Capítulo 6 — La única mujer capaz de hacerla callar #2
Eli soltó una carcajada inesperada.
A pocos metros, Alexandra las observó mientras fingía revisar unos documentos.
No le gustó verlas riéndose juntas.
No tenía una explicación lógica para ello, y tampoco estaba dispuesta a buscarla.
Lo único que sabía era que Sofía acababa de desafiarla delante de toda la junta y ahora parecía estar haciendo amistad con la mujer que más disfrutaba cuestionando sus decisiones.
Aquello no podía ser una buena señal.
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Un dolor de cabeza y una invitación inesperada
Apenas regresó a su despacho, Alexandra cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
—Increíble —murmuró.
Dejó los documentos sobre el escritorio y se llevó los dedos a las sienes.
Llevaba toda la mañana con una molestia detrás de los ojos, pero después de la reunión el dolor se había vuelto más intenso. La luz de la pantalla le resultaba desagradable y las voces del pasillo parecían mucho más fuertes de lo habitual.
Se sentó e intentó revisar un informe.
No consiguió leer ni dos páginas.
—Maldita sea.
Natalie llamó suavemente.
—¿Señorita Woods? ¿Se encuentra bien?
—Sí.
La respuesta fue demasiado rápida.
Natalie abrió la puerta con cautela.
—El señor Lucas ha preguntado si desea hablar con él sobre lo ocurrido en la reunión.
Alexandra cerró los ojos.
—Dile que hablaremos después.
—De acuerdo. También hay una llamada pendiente de Beaumont International.
—Que la trasladen a mañana.
Natalie se quedó sorprendida.
Alexandra rara vez posponía una llamada comercial, mucho menos una relacionada con un acuerdo importante.
—¿Desea que le traiga un analgésico o que solicite una consulta médica?
—No necesito un médico, Natalie. Solo necesito silencio.
—Entendido.
La asistente salió y cerró la puerta con cuidado.
Alexandra permaneció unos minutos en su silla. Después miró el reloj.
Todavía no era mediodía.
Tenía una montaña de trabajo pendiente, una discusión sin resolver con su hermano y una vicepresidenta que probablemente ya estaba preparando otro informe para cuestionar sus decisiones.
Y, para completar la mañana, Sofía había decidido corregir su comportamiento delante de todos.
Se pasó una mano por el cabello oscuro.
Necesitaba salir de allí.
No quería escuchar a nadie, no quería discutir con nadie y, sobre todo, no quería que sus empleados la vieran con aquel dolor de cabeza que comenzaba a volverla irritable.
Tomó el teléfono y llamó a Sofía.
Su amiga contestó al segundo tono.
—Si me llamas para despedirme, quisiera que supieras que todavía no he terminado de leer mi contrato.
—Ven a mi despacho.
—¿Para qué?
—Voy a casa.
Hubo una pausa.
—¿Cómo que vas a casa? ¿No son ni las doce?
—Tengo dolor de cabeza.
La voz de Sofía cambió inmediatamente.
—¿Desde cuándo?
—Desde esta mañana. Se ha puesto peor.
—¿Has comido algo?
—No.
—Alexandra…
—No empieces.
—No he empezado nada. Solo te he preguntado si has comido.
—No he tenido tiempo.
Sofía suspiró.
—Está bien. Voy para allá.
—Y trae tus cosas. Almorzaremos juntas.
—¿Me estás invitando a comer o estás ordenándomelo?
—¿Quieres que te lo escriba en un documento oficial?
Sofía se rió.
—Ya voy, presidenta.
Unos minutos después apareció en el despacho con su bolso y una expresión que mezclaba preocupación con diversión.
—¿De verdad estás tan mal?
Alexandra se levantó lentamente.
—Tengo un dolor de cabeza espantoso y no soporto escuchar a nadie hablar.
—Entonces debe de ser grave. Normalmente eres tú quien no deja hablar a los demás.
Alexandra le lanzó una mirada.
—¿Quieres venir conmigo o prefieres quedarte aquí?
—Voy contigo. Alguien tendrá que asegurarse de que comas algo y no intentes dirigir el mundo desde el sofá.
—No necesito que me cuides.
—Por supuesto que no.
Sofía recogió su bolso.
—Pero voy a hacerlo de todas formas.
Alexandra no discutió.
Salieron por el acceso privado de la presidencia para evitar las miradas curiosas de los empleados. Natalie se despidió de ellas y recibió instrucciones para trasladar las llamadas pendientes al día siguiente, salvo que surgiera una emergencia empresarial.
Antes de subir al automóvil, Sofía miró a su amiga.
—¿Quieres que conduzca?
—Estoy perfectamente capacitada para conducir.
—No he preguntado eso. He preguntado si quieres que conduzca.
Alexandra la miró unos segundos.
Finalmente, le entregó las llaves.
—No te acostumbres.
Sofía sonrió mientras se acomodaba al volante.
—Jamás pensé que llegaría el día en que Alexandra Woods admitiría que necesita ayuda.
—No lo he admitido.
—Me has dado las llaves.
—Porque no quiero escucharte discutir durante todo el camino.
—Claro. Esa debe de ser la razón.
El automóvil salió del estacionamiento mientras Alexandra se acomodaba en el asiento del acompañante y cerraba los ojos.
Por primera vez en toda la mañana, pudo respirar sin tener que responder a nadie.
Y Sofía, que la conocía mejor que la mayoría de las personas, decidió no molestarla durante el trayecto.
