INTERLAGOS ESTO ES BRASIL
La sala de prensa del Autódromo José Carlos Pace está saturada.
El aire acondicionado apenas puede con el calor humano de doscientos periodistas.
En la mesa principal Vanessa, escoltada por Dante, con Max Vargas a su izquierda quien mantiene esa sonrisa de suficiencia de quien cree tener el as bajo la manga y un joven piloto de Zenith Motors de apenas veinte años.
La mezcla de grupos fue automática y Vanessa pensó que lo mejor de hoy fue que Dante pudiera estar con ella.
En la primera fila, como buitres esperando el festín, se encuentra el director de Rosso Corse, observando el reloj con impaciencia.
Pero el catalizador de presión lo pone Victorio Imperi, con una sonrisa demasiado amistosa, saludando a todo el mundo como si fuera de la realeza.
Dante encuentra muy extraña la presencia de su padre; su instinto de ingeniero le dice que el tablero de ajedrez se ha vuelto tridimensional.
Recordó que, en la cena de gala en Londres, fue muy claro con él.
—Papá, no vuelvas a acercarte a la escudería. Ya lo hablamos; como CEO y dueño, compré tu parte de la empresa y te pagué con intereses muy altos. No quiero que te metas más y deja a mis pilotos en paz —sentenció Dante.
Dante recuerda que esa escena fue muy dura para él; una decisión difícil, puesto que, a pesar de todo, era su padre y lo amaba.
Sin embargo, el recuerdo de su hermano muerto era un broche que marcaba a la familia; no solo había perdido a un hermano menor, sus padres habían perdido a un hijo y esa herida se mantenía en un duelo eterno.
« El orden del amor es que los padres abran el paso y los hijos los sigan, honrando la vida que fluye de generación en generación », es lo que su madre, Allegra, le había dicho en una de las tantas ceremonias dedicadas a Giovanni.
Ver a su padre le hacía revivir el momento del accidente.
Ese día fueron a buscarlo para encararlo por unas fotografías de su padre con otra mujer, un escándalo mediático; Dante y su padre se tensaron en una discusión sin sentido cuando escuchó el rugido de un monoplaza.
Su mente analítica entendió que ese día no había prácticas y su intuición lo hizo salir corriendo.
Al llegar, observó atónito cómo el auto avanzó a toda velocidad y se detuvo en seco contra el muro de contención. Él no pudo hacer nada para ayudarlo.
La rueda de prensa comienza y, tras un par de preguntas técnicas vacías, un periodista de un tabloide británico lanza el primer dardo
—Vanessa, hay rumores de que tu rendimiento no es solo un tema de técnica. ¿Qué es lo que te hace tan intrépida? —preguntó el hombre.
El periodista quería preguntar más, pero Dante interrumpió acercándose al micrófono. Vanessa le puso la mano firme en el brazo; es la primera vez que lo toca en público y eso lo detiene.
Lo que usted llama «intrépida» tiene otra palabra; yo lo llamo optimización. Tengo una condición parte de la neurodivergencia se llama Afantasía, puede buscarlo en Google —contestó Vanessa mirando de frente a los periodistas.
El murmullo estalló flashes y preguntas inquisidoras.
—¿Usted tiene una incapacidad? —preguntó un periodista buscando algo en su celular. El silencio cayó como una noche pesada.
—Mi Afantasía es mi mayor ventaja; mi CPU mental no gasta energía en renderizar imágenes que no sirven para ganar tiempo. Yo no puedo imaginar la frenada; ejecuto la presión exacta basándome en la memoria muscular —explicó ella.
Otro periodista intervino con mala intención
—Piloto Filippis, para que el público lo entienda usted vive en una oscuridad mental absoluta.
Si le pido que imagine la curva 1, usted no ve nada.
¿Cómo puede garantizarnos que no es un peligro andante a 300 km/h?
¿No es irresponsable que la FIA permita que alguien «ciego de mente» compita contra pilotos con una percepción completa de la realidad? —le soltó el reportero.
—Mi percepción es más completa que la tuya porque no está contaminada por la imaginación —respondió Vanessa sin pestañear—. Tú «ves» lo que crees que va a pasar; yo proceso lo que está pasando.
—Pero seamos realistas —insistió el hombre—, la conducción de élite se basa en la visualización anticipada. Senna lo hacía, Schumacher lo hacía. ¿No cree que su presencia es un insulto a la seguridad? ¿Está esperando a que ocurra una tragedia?
La reacción en la mesa fue inmediata Dante apretó los nudillos hasta volverlos blancos, a un segundo de saltar, pero sintió la mano de ella bajo la mesa, firme como una roca.
Victorio Imperi, desde el fondo, observaba con satisfacción gélida.
Vanessa se inclinó hacia el micrófono; su voz era plana, como un informe de telemetría.
—Usted confunde la imaginación con el arco reflejo. A 300 km/h, el tiempo de reacción humana es de 0,2 segundos. Si mi cerebro tuviera que «visualizar» una imagen mental antes de actuar, yo ya estaría muerta contra el muro.
