risa discreta.

—Algunas cosas nunca cambian.

Roberto le acarició el cabello.

—Ojalá pudieras descansar un poco más.

Ella apoyó la cabeza contra su hombro.

Por un momento, quiso quedarse allí y dejar de pensar.

Roberto la conocía desde hacía años. Sabía cuándo estaba cansada, cuándo necesitaba silencio y cuándo una conversación podía ayudarla a sentirse mejor.

Era su compañero, su esposo.

No quería perder lo que tenían.

Roberto le besó la frente y apagó la lámpara.

Eli se acomodó entre sus brazos, procurando encontrar la paz que tanto necesitaba.

Sin embargo, cuando cerró los ojos, su mente volvió a traicionarla.

No vio el rostro de Roberto.

Vio unos ojos verdes que la observaban con descaro.

Sintió el recuerdo de una sonrisa provocadora y volvió a imaginar el cuello de Alexandra, esta vez sin ninguna marca.

Eli abrió los ojos de golpe.

No.

Aquello tenía que terminar.

Se incorporó ligeramente y miró hacia la oscuridad de la habitación.

Roberto dormía tranquilo a su lado, sin imaginar la tormenta que se estaba formando dentro de ella.

Eli sintió una punzada de culpa.

No había ocurrido nada entre Alexandra y ella. No había cruzado ninguna línea física, no había confesado nada ni había hecho una promesa que no pudiera cumplir.

Pero sus pensamientos estaban empezando a cruzar fronteras que jamás había imaginado.

Y lo peor era que una parte de ella no deseaba detenerlos.

La provocación de Alexandra

A la mañana siguiente, Eli llegó temprano a Woods International.

Se había prometido que aquel día actuaría con absoluta normalidad. No iba a permitir que Alexandra volviera a distraerla, ni que una simple marca en el cuello de su jefa afectara su trabajo.

Era una vicepresidenta experimentada.

Podía controlar sus emociones.

O eso creía.

Apenas entró en su oficina, encontró un mensaje de Natalie.

La presidenta solicita que pase por su despacho cuando llegue.

Eli dejó el teléfono sobre la mesa.

—Por supuesto que sí —murmuró.

Se acomodó la chaqueta y salió.

Cuando entró en el despacho de Alexandra, encontró a la joven presidenta sentada detrás de su escritorio, revisando unos documentos.

—Me llamaste.

Alexandra levantó los ojos.

—Buenos días para ti también, Eli.

La vicepresidenta se quedó inmóvil por una fracción de segundo.

Alexandra casi nunca la llamaba por su nombre con aquella naturalidad.

—Buenos días, presidenta.

—Mucho mejor.

Alexandra señaló la silla frente a su escritorio.

—Siéntate. Tenemos que revisar el informe de la expansión.

Eli tomó asiento y abrió su carpeta.

Durante varios minutos trabajaron con absoluta profesionalidad. Alexandra hizo preguntas, corrigió dos cifras y pidió que se incorporaran algunas observaciones antes de enviar la documentación definitiva.

Eli se concentró en cada detalle.

No iba a distraerse.

No iba a mirar su cuello.

No iba a preguntarse qué había ocurrido la noche anterior.

—¿Estás enfadada conmigo? —preguntó Alexandra de pronto.

Eli levantó la mirada.

—¿Por qué habría de estarlo?

Alexandra se encogió de hombros.

—Últimamente pareces evitarme.

—Estoy ocupada.

—Curioso. Antes también estabas ocupada y, aun así, encontrabas tiempo para discutir conmigo.

—Quizá estoy madurando.

Alexandra soltó una carcajada breve.

—Eso sería una novedad.

Eli la miró con desaprobación.

—¿Me llamaste para revisar el informe o para burlarte de mí?

—Ambas cosas son perfectamente compatibles.

Eli quiso responder, pero Alexandra se inclinó sobre el escritorio para señalar una anotación en el documento.

La cercanía la tomó desprevenida.

Durante un segundo, pudo percibir el perfume de Alexandra.

Era delicado, elegante y persistente.

Eli lo reconoció inmediatamente.

Era el mismo aroma que había sentido el día anterior cuando la presidenta pasó junto a ella en la sala de reuniones.

Su mente volvió a aquella fantasía.

La imagen de Alexandra entre sus brazos apareció con tanta claridad que Eli tuvo que apartar la mirada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Alexandra.

—Nada.

—Últimamente dices mucho esa palabra.

—Porque no ocurre nada.

Alexandra la observó con una curiosidad que a Eli le resultó insoportable.

—Si tú lo dices, Sinclair.

La presidenta volvió a su asiento y continuó revisando los documentos.

Eli intentó hacer lo mismo, pero ya no podía dejar de pensar en lo cerca que habían estado.