Al menos, no demasiado.
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Un almuerzo lejos de la oficina
La casa de Alexandra estaba situada en una zona residencial tranquila, lejos del ruido del centro financiero.
Era amplia, elegante y tan impecable que parecía sacada de una revista de arquitectura. Grandes ventanales permitían que la luz entrara en el salón, mientras una escalera de mármol conducía a la planta superior.
Sofía conocía la casa desde hacía años. Había pasado allí innumerables tardes, aunque casi siempre había terminado marchándose después de discutir con Alexandra por alguna tontería.
Apenas entraron, la presidenta dejó el bolso sobre una consola.
—Voy a cambiarme.
—Perfecto. Yo voy a buscar algo para comer.
Alexandra se detuvo al pie de la escalera.
—Hay comida en la cocina.
—Lo sé. He estado aquí antes, ¿recuerdas?
—Entonces no necesitas instrucciones.
—Y tú no necesitas hablarme como si fuera una empleada.
Alexandra suspiró.
—Sofía, por favor. Me duele la cabeza.
La expresión de su amiga se suavizó.
—Está bien. Ve a cambiarte. Yo preparo algo sencillo.
Unos minutos después, ambas habían dejado atrás sus trajes ejecutivos.
Alexandra llevaba una camiseta cómoda y unos pantalones cortos deportivos. Sofía se había puesto una camiseta holgada y unos shorts, después de encontrar ropa que había dejado allí durante una visita anterior.
La presidenta se recogió el cabello y se dejó caer en uno de los sillones del salón.
Sofía apareció con dos vasos de agua.
—Bebe.
Alexandra abrió un ojo.
—¿Ahora eres médica?
—No. Soy la única persona que ha conseguido que salgas de la oficina antes del mediodía sin provocar un escándalo.
—No exageres.
Sofía le entregó el vaso.
—Por cierto, lo de la reunión ha sido bastante intenso.
Alexandra bebió un poco y dejó el vaso sobre la mesa.
—No quiero hablar de eso.
—Está bien.
Sofía se sentó a su lado.
Durante unos minutos, ninguna dijo nada. La tranquilidad de la casa contrastaba con el ambiente de Woods International, donde cada palabra de Alexandra parecía generar una nueva discusión.
Cuando Sofía se levantó para ir a la cocina, Alexandra la sujetó suavemente de la muñeca.
—Quédate un rato.
Sofía se volvió, sorprendida.
La presidenta soltó su mano casi de inmediato.
—Quiero decir… no hace falta que estés preparando comida todo el tiempo.
Sofía sonrió con ternura.
—Puedo quedarme un rato.
Volvió a sentarse.
—Pero tendrás que prometerme que vas a comer.
—Sí, mamá.
—Y que no vas a revisar el correo durante el almuerzo.
—Eso ya es demasiado.
—Alexandra.
—Está bien. No revisaré el correo.
Sofía la miró con sospecha.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Voy a guardar esa respuesta para utilizarla en tu contra cuando intentes romper tu palabra.
Alexandra soltó una pequeña risa.
Por primera vez en toda la mañana, el dolor parecía haber dejado espacio para algo parecido a la tranquilidad.
Las dos conversaron sobre asuntos ajenos a la empresa, recordaron algunas de las travesuras que habían protagonizado años atrás y se burlaron de los directivos que confundían una presentación de veinte diapositivas con una estrategia empresarial.
Cuando la comida estuvo lista, se sentaron juntas en la mesa del comedor.
Alexandra había recuperado parte de su buen humor.
—No deberías haberme hecho callar delante de todos —comentó de pronto.
Sofía dejó el tenedor.
—¿Volvemos a eso?
—Solo digo que podrías haber esperado a que terminara la reunión.
—Y tú podrías haber esperado a que Lucas terminara de explicar su propuesta antes de atacarlo.
Alexandra la miró con fastidio.
—Siempre tienes que tener la última palabra.
—No. Solo intento que no destruyas tus relaciones con todo el mundo por orgullo.
La presidenta guardó silencio.
Sofía continuó con más suavidad:
—Lucas es tu hermano. Puedes exigirle resultados sin hacerlo sentir como si no valiera nada. Y los demás directivos necesitan saber que pueden plantearte un problema sin que los humilles delante de toda la junta.
Alexandra bajó la mirada hacia su plato.
—No me gusta que me contradigan delante de los demás.
—Lo sé.
—Y menos que lo hagas tú.
Sofía sonrió ligeramente.
—Precisamente por eso tengo que hacerlo cuando es necesario.
Alexandra la miró durante unos segundos.
Después negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Y, sin embargo, me has invitado a almorzar.
—Fue un error.
—Un error que acaba de preparar tu comida.
Alexandra soltó una carcajada.
Y, durante unos minutos, el mundo volvió a parecerle un lugar soportable.
Ninguna de las dos imaginaba que la tranquilidad estaba a punto de terminar.
El documento urgente
Una visita que nadie esperaba
En Woods International, Eli Sinclair acababa de recibir una llamada del departamento jurídico.
El acuerdo relacionado con una operación financiera importante necesitaba la firma de Alexandra antes de que terminara el día.
Uno de los anexos había sido modificado a última hora y el departamento legal necesitaba la autorización de la presidenta para remitir la documentación definitiva a la otra parte.
Eli revisó el documento, comprobó que los cambios estuvieran incorporados y buscó a Natalie.
—¿Dónde está Alexandra?
Natalie levantó la mirada de su computadora.