La heredera del imperio Woods Capítulo 6 — La única mujer capaz de hacerla callar
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Capítulo 6 — La única mujer capaz de hacerla callar

En Woods International, todos temían enfrentarse a Alexandra Woods. Todos, excepto la mujer que acababa de demostrar que no necesitaba levantar la voz para detenerla.

Una reunión que se salió de control

La sala de juntas de Woods International estaba llena aquella mañana.

Los principales directivos ocupaban sus lugares alrededor de la larga mesa de caoba. Sobre ella descansaban informes financieros, proyecciones de ventas y los documentos correspondientes a una nueva inversión que debía aprobarse antes del cierre de la semana.

Alexandra Woods presidía la reunión con su habitual expresión impenetrable.

A sus veintitrés años, se había acostumbrado a que todos escucharan sus instrucciones sin interrumpirla.

Era exigente, impaciente y poco tolerante con los errores.

No le importaba que alguien llevara veinte años trabajando en la empresa: si consideraba que una propuesta era deficiente, lo decía sin suavizar las palabras.

Y aquella mañana, su paciencia estaba a punto de agotarse.

—¿Alguien puede explicarme por qué estoy viendo estas cifras por segunda vez? —preguntó, arrojando un informe sobre la mesa—. Solicité una proyección realista, no un documento lleno de suposiciones.

Uno de los directores financieros carraspeó.

—Señorita Woods, las cifras fueron revisadas por el departamento de análisis. El problema es que todavía no recibimos los datos definitivos de uno de nuestros socios.

—Entonces debieron esperar a tenerlos antes de presentarme un informe incompleto.

—Pensamos que sería conveniente mostrarle los avances…

—No les pago para que piensen qué me conviene. Les pago para que hagan su trabajo.

El silencio se extendió por la sala.

Eli Sinclair, sentada a la derecha de Alexandra, bajó la mirada hacia sus documentos. Conocía aquel tono. Cuando Alexandra comenzaba a hablar así, la reunión podía convertirse rápidamente en una humillación pública.

Y, por supuesto, nadie parecía dispuesto a detenerla.

Excepto el hombre sentado al otro extremo de la mesa.

Lucas Woods, hermano de Alexandra y responsable de coordinar varios proyectos estratégicos de la compañía, revisó sus notas antes de intervenir.

—Alexandra, el retraso no depende únicamente del equipo financiero. El departamento de proyectos tampoco ha recibido toda la información que necesitamos para completar la evaluación.

Alexandra giró la cabeza hacia él.

—¿Y eso qué tiene que ver con lo que acabo de preguntar?

—Que no podemos exigir resultados definitivos si todavía faltan datos esenciales. Quizá deberíamos establecer un plazo adicional de veinticuatro horas para presentar una proyección completa.

La presidenta soltó una risa despectiva.

—¿Veinticuatro horas? ¿Eso es lo único que se te ocurre?

Lucas apretó la mandíbula.

—Estoy proponiendo una solución.

—Estás proponiendo una excusa.

Varios directivos intercambiaron miradas.

Lucas se enderezó en su silla.

—No estoy poniendo excusas. Estoy intentando evitar que aprobemos una inversión basándonos en cifras que todavía no han sido verificadas.

—Lo que deberías hacer es asegurarte de que tu equipo cumpla con los plazos, en lugar de venir aquí a explicarme por qué no puede hacer su trabajo.

—Mi equipo ha cumplido con todo lo que le corresponde.

—Entonces quizá deberías revisar tu capacidad para coordinarlo, porque los resultados no dicen lo mismo.

El rostro de Lucas se endureció.

—Soy tu hermano, Alexandra, pero también soy un profesional. No tienes derecho a hablarme como si fuera un incompetente delante de todos.

La presidenta dejó la pluma sobre la mesa.

—En esta sala no eres mi hermano. Eres el coordinador de proyectos, y si no puedes soportar que cuestione tu trabajo, tal vez deberías buscar un puesto donde nadie te exija resultados.

La tensión se volvió insoportable.

Eli levantó la vista, sorprendida por la dureza de aquellas palabras. Había discutido con Alexandra en más de una ocasión, pero incluso ella consideraba que aquella forma de dirigirse a un familiar y compañero de trabajo había cruzado una línea.

Lucas respiró profundamente.

—No voy a discutir contigo en estos términos.

—Por supuesto que no. Es más fácil retirarse que reconocer que has cometido un error.

—¡Alexandra, basta!

La voz de Lucas resonó en la sala.

Todos se quedaron inmóviles.

La presidenta se levantó lentamente.

—¿Cómo te atreves a levantarme la voz?

—Porque estoy harto de que confundas dirigir una empresa con pisotear a todo el que no está de acuerdo contigo.

Alexandra apoyó las manos sobre la mesa.

—Si no te gusta mi manera de dirigir, la puerta está abierta.

—¡No puedes tratar a todos como si fueran tus enemigos!

—¡Y tú no puedes venir a esta reunión a cuestionar cada decisión que tomo!

—¡Estoy intentando evitar que cometamos un error!

—¡Pues empieza por hacer bien tu propio trabajo!

Nadie se atrevió a intervenir.

Natalie, que estaba tomando notas junto a la puerta, contuvo la respiración. Dos directores fingieron revisar sus documentos. Eli observó la escena con el ceño fruncido, convencida de que aquella discusión terminaría con Lucas abandonando la empresa o con Alexandra expulsándolo de la sala.

