La heredera del halcón MÉXICO EL PULSO DEL VACÍO #3
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MÉXICO EL PULSO DEL VACÍO #3

—Mi madre tiene los mejores proveedores —admitió Dante con una sonrisa—. Esto es de la reserva privada de mi padre —dijo él mostrando el vino como un trofeo.

Se sentaron a la mesa. El vino era áspero y cálido; bajaba como fuego líquido por la garganta de Vanessa. El queso sabía a sal, a montaña y a casa. Para ella, que extrañaba Asolo al cerrar los ojos, ese sabor era su único mapa de retorno.

—Esto es trampa, ingeniero —dijo ella, saboreando el hinojo del pan—. Estás usando artillería pesada para que te perdone por estar de novio.

—Estoy usando la única telemetría que importa ahora mismo —respondió Dante, acercándose más.

Le quitó una migaja de pan de la comisura de los labios con el pulgar. El contacto fue eléctrico, una descarga que recorrió la columna de Vanessa de forma más real que cualquier fuerza G.

—Necesitaba que recordaras quiénes somos cuando no hay cámaras, ni chantajes, ni fotos robadas —le explicó él con suavidad.

Vanessa cerró los ojos, disfrutando de la presión de la mano de Dante en su mejilla. En su vacío visual, el mundo se reducía al calor de su piel, al peso de la copa en su mano y al ritmo de la respiración de él, que finalmente se sincronizaba con la suya.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de esto? —susurró ella, apoyando la frente contra la copa de vino—. Que aquí dentro, bajo estas luces LED tenues, no tengo que explicarte cómo funciona mi cabeza. Tú ya lo sabes.

—Lo sé —dijo él, envolviéndola con la manta que la hizo sentir, por una vez en semanas, que el chasis de su vida volvía a estar alineado—. Y mañana, cuando volvamos al ruido, quiero que recuerdes este sabor.

Ella solo observa extrañada; su cara dice mil cosas y Dante aprendió a leerlas.

—Te voy a contar todo, pero no sé por dónde empezar —contestó él acercando su silla a ella.

Empieza por Singapur, Alessandra, tu habitación, el avión, el paddock —dijo ella, sintiendo que todo esto era innecesario para romper con ella y que estaba de más.

—Max Vargas tiene fotos de tu carpeta médica, la que me entregaste en el avión. Yo las guardé en mi caja fuerte, donde tengo los archivos privados de todos mis pilotos; conclusión hay un topo en el equipo —explicó Dante.

Vanessa masticaba despacio y trataba de procesar la información en su cabeza.

—Pero no entiendo… ¿Por qué me dejaste sola? ¿Por qué no me lo contaste? —preguntó ella con un temor que le recorrió el cuerpo.

—Max me está chantajeando; dice que debes perder desde Interlagos o él publicará las fotos y las enviará a la comisión de salud de la FIA.

Vanessa saltó de su silla asustada.

—¿Cómo es posible? ¡No! —exclamó ella.

Una lágrima asomó por sus ojos; estaba totalmente descompuesta por esa noticia.

—Tanto que guardé ese secreto y te lo confié a ti, porque sentí que debía decirte la verdad… —Vanessa a esas alturas temblaba muerta de susto. Sentía que le faltaba el aire y de sus ojos ahora brotaban lágrimas de frustración y rabia.

Dante tomó su mano; ella no se apartó.

—Siento lo que pasó en Singapur; me recordó a Giovanni y no supe salir de ahí para volver a ti. Luego vino lo de Max —soltó él, mirando hacia el suelo, buscando de verdad el perdón de ella.

—¿Entonces decidiste por mí? —preguntó Vanessa con voz quebrada.

Ella hizo una pausa, tapándose la boca con la mano.

—¿Lo mejor era que yo pensara que me habías dejado de querer? ¿Qué me estabas engañando con Alessandra? —preguntó ella acercándose a él y dándole un empujón en el pecho, un golpe físico de realidad.

—¡Me trataste como a una inválida antes de que la FIA pudiera hacerlo! —gritó ella secándose las lágrimas de los ojos.

Dante la sujetó por los hombros, no para consolarla, sino para detener el temblor de ambos. Estaban tan cerca que el aire que respiraban era el mismo, cargado de desesperación y dolor.

—¡Tuve miedo, Vanessa! —confesó él, con los ojos empañados por una verdad que lo avergonzaba—. Por primera vez en mi vida, no podía arreglar algo con una computadora. Y me alejé de ti para que Max viera que no me importabas, para que pensara que su chantaje no podía funcionar y bajara la guardia.

—¿Me rompiste el corazón para salvarme, Dante? Qué estrategia tan estúpida… —Vanessa se soltó de su agarre con un movimiento seco. Se pasó la mano por la cara, apartándose el pelo.

—La peor de mi vida —admitió él, bajando los brazos, derrotado—. Pensé que, si perdía a la mujer, al menos salvaría a la piloto. Pero me di cuenta de que en ti no hay división. Si te apago el alma, el coche no se mueve.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, con la voz ya ronca y más calmada, pero sin acercarse a él.

—Alessandra está buscando al topo. Quiero saber quién puso ese expediente en manos de Vargas. Quiero el nombre del traidor antes de que aterricemos en Las Vegas —sentenció él.

Él se acercó y la rodeó con sus brazos; algo de lo que ella no se pudo zafar, y tampoco hizo tanto esfuerzo. En ese lugar, sus hombros comenzaron a bajar. Se sentía tan bien ahí, pero una sensación de duda la invadió.

—Dante, ¿te acostaste con esa mujer? —preguntó ella apartándolo.

Dante, que no quería romper la magia con peleas, la soltó despacio.

—¿Es una pregunta o una afirmación? Si es pregunta es una mujer muy bella, muy inteligente y dueña de una gran fortuna, pero no. Ella y yo tenemos el mismo gusto en mujeres; o sea, tú —le aclaró él.

Él puso su mano en la boca esperando la reacción de ella. Vanessa abrió mucho los ojos, tratando de procesar esa información. Dante la miró con ojos de «tú entiendes…». Vanessa lo observó desconfiada aún.

—Si mientes sobre eso, Dante, esta vez no me quedaré callada ni desplazada. ¿Entendido? —exclamó ella con mucha autoridad.

Dante rió.

—Tranquila, nunca más te dejaré relegada. Vamos a contarnos lo que sentimos manteniendo márgenes sanos, obviamente —observó Dante.

Vanessa se acercó y buscó su abrazo y sus besos. Pasaron el resto de la noche así, refugiados en los sabores de Italia en mitad de México. No hubo planes de prensa ni estrategias de carrera; solo dos personas recuperando el «oxígeno» emocional que les habían robado.

—¿Qué haremos mañana, Cerebro? —preguntó ella.

Dante rió; fue una carcajada brutal de esas que salen cuando estás feliz.

—Me gusta mucho esa forma tuya tan especial; te hace única ante mis ojos. Y me encanta ese hermoso rostro y este cuerpo que me volvía loco al no poder tocarlo —le confesó él.