La heredera del halcón MÉXICO EL PULSO DEL VACÍO #2
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MÉXICO EL PULSO DEL VACÍO #2

Mientras, en el box, Alessandra Vichy observa la pantalla de tiempos desde un rincón estratégico, cerca del muro de Rosso Corse.

Max está saliendo justo detrás de Vanessa.

Alessandra lo mira y le dedica una sonrisa enigmática, esa que promete complicidad.

Max, hambriento de atención, le devuelve el gesto con una suficiencia peligrosa.

El plan de infiltración ha comenzado bajo el ruido ensordecedor de los motores.

Vanessa pisa a fondo. El limitador de velocidad se apaga y el coche sale disparado como un proyectil. Al llegar a la 1.ª curva, la altitud del circuito le exige más a sus pulmones, pero ella está en su elemento.

El aire en Ciudad de México es demasiado delgado para enfriar los frenos, pero pesa como el plomo cuando los pilotos entran al Foro Sol.

Aquí el mundo se deforma. No es una imagen; es un ataque.

El ruido de treinta mil personas gritando no es un «sonido», es una onda de choque que golpea el casco y se mezcla con el zumbido del motor.

La frecuencia del grito de la gente entra por la fibra de carbono del asiento y les hace vibrar hasta las partículas del pelo.

[RADIO HALCON] —Dante, estoy entrando. Deja que hable. Si no lo digo, me hundo en el ruido.

[RADIO DANTE] —Copiado, Halcón; tienes libre vuelo. Te sigo.

RADIO HALCON] —Max está a mi derecha. No «veo» su trayectoria, pero mi oído izquierdo registra su motor revolucionado a 12,000 RPM.

Es un silbido metálico que me indica que va a estirar la frenada.

Mi tobillo derecho nota la presión del pedal de freno 110 bares de fuerza.

El coche se clava. El cinturón de seis puntos me corta el pecho, deteniendo mis órganos internos mientras la inercia intenta lanzarme fuera del cockpit.

[RADIO DANTE] —Entrada en la 12. Asfalto gris, bache en el vértice. Siéntelo en la columna —le indicó Dante señalando la pista para que ella logre percibir lo que tiene bajo el auto.

[RADIO HALCON] —Max mete el morro. Veo el azul de su alerón.

Está a tres centímetros de mi neumático delantero.

Giro el volante. El par motor me sacude los brazos.

Siento el subviraje el coche quiere irse recto, las ruedas delanteras deslizan sobre el asfalto caliente, perdiendo agarre.

Es una sensación táctil, como si el volante se volviera de seda en mis manos, avisándome que estoy al límite de perder el control.

El ruido me nubla. La gente es un muro de colores borrosos.

Pero el coche está ahí; lo siento en la base de la espalda. Max me empuja. No hay espacio.

Acelero a fondo al salir de la curva 13. El impacto del motor en mi espalda es instantáneo mil caballos de fuerza empujándome contra el respaldo. No sé qué viene después hasta que mis ojos lo encuentran, pero mi cuerpo ya está preparado para la siguiente vibración.

Vanessa cruzó la meta. No hay fuegos artificiales en su mente, solo el silencio repentino de Dante en el casco y el dolor agudo en el cuello por las fuerzas G. Ella mira el volante P3. El número brilla en el display LED. Es verde. Es real.

El coche de Joshua, en P4, se coloca a la par en la vuelta de enfriamiento. No necesita verlo para saber que es él.

[RADIO HALCON] —Reconozco el ritmo de tu motor, Pichón —dijo ella tirándole un beso desde el cockpit.

[RADIO JOSHUA] —Soy tu fantasma, V —rio Joshua por la radio—Canta conmigo, V….. livin' on a prayer! Y los acordes sonaron en el aire.

Y en la realidad, los pilotos están a mitad del camino; por eso cantan a viva voz mientras la batería y los acordes de guitarra se dibujan en el aire.

En el box, Dante ríe con el equipo; sabe que la victoria es agridulce y ellos necesitan esos espacios de complicidad.

Así se quedó ella, guardando la canción en su cerebro para buscarla completa después y poder escucharla.

El aire acondicionado de la sala de enfriamiento les golpea la cara, seco y helado, chocando con el calor que todavía desprende el cuerpo de los pilotos. Beben agua. El plástico de la botella cruje en sus manos; es el único sonido en la habitación aparte de su respiración pesada.

—Casi me sacas de la pista, Max —le dice Vanessa; su voz suena pequeña y ronca por la deshidratación.

Él suelta una risa seca, metálica. Se inclina hacia adelante, invadiendo su espacio personal. Huele a sudor agrio y a victoria.

—Eso es correr, Vanessa. Pero claro, tú no puedes «ver» el peligro, ¿verdad? —le soltó él con un susurro venenoso.

—No necesito verte para saber que tienes miedo, Max —le respondió ella, manteniendo su mirada fija en el azul de sus ojos para que no se conviertan en nada más—.

Percibo tu coche vibrar cuando me acerco.

Noto cómo frenas antes de tiempo porque te tiembla el pie.

Eres solo ruido. Y el ruido se puede apagar —sentenció ella.

Él se levanta, ignorándola, y sale al podio bajo el rugido de México.

Qué extraño que Sterling no esté acá, ¿le habrá pasado algo?

, pensó Vanessa. El lugar se sintió algo grande para ella sola.

El himno nacional no es una melodía, sino una vibración metálica que les sube desde la planta de los pies hasta el pecho.

A su izquierda, el olor de Max es una mezcla de goma quemada y sudor; a su derecha, el ganador, Julián Sterling (P1), es solo una respiración agitada en el límite de su campo visual, limpio y absoluto, ignorando a su compañero por completo.

El podio se empieza a elevar. Los zumbidos mecánicos bajo sus botas marcan el ascenso hacia el ruido.

De pronto, el mundo estalla una pared de aire caliente y gritos que los golpea físicamente.

Vanessa lanza el champán, sintiendo el líquido frío y pegajoso empapar sus guantes.

Abajo, en el caos de colores que su mente no puede retener, Joshua levanta el pulgar en P4.

Él es su único punto de referencia real.

Dante no se ve por ninguna parte; ella lo busca con la mirada, pero, al no encontrarlo, aprieta el trofeo. El metal es pesado, frío y de bordes afilados. Mientras lo sostenga, este P3 existe. Si lo suelta, el momento desaparecerá en la oscuridad de su mente.

Vanessa estaba a punto de desplomarse en la cama cuando sintió un sacudón hidráulico. No era un sismo; era el sonido de los motores diésel de gran potencia cobrando vida bajo sus pies. Se asomó por la ventana y vio el paddock de Ciudad de México desplazarse lentamente.

—¿Qué demonios…? —murmuró ella.

Intentó abrir la puerta principal, pero estaba bloqueada desde la cabina de mando. A través del intercomunicador del habitáculo, la voz de Dante sonó con una vibración baja, casi juguetona

—Ponte algo cómodo, Halcón. Estamos en movimiento. Considera esto un secuestro técnico de tu propiedad privada. No intentes saltar, la suspensión activa se resentiría —le advirtió él.

Vanessa soltó una carcajada incrédula. Se puso un suéter de lana gruesa y se sentó en el sofá de cuero, sintiendo el balanceo rítmico de la enorme estructura de Imperi desplazándose por las carreteras mexicanas.

—¡DANTE, NO PUEDES HACER ESTO! —gritó Vanessa a esas alturas, golpeando la puerta que los separaba—. ¡Por lo menos déjame salir de aquí! Si quieres decirme algo de tu novia, ¡dímelo en la cara!

Ella dio un grito. Dante rio y se escuchