La heredera del imperio Woods Capítulo 8 — Celos que no debería sentir
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Capítulo 8 — Celos que no debería sentir

La mujer que no podía olvidar

Eli Sinclair estaba convencida de que la vida privada de Alexandra Woods no le importaba.

Se lo había repetido tantas veces durante los últimos días que, de haber sido posible convencerse a fuerza de palabras, habría conseguido borrar de su mente aquella imagen que no dejaba de perseguirla.

La marca que había visto en el cuello de Alexandra.

Y las otras que había descubierto en su espalda.

No tenía ningún derecho a sentirse molesta.

Alexandra era una mujer adulta, libre de hacer lo que quisiera con su vida y con quien quisiera compartirla.

Además, Eli estaba casada con Roberto, un hombre que la había acompañado durante años y que no merecía que ella pasara el tiempo pensando en otra persona.

Mucho menos en Alexandra Woods.

La joven presidenta de Woods International era arrogante, provocadora y demasiado consciente del efecto que podía causar en los demás. Tenía una manera particular de mirar a las personas, como si siempre supiera algo que ellas ignoraban.

Y con Eli parecía disfrutar especialmente de ese poder.

Lo peor era que, últimamente, Eli comenzaba a sospechar que Alexandra sabía perfectamente cuánto conseguía alterarla.

Aquella mañana, mientras se preparaba para salir de casa, se descubrió frente al espejo arreglándose el cabello por tercera vez.

—¿Qué estás haciendo? —se preguntó en voz baja.

Se miró con el ceño fruncido y tomó su bolso.

No tenía ninguna razón para preocuparse por cómo se veía. Iba a trabajar, como todos los días. Tenía documentos que revisar, reuniones que dirigir y decisiones importantes que tomar.

Alexandra no tenía por qué ocupar ni un solo segundo de sus pensamientos.

Sin embargo, mientras conducía hacia Woods International, volvió a recordar el cuello de la presidenta.

Y apretó con más fuerza el volante.

—Maldita sea, Alexandra.

Una vicepresidenta demasiado distraída

Cuando Eli llegó a la empresa, intentó concentrarse en sus responsabilidades.

Revisó los informes financieros, respondió varios correos y autorizó una serie de operaciones que necesitaban su aprobación. Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que Natalie apareció en su oficina.

—La presidenta la espera en la sala de reuniones dentro de quince minutos.

Eli levantó la mirada de los documentos.

—¿La reunión de expansión?

—Sí. Alexandra quiere revisar personalmente las proyecciones antes de autorizar la siguiente fase.

Eli asintió.

—Dile que estaré allí.

Natalie estaba a punto de marcharse cuando se detuvo.

—Por cierto, la presidenta parece estar de muy buen humor hoy.

Eli alzó una ceja.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—Nada. Solo lo comentaba.

La asistente sonrió discretamente antes de salir.

Eli volvió a mirar sus documentos, aunque ya había perdido el hilo de lo que estaba leyendo.

¿De muy buen humor?

Por supuesto que Alexandra estaba de buen humor. Seguramente había pasado una noche estupenda con la persona que había dejado aquellas marcas en su piel.

El pensamiento le provocó una molestia tan repentina que dejó el bolígrafo sobre la mesa.

—No es asunto tuyo —se recordó.

Cinco minutos después, seguía pensando en lo mismo.

Cuando llegó a la sala de reuniones, encontró a Alexandra conversando con Lucas, su hermano, quien tenía varios informes abiertos sobre la mesa.

—Si las proyecciones se mantienen, podremos ampliar las operaciones sin comprometer los contratos que ya tenemos en marcha —explicaba Lucas—. Pero necesitamos garantizar que el departamento financiero pueda cubrir los gastos iniciales.

Alexandra revisó las cifras.

—No voy a aprobar una expansión únicamente porque las proyecciones sean favorables. Quiero garantías sobre los costos operativos y los riesgos del primer trimestre.

Lucas asintió.

—Por eso preparé tres escenarios. El más conservador reduce el margen de beneficio, pero nos permite avanzar sin comprometer las operaciones actuales.

Eli ocupó su lugar y abrió la carpeta que había llevado.

—También revisé las condiciones financieras —intervino—. Hay dos cláusulas que deberían modificarse antes de firmar. Si aceptamos los términos actuales, la empresa podría asumir gastos adicionales que no aparecen reflejados en el presupuesto.

Lucas deslizó una copia del informe hacia ella.

—¿Puedes señalarme exactamente cuáles?

Eli le mostró las cláusulas y explicó los posibles inconvenientes.

Lucas escuchó con atención antes de asentir.

—Tienes razón. Podemos renegociar esas condiciones sin retrasar todo el proyecto.

—Entonces que el departamento jurídico prepare una nueva versión —ordenó Alexandra—. No autorizaremos nada hasta que tengamos el documento definitivo.

La reunión continuó con normalidad. Lucas aportó sus observaciones sobre la expansión y Eli respondió las preguntas relacionadas con el presupuesto. Alexandra escuchó a ambos antes de tomar una decisión sobre los siguientes pasos.

Todo parecía estar bajo control.

Hasta que Eli volvió a mirar a la presidenta.

