La heredera del imperio Woods Capítulo 4 — Una contratación que desató una guerra
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Capítulo 4 — Una contratación que desató una guerra

Una cena, una oferta inesperada y una decisión que Eli Sinclair no estaba dispuesta a aceptar.

Una invitación para alguien especial

La jornada en Woods International había llegado a su fin, pero Alexandra Woods todavía permanecía en su despacho, revisando algunos documentos que Natalie había dejado sobre su escritorio.

La negociación con Beaumont International había avanzado considerablemente y, por primera vez desde que asumió la presidencia, Alexandra sentía que las cosas comenzaban a desarrollarse exactamente como esperaba.

Sin embargo, tenía otros asuntos en mente.

Tomó su teléfono y buscó un contacto que conocía desde hacía años.

Alexandra: ¿Qué planes tienes para esta noche?

La respuesta de Sofía llegó pocos segundos después.

Sofía: Sobrevivir a la vida y evitar que cierta presidenta arrogante me dé órdenes.

Alexandra sonrió.

Alexandra: Te invito a cenar.

Sofía: ¿Me estás invitando o me estás convocando a una reunión?

Alexandra: Si fuera una reunión, ya habrías recibido la agenda.

Sofía: Qué miedo. ¿Dónde y a qué hora?

Alexandra: A las ocho. Te paso la dirección.

Sofía: Allí estaré. Y espero que pagues tú.

Alexandra: Ni siquiera te habría invitado si pretendieras pagar.

Alexandra dejó el teléfono sobre el escritorio, satisfecha.

Sofía era una de las pocas personas capaces de hablarle sin medir cada palabra. Se conocían desde hacía años y, a diferencia de muchos de los ejecutivos que la rodeaban, ella nunca había intentado impresionarla por su apellido o por su fortuna.

Precisamente por eso Alexandra llevaba tiempo pensando en hacerle una propuesta.

Necesitaba a alguien de confianza a su lado. Alguien que pudiera analizar sus decisiones, anticiparse a los problemas y decirle cuándo estaba equivocada sin temer las consecuencias.

Y no conocía a nadie mejor para ese puesto que Sofía.

Una cena con una propuesta millonaria

A las ocho en punto, Alexandra llegó al restaurante.

Había reservado una mesa en una zona elegante y discreta, lejos del ruido del salón principal. Llevaba un traje negro, una blusa de seda clara y el cabello oscuro suelto sobre los hombros.

Cuando Sofía apareció, Alexandra se levantó para recibirla.

—Mira quién decidió honrarme con su presencia —comentó la presidenta.

—No te acostumbres. Tengo una reputación que mantener.

Se abrazaron y tomaron asiento.

—¿Qué quieres de mí, Alexandra? —preguntó Sofía mientras examinaba el menú—. Porque cuando me invitas a cenar sin avisarme con varios días de anticipación, normalmente hay algo detrás.

—¿No puedo invitar a cenar a mi mejor amiga?

Sofía levantó los ojos.

—Puedes. Pero conozco esa sonrisa. Estás tramando algo.

Alexandra rió.

—Está bien. Quiero proponerte un trabajo.

Sofía dejó el menú sobre la mesa.

—¿Un trabajo?

—Quiero que trabajes conmigo en Woods International.

Durante unos segundos, Sofía se quedó mirándola, convencida de que estaba bromeando.

—Alexandra, ya tienes directores, vicepresidentes, gerentes y suficientes personas dispuestas a seguirte por los pasillos. ¿Para qué me necesitas?

—Precisamente porque ya tengo demasiadas personas que hacen lo que les digo.

La expresión de Sofía cambió ligeramente.

Alexandra se inclinó hacia delante.

—Necesito una asesora de confianza. Alguien que pueda revisar mis decisiones estratégicas, supervisar proyectos importantes, ayudarme a coordinar las áreas ejecutivas y advertirme cuando esté a punto de cometer un error.

—¿Y pensaste en mí?

—Hace tiempo.

—¿Qué cargo tendría exactamente?

—Asesora estratégica de la presidencia. Trabajarías directamente conmigo y tendrías acceso a las reuniones ejecutivas que considere necesarias para tus funciones.

Sofía guardó silencio, procesando la propuesta.

—Eso suena a una responsabilidad enorme.

—Lo es.

—¿Y cuánto piensas pagarme?

Alexandra sonrió, como si hubiera estado esperando aquella pregunta.

—Cuarenta mil dólares mensuales.

Sofía casi dejó caer la copa.

—¿Qué?

—Cuarenta mil dólares al mes, más un paquete de beneficios ejecutivos y un bono anual sujeto a objetivos.

—Alexandra, ¿te has vuelto completamente loca?

—No que yo sepa.

—¡Eso es una fortuna!

—Es un salario acorde con la responsabilidad que quiero darte.

Sofía la miró con incredulidad.

—¿Sabes que hay directores de tu empresa que probablemente ganan menos que eso?

—Lo sé.

—¿Y aun así quieres ofrecerme esa cantidad?

—Sí.

—¿Porque somos amigas?

Alexandra dejó de sonreír.

—Porque confío en ti, porque conozco tu capacidad y porque quiero que tengas autoridad para hacer tu trabajo sin depender de la aprobación de cinco personas diferentes. No voy a contratarte para que te sientes en una oficina y me digas lo que quiero escuchar.

Sofía la observó atentamente.

—¿Y si no estoy de acuerdo contigo?

—Discutiremos.

—¿Y si te digo que una de tus ideas es una estupidez?

—Te preguntaré por qué. Y, si tienes razón, cambiaré de idea.

Sofía soltó una carcajada.

—Eso quiero verlo.

—Tendrás muchas oportunidades.

La camarera se acercó para tomar sus pedidos, y ambas hicieron una pausa. Cuando volvieron a quedarse solas, Sofía parecía más seria.

—Alexandra, necesito pensarlo. No quiero que nuestra amistad se convierta en un problema si las cosas salen mal.

—Lo entiendo. No tienes que responderme esta noche.

—¿Y de verdad no esperarás que te dé la razón en todo?

—Sofía, si quisiera una empleada que me diera la razón, contrataría un espejo.

Su amiga volvió a reír.

—Eres imposible.

—Pero pago bien.

—Eso parece.

Alexandra levantó su copa.

—Por las nuevas oportunidades.

Sofía chocó suavemente su copa contra la de ella.

—Por las oportunidades. Y porque espero que no intentes despedirme la primera vez que te diga que estás equivocada.

—No prometo nada.

—¡Alexandra!

Las dos estallaron en carcajadas.

Ninguna de ellas había advertido que, a unas mesas de distancia, Eli Sinclair acababa de entrar al restaurante acompañada de su marido, Roberto.

La pareja de la mesa de al lado

Eli había pasado una jornada agotadora.

Después de varias horas revisando las condiciones de la negociación con Beaumont International, lo único que deseaba era disfrutar de una cena tranquila con Roberto, sin escuchar hablar de contratos, presupuestos ni de su exigente presidenta.

Roberto le apartó la silla y esperó a que se sentara.

—Esta vez he elegido un lugar donde prometiste no hablar del trabajo —le recordó.

—No he prometido nada.

—Eli.

—Está bien. No hablaré de trabajo.

Roberto sonrió y se sentó frente a ella.

Fue entonces cuando Eli escuchó una carcajada conocida.

Giró la cabeza.

Al otro lado del salón estaba Alexandra Woods, sentada frente a una mujer de cabello castaño oscuro. Ambas conversaban animadamente, sin la menor señal de la tensión que caracterizaba las reuniones de la empresa.

Eli frunció ligeramente el ceño.

No esperaba encontrarse con su jefa allí.

Y mucho menos verla comportarse de aquella manera.

Alexandra llevaba un traje negro y una blusa de seda clara.

Su cabello oscuro caía libre sobre los hombros, y sus ojos verdes parecían brillar cada vez que sonreía.

Había algo en su expresión que Eli apenas reconocía: una tranquilidad genuina, una alegría espontánea que rara vez mostraba dentro de Woods International.

La mujer sentada frente a ella parecía conocer muy bien aquella faceta.

Sofía se inclinó sobre la mesa para decirle algo al oído. Alexandra soltó una carcajada y le dio un pequeño empujón en el brazo.

—¡Eres insoportable! —alcanzó a escuchar Eli que decía Alexandra.

—Y, sin embargo, aquí estás, invitándome a cenar —respondió Sofía con una sonrisa traviesa—. Deberías agradecer que todavía soporte tu carácter.

—Puedo cancelar la invitación y dejarte pagando tu propia cena.

—No te atreverías. Me quieres demasiado.

Alexandra negó con la cabeza, divertida.

—Tienes una confianza excesiva en ti misma.

—Aprendí de la mejor.

Ambas volvieron a reír.

Eli permaneció observándolas durante unos segundos, intrigada por aquella familiaridad. No estaba acostumbrada a ver a Alexandra tan relajada, y mucho menos a alguien que pudiera bromear con ella sin que la joven presidenta intentara tener siempre la última palabra.

—¿Qué ocurre? —preguntó Roberto al notar su distracción.

—Nada.

—Estás mirando algo.

Eli dudó antes de responder.

—Mi jefa está aquí.

Roberto buscó con la mirada a la presidenta.

—¿La mujer de negro?

—Sí.

—Parece bastante agradable cuando no está trabajando.

Eli soltó una pequeña risa.

—No te dejes engañar.

Pero, cuando volvió a mirar hacia la otra mesa, la escena que encontró le hizo olvidar momentáneamente la conversación con su marido.

Los platos acababan de llegar y Sofía estaba examinando el suyo con una expresión de satisfacción. Alexandra, por su parte, continuaba hablando mientras cortaba un pequeño trozo de comida.

—No puedo creer que todavía recuerdes aquella historia —dijo Alexandra.

—¿Cómo voy a olvidarla? Casi consigues que nos echaran de aquel restaurante.

—¡El camarero fue quien se equivocó con la reserva!

—Claro. Y tú solo estabas intentando explicárselo por quinta vez.

Alexandra se echó a reír.

—Estás exagerando.

—Yo jamás exagero.

—Eso es lo más absurdo que te he escuchado decir en toda mi vida.

Sofía sonrió con picardía. Entonces, al advertir que Alexandra seguía hablando sin haber probado apenas la comida, tomó un pequeño trozo con su tenedor y lo acercó a sus labios.

—Abre la boca, presidenta. Llevas media hora hablando y todavía no has comido.

Alexandra se quedó mirándola, sorprendida por el gesto.

—Sofía, puedo comer sola.

—Lo sé. También sé que, cuando empiezas a hablar de negocios, eres capaz de olvidarte hasta de tu propio nombre. Ahora abre la boca.

Alexandra soltó una carcajada.

—Eres una mandona.

—Y tú una pésima paciente. Vamos, que se enfría.

Como si aquel juego fuera la cosa más natural del mundo, Alexandra terminó obedeciendo y aceptó el bocado que su amiga le ofrecía.

Sofía sonrió satisfecha.

—¿Ves? No era tan difícil.

—Disfruta de este momento. No volverá a repetirse.

—Eso dices siempre.