Capítulo 6 — La única mujer capaz de hacerla callar #3
—Se marchó a casa esta mañana. No se encontraba bien.
Eli frunció el ceño.
—¿Se marchó?
—Tenía un dolor de cabeza bastante fuerte. Me pidió que trasladara las reuniones que no fueran urgentes.
Eli miró el documento que llevaba en la mano.
—¿Y este asunto?
—El departamento jurídico lo marcó como urgente hace unos minutos.
—¿Intentaste llamarla?
—Todavía no. Estaba esperando que usted me indicara qué hacer.
Eli respiró profundamente.
—Voy a llevarle el documento.
Natalie pareció sorprendida.
—¿Personalmente?
—Necesitamos su firma y no podemos retrasar el envío.
—Puedo llamar para avisarle de que va a ir.
—No hace falta. Le explicaré la urgencia cuando llegue.
Eli guardó el documento en una carpeta y se dirigió hacia los ascensores.
Mientras bajaba al estacionamiento, no podía evitar sentirse molesta.
Alexandra podía ser la presidenta, pero eso no significaba que todos los asuntos importantes pudieran quedar suspendidos cada vez que decidía abandonar la oficina.
Si realmente estaba enferma, Eli podía comprenderlo. Sin embargo, el documento no podía esperar y la empresa necesitaba una respuesta.
Lo que no sabía era que, cuando llegara a la casa de Alexandra Woods, encontraría una escena que interpretaría de una manera muy diferente.
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Una imagen que no esperaba encontrar
El trayecto hasta la residencia de Alexandra transcurrió sin incidentes.
Eli estacionó frente a la casa, tomó la carpeta y llamó al timbre.
Esperó unos segundos.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
Finalmente, escuchó pasos y la puerta se abrió.
Y entonces Eli se quedó inmóvil.
Frente a ella estaba Alexandra Woods, vestida con un short oscuro y un top sencillo que dejaba al descubierto sus hombros y parte de su abdomen. Llevaba el cabello negro recogido de cualquier manera, con algunos mechones cayéndole sobre la frente.
No había rastro del traje impecable que acostumbraba a llevar en la oficina, ni de aquella imagen distante que imponía respeto en cada reunión.
Fuera de la ropa ejecutiva, Alexandra dejaba ver una figura atlética y una cintura definida. Sus abdominales, normalmente ocultos bajo las camisas y las chaquetas de sus trajes, se insinuaban cuando se movía para abrir la puerta.
Eli tardó demasiado en reaccionar.
Su mirada descendió por un instante antes de regresar rápidamente al rostro de Alexandra.
Pero la presidenta ya lo había notado.
Una ceja oscura se arqueó con diversión.
—¿Piensas quedarte ahí mirándome o vas a explicarme por qué estás en mi puerta, Sinclair?
Eli parpadeó, molesta consigo misma por haberse quedado observándola.
—Vengo por un asunto de trabajo.
—¿En serio? —Alexandra bajó la mirada hacia la carpeta que llevaba—. Y yo que pensaba que habías venido a inspeccionar mi vestuario.
—No te creas tan importante.
La sonrisa de Alexandra se ensanchó.
—Curioso. Porque llevas unos cuantos segundos sin apartar los ojos de mí.
Eli apretó la mandíbula.
—No te hagas ilusiones, Woods. No estoy interesada en ti.
—No recuerdo haberte preguntado si lo estabas.
Alexandra se hizo a un lado para dejarla pasar.
—Entra. Ya que has venido hasta aquí, espero que sea algo realmente urgente.
Eli cruzó la puerta intentando ignorar la satisfacción que reflejaba el rostro de la presidenta.
—El departamento jurídico necesita tu firma antes de que termine el día.
—Entonces será mejor que me entregues el documento en lugar de seguir analizando mi ropa.
—Deja de comportarte como si todo el mundo estuviera pendiente de ti.
Alexandra cerró la puerta.
—No todo el mundo, Sinclair. Solo algunas personas parecen tener dificultades para apartar la mirada.
Eli se volvió hacia ella.
—¿Siempre tienes que convertir cualquier conversación en una provocación?
—Solo cuando la otra persona me lo pone tan fácil.
Antes de que Eli pudiera responder, una voz llegó desde el interior de la casa.
—¡Alexandra! ¿Quién ha venido?
Sofía apareció en el pasillo con un vaso de agua en la mano. También llevaba ropa cómoda, un short y una camiseta ligera. Al descubrir a Eli, se detuvo un instante y después sonrió con naturalidad.
—Hola, Eli.
—Sofía.
La vicepresidenta volvió a mirar a Alexandra.
La presidenta parecía perfectamente capaz de discutir, sonreír y lanzar comentarios mordaces. No tenía el aspecto de alguien que estuviera al borde de desplomarse por un dolor de cabeza.
—Veo que te encuentras mucho mejor —comentó Eli con evidente ironía.
Alexandra suspiró.
—Me encuentro lo suficientemente bien como para firmar un documento. No sabía que también necesitaba presentar un informe médico para recibir visitas.
—No he venido a discutir sobre tu salud.
—Excelente. Por fin estamos de acuerdo en algo.
Sofía dejó el vaso sobre una mesa.
—¿Es el documento que estaban esperando?
Eli se lo mostró.
—Sí. Uno de los anexos se modificó esta mañana y necesitamos la autorización de Alexandra para enviar la versión definitiva.
—Entonces será mejor que se siente a revisarlo —dijo Sofía—. Todavía le duele la cabeza.
