La heredera del imperio Woods Capítulo 7 — Marcas que no pasan desapercibidas #2
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Capítulo 7 — Marcas que no pasan desapercibidas #2

Y una pequeña zona rojiza que todavía alcanzaba a verse por encima de la tela.

Eli se detuvo.

Alexandra lo notó inmediatamente.

—¿Ocurre algo?

Eli la observó unos segundos.

Después levantó una ceja.

—Veo que tu fin de semana fue bastante entretenido.

Alexandra comprendió al instante.

—No sé de qué estás hablando.

—Por supuesto que no.

Eli dejó escapar una risa breve y señaló discretamente su propio cuello.

—Aunque quizá deberías revisar mejor tu vestuario antes de salir de casa.

Alexandra apretó la mandíbula.

—¿Tienes algún asunto de trabajo que discutir conmigo?

—Varios. Pero ninguno relacionado con las marcas que llevas en el cuello.

La presidenta la fulminó con la mirada.

—Entonces te sugiero que te concentres en esos asuntos.

—Eso intento. Aunque admito que resulta difícil cuando la presidenta llega a la oficina con una marca tan evidente.

Alexandra dio un paso hacia ella.

—Eli, no confundas mi paciencia con permiso para comentar mi vida privada.

—Tranquila. No tengo intención de hacerlo.

La vicepresidenta hizo una pausa.

—Pero ahora entiendo por qué ayer estabas tan interesada en olvidarte de tus responsabilidades.

La expresión de Alexandra se endureció.

—¿Perdona?

—Nada. Nos vemos en la reunión.

Eli se alejó antes de que Alexandra pudiera responder.

La presidenta se quedó inmóvil en medio del pasillo.

—Voy a despedirla —murmuró.

Natalie, que acababa de salir de su despacho, fingió no haber escuchado nada.

La habitación de descanso

Unos minutos después, Alexandra decidió acercarse a la habitación de descanso para buscar algo de beber. Había tenido una mañana agotadora y necesitaba despejar la mente antes de regresar a sus responsabilidades como presidenta de Woods International.

Cuando entró, encontró a Eli Sinclair sentada junto a la pequeña mesa, disfrutando de una taza de café mientras revisaba unos documentos en su teléfono.

—Buenos días, Sinclair —saludó Alexandra mientras se dirigía al refrigerador.

—Buenos días, presidenta —respondió Eli sin levantar demasiado la mirada.

Alexandra tomó una botella de jugo y se sirvió un vaso. Durante unos instantes, ambas permanecieron en silencio, cada una concentrada en sus propios asuntos.

Alexandra acababa de cerrar la botella cuando Eli se levantó para buscar una servilleta. Distraída con los documentos que acababa de dejar sobre la mesa, no advirtió que Alexandra estaba detrás de ella.

El choque fue inevitable.

—¡Cuidado! —exclamó Alexandra.

El vaso se inclinó y el jugo terminó derramándose sobre su camisa, empapando la tela desde el pecho hasta el abdomen.

Eli se quedó paralizada.

—¡Dios mío, Alexandra! Lo siento muchísimo. No te vi.

Alexandra miró la mancha y suspiró.

—Tranquila, Sinclair. No es el fin del mundo.

—Déjame buscar algo para limpiarte.

—No hace falta. Hay toallas en el baño.

Como la camisa mojada comenzaba a resultarle incómoda, Alexandra decidió quitársela. Debajo llevaba únicamente un topsito ajustado que dejaba al descubierto sus hombros, sus brazos y buena parte de su espalda.

No parecía darle ninguna importancia a la situación. Para ella, solo era una camisa arruinada por un accidente insignificante.

Pero para Eli, todo cambió en el instante en que Alexandra se volvió para buscar una toalla.

Su mirada recorrió involuntariamente la espalda de la presidenta y entonces las vio.

Varias marcas rojizas de arañazos recorrían la piel de Alexandra.

Eli dejó de respirar durante unos segundos.

Aquellas marcas eran demasiado evidentes para ignorarlas. Sintió una punzada en el pecho y una oleada de celos que la tomó completamente desprevenida.

Su mente comenzó a imaginar cosas que no quería imaginar. Una mujer junto a Alexandra, unas manos ajenas recorriendo su cuerpo, una intimidad de la que ella no formaba parte.

La idea le provocó una rabia absurda.

Alexandra podía estar con quien quisiera. No le debía explicaciones a nadie, mucho menos a ella.

Sin embargo, comprenderlo no hacía que doliera menos.

—Vaya… —murmuró Eli, dejando escapar una risa carente de humor—. Al parecer, un tigre te atacó.

Alexandra se detuvo con la toalla entre las manos.

Giró lentamente la cabeza.

—¿Qué acabas de decir?

Eli cruzó los brazos, intentando recuperar una expresión indiferente.

—Lo que oyes. Esas marcas son bastante llamativas. Aunque, considerando que eres la presidenta de Woods International, pensaría que tendrías más cuidado con ciertos detalles.

Alexandra la miró con incredulidad.

—¿Mis detalles?

—Tu imagen, Alexandra. Tu reputación. La manera en que te presentas ante los demás.

