Capítulo 7 — Marcas que no pasan desapercibidas
Alexandra estaba acostumbrada a que las mujeres dejaran huella en su vida durante una noche. Lo que no esperaba era que una de esas marcas terminara provocando una nueva guerra con Eli Sinclair.
Una tarde entre amigas
La tarde transcurrió con una tranquilidad poco habitual para Alexandra Woods.
Después de abandonar la oficina por culpa de aquel dolor de cabeza, había terminado pasando casi todo el día con Sofía. Almorzaron juntas, vieron una película, pidieron algo de comer y se dedicaron a recordar viejas anécdotas que nada tenían que ver con contratos, reuniones o balances financieros.
Sofía conocía una versión de Alexandra que muy pocas personas habían tenido la oportunidad de ver.
La mujer que podía pasar horas riéndose de una tontería, que recordaba con una precisión sorprendente las historias más absurdas de su juventud y que, cuando estaba de buen humor, incluso podía olvidarse de que era la heredera de uno de los imperios empresariales más importantes del país.
—Tengo que reconocer algo —comentó Sofía desde el sofá, mientras sostenía un vaso de refresco—. Hoy has sido bastante soportable.
Alexandra, que estaba sentada a su lado, la miró con indignación.
—¿Bastante soportable?
—Sí. No has gritado, no has amenazado con despedirme y solo me has llamado insoportable cuatro veces.
—Todavía queda noche.
Sofía soltó una carcajada.
—Ahí está. Ya estaba preocupada por tu estado de salud.
Alexandra le lanzó un cojín.
—Cállate.
Sofía lo atrapó entre risas.
—Hablando en serio, ¿te encuentras mejor?
—Mucho mejor.
—¿Y el dolor de cabeza?
—Ha desaparecido.
—Me alegro.
Sofía la observó con una expresión más seria.
—Aunque deberías aprender a descansar sin esperar a que tu cuerpo te obligue a hacerlo.
Alexandra se encogió de hombros.
—No estoy acostumbrada a quedarme quieta.
—Lo sé. Para ti, descansar significa cambiar una reunión por una discusión conmigo.
—Porque discutir contigo es una excelente manera de mantener la mente activa.
—Qué honor.
Las dos volvieron a reír.
Cuando comenzó a anochecer, Sofía se levantó para recoger sus cosas.
—Bueno, señora presidenta, ha sido una tarde estupenda, pero tengo una vida propia a la que debo regresar.
Alexandra la acompañó hasta la entrada.
—Mañana te quiero puntual.
—Mañana es domingo, Alexandra.
La presidenta se quedó inmóvil.
Sofía la miró durante dos segundos antes de estallar en carcajadas.
—¡No puedo creerlo! ¿De verdad pensabas que mañana teníamos que trabajar?
Alexandra frunció el ceño.
—Lo sabía.
—Claro que sí.
—Solo estaba comprobando si tú lo sabías.
—Por supuesto.
Sofía la abrazó brevemente antes de salir.
—Descansa, Alex. Y, por favor, intenta no provocar una crisis empresarial antes del lunes.
—No prometo nada.
—Eso me temía.
La puerta se cerró.
Alexandra permaneció unos instantes en el recibidor, escuchando cómo el automóvil de su amiga se alejaba.
Después regresó al salón.
La casa estaba silenciosa.
Demasiado silenciosa para su gusto.
Tomó el teléfono y revisó algunos mensajes. Entre ellos encontró uno de una mujer con la que había tenido una relación pasajera meses atrás. Se llamaba Isabella, era elegante, divertida y nunca había pretendido convertir sus encuentros en algo más complicado de lo que ambas deseaban.
El mensaje era sencillo.
Isabella: Hace tiempo que no sé nada de ti. ¿Sigues viva o tu empresa finalmente te ha devorado?
Alexandra sonrió.
Alexandra: Sigo viva. ¿Qué planes tienes esta noche?
La respuesta llegó rápidamente.
Isabella: Depende. ¿Por qué preguntas?
Alexandra se dejó caer en el sofá.
Había pasado el día acompañada, pero ahora necesitaba otra clase de distracción. No quería pensar en la reunión, en las palabras de Sofía ni en la manera en que Eli Sinclair parecía encontrar siempre el punto exacto donde podía irritarla.
Quería salir, olvidarse de la oficina y disfrutar de una noche sin obligaciones.
Y conocía a alguien que podía ayudarla a conseguirlo.
Alexandra: Estoy pensando en invitarte a pasar la noche conmigo en un hotel.
La respuesta de Isabella no tardó.
Isabella: ¿Una invitación espontánea de Alexandra Woods? Debo de estar soñando.
Alexandra: No me hagas arrepentirme.
Isabella: Envíame la dirección y estaré allí en una hora.
Alexandra dejó el teléfono sobre la mesa y se levantó.
Por fin, una noche sin discusiones.
O al menos eso esperaba.
Una noche sin preguntas
El hotel elegido por Alexandra era uno de los establecimientos más exclusivos de la ciudad. Una suite en el último piso, una vista espectacular y la privacidad suficiente para evitar encuentros indeseados con conocidos.
Isabella llegó poco después de las nueve.
Llevaba un vestido elegante y una sonrisa que se hizo más amplia cuando Alexandra abrió la puerta.
—Vaya —dijo, recorriéndola con la mirada—. Pensé que tendría que esperar una invitación formal, con sello de Woods International y la firma de tres abogados.
Alexandra sonrió de lado.
—Puedo hacer que te escolten hasta la salida si sigues hablando.
