Capítulo 6 — La única mujer capaz de hacerla callar #4
—¿Mi trabajo? —repitió Eli—. Mi trabajo es asegurarme de que la empresa funcione correctamente. Y eso incluye comprobar que las decisiones de la presidenta no perjudiquen a los demás empleados.
—El documento está aquí y lo estoy revisando —respondió Alexandra—. ¿Qué parte de eso te preocupa exactamente?
—Ninguna. Simplemente no sabía que una firma urgente necesitaba una sesión de masajes incluida.
Sofía frunció el ceño.
—Eso ha sido innecesario.
—No te he pedido tu opinión.
—Y yo no necesito que me la pidas para decirte que estás siendo desagradable.
El ambiente se tensó.
Alexandra levantó una mano, deteniendo la respuesta que Eli ya estaba preparando.
—Basta. He venido a revisar un documento, no a escucharos discutir.
Eli la miró con incredulidad.
—¿Ahora resulta que soy yo quien está discutiendo?
—No, Sinclair. Resulta que estoy intentando trabajar y tú llevas varios minutos más pendiente de lo que hace Sofía que del motivo por el que has venido.
—Porque resulta difícil ignorar ciertas cosas cuando una espera encontrar a una presidenta enferma y la encuentra disfrutando de una mañana de descanso.
Alexandra dejó la carpeta sobre sus piernas.
—¿Sabes qué? Si tienes tantas dificultades para concentrarte, puedes esperar fuera mientras termino.
—No pienso esperar fuera de ninguna parte. Necesito tu firma.
—Entonces deja de hacer comentarios sobre mi vida privada y permite que revise el documento.
Eli apretó los labios.
Sofía volvió a colocar una mano sobre el hombro de Alexandra, como si aquel simple gesto pudiera impedir que la discusión empeorara.
La presidenta respiró profundamente y abrió de nuevo la carpeta.
—Gracias —murmuró, dirigiéndose a Sofía.
—De nada.
La respuesta fue sencilla, afectuosa y tan natural que Eli sintió otra punzada de irritación.
Apartó la mirada.
No tenía derecho a sentirse así.
No tenía ninguna razón para molestarse porque Sofía tocara a Alexandra, ni porque la presidenta se mostrara vulnerable con una persona a la que conocía desde hacía años.
Y, sin embargo, cada gesto de aquella mujer parecía recordarle que existía una parte de Alexandra a la que ella no tenía acceso.
Una parte que no aparecía en las reuniones, ni en los informes, ni en los enfrentamientos que mantenían a diario.
Una Alexandra distinta.
Una Alexandra que Eli no sabía cómo interpretar.
La firma que no podía esperar
Alexandra retomó la lectura del documento.
El silencio se prolongó durante varios minutos, interrumpido únicamente por el sonido de las páginas y las indicaciones que Eli ofrecía cuando la presidenta le preguntaba por alguna cláusula.
Aunque el dolor de cabeza seguía molestándola, su concentración regresó en cuanto comenzó a revisar los detalles financieros.
Eli lo notó.
La mujer que tenía delante podía estar vestida con ropa cómoda, lejos de la oficina y acompañada de su mejor amiga, pero en cuanto se enfrentaba a un asunto empresarial se transformaba en la misma presidenta exigente que conocía.
Alexandra llegó a la última página y levantó la mirada.
—¿El departamento jurídico confirmó que esta modificación no altera las obligaciones de la otra parte?
—Sí. Tengo la confirmación por escrito.
—¿Y Finanzas revisó el impacto de la nueva cláusula?
—También.
Alexandra examinó el anexo una vez más.
—Bien. Déjame un bolígrafo.
Eli se lo entregó.
Alexandra firmó y cerró la carpeta.
—Envíalo al departamento jurídico. Que preparen la remisión definitiva.
Eli recogió los documentos.
—Lo haré.
Por un instante, pareció que la conversación terminaría allí.
Sofía retiró las manos de los hombros de Alexandra y se levantó para buscar el vaso de agua que había dejado en la mesa.
—Toma. Y no vuelvas a pasarte el día sin descansar.
Alexandra aceptó el vaso.
—Sí, mamá.
Sofía le lanzó una mirada de advertencia.
—No me provoques.
Alexandra sonrió y bebió un poco de agua.
Eli contempló la escena con el rostro cada vez más serio.
La naturalidad de aquella conversación le resultaba desconcertante. Sofía podía regañar a Alexandra, tocarla con afecto y bromear con ella sin que la presidenta se pusiera a la defensiva.
Con ella, en cambio, cada palabra parecía convertirse en un desafío.
Alexandra dejó el vaso sobre la mesa y volvió los ojos hacia Eli.
Una sonrisa provocadora apareció en sus labios.
—¿Algo más, vicepresidenta? ¿O has venido únicamente para comprobar cómo paso mis días libres?
Eli endureció el rostro.
—No tengo ningún interés en cómo pasas tus días libres.
—Entonces deja de juzgarme por ello.
—No te estoy juzgando. Estoy señalando que hay responsabilidades que no desaparecen porque decidas marcharte de la oficina.
—Ya he firmado el documento. El asunto está resuelto.
—Porque he tenido que venir hasta aquí para conseguirlo.
—Porque era urgente y lo has traído. Te agradezco el trabajo, aunque tu actitud deje mucho que desear.
Eli apretó la carpeta contra su costado.
—No necesito que me agradezcas nada. Solo espero que la próxima vez que decidas ausentarte, te asegures de que no quede ningún asunto urgente pendiente.
Alexandra se puso de pie.
—No necesito que me enseñes a dirigir mi empresa.
—Entonces empieza a dirigirla sin esperar que los demás resuelvan las consecuencias de tus decisiones.
Sofía se interpuso verbalmente antes de que Alexandra respondiera.
—Basta las dos.
Las dos mujeres la miraron al mismo tiempo.
Sofía respiró profundamente.
—Eli, has venido por un documento, Alexandra lo ha revisado y ya está firmado. Puedes regresar a la oficina y enviarlo al departamento jurídico. Alexandra necesita descansar y yo voy a asegurarme de que coma algo. No hay ninguna razón para convertir una gestión urgente en otra batalla.
Eli abrió la boca, pero Sofía continuó:
—Y Alexandra, tú tampoco ayudas cuando respondes a cada comentario como si fuera un desafío a tu autoridad. Eli puede ser insistente, pero el documento era importante y ha venido personalmente para resolverlo.
Alexandra la miró con incredulidad.
—¿Ahora también estás de su lado?
—Estoy del lado de que las dos dejéis de discutir por cinco minutos.
El silencio cayó sobre el salón.
Eli recordó la escena de la reunión de aquella mañana.
Sofía había vuelto a hacerlo.
Había conseguido detener una discusión entre dos mujeres que parecían incapaces de compartir una habitación sin buscar la manera de provocarse.
Alexandra fue la primera en apartar la mirada.
—Está bien. El documento ya está firmado.
—Perfecto —respondió Sofía—. Entonces podemos terminar el día sin otra guerra.
Eli se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, miró a Alexandra una última vez.
—Espero que te encuentres mejor.
La presidenta pareció sorprendida por el comentario.
—Gracias.
La palabra salió más baja de lo habitual.
Eli asintió y abandonó la casa.
Lo que Eli no quería admitir