Capítulo 4 — Una contratación que desató una guerra #2
Alexandra tomó una servilleta y, con un gesto espontáneo, limpió una pequeña mancha de salsa que había quedado cerca de los labios de Sofía.
—Y tú deberías tener más cuidado al comer.
Sofía le atrapó suavemente la muñeca antes de que retirara la mano.
—Mírate. Hace un momento estabas amenazando con echarme de tu cena y ahora te preocupas por mí.
—Me preocupo por la imagen de mi empresa. No puedo permitir que mi futura asesora estratégica parezca incapaz de utilizar una servilleta.
—¡Todavía no he firmado el contrato!
—Detalles.
Sofía volvió a reír y, sin soltar del todo su muñeca, le dio un pequeño apretón cariñoso antes de dejarla ir.
Alexandra la miró con una expresión cálida, una que Eli jamás había visto durante una reunión ejecutiva.
No había incomodidad entre ellas, ni la distancia formal que Alexandra mantenía con la mayoría de las personas. Se notaba que compartían recuerdos, bromas y una confianza construida a lo largo de muchos años.
Sofía podía acercarse a ella sin pedir permiso, tocarle el brazo, acomodarle un mechón de cabello detrás del hombro y reprenderla cariñosamente por olvidarse de comer.
Y Alexandra lo aceptaba con una naturalidad desconcertante.
Eli sintió una extraña presión en el pecho.
No tenía ningún sentido.
Aquella mujer era su jefa. Su vida privada no era asunto suyo, y mucho menos las muestras de afecto que compartiera con sus amistades.
Sin embargo, le resultaba difícil apartar la mirada.
Quizá porque nunca había visto a Alexandra permitir que alguien se acercara tanto.
O quizá porque aquella sonrisa, que tantas veces había deseado provocar durante sus discusiones y que siempre terminaba enfrentándola a una respuesta arrogante, aparecía ahora con una facilidad sorprendente gracias a otra persona.
Sofía no parecía esforzarse para conseguir su atención.
Simplemente la tenía.
Y aquello le produjo una incomodidad que Eli no supo cómo interpretar.
—Eli —la llamó Roberto.
Ella reaccionó y volvió la cabeza.
—¿Qué?
Roberto la observó con una sonrisa divertida.
—Te he preguntado si quieres pedir vino, pero parece que estás demasiado ocupada estudiando la mesa de al lado.
—No estoy estudiando a nadie.
—Por supuesto.
—Roberto.
—Está bien, no diré nada.
Su marido levantó las manos en señal de rendición, aunque la sonrisa permaneció en su rostro.
Eli volvió a tomar el menú, fingiendo interés por los postres.
—¿Quieres pedir algo? —preguntó.
—Primero terminemos la cena.
—Como quieras.
Intentó concentrarse en Roberto, pero una nueva carcajada procedente de la mesa de Alexandra volvió a captar su atención.
Sofía estaba contándole una anécdota de sus años de amistad.
Alexandra tenía una mano apoyada sobre la mesa y la cabeza ligeramente inclinada mientras la escuchaba.
Cuando Sofía terminó, la presidenta se llevó una mano al rostro, riendo con tanta libertad que por un instante pareció olvidarse de todo lo que la esperaba al día siguiente.
Eli sintió algo parecido a la sorpresa.
Aquella mujer, que en la oficina parecía incapaz de ceder un solo centímetro durante una discusión, podía ser cálida, juguetona y hasta mimada cuando estaba con alguien en quien confiaba.
La idea despertó una curiosidad que no quiso examinar demasiado.
¿Era así con todas sus amistades?
¿O Sofía ocupaba un lugar excepcional en su vida?
La segunda posibilidad le resultó extrañamente molesta.
Eli bajó la mirada hacia su plato.
No tenía derecho a sentirse incómoda. Alexandra podía compartir su tiempo con quien quisiera, y Sofía, por lo que parecía, era una persona importante para ella desde mucho antes de que ambas trabajaran juntas.
Aun así, cuando volvió a escuchar la voz cariñosa de Sofía llamando a Alexandra por su nombre, tuvo que contener el impulso de mirar otra vez.
No lo consiguió.
Al levantar los ojos, encontró a Sofía ofreciéndole otro bocado a su amiga, esta vez con una sonrisa provocadora.
—Vamos, Alexandra. Uno más y prometo dejar de molestarte.
—Eso mismo dijiste hace cinco minutos.
—Y he cumplido mi palabra durante cinco minutos enteros. Soy una mujer de honor.
Alexandra negó con la cabeza, divertida, y aceptó el bocado.
—No sé cómo te soporto.
Sofía se inclinó hacia ella.
—Porque me adoras.
Alexandra le dio un suave golpe en el hombro.
—Eres imposible.
—Pero soy tu persona favorita.
Por un instante, Alexandra dejó de bromear.
Miró a Sofía con una ternura sincera y respondió:
—Eres una de las personas más importantes de mi vida. Eso lo sabes.
La sonrisa de Sofía se volvió más dulce.
—Sí. Lo sé.
Después le tomó la mano por encima de la mesa y la apretó con cariño.
Alexandra entrelazó brevemente sus dedos con los de ella antes de regresar a su comida.
Eli observó aquel gesto y sintió que algo se le encogía dentro del pecho.
No era enfado. Al menos, no quería llamarlo así.