Entonces una voz femenina rompió el silencio.

—¡Alexandra, basta!

Todos giraron la cabeza.

Sofía se había levantado de su silla.

La nueva asesora estratégica miraba directamente a la presidenta, sin una pizca de temor.

Alexandra volvió lentamente el rostro hacia ella.

—¿Perdón?

—Me has oído perfectamente. Basta.

La sala entera quedó paralizada.

Nadie hablaba así a Alexandra Woods.

Nadie.

Y, sin embargo, Sofía acababa de hacerlo delante de los principales directivos de la compañía.

—Siéntate, Sofía —ordenó Alexandra.

—No.

La respuesta fue tan inmediata que Eli abrió los ojos con sorpresa.

Alexandra pareció incapaz de procesar aquella negativa.

—¿Qué acabas de decir?

—Que no voy a sentarme mientras sigas humillando a tu hermano delante de todos.

—No tienes ningún derecho a intervenir en esta discusión.

—Soy tu asesora estratégica. Mi trabajo consiste, entre otras cosas, en señalarte cuando una situación está perjudicando a la empresa. Y ahora mismo estás convirtiendo una reunión de trabajo en un espectáculo que nadie aquí necesita presenciar.

Alexandra apretó los labios.

—No sabes de qué estás hablando.

—Sé perfectamente lo que está pasando. Lucas ha explicado un problema y ha propuesto una solución. Tú no estás evaluando su propuesta: estás atacándolo porque no te ha dado la razón.

Un murmullo apenas perceptible recorrió la mesa.

Eli miró a Sofía como si acabara de descubrir algo extraordinario.

La mujer no había elevado la voz ni una sola vez desde que se había levantado. No había insultado a Alexandra, no había intentado desafiar su autoridad por capricho. Simplemente estaba poniendo un límite.

Y lo estaba haciendo delante de todos.

Alexandra se volvió hacia su amiga, furiosa.

—No voy a permitir que me contradigas de esta manera.

Sofía sostuvo su mirada.

—Puedes enfadarte conmigo todo lo que quieras cuando termine la reunión. Puedes decirme que me he extralimitado y podemos discutirlo en privado. Pero ahora mismo eres la presidenta de esta empresa, y todos esperan que actúes como tal.

La frase cayó sobre la mesa con más fuerza que cualquier grito.

Sofía continuó:

—Lucas no es tu enemigo. Los directores no son tus enemigos.

Y nadie va a trabajar mejor porque lo hagas sentir humillado.

Si quieres resultados, escucha la propuesta, identifica los riesgos y toma una decisión.

Eso es dirigir, Alexandra. No necesitas destruir a alguien para demostrar que tienes autoridad.

El silencio que siguió fue absoluto.

Por primera vez en toda la mañana, Alexandra no tuvo una respuesta inmediata.

Sus ojos verdes permanecieron clavados en Sofía.

Había soportado críticas de inversores, amenazas de competidores y cuestionamientos de Eli Sinclair. Pero que su propia asesora la hiciera callar delante de toda la junta era algo que no había previsto.

Y lo más desconcertante era que Sofía no parecía arrepentida.

Lucas observó a su amiga con evidente agradecimiento.

—Yo solo quería que revisáramos los datos antes de tomar una decisión —dijo con más calma.

Sofía se volvió hacia él.

—Y esa es una propuesta razonable. Terminemos de escuchar los argumentos y decidamos qué necesita el proyecto.

Después miró a los demás directivos.

—¿Podemos continuar?

Nadie respondió durante un segundo.

Finalmente, el director financiero asintió.

—Por supuesto.

Eli seguía observando a Sofía.

¿Cómo demonios lo ha conseguido?, pensó.

Ella llevaba meses enfrentándose a Alexandra y todavía no había logrado que la presidenta aceptara una crítica sin convertirla en una batalla personal.

Sofía, en cambio, había conseguido que se quedara callada con unas pocas frases.

Alexandra regresó lentamente a su asiento.

—Continúen con la presentación —ordenó.

Su voz había recuperado la frialdad habitual, pero ya no gritaba.

Lucas explicó los riesgos del proyecto, el director financiero presentó las cifras disponibles y, después de discutir varias alternativas, la junta acordó esperar veinticuatro horas para recibir la información faltante.

La reunión concluyó sin más incidentes.

Sin embargo, nadie olvidaría lo ocurrido.

Cuando los directivos comenzaron a recoger sus documentos, Eli se acercó a Sofía.

—Tengo que reconocer que ha sido impresionante.

Sofía guardó su bolígrafo.

—¿Qué cosa?

—Conseguir que Alexandra se calle.

Sofía soltó una pequeña risa.

—No te emociones. Seguramente me lo recordará durante el resto de mi vida.

—Yo llevo tiempo intentando que escuche una crítica sin atacar a quien la formula.

—Quizá porque tú y ella entran en una discusión preparadas para ganar.

Eli frunció el ceño.

—¿Y tú no?

—Yo la conozco desde hace demasiados años. Sé cuándo necesita que alguien le explique las cosas y cuándo necesita que alguien le diga que cierre la boca.

Eli se quedó mirándola.

—¿Y no tienes miedo de que te despida?

Sofía sonrió.

—Si me despide por decirle la verdad, entonces tendré una excelente historia que contar durante la próxima cena.