Capítulo 5 — Una guerra de orgullo y secretos
Una pregunta demasiado atrevida podía convertirse en el comienzo de una batalla.
La tensión en Woods International no había disminuido después de la discusión entre Alexandra Woods y Eli Sinclair.
Desde primera hora de la mañana, los empleados comentaban la contratación de la nueva asesora estratégica de la presidencia.
El salario de cuarenta mil dólares mensuales se había convertido en el tema favorito de los pasillos, y algunos directores ya se preguntaban qué significaría aquella incorporación para la estructura de la empresa.
Alexandra, por supuesto, no parecía preocupada.
Sentada detrás de su escritorio, revisaba los informes financieros cuando Natalie llamó a la puerta.
—Señorita Woods, la señora Sofía acaba de llegar.
—Hazla pasar.
Unos segundos después, Sofía entró en el despacho con una carpeta bajo el brazo y una sonrisa que desapareció en cuanto vio la expresión de su amiga.
—Vaya. Por tu cara, supongo que ya comenzaste una guerra.
Alexandra no apartó los ojos de los documentos.
—Buenos días para ti también.
Sofía cerró la puerta y se sentó frente al escritorio.
—Me llamó una conocida que trabaja aquí. Parece que tu vicepresidenta está a punto de presentar una queja formal por mi contratación.
—Que presente lo que quiera.
—Alexandra, hablamos de una empresa con decenas de directivos. No puedes esperar que nadie diga nada cuando contratas a tu mejor amiga por cuarenta mil dólares mensuales.
La presidenta levantó la mirada.
—¿Tú también vas a empezar?
—No. Yo voy a hacer algo mucho peor: preguntarte si has perdido completamente la cabeza.
Alexandra soltó una risa breve.
—Qué considerada.
—Hablo en serio. ¿Estás segura de que quieres meterme en este desastre?
—Estoy segura de que quiero trabajar contigo.
Sofía guardó silencio por un instante. Conocía a Alexandra desde hacía demasiado tiempo como para no reconocer cuándo estaba hablando en serio.
—Está bien. Acepté el puesto y no pienso echarme atrás. Pero espero que tengas claro que no pienso limitarme a asentir cada vez que hables.
—Por eso te contraté.
—Entonces estamos de acuerdo.
Sofía se levantó, recogió su carpeta y se dirigió hacia la puerta.
—Y, Alexandra, intenta no despedirme durante mi primera semana. Sería bastante vergonzoso.
—Dependerá de tu comportamiento.
—¡Qué jefa tan encantadora!
Sofía salió riéndose.
Alexandra negó con la cabeza y regresó a sus documentos. Su amiga podía ser insoportable, pero al menos tenía la capacidad de reconocer cuándo una conversación había llegado a su fin.
Lo que Alexandra no sabía era que la verdadera confrontación de aquella mañana todavía estaba por llegar.
La vicepresidenta escucha demasiado
Eli Sinclair caminaba hacia la sala de reuniones cuando vio a Alexandra salir de su despacho con una expresión poco habitual.
La presidenta avanzaba rápidamente, con el teléfono en una mano y la chaqueta sobre el brazo.
—Señorita Woods —la llamó Eli—. Necesito hablar con usted sobre la contratación de Sofía.
Alexandra ni siquiera disminuyó el paso.
—Envíame el informe.
—No es solamente el informe. También necesitamos discutir la estructura de autoridad del nuevo cargo.
—Entonces inclúyelo en el informe.
—Alexandra, estoy hablando con usted.
La presidenta se detuvo y giró lentamente la cabeza.
—Y yo te estoy diciendo que tengo una reunión. ¿Hay algo más?
Eli la observó, sorprendida por su mal humor.
—No, por ahora.
—Excelente.
Alexandra continuó caminando.
Eli permaneció en el pasillo, irritada.
No sabía qué había ocurrido dentro del despacho de Alexandra, pero estaba claro que la presidenta no tenía la mejor mañana.
Poco después, al pasar cerca de la oficina presidencial, escuchó a Sofía hablar por teléfono.
—No, no estoy exagerando. Alexandra tiene un talento extraordinario para convertir cualquier conversación en una batalla.
Eli aminoró el paso.
—¿Y qué te dijo? —preguntó la persona al otro lado de la línea.
Sofía soltó una carcajada.
—Lo habitual. Que no me meta donde no me llaman y que deje de hablar demasiado.
Eli tuvo que contener una sonrisa.
Aquello sonaba exactamente a Alexandra.
Siguió caminando, pero antes de llegar al ascensor escuchó que Sofía se despedía de su interlocutor. La nueva asesora salió de su despacho y se encontró con ella en el pasillo.
—Señora Sinclair —saludó Sofía—. Supongo que ya conoce la noticia de mi contratación.
—Es difícil no conocerla.
—Y supongo que también conoce mi salario.
—También.
Sofía suspiró.
—Maravilloso. En menos de veinticuatro horas ya soy el tema favorito de la empresa.
Eli la observó durante unos segundos.
—Si cumple con las responsabilidades de su puesto y alcanza los objetivos establecidos, no tendrá motivos para preocuparse por los rumores.
—Me alegra escuchar eso. Espero que el resto de la empresa piense igual.
—El tiempo lo dirá.
Sofía le ofreció una sonrisa cordial.
—Bien, señora Sinclair. Espero que podamos trabajar juntas sin demasiados problemas.
