La heredera del imperio Woods Capítulo 6 — La única mujer capaz de hacerla callar #5
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Capítulo 6 — La única mujer capaz de hacerla callar #5

Durante el trayecto de regreso a Woods International, Eli mantuvo la vista fija en la carretera.

Había conseguido la firma que necesitaba. El documento llegaría a tiempo al departamento jurídico y la operación podría continuar sin retrasos.

Su visita había cumplido su propósito.

Sin embargo, la imagen de Alexandra con aquel short y aquel top, sentada tranquilamente en su casa mientras Sofía le masajeaba los hombros, seguía rondándole la cabeza.

Recordaba la figura que había descubierto bajo la ropa informal de la presidenta, la seguridad con la que Alexandra había respondido a sus miradas y aquella sonrisa satisfecha que parecía indicar que había notado cada segundo de su desconcierto.

Y después estaba Sofía.

Sofía, que podía tocarla sin pedir permiso.

Sofía, que podía hablarle al oído y regañarla sin que Alexandra la apartara.

Sofía, que parecía conocer cada una de sus debilidades y no tenía miedo de mostrarse cariñosa con ella.

No había nada extraño en que dos amigas almorzaran juntas.

Tampoco había nada cuestionable en que Alexandra se marchara a casa cuando tenía dolor de cabeza.

Eli lo sabía.

Pero le molestaba recordar cómo Alexandra había cerrado los ojos mientras Sofía le masajeaba los hombros.

Le molestaba que la presidenta pareciera confiar tanto en ella.

Y le molestaba todavía más que aquella escena le hubiera provocado una reacción que no podía justificar con ningún argumento profesional.

—No es asunto mío —murmuró para sí misma.

Apretó el volante y se concentró en la carretera.

No le importaba con quién almorzara Alexandra.

No le importaba cómo se vistiera en su casa.

Y no le importaba que Sofía fuera la única persona capaz de acercarse a ella sin provocar una discusión.

No le importaba en absoluto.

Al menos, eso fue lo que Eli decidió repetirse durante todo el camino.

Una advertencia en la oficina

Al regresar a Woods International, encontró a varios empleados reunidos cerca de la recepción.

—¿Ya volvió la señora Sinclair? —preguntó uno de ellos en voz baja.

—Sí —respondió otro—. ¿Conseguiste saber por qué la presidenta se marchó tan temprano?

Eli se detuvo.

Los empleados se dispersaron de inmediato al advertir su presencia.

La vicepresidenta los observó con severidad.

—Si tienen tiempo para discutir la vida privada de la presidenta, también tienen tiempo para terminar sus informes.

Todos regresaron a sus puestos.

Eli continuó caminando hacia su despacho.

Antes de entrar, miró hacia la oficina de Alexandra, que permanecía vacía.

Aquella mujer era un problema.

Un problema arrogante, irritante y demasiado acostumbrado a salirse con la suya.

Y Eli estaba decidida a no permitir que su cercanía con Sofía, su reputación sentimental o sus repentinas ausencias afectaran el funcionamiento de Woods International.

Pero mientras dejaba la carpeta sobre su escritorio, volvió a recordar la escena en el salón.

La manera en que Sofía había apoyado las manos sobre los hombros de Alexandra.

La tranquilidad con la que Alexandra había aceptado aquel contacto.

Y aquella sonrisa que la presidenta había mostrado mientras su amiga la cuidaba.

Eli cerró los ojos y dejó escapar un suspiro frustrado.

No tenía derecho a reclamar nada.

Alexandra no era suya.

Nunca lo había sido.

Además, Eli seguía casada con Roberto. Tenía su propia vida, sus propias responsabilidades y razones más que suficientes para mantenerse alejada de los asuntos personales de la presidenta.

Sin embargo, cuanto más intentaba convencerse de que todo se reducía a una cuestión profesional, más difícil le resultaba apartar a Alexandra Woods de sus pensamientos.

Mientras tanto, en la residencia, Alexandra volvió a acomodarse en el sofá.

Sofía le acercó el almuerzo y se sentó a su lado.

—¿Sabes qué ha sido lo más curioso de todo esto? —preguntó Sofía.

Alexandra la miró con desconfianza.

—Me temo que voy a arrepentirme de preguntarlo.

—Eli se pasó toda la visita mirándote como si quisiera discutir contigo y, al mismo tiempo, como si le molestara que yo estuviera cerca de ti.

Alexandra soltó una carcajada.

—No empieces.

—Yo no he empezado nada. Solo digo lo que he visto.

—Lo que has visto es a una vicepresidenta demasiado entrometida.

Sofía sonrió, poco convencida.

—Si tú lo dices.

Alexandra tomó el tenedor e intentó concentrarse en la comida.

Pero, por primera vez en toda la mañana, se preguntó si Eli realmente había estado tan molesta por el documento o si había algo más detrás de sus comentarios.

La idea desapareció casi de inmediato.

Eli Sinclair era una mujer insoportable.

Y Alexandra no tenía intención de dedicarle ni un segundo más de su tiempo libre.

Sin embargo, ninguna de las dos podía imaginar que aquella visita, aparentemente insignificante, terminaría convirtiéndose en otro recuerdo imposible de ignorar.

Porque a veces las batallas más complicadas no comenzaban en una sala de reuniones.

A veces comenzaban con una mirada que duraba demasiado, una caricia que alguien no podía dejar de observar y unos celos que nadie estaba dispuesto a reconocer.