Capítulo 4 — Una contratación que desató una guerra #4
—¿La compañía puede asumir esa remuneración sin comprometer sus operaciones? Sí. ¿Necesito una asesora con experiencia y suficiente autoridad para trabajar directamente conmigo? Sí. ¿Estoy dispuesta a pagar por el nivel de responsabilidad que le voy a exigir? También.
Hizo una breve pausa.
—Será mi asesora, Eli. Y si yo quiero regalarle la empresa, la hago y nadie cuestiona mi decisión.
El silencio cayó sobre el despacho.
Eli la miró, incrédula.
—¿Te estás escuchando?
—Perfectamente.
—¡Esto no es un juego, Alexandra!
—Nunca he dicho que lo sea.
—Estás utilizando tu posición como si no tuvieras que rendir cuentas a nadie.
La expresión de Alexandra se endureció.
—Rindo cuentas por los resultados de esta empresa. Por las decisiones que tomo y por las consecuencias que generan. Pero no voy a pedirte autorización para cada persona que decida incorporar a mi equipo.
Eli respiró profundamente, intentando controlar su enfado.
—Espero que sepas lo que estás haciendo.
—Yo también espero que algún día comprendas que cuestionar una decisión no significa tener derecho a tomarla por mí.
La vicepresidenta recogió su carpeta.
—Presentaré mis objeciones formalmente.
—Hazlo.
—Y solicitaré que Recursos Humanos documente la justificación salarial.
—Perfecto. Así tendremos un expediente completo.
Eli caminó hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Una última cosa. Si esta contratación termina provocando un conflicto con los directores, no podrás decir que nadie te advirtió.
Alexandra regresó a su escritorio.
—Y si Sofía demuestra que vale cada dólar de su salario, espero que también tengas la cortesía de reconocerlo.
Eli no respondió.
Salió del despacho y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria.
La guerra apenas comienza
Alexandra permaneció inmóvil durante unos segundos.
No le gustaban las discusiones innecesarias, pero tampoco estaba dispuesta a permitir que su equipo confundiera el debate profesional con una lucha por el control de la presidencia.
Eli era una vicepresidenta competente. Lo había demostrado durante la negociación con Beaumont y Alexandra respetaba su capacidad para detectar riesgos.
Sin embargo, empezaba a resultarle agotadora aquella necesidad constante de cuestionar sus decisiones antes de conocer todos los detalles.
Tomó el teléfono y llamó a Recursos Humanos.
—Soy Alexandra Woods. Quiero confirmar que están preparando el contrato de Sofía.
—Sí, señorita Woods. Estamos trabajando en el borrador.
—Incluyan una descripción detallada de sus funciones, sus objetivos y su autoridad dentro de los proyectos que supervise. La remuneración acordada debe aparecer claramente, junto con los beneficios y las condiciones del bono anual.
—Entendido.
—Y quiero que la evaluación del puesto quede documentada. No necesito que todos estén de acuerdo conmigo, pero sí que las decisiones se tomen con información verificable.
—Lo prepararemos.
Alexandra terminó la llamada y volvió a sus documentos.
A unos metros, Eli entró en su despacho y dejó la carpeta sobre la mesa.
Estaba furiosa.
No porque Alexandra quisiera contratar a una amiga, sino porque parecía convencida de que su posición le permitía tomar decisiones de enorme repercusión sin aceptar cuestionamientos.
Y, sin embargo, había algo que Eli no podía ignorar.
La presidenta había exigido que Recursos Humanos documentara las funciones y justificara la contratación. No había rechazado una revisión presupuestaria ni se había negado a escuchar objeciones formales.
Había sido arrogante, sí.
Pero no había cerrado la puerta al análisis.
Eli se sentó y abrió su ordenador.
Prepararía un informe con los salarios ejecutivos, las responsabilidades de los directores y el impacto presupuestario de la nueva contratación. Si el salario estaba justificado, tendría que reconocerlo. Si no lo estaba, exigiría una revisión.
No permitiría que su enfado sustituyera a los argumentos.
Mientras tanto, Alexandra recibió un mensaje de Sofía.
Sofía: ¿Ya está listo mi contrato o debo esperar a que la futura directora de la compañía se digne a contratarme?
Alexandra sonrió y respondió:
Alexandra: Recursos Humanos está preparando el documento. Te lo enviaré cuando esté listo.
Sofía: Perfecto. Y recuerda que todavía puedes arrepentirte.
Alexandra: Demasiado tarde.
Sofía: Pobre empresa.
Alexandra soltó una carcajada.
Al otro lado del edificio, Eli escuchó la risa al pasar frente al despacho de la presidenta y negó con la cabeza.
Aquella mujer podía discutir con media empresa por la mañana y reírse como si nada hubiera ocurrido unos minutos después.
Era irritante.
Era impredecible.
Y, para desgracia de Eli Sinclair, también era una presidenta que acababa de tomar una decisión que prometía alterar el equilibrio de Woods International.
La llegada de Sofía no solo significaría una nueva contratación.
Significaría que Alexandra tendría a su lado a una persona de absoluta confianza, con acceso directo a la presidencia y una remuneración que ya estaba generando controversia antes de que se firmara el contrato.
Eli estaba decidida a vigilar aquella incorporación de cerca.
Alexandra, por su parte, no tenía intención de dar marcha atrás.
Y ninguna de las dos estaba dispuesta a ceder.
La verdadera guerra en Woods International acababa de comenzar.