La imagen mental es un retraso de procesamiento.
Mientras los demás pilotos pierden milisegundos proyectando lo que creen que va a pasar, mi sistema nervioso reacciona directamente al estímulo físico la vibración del chasis y el cambio de presión en el pedal.
Soy más rápida porque mi cerebro no tiene que estudiar el croquis para saber qué hacer con los pies —sentenció Vanessa.
Vanessa cruzó el umbral del hospitality con las piernas todavía vibrando. Detrás de ella, Dante mantenía una distancia respetuosa, como un guardaespaldas que finalmente entiende que su protegida tiene garras propias.
En la mesa del rincón, Joshua estaba de pie con los ojos pegados a una de las pantallas que repetía el bucle de la rueda de prensa. A su lado, Lukas, con su aire desenfadado pero la mirada atenta de quien sabe leer entre líneas, sostenía dos botellas de agua fría.
—¡V! —gritó Joshua, rompiendo el protocolo y lanzándose a darle un abrazo que casi la levanta del suelo—. ¡Doscientos periodistas con la boca abierta! ¡Ha sido la maniobra más épica de la temporada y ni siquiera tenías el motor encendido!
Vanessa se rio, hundiendo el rostro en el hombro de su amigo. El olor a sudor y goma de Joshua era el único «oxígeno» que no le fallaba. Al separarse, vio a Lukas, que le tendía el agua con una sonrisa de puro respeto.
—V —dijo Lukas, asintiendo con la cabeza—. He visto a muchos pilotos intentar explicar por qué son rápidos. Es la primera vez que escucho a uno explicar por qué los demás son lentos. Les has volado la cabeza. Literalmente.
Dante se acercó al grupo. La atmósfera cambió. Joshua se puso tenso, recordando el helado azul y el llanto de Vanessa en Austin; pero al ver la mano de Dante descansando suavemente en la cintura de ella —no como posesión, sino como apoyo—, relajó los hombros.
—Dante —dijo Lukas, extendiendo la mano—, has dejado que ella hablara. Eso es nuevo en ti.
Dante apretó la mano de Lukas, pero sus ojos buscaron los de Vanessa.
—A veces el ingeniero tiene que entender que el chasis es más fuerte que el diseño original —admitió Dante, y por primera vez no hubo rastro de arrogancia en su voz.
Joshua miró a Vanessa; su tono se volvió serio por un segundo.
—V, ¿estás bien? Ahora tienes la excusa perfecta para ignorar a los idiotas. Solo diles «Lo siento, mi CPU está ocupada procesando algo más importante que tu existencia».
Las risas estallaron. Vanessa bebió un largo trago de agua. Miró a Joshua, luego a Lukas y finalmente a Dante, que se ajustaba el puño de su camisa blanca, revelando por un segundo la pulsera del Halcón.
—Eres un idiota, Pichón —contestó ella, riendo aún—.
Mientras ellos intentan «imaginar» qué hay en mi cabeza, yo voy a estar ganando tiempo en la frenada de la curva 1.
Max Vargas cree que me quitó el as bajo la manga, pero lo que no sabe es que ahora ya no tengo que gastar energía en esconder nada.
—Esa es mi chica —dijo Joshua, chocando los cinco con ella—. Por cierto, con Lukas hicimos reserva en Búzios. Dice que después de que ganemos aquí, hay una playa esperándonos donde el único «delta» importante será la temperatura de la cerveza. Por si se quieren sumar con nosotros.
En ese momento, Alessandra entró en el salón. No traía su sonrisa habitual. Se acercó a Dante y le susurró algo al oído mientras miraba de reojo a Vanessa. Dante palideció. Se ajustó el puño de la camisa con un movimiento mecánico, casi violento.
¿Estás segura? —preguntó él.
—Las huellas digitales en el servidor de Londres no mienten, Dante —respondió Alessandra con la voz gélida—. El topo no es un ingeniero o un mecánico. Es alguien que tiene acceso a tu nivel de encriptación.
Vanessa dio un paso adelante, sintiendo que el «oxígeno» emocional volvía a enrarecerse.
—Dante, ¿qué pasa? —preguntó ella.
Dante la miró, y en su expresión se mezcló el amor con el horror de la traición familiar.
—Victorio —susurró Dante—. Mi padre no vino a Brasil a ver las clasificatorias; vino a terminar lo que empezó en Londres.
Interlagos no es plano; es un anfiteatro natural.
Para los pilotos aquí es como estar dentro de una columna vertebral gigante que se retuerce.
Es uno de los pocos circuitos que corre en sentido anti horario.
Esto castiga el lado izquierdo del cuello de una forma brutal.
A 300 km/h, la cabeza de los pilotos pesa treinta kilos más en cada curva a la izquierda.
Ellos no «ven» la bajada; sienten el vacío en el estómago.
En la famosa S de Senna, el coche cae literalmente de un piso a otro.
Los pilotos sienten cómo la gravedad les tira de los órganos internos antes de que sus ojos procesen el cambio de nivel.