—Y yo que venía con la intención de ser encantadora.
—Tienes una oportunidad para demostrarlo.
Isabella entró y dejó su bolso sobre una mesa.
—Entonces dime, ¿qué ha ocurrido para que me invites a un hotel un sábado por la noche?
Alexandra se sirvió una copa de agua.
—¿Necesito una razón?
—No. Pero te conozco lo suficiente para saber que, cuando buscas compañía de repente, algo te está molestando.
La presidenta la miró.
—¿También vas a interrogarme?
—Solo si me lo permites.
Alexandra dejó el vaso.
—No quiero hablar de trabajo.
—Entonces no hablaremos de trabajo.
Isabella se acercó y le acomodó suavemente el cuello de la camisa.
—Podemos hablar de cualquier otra cosa. O podemos no hablar en absoluto.
Alexandra sonrió.
Aquello era exactamente lo que quería: alguien que no le exigiera explicaciones, que no discutiera sus decisiones empresariales y que no intentara analizar cada uno de sus silencios.
La besó.
Isabella respondió al beso y rodeó su cuello con los brazos.
La noche continuó entre conversaciones ligeras, risas y besos que fueron volviéndose más intensos a medida que ambas se olvidaban del mundo exterior.
Alexandra consiguió apartar de su mente los problemas de la empresa.
Durante unas horas no fue la presidenta de Woods International, ni la mujer que debía demostrar constantemente que merecía ocupar su puesto.
Simplemente fue Alexandra.
Y, cuando finalmente se quedaron dormidas, no había pensado ni una sola vez en los informes que la esperaban el lunes.
O eso se dijo a sí misma.
El lunes comienza con una sorpresa
El lunes por la mañana, Alexandra llegó a Woods International poco antes de las ocho.
Llevaba un traje oscuro perfectamente ajustado, el cabello peinado hacia atrás y unas gafas de sol que se quitó al entrar en el ascensor privado.
Parecía estar de excelente humor.
Había dormido bien, había dejado atrás el dolor de cabeza y estaba preparada para afrontar una nueva semana.
Lo único que no había previsto era que una pequeña marca rojiza en el lado izquierdo de su cuello, justo debajo de la mandíbula, resultara tan difícil de ocultar.
Se había vestido deprisa y no había prestado demasiada atención al espejo. La marca no era enorme, pero sí lo bastante visible para que cualquiera que la mirara de cerca pudiera reconocer su origen.
Y en una empresa donde los empleados parecían tener un interés casi académico en la vida sentimental de su presidenta, aquello equivalía a publicar un anuncio en la entrada.
Natalie fue la primera en verla.
—Buenos días, señorita Woods.
—Buenos días, Natalie. ¿Qué tenemos para hoy?
La asistente comenzó a repasar la agenda mientras caminaban hacia el despacho.
—A las nueve tiene una reunión con Finanzas, a las diez una revisión del acuerdo con Beaumont International y a las once…
Natalie se interrumpió.
Alexandra se detuvo.
—¿Qué ocurre?
—Nada, señorita Woods.
—Entonces continúa.
—Por supuesto.
Natalie bajó la mirada hacia la agenda, haciendo un esfuerzo evidente por mantener la compostura.
Alexandra la observó con suspicacia.
—¿Hay algo en mi cara?
—No, señorita Woods.
—Natalie.
La asistente respiró profundamente.
—Tiene una pequeña marca en el cuello.
Alexandra se llevó inmediatamente la mano a la zona señalada.
Sus ojos se abrieron ligeramente.
—¿Qué?
—Aquí.
Natalie indicó discretamente el lado izquierdo de su cuello.
Alexandra sacó el teléfono y utilizó la cámara frontal como espejo.
La marca estaba allí.
Perfectamente visible.
—Maldición.
—Puedo pedirle a maquillaje que suba a su despacho —ofreció Natalie con prudencia.
—No. Tráeme una bufanda o algo que sirva para cubrirla.
—Enseguida.
Natalie salió casi a toda velocidad.
Alexandra se miró de nuevo en la pantalla.
No era la primera vez que aparecía en la oficina con una marca semejante. Sus hermanos habían bromeado con ella en el pasado y los empleados tenían una memoria extraordinaria para aquellos detalles.
Pero después de todo lo que había ocurrido con Eli, lo último que necesitaba era darle otro motivo para cuestionar su profesionalidad.
Se colocó el cuello de la camisa, intentando cubrir la marca.
No funcionó.
—Fantástico —murmuró—. Simplemente fantástico.
La puerta se abrió.
Natalie regresó con un pañuelo oscuro.
—Esto podría servir.
Alexandra lo tomó y se lo colocó alrededor del cuello.
—¿Se nota?
Natalie la observó con cuidado.
—Mucho menos.
—Bien. Que nadie vuelva a mencionar el asunto.
—Por supuesto.
Pero Alexandra conocía demasiado bien a sus empleados.
Para cuando llegara a la sala de juntas, probablemente media planta ejecutiva ya habría visto la marca.
Y, como si el destino quisiera confirmar sus sospechas, al salir del despacho se encontró de frente con Eli Sinclair.
La vicepresidenta llevaba una carpeta bajo el brazo y estaba revisando unos documentos mientras caminaba.
Al levantar la mirada, sus ojos se encontraron con los de Alexandra.
—Buenos días, señorita Woods.
—Buenos días, Eli.
La vicepresidenta iba a continuar caminando, pero algo llamó su atención.
El pañuelo.
La forma en que Alexandra había acomodado el cuello de la camisa.