Era una sensación incómoda, parecida a la de encontrarse frente a una puerta que nunca había sabido que deseaba abrir y descubrir que alguien más ya tenía la llave.
Apartó la mirada de inmediato.
¿Qué demonios le estaba pasando?
No conocía a Alexandra lo suficiente como para pretender comprender todas sus relaciones. Ni siquiera podía afirmar que le agradara siempre. Discutían constantemente, se provocaban y parecían encontrar una nueva razón para enfrentarse cada vez que compartían una reunión.
Sin embargo, verla sonreír de aquella manera con Sofía le había removido algo que prefería mantener enterrado.
Quizá era simple curiosidad.
Quizá le molestaba descubrir que Alexandra tenía una faceta que ella desconocía.
O quizá empezaba a importarle más de lo que debería.
—¿Todo bien? —preguntó Roberto.
Eli volvió a mirarlo.
—Sí. Todo bien.
—Pareces distraída.
—Ha sido un día largo.
Roberto le acarició la mano sobre la mesa.
—Entonces terminemos de cenar y volvamos a casa. Necesitas descansar.
Eli asintió y le devolvió una pequeña sonrisa.
Se concentraría en su marido, en su cena y en la vida que había construido. Alexandra Woods no tenía por qué convertirse en una preocupación fuera de la oficina.
Eso era lo razonable.
Eso era lo que debía hacer.
Pero, mientras Roberto volvía a hablarle de sus planes para el fin de semana, Eli tuvo que luchar contra la tentación de mirar una última vez hacia la mesa de su presidenta.
Y cuando finalmente lo hizo, encontró a Alexandra riendo de nuevo, con Sofía apoyada cariñosamente contra su hombro mientras le susurraba algo al oído.
Eli apartó la mirada.
La noche apenas comenzaba a complicarse, y ella todavía no estaba preparada para reconocer por qué aquella escena le había afectado tanto.
No podía imaginar que la mujer sentada frente a Alexandra estaba a punto de convertirse en una de las figuras más influyentes de Woods International.
Y tampoco podía imaginar que, en algún momento, tendría que enfrentarse a una pregunta mucho más difícil que cualquier discusión salarial:
¿Por qué le molestaba tanto ver a Alexandra tan feliz con alguien que no era ella?
Una decisión tomada antes del postre
La cena avanzó entre conversaciones sobre sus vidas, recuerdos compartidos y algunas bromas acerca de la personalidad de Alexandra.
Cuando llegó el postre, Sofía finalmente habló.
—He estado pensando en tu propuesta.
Alexandra dejó la cuchara a un lado.
—Te escucho.
—Aceptaré con una condición.
—¿Cuál?
—Quiero que el contrato especifique claramente mis funciones, mis responsabilidades y mi autoridad. No pienso convertirme en una figura decorativa que todo el mundo critique porque es tu amiga.
La expresión de Alexandra se volvió seria.
—De acuerdo. Tendrás responsabilidades definidas, objetivos concretos y acceso a la información necesaria para cumplirlos. No quiero que dependas de rumores ni que tengas que pedir permiso para cada consulta.
—También quiero que quede claro que podré cuestionar tus decisiones.
—Eso ya estaba incluido en mi oferta.
Sofía sonrió.
—Entonces acepto.
Alexandra extendió la mano.
—Bienvenida a Woods International.
Sofía se la estrechó, aunque enseguida negó con la cabeza.
—No puedo creer que vaya a trabajar para ti.
—Yo tampoco puedo creer que hayas tardado tanto en aceptar.
—Todavía no he firmado nada.
—Mañana tendrás el contrato.
Sofía levantó una ceja.
—¿Mañana?
—He dicho que tendrás el contrato, no que tendrás que firmarlo mañana. Recursos Humanos preparará el documento y podrás revisarlo con calma.
—Siempre tienes que organizarlo todo.
—Por eso soy la presidenta.
—Y por eso necesito que alguien te recuerde que no eres la dueña del universo.
Alexandra rió.
—Para ese puesto ya te he contratado.
Mientras ambas volvían a conversar, Eli recibió una pregunta de Roberto sobre su jornada laboral y le explicó brevemente que la negociación con Beaumont había avanzado.
No volvió a mirar hacia la mesa de Alexandra.
La noche transcurrió sin incidentes.
Pero la mañana siguiente sería muy diferente.
Cuarenta mil dólares al mes
A las ocho y quince de la mañana, Alexandra llegó a Woods International.
Natalie la esperaba con la agenda del día y una carpeta con los informes financieros.
—Buenos días, señorita Woods.
—Buenos días. Necesito que Recursos Humanos prepare un contrato para Sofía. El cargo será asesora estratégica de la presidencia.
Natalie anotó la instrucción.
—¿Qué condiciones desea incluir?
—Salario base de cuarenta mil dólares mensuales, beneficios ejecutivos y un bono anual sujeto a objetivos. El contrato debe especificar sus funciones, su línea de reporte directo a la presidencia y las atribuciones que tendrá en los proyectos que le asigne.
Natalie dejó de escribir durante un instante.
—¿Cuarenta mil dólares mensuales?
—Exactamente.
—Por supuesto. ¿Desea que se lo comunique personalmente a Recursos Humanos?
—Sí. Quiero que preparen el borrador hoy y me lo envíen antes del mediodía. Sofía deberá recibir una copia para revisarla antes de firmar.
—Entendido, señorita Woods.
—Y Natalie…
—¿Sí?