Alexandra dejó la toalla sobre la mesa y se volvió hacia ella.

—Qué interesante. Hace un momento te estabas disculpando por derramarme el jugo y ahora parece que has encontrado un nuevo problema que resolver.

—No tergiverses mis palabras.

—Entonces explícate, Eli. Porque no termino de entender qué tienen que ver las marcas de mi espalda con mi trabajo.

Eli apretó la mandíbula.

—Una mujer en tu posición debería saber comportarse con discreción. Representas a una de las empresas más importantes del país y hay cosas que pueden afectar la percepción que los demás tienen de ti.

Alexandra soltó una risa breve.

—¿De verdad esperas que crea que estás preocupada por la imagen de la empresa?

—Es precisamente lo que estoy diciendo.

—Entonces te aconsejo que vuelvas a tus documentos y dejes de mirar mi espalda.

El rostro de Eli se tensó.

La respuesta había dado justo en el blanco.

No podía admitir que había estado observando aquellas marcas porque imaginar a otra mujer con Alexandra le resultaba insoportable.

Así que hizo lo único que se le ocurrió: atacar de nuevo.

—Quizá deberías preguntarte si esa clase de comportamiento es compatible con la responsabilidad que tienes como presidenta.

Los ojos verdes de Alexandra se endurecieron.

—Ten mucho cuidado, Sinclair.

—¿Me estás amenazando?

—No. Te estoy recordando que eres mi vicepresidenta y que esta conversación está dejando de parecer una discusión profesional para convertirse en una intromisión bastante desagradable en mi vida privada.

Eli sintió que el orgullo le ardía en el pecho.

—Haz lo que quieras con tu vida, Alexandra. No me interesa.

La respuesta salió demasiado rápido.

Alexandra la observó en silencio, como si acabara de descubrir una contradicción imposible de ignorar.

—¿No te interesa?

—En absoluto.

—Entonces resulta curioso que hayas dedicado los últimos minutos a hablar de mi espalda, mi reputación y las decisiones que tomo cuando salgo de esta empresa.

Eli no respondió.

Alexandra dio un paso hacia ella.

—Dime una cosa, Eli. ¿Qué es exactamente lo que tanto te molesta?

Por un instante, Eli estuvo a punto de decir la verdad.

Estuvo a punto de confesar que no soportaba imaginar a otra mujer acariciando a Alexandra, que aquellas marcas le habían despertado unos celos tan intensos que apenas podía pensar con claridad.

Pero no podía hacerlo.

No podía permitir que Alexandra descubriera hasta qué punto había llegado a importarle.

—Me molesta que parezcas olvidar que tus decisiones pueden tener consecuencias —respondió finalmente.

Alexandra arqueó una ceja.

—Mis decisiones personales no son asunto tuyo.

—No necesito que me lo recuerdes.

—Entonces deja de actuar como si tuvieras algún derecho a cuestionarlas.

Las palabras golpearon a Eli con más fuerza de la que Alexandra podía imaginar.

Porque esa era precisamente la verdad que más le dolía: no tenía ningún derecho sobre ella.

Alexandra recogió su camisa mojada y la sostuvo entre las manos.

—La próxima vez que cometas un error, Sinclair, limítate a disculparte. Será mucho más profesional que intentar darme lecciones sobre cómo debo vivir.

Eli bajó la mirada hacia su taza de café.

—Como quieras, presidenta.

Alexandra se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y volvió la cabeza.

—Y para tu tranquilidad, no fue ningún tigre.

Una chispa desafiante iluminó sus ojos verdes.

—Aunque, si tanto te preocupa mi espalda, puedes estar segura de que no pienso darte explicaciones.

Dicho aquello, salió de la habitación y cerró la puerta detrás de ella.

Eli permaneció inmóvil.

La taza seguía sobre la mesa, el café comenzaba a enfriarse y los documentos que había estado revisando habían quedado completamente olvidados.

Se llevó una mano al rostro y cerró los ojos, furiosa consigo misma.

—Maldita sea, Alexandra…

Había perdido el control por unas simples marcas en la espalda de una mujer que ni siquiera le pertenecía.

Y lo peor era que no se trataba de la primera vez que sentía aquella punzada de celos.

Últimamente, Alexandra aparecía en sus pensamientos incluso cuando intentaba concentrarse en el trabajo. Su voz, sus ojos verdes, su arrogancia y aquella manera tan particular de desafiarla conseguían desarmarla sin que ella pudiera evitarlo.

Pero verla con aquellas marcas había sido diferente.

Había tenido que enfrentarse a la posibilidad de que Alexandra compartiera con otra mujer una intimidad que Eli deseaba en secreto.

Y esa certeza le había dolido mucho más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Respiró profundamente e intentó recuperar la serenidad.

No podía seguir así.

No podía atacar a Alexandra cada vez que los celos amenazaran con delatarla.

Sin embargo, mientras recogía sus documentos para regresar a su despacho, una pregunta siguió persiguiéndola.

¿Quién había dejado aquellas marcas en la espalda de Alexandra?

Y, sobre todo, ¿por qué le dolía tanto imaginar que había sido otra mujer?