—Puedo cuidar de mí misma —intervino Alexandra.
—Lo sé —respondió Sofía con una sonrisa—. Pero eso no significa que tengas que hacerlo todo sin ayuda.
La familiaridad con la que habló dejó a Eli observándolas en silencio.
No era solo el tono de Sofía. Era la manera en que se movía por la casa, como si conociera cada rincón, como si no necesitara pedir permiso para acercarse a Alexandra o preocuparse por ella.
Y Alexandra, que en la oficina mantenía a todos a una distancia prudente, no parecía tener ningún problema con aquella cercanía.
—Por aquí —indicó la presidenta, dirigiéndose al salón.
Eli la siguió, intentando convencerse de que aquella visita no tenía nada de particular.
Había ido a trabajar.
Nada más.
Dos mujeres y una cercanía incómoda
Alexandra se sentó en el sofá y extendió la mano para recibir la carpeta.
—Dámela.
Eli se la entregó.
—La nueva redacción del anexo está marcada. El departamento jurídico considera que protege mejor los intereses de la empresa. También tengo la confirmación de Finanzas.
Alexandra abrió el documento y comenzó a leer.
Su expresión cambió casi de inmediato. La provocación desapareció de sus labios y su atención se concentró en las cláusulas.
Eli reconoció aquella transformación.
Era una de las pocas cosas que respetaba sinceramente de Alexandra: podía ser irritante, arrogante y excesivamente orgullosa, pero cuando se trataba de negocios, no tomaba decisiones importantes sin revisar los detalles.
—¿El cambio afecta a las obligaciones de la otra parte? —preguntó Alexandra.
—No. El departamento jurídico lo confirmó por escrito.
—¿Y las condiciones de penalización?
—Se mantienen como estaban en la versión anterior.
Alexandra asintió y continuó leyendo.
Entonces Sofía se sentó a su lado.
—¿Sigue doliéndote?
—Un poco.
—Te dije que descansarías mejor si dejaras de mirar documentos durante unos minutos.
—Y yo te dije que tenía asuntos pendientes.
Sofía soltó un suspiro divertido.
—Eres imposible.
—Eso me dicen.
—Y nunca haces caso.
—Eso también.
Eli observó el intercambio sin intervenir.
Sofía dejó su vaso en la mesa, se acomodó detrás de Alexandra y apoyó suavemente las manos sobre sus hombros.
La presidenta apenas levantó la mirada del documento.
—¿Qué haces?
—Intentar que no termines con la cabeza a punto de estallarte.
Antes de que Alexandra pudiera protestar, Sofía comenzó a masajearle los hombros con movimientos lentos y cuidadosos. Después deslizó los dedos hacia la base de su cuello, presionando con suavidad los músculos tensos.
Alexandra cerró los ojos durante un instante.
—Eso está mejor —murmuró.
—Lo sé. Llevas años ignorando mis consejos y luego vienes a quejarte de que te duele todo.
—Nunca me quejo tanto.
Sofía soltó una pequeña carcajada.
—Alexandra, te quejas hasta cuando el café no está a la temperatura exacta.
—Porque debería estarlo.
—Por supuesto, su majestad.
Alexandra sonrió mientras continuaba leyendo.
Eli no podía apartar la mirada de ellas.
No entendía por qué aquella escena le resultaba tan incómoda.
Sofía solo estaba ayudando a una amiga que tenía dolor de cabeza.
No había nada extraño en ello. Sin embargo, la naturalidad con la que acariciaba sus hombros, la confianza con la que se acercaba a su cuello y la manera en que Alexandra aceptaba aquel contacto le provocaron una sensación desagradable en el pecho.
En la oficina, nadie habría osado tocar a Alexandra de aquella manera.
La presidenta no lo habría permitido.
Pero allí, en su casa, Sofía parecía tener permiso para acercarse tanto como quisiera.
Y lo peor era que Alexandra no solo lo permitía: parecía disfrutar de aquellos cuidados.
—¿Necesitas que te traiga algo más? —preguntó Sofía, inclinándose un poco para hablarle cerca del oído—. ¿Agua? ¿Un café? ¿O prefieres que te deje dormir un rato?
—Prefiero que sigas así durante cinco minutos y después me traigas agua.
—Qué exigente.
—Siempre he sido clara con mis necesidades.
—Y muy mandona.
Sofía le dio un pequeño apretón en los hombros antes de continuar con el masaje.
Alexandra soltó el aire lentamente, relajándose contra el respaldo.
Eli sintió que su paciencia empezaba a agotarse.
—¿Siempre trabajáis así? —preguntó de pronto.
Sofía detuvo brevemente las manos.
Alexandra abrió los ojos y volvió la cabeza hacia Eli.
—¿Así cómo?
—Con tanta… familiaridad.
Sofía retiró las manos de los hombros de Alexandra, aunque no se apartó del sofá.
—Somos amigas desde hace años, Eli. No creo que eso sea un secreto.
—No he dicho que lo sea.
—Entonces no entiendo la pregunta.
Eli levantó ligeramente la barbilla.
—Me sorprende que la presidenta de una empresa internacional necesite que alguien le dé masajes mientras revisa un documento.
Alexandra cerró la carpeta de golpe.
—¿Perdona?
Sofía le apoyó una mano en el hombro, esta vez para pedirle que se calmara.
El gesto no pasó inadvertido para Eli.
—No necesitas justificarte ante ella —le dijo Sofía a Alexandra—. Solo está haciendo su trabajo.