—Eso dependerá de las decisiones de la presidencia.
—Entonces tendremos que aprender a sobrevivir a Alexandra.
Eli no pudo evitar soltar una breve risa.
—Bienvenida a Woods International.
Ambas se miraron durante un instante.
Y, por primera vez desde que Alexandra había asumido la presidencia, Eli encontró a alguien que parecía comprender perfectamente lo agotador que podía resultar tratar con ella.
Una pregunta demasiado atrevida
La mañana avanzó entre reuniones, llamadas y decisiones financieras.
Alexandra había conseguido revisar buena parte de los informes pendientes cuando Natalie apareció en la puerta.
—Señorita Woods, la señora Sinclair solicita hablar con usted.
Alexandra siguió leyendo.
—¿Sobre qué asunto?
—Ha dicho que necesita conversar personalmente sobre la contratación de Sofía y sus implicaciones para la empresa.
La presidenta dejó el documento sobre el escritorio.
—Hazla pasar.
Unos segundos después, Eli entró con una carpeta en la mano. Cerró la puerta y se quedó de pie frente al escritorio.
—He preparado una lista de observaciones sobre el cargo de asesora estratégica —anunció.
Alexandra extendió la mano.
—Déjala aquí.
Eli colocó la carpeta sobre el escritorio, pero no se marchó.
—También quiero aclarar algo contigo.
Alexandra levantó los ojos.
—Te escucho.
—No me parece adecuado que una persona recién incorporada reciba unas condiciones tan excepcionales sin que se haya explicado suficientemente su justificación.
—Las funciones y los objetivos del puesto estarán detallados en el contrato. Recursos Humanos ha preparado la documentación correspondiente.
—Eso no responde a todas mis preocupaciones.
—Entonces presenta tus objeciones por escrito.
Eli apretó la mandíbula.
—¿Siempre tienes que responder como si todo el mundo estuviera intentando desafiar tu autoridad?
Alexandra se reclinó en su silla.
—¿Siempre tienes que interpretar cada decisión mía como una provocación personal?
—No es personal. Estoy defendiendo los intereses de la empresa.
—Y yo también.
Durante unos segundos, ninguna habló.
Eli observó a Alexandra con una expresión difícil de interpretar.
La presidenta era brillante, ambiciosa y capaz de tomar decisiones que otros ni siquiera se atrevían a considerar.
Sin embargo, su seguridad a veces se transformaba en una arrogancia que volvía cualquier discusión innecesariamente complicada.
Y había algo más que llevaba tiempo molestándola.
Algo que no tenía nada que ver con el contrato de Sofía.
Eli cruzó los brazos.
—Hay otra cosa que quiero preguntarte.
Alexandra arqueó una ceja.
—¿Otra objeción?
—No exactamente.
—Entonces adelante. Sorpréndeme.
Eli sostuvo su mirada.
—Dime una cosa, Alexandra. ¿Piensas traer a todas las mujeres con las que te acuestas a trabajar en esta empresa o Sofía va a ser una excepción?
El silencio fue inmediato.
Alexandra dejó lentamente la pluma sobre el escritorio.
Sus ojos verdes se clavaron en el rostro de la vicepresidenta.
—¿Qué acabas de decir?
Eli no retrocedió.
—Has oído perfectamente.
—Quiero que repitas la pregunta.
—¿Piensas traer a todas las mujeres con las que te acuestas a trabajar aquí o Sofía será una excepción?
Alexandra se levantó despacio.
—¿Desde cuándo mi vida privada es asunto tuyo?
—Desde que tu reputación sentimental empieza a mezclarse con las decisiones que tomas dentro de esta empresa.
—Cuidado, Sinclair.
—¿Qué? ¿Vas a despedirme por hacer una pregunta que probablemente se hacen muchos empleados, aunque no tengan el valor de formularla delante de ti?
Alexandra rodeó el escritorio.
—No confundas mi vida privada con mis decisiones profesionales.
—Entonces no te comportes como si tu empresa fuera una extensión de tu vida privada.
La expresión de Alexandra se endureció.
—Sofía está aquí porque tiene las capacidades que necesito. La conozco desde hace años, confío en su criterio y sé que puede aportar un valor real a Woods International. Su contratación no tiene nada que ver con mis relaciones personales.
—Espero que puedas demostrarlo.
—No necesito demostrarte nada sobre mi vida privada.
—No te he pedido explicaciones sobre con quién te acuestas. Te estoy preguntando si eres capaz de mantener tus asuntos personales separados de tu trabajo.
Alexandra soltó una risa sin humor.
—Qué interesante. Ahora resulta que la vicepresidenta de Woods International también se dedica a vigilar mi vida sentimental.
—No necesito vigilarte. Tu reputación te precede.
Aquellas palabras golpearon el orgullo de Alexandra con más fuerza de la que estaba dispuesta a admitir.
—Mi reputación no ha impedido que consiga acuerdos que otros empresarios consideraban imposibles.
—Y nunca he negado tu capacidad para hacer negocios. Pero ser competente no significa que estés por encima de cualquier cuestionamiento.
Alexandra dio un paso hacia ella.
—¿Has terminado?
—Por ahora. Presentaré mis objeciones formalmente.
Eli recogió la carpeta que había llevado y se dirigió hacia la puerta. Sin embargo, antes de que pudiera salir, la voz de Alexandra la detuvo.
—Espera, Sinclair.