Alexandra llevaba un traje oscuro que resaltaba su figura y una blusa elegante bajo la chaqueta. Su cabello negro caía con naturalidad alrededor de su rostro, y sus ojos verdes recorrían los documentos con aquella seguridad que tanto caracterizaba su personalidad.

Eli apartó la mirada inmediatamente.

No quería observarla más de lo necesario.

Pero entonces recordó la marca que había visto en su cuello.

La imagen apareció en su mente con una claridad insoportable.

—¿Qué opinas, Sinclair? —preguntó Alexandra.

Eli levantó la cabeza.

—¿Sobre qué?

Lucas dejó de revisar sus documentos y miró hacia ella.

Alexandra, en cambio, inclinó ligeramente la cabeza.

—Sobre la propuesta de expansión que acabamos de presentar.

Eli bajó la mirada hacia los papeles.

—Considero que debemos revisar las condiciones del acuerdo antes de aprobarlo. Hay dos cláusulas que podrían afectar nuestros márgenes de beneficio.

Alexandra la observó durante unos segundos.

—Bien. Por lo menos estabas escuchando una parte.

Eli apretó la mandíbula.

—Estoy prestando atención a la reunión.

—No lo dudo —respondió Alexandra con una sonrisa apenas perceptible.

Eli quiso replicar, pero se contuvo.

No iba a permitir que aquella mujer la sacara de quicio.

La reunión prosiguió hasta que Alexandra solicitó una última revisión de las condiciones.

—¿Alguna objeción, vicepresidenta Sinclair?

La voz de Alexandra la obligó a levantar la mirada.

Eli parpadeó, regresando de golpe a la sala de reuniones.

—¿Perdón?

Una sonrisa lenta apareció en los labios de Alexandra.

—Te pregunté si tienes alguna objeción a la propuesta de expansión.

Eli abrió la boca para responder, pero su atención volvió a traicionarla.

Alexandra estaba de pie frente a la pantalla, con una mano apoyada sobre la mesa y la otra sosteniendo un bolígrafo. Su camisa dejaba al descubierto la línea de su cuello, justo donde el día anterior había tenido aquella marca que Eli llevaba horas intentando olvidar.

Y, de repente, su imaginación hizo algo imperdonable.

En lugar de ver la sala de reuniones, imaginó a Alexandra mucho más cerca de ella, sin aquella expresión arrogante que utilizaba para desafiar al mundo.

La imaginó mirándola de una manera diferente, sin bromas ni provocaciones, con una cercanía que Eli nunca se había permitido considerar.

Después, sus pensamientos fueron todavía más lejos.

Se imaginó siendo ella quien se acercaba a Alexandra, quien le acariciaba el rostro y quien dejaba un beso en aquel cuello que tanto se había empeñado en no mirar.

En su fantasía, las marcas que tanto la habían atormentado no pertenecían a ninguna desconocida.

Las había dejado ella.

Eli sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

Su imaginación continuó traicionándola con imágenes de una intimidad que jamás se habría atrevido a confesar en voz alta. Se imaginó a Alexandra entre sus brazos, con la frente apoyada contra la suya, sin aquella distancia profesional que siempre las separaba.

Se imaginó recorriendo con besos su cuello y dejando allí las mismas señales que ahora observaba con una mezcla de rabia, fascinación y unos celos que no quería reconocer.

Y entonces recordó las marcas de la espalda.

En su mente, aquella imagen también cambió.

Ya no se preguntaba quién había estado con Alexandra.

Se imaginaba a sí misma junto a ella, siendo la responsable de aquellas huellas, compartiendo un momento privado que nadie más conocía.

La idea la dejó sin respiración.

¿Qué demonios estaba haciendo?

¡Era Alexandra Woods!

Su jefa. La mujer que conseguía sacarla de quicio con una sola sonrisa. La joven presidenta a la que llevaba días llamando niña en sus pensamientos.

Y ella acababa de imaginarse ocupando el lugar de una desconocida.

—¿Sinclair? —la llamó Lucas.

Eli volvió a la realidad tan bruscamente que el bolígrafo se le resbaló de los dedos.

Rodó sobre la mesa.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Lucas, con la misma naturalidad con la que habría preguntado a cualquier integrante del equipo.

—Perfectamente —respondió Eli demasiado rápido.

Alexandra ladeó la cabeza.

Sus ojos verdes se clavaron en los de la vicepresidenta.

—Tienes una expresión bastante peculiar.

—Estoy escuchando la presentación.

—Qué curioso. Llevo un rato esperando tu opinión y parece que estás demasiado ocupada pensando en otra cosa.

Eli sintió que el rostro se le calentaba.

—No estoy pensando en nada que tenga relación con esta reunión.

—Entonces no tendrás problemas en responderme.

Alexandra se apoyó ligeramente contra la mesa.

—¿Consideras que la propuesta es viable o no?

Eli respiró hondo, obligándose a recuperar la compostura.

—Es viable si se modifican las condiciones que he señalado. Con los ajustes correspondientes, podemos avanzar sin comprometer los recursos destinados a las operaciones actuales.

Lucas revisó una de las páginas.

—Estoy de acuerdo. Si el departamento jurídico confirma esos cambios, podemos presentar la versión definitiva esta misma semana.

Alexandra asintió.

—De acuerdo. Que preparen el documento y me lo envíen para la firma.

Después cerró la carpeta.

—Por hoy hemos terminado. Gracias a todos.