La heredera del imperio Woods Capítulo 2 — La presidenta que nadie se atrevía a desafiar #2
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Capítulo 2 — La presidenta que nadie se atrevía a desafiar #2

—Esos datos todavía están siendo verificados. Prefiero entregarle cifras correctas antes que incluir estimaciones que puedan inducirla a tomar una decisión equivocada.

Alexandra cerró la carpeta.

—Entonces, ¿para qué me entrega un informe incompleto?

—Porque contiene información que puede revisar mientras terminamos de verificar el resto.

—No necesito que me enseñe a leer informes, Eli.

—Y yo no necesito que me recuerde que es la presidenta. Lo tengo perfectamente claro.

Alexandra levantó lentamente la mirada.

Aquella respuesta habría sido suficiente para incomodar a cualquier ejecutivo que dependiera de su aprobación. Eli, sin embargo, no parecía arrepentida.

—Le aconsejo que tenga cuidado con su tono —dijo Alexandra.

—Y yo le aconsejo que no confunda una pregunta con una falta de respeto.

La tensión entre ambas aumentó.

Alexandra se puso de pie y dejó la carpeta sobre la mesa.

—Quiero que algo quede claro desde el principio. No pienso mantener procedimientos ineficientes solo porque se han utilizado durante años. Si descubro que una decisión perjudica a la compañía, la cambiaré.

—Puede hacerlo. Es su autoridad como presidenta.

—Me alegra que lo comprenda.

—Pero también quiero que comprenda algo usted.

Woods International no se mantiene en pie únicamente por el apellido que lleva en la fachada.

Hay cientos de personas trabajando para que esta empresa funcione.

Si cambia procesos sin conocer sus consecuencias, puede perjudicar precisamente aquello que pretende mejorar.

Alexandra apretó la mandíbula.

—¿Está cuestionando mi capacidad?

—Estoy señalando una responsabilidad. Todavía no ha tenido tiempo de conocer todas las operaciones y ya está exigiendo cambios en procesos que ni siquiera hemos terminado de explicarle.

—He estudiado administración empresarial durante años.

—Lo sé. Su formación está en su expediente. Pero la experiencia diaria de una compañía no siempre cabe en un informe académico.

Alexandra la miró fijamente.

—¿Ha terminado?

Eli sostuvo su mirada.

—Sí.

—Bien. Puede retirarse.

Eli recogió su carpeta.

—Con permiso.

Salió de la sala sin apresurarse ni mirar atrás.

Alexandra permaneció inmóvil durante unos segundos.

No le agradaba que alguien cuestionara sus decisiones antes de que hubiera tenido la oportunidad de demostrar sus capacidades. Sin embargo, tampoco iba a permitir que una discusión definiera su primer día.

Se sentó de nuevo y abrió el informe.

Si Eli creía que podía desafiarla cada vez que no estuviera de acuerdo, tendría que demostrar que sus argumentos eran mejores que los de la presidenta.

Alexandra no buscaba una amiga ni alguien que la felicitara por cada decisión.

Buscaba resultados.

Y si la vicepresidenta era tan competente como indicaba su expediente, tarde o temprano tendría que demostrarlo.

Una advertencia antes de comenzar

A media tarde, Ricardo entró en el despacho presidencial.

Alexandra estaba revisando una serie de contratos cuando su padre cerró la puerta.

—Me han dicho que ya has tenido una discusión con Eli.

Alexandra ni siquiera levantó la mirada.

—¿Tan rápido se difunden las noticias en esta empresa?

—Cuando la nueva presidenta discute con la vicepresidenta ejecutiva delante de varios directores, es difícil que pase inadvertido.

—Entonces deberían concentrarse en trabajar en lugar de comentar mis reuniones.

Ricardo se sentó frente a ella.

—Eli lleva diez años en Woods International. Conoce cada departamento y ha contribuido a resolver problemas que otros directivos no sabían cómo abordar.

—No he dicho que sea incompetente.

—Pero tampoco has tardado demasiado en hacerle saber que no estás satisfecha con su trabajo.

Alexandra dejó el bolígrafo.

—No estoy satisfecha con algunos resultados de la compañía. Eso es diferente.

—Entonces asegúrate de distinguir entre un problema real y una diferencia de carácter.

Ella arqueó una ceja.

—¿Estás defendiendo a tu vicepresidenta contra tu propia hija?

—Estoy defendiendo a la empresa. Es lo mismo que espero que hagas tú.

Alexandra se reclinó en la silla.

—No voy a tratar a Eli de manera especial porque sea una de tus empleadas favoritas.

—No te lo estoy pidiendo. Te estoy diciendo que escuches antes de decidir.

—Escucharé los argumentos que tengan sentido.

Ricardo negó con la cabeza.

—Siempre necesitas tener la última palabra.

—Porque, por lo general, tengo razón.

—Esa confianza puede ser tu mayor fortaleza o tu peor debilidad.

Alexandra volvió a abrir el contrato.

—¿Has terminado?

Ricardo se levantó.

—Por ahora. Solo recuerda que dirigir una empresa no consiste en demostrar que eres la persona más inteligente de la sala.

—No te preocupes, padre. No necesito demostrarlo.

Ricardo soltó un suspiro y se dirigió a la puerta.

Antes de salir, se volvió una última vez.

—Eli no es alguien a quien puedas intimidar fácilmente.

Alexandra sonrió con suficiencia.

—Entonces será interesante comprobar cuánto tiempo conserva esa seguridad.

Su padre abandonó el despacho.

Alexandra volvió a concentrarse en los documentos, convencida de que el conflicto con Eli no era más que una cuestión de autoridad y métodos de trabajo.

No sentía curiosidad por su vida personal ni tenía motivos para buscar su compañía fuera de la empresa.

Simplemente quería saber si podía confiar en ella para ejecutar los cambios que consideraba necesarios.

Por ahora, Eli Sinclair era una ejecutiva experimentada que cuestionaba sus decisiones.

Y Alexandra no estaba dispuesta a aceptar una oposición sin argumentos.

Dos voluntades enfrentadas

Al final de la jornada, Eli permaneció en su despacho terminando los informes pendientes.

La llegada de Alexandra había alterado el ritmo habitual de la compañía. No porque hubiera tomado decisiones irreversibles, sino porque parecía dispuesta a cuestionarlo todo antes de conocer por completo el funcionamiento de cada área.

Eli comprendía que una nueva presidenta quisiera revisar los procesos.

Lo que no aceptaba era que la revisión se convirtiera en una demostración constante de autoridad.

Su teléfono vibró. Era un mensaje de Roberto preguntándole si llegaría a casa a tiempo para cenar.

Eli respondió que intentaría terminar pronto y volvió a concentrarse en los documentos.

No quería llevar los problemas de la oficina a su hogar.

Sin embargo, mientras revisaba las proyecciones financieras, no pudo evitar pensar en la conversación que había tenido con Alexandra.

La joven era inteligente. Eso resultaba evidente.

También parecía segura de sus conocimientos, tenía una capacidad de análisis rápida y no dudaba en hacer preguntas incómodas.

Pero su impaciencia podía convertirse en un problema.

Si quería transformar Woods International, tendría que aprender a distinguir entre una estructura que necesitaba mejoras y un equipo que necesitaba tiempo para ejecutarlas.

Eli cerró el último informe y se puso de pie.

—Espero que aprendas pronto, Alexandra Woods —murmuró.

En el despacho presidencial, Alexandra seguía trabajando.

Había recibido una lista de proyectos pendientes y ya estaba preparando una serie de reuniones para la mañana siguiente. No tenía intención de permitir que su primer día terminara sin una idea clara de los problemas más urgentes.

Al pasar por la agenda de la vicepresidencia, volvió a ver el nombre de Eli Sinclair.

Se detuvo unos segundos.

—Diez años en la compañía —murmuró—. Veremos si la experiencia vale tanto como dicen.

Añadió una nota para reunirse con ella a primera hora y continuó trabajando.

Aquel día no había nacido ninguna simpatía entre ambas.

Alexandra consideraba que Eli era demasiado desafiante y poco flexible ante los cambios.

Eli consideraba que Alexandra era arrogante, impaciente y demasiado acostumbrada a obtener resultados inmediatos.

Ninguna estaba dispuesta a ceder.

Y ninguna imaginaba que aquellas diferencias profesionales serían apenas el comienzo de una historia mucho más compleja.

Por ahora, solo compartían un lugar de trabajo, una empresa que necesitaba decisiones difíciles y dos maneras completamente opuestas de entender el poder.

La guerra entre la nueva presidenta y su vicepresidenta acababa de comenzar.