La heredera del imperio Woods Capítulo 5 — Una guerra de orgullo y secretos #2
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Capítulo 5 — Una guerra de orgullo y secretos #2

Eli cerró los ojos un instante, reuniendo la paciencia que empezaba a perder.

—¿Qué más quieres?

Alexandra se apoyó contra el borde del escritorio. Una sonrisa desafiante apareció en sus labios.

—Tengo una curiosidad.

—No estoy de humor para tus juegos.

—Eso ya lo había notado.

—Entonces ve al grano.

Alexandra ladeó ligeramente la cabeza, observándola con aquellos intensos ojos verdes.

—Si tanto te preocupa con quién me acuesto y a quién traigo a trabajar conmigo, dime una cosa…

Hizo una pausa deliberada.

—¿Acaso tú también quieres acostarte conmigo?

Eli se quedó completamente inmóvil.

Durante unos segundos, el silencio llenó el despacho. La pregunta había sido tan descarada que le costó creer que Alexandra se hubiera atrevido a pronunciarla.

Después, su rostro se encendió de indignación.

—¿Qué acabas de decir?

Alexandra mantuvo la sonrisa, aunque una parte de ella comenzó a comprender que había cruzado una línea peligrosa.

—Me has oído perfectamente.

—No te atrevas a hablarme así.

—¿Por qué? ¿He tocado algún punto sensible?

Eli apretó la carpeta entre los dedos.

—¡Eres una arrogante!

—Y tú pareces demasiado interesada en mi vida íntima para alguien que asegura que solo le preocupa la empresa.

—¡Estoy hablando de tu responsabilidad como presidenta! ¡No de tus malditos encuentros sexuales!

—Entonces deja de comportarte como si tuvieras algún derecho a juzgarme por lo que hago fuera de estas paredes.

—¡No tienes derecho a convertir una discusión profesional en una insinuación vulgar!

Alexandra se irguió.

—¿Vulgar? Qué palabra tan interesante viniendo de alguien que acaba de entrar en mi despacho para preguntarme con quién me acuesto.

—¡Porque estás utilizando tu posición para contratar a una persona de tu círculo íntimo y pretendes que nadie cuestione tus decisiones!

—¡Y ya te he explicado que Sofía tiene las capacidades necesarias para el puesto!

—¡Una explicación que no convierte automáticamente tu decisión en intocable!

Alexandra apretó la mandíbula.

—¿Sabes qué creo, Sinclair? Que te molesta mucho más de lo que quieres admitir que yo haga lo que me dé la gana con mi vida.

—¡No sabes absolutamente nada de lo que me molesta!

—Entonces deja de gritarme y explícame por qué te importa tanto.

—¡Porque eres mi presidenta y tienes una responsabilidad con esta empresa!

—¿Y nada más?

La pregunta salió de los labios de Alexandra con una sonrisa provocadora.

Eli sintió que algo dentro de ella terminaba de romperse.

Antes de pensarlo mejor, levantó la mano y le dio una cachetada.

El sonido seco resonó por todo el despacho.

Alexandra giró ligeramente el rostro por el impacto.

Todo quedó en silencio.

Eli se quedó inmóvil, respirando con dificultad, mientras miraba su propia mano como si no terminara de creer lo que acababa de hacer.

Alexandra tardó unos segundos en volver la cabeza.

La sonrisa había desaparecido de su rostro.

Sus ojos verdes, habitualmente tan seguros, se clavaron en Eli con una mezcla de incredulidad, rabia y orgullo herido.

Lentamente, Alexandra se llevó los dedos a la mejilla.

—¿Me acabas de pegar?

Eli tragó saliva.

—No debiste hablarme así.

—¿Y esa es tu justificación?

—Me provocaste.

Alexandra soltó una risa breve, carente de humor.

—¿Te provoqué? ¿Eso es lo que vas a decir?

—No tenías derecho a insinuar que yo quería acostarme contigo.

—Y tú no tenías derecho a ponerme una mano encima.

Las palabras de Alexandra hicieron que Eli bajara la mirada por un instante.

La furia seguía allí, pero ahora estaba mezclada con una vergüenza que no quería reconocer.

—Me pasé de la raya —admitió finalmente—. Pero tú también.

Alexandra se apartó del escritorio.

—No vuelvas a tocarme, Sinclair. Nunca.

La firmeza de su voz hizo que Eli levantara la mirada.

Por primera vez desde que había entrado en aquel despacho, no encontró una respuesta inmediata.

Alexandra respiró hondo, intentando recuperar el control.

—Puedes cuestionar mis decisiones, exigir informes, presentar objeciones y discutir conmigo todo lo que consideres necesario. Es tu trabajo y nunca te he pedido que estés de acuerdo conmigo en todo.

Señaló la puerta.

—Pero no vuelvas a confundir una discusión profesional con una pelea personal. Y, desde luego, no vuelvas a levantarme la mano.

Eli apretó los labios.

—No volverá a pasar.

—Eso espero.

Durante unos segundos, ninguna de las dos se movió.

Eli había visto a Alexandra enfadada, arrogante y desafiante. Había discutido con ella en reuniones y había soportado sus respuestas mordaces. Pero nunca la había visto quedarse tan seria después de una confrontación.

Y, aunque no quería admitirlo, se sintió incómoda al comprender que había conseguido herirla de una manera que iba más allá del orgullo.

—Presentaré mis objeciones formalmente —dijo finalmente, intentando recuperar la compostura.

Alexandra asintió con frialdad.

—Hazlo.

Eli se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, se volvió una última vez.

—Y espero que esta contratación no termine convirtiéndose en otro de tus caprichos.

Alexandra la miró sin pestañear.

—Y yo espero que algún día aprendas a distinguir entre una decisión que no te gusta y una decisión equivocada.

—Lo comprobaré.

Eli abrió la puerta.

—Ah, y una última cosa, Alexandra.

La presidenta la miró con evidente fastidio.

—¿Qué más?

Eli dudó. Una parte de ella quería disculparse por la cachetada, pero el orgullo se interpuso.

—Si vas a seguir trayendo a tu círculo personal a la empresa, por lo menos asegúrate de que nadie pueda cuestionar sus méritos. Te ahorrarías muchas discusiones.

—Gracias por tu preocupación. La tendré en cuenta cuando necesite consejos sobre cómo dirigir mi propia empresa.

Eli salió sin responder.

Alexandra se quedó mirando la puerta cerrada, con la mandíbula apretada.

Su mejilla todavía le ardía.

Pero no era el golpe lo que más la irritaba. Era haber perdido el control de una conversación que, hasta unos minutos antes, creía dominar por completo.

Aquella mujer tenía una habilidad extraordinaria para llevarla al límite.

Y lo peor era que no parecía tenerle el menor miedo.

Una presidenta que no pide disculpas

Alexandra pasó el resto de la mañana entre reuniones y llamadas.

No volvió a mencionar la discusión con Eli, pero su mal humor era evidente. Dos directores que acudieron a consultarle una decisión financiera salieron de su despacho con la sensación de haber sobrevivido a un interrogatorio.

Nadie se atrevió a preguntarle qué había ocurrido.

Sin embargo, Natalie, que llevaba años trabajando a su lado, conocía demasiado bien sus silencios.

A la hora del almuerzo, entró con una carpeta.

—Señorita Woods, Recursos Humanos ha terminado el primer borrador del contrato de Sofía.

Alexandra extendió la mano.

—Déjalo aquí.

Natalie colocó la carpeta sobre el escritorio.

—También han preparado la descripción del puesto y la propuesta de objetivos anuales.

—Perfecto.

La asistente dudó antes de continuar.

—¿Desea que programe una reunión con Eli para revisar sus observaciones?

Alexandra levantó lentamente los ojos.

—¿Por qué tendría que hacerlo?

—La señora Sinclair solicitó una reunión formal para presentar sus objeciones.

—Que las presente por escrito.

—Entendido.

Natalie se dirigió hacia la puerta, pero Alexandra volvió a llamarla.

—Y, Natalie.

—¿Sí?

—Si Sofía viene a buscarme, dile que estoy ocupada.

Natalie parpadeó.

—¿Aunque tenga una reunión programada con usted?

—Especialmente si tiene una reunión programada conmigo.

La asistente decidió que no era el momento de hacer preguntas.

—Como indique, señorita Woods.

Cuando se quedó sola, Alexandra abrió el contrato y comenzó a revisar cada cláusula.

La remuneración estaba claramente especificada. Las responsabilidades eran amplias, pero estaban delimitadas, y la línea de reporte directo a la presidencia no dejaba lugar a dudas.

Sofía tendría autoridad para asesorarla y coordinar proyectos estratégicos, pero no sustituiría a los directores en sus funciones ni tendría facultades ilimitadas sobre las demás áreas.

Era exactamente lo que Alexandra quería.

Cerró la carpeta y miró por la ventana.

La pregunta de Eli seguía molestándola.

Y también aquella cachetada.

No porque creyera que la vicepresidenta tuviera razón en haberla golpeado. No la tenía. Pero Alexandra sabía que había utilizado una insinuación personal para herirla, y eso la obligaba a reconocer que, por una vez, había dejado que su orgullo dirigiera la conversación.

No pensaba disculparse por contratar a Sofía.

Tampoco permitiría que Eli volviera a cruzar semejante límite.

Sin embargo, la imagen de la expresión furiosa de la vicepresidenta seguía apareciendo en su mente.

—Maldita sea, Sinclair —murmuró.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de Sofía apareció en la pantalla.

Sofía: ¿Ya terminaste de enfadarte conmigo?

Alexandra lo leyó y no respondió.

Llegó otro mensaje.

Sofía: Por cierto, espero que no estés descargando tu mal humor con todos los empleados. No todos tienen la culpa de tus problemas.

Alexandra dejó el teléfono boca abajo.

No iba a contestar.

No pensaba darle la satisfacción.

Pero, mientras volvía a abrir el contrato, una sonrisa involuntaria apareció en sus labios.

Sofía era la única persona capaz de irritarla de aquella manera y seguir siendo bienvenida en su vida.

Eso no significaba que fuera a reconocerlo.

Mucho menos en voz alta.

La guerra entre Alexandra y Eli continuaba. Pero ahora había algo más que desacuerdos profesionales entre ellas: una línea personal que ambas habían cruzado y una tensión que ninguna parecía dispuesta a reconocer.

Y, con Sofía a punto de incorporarse a Woods International, la batalla estaba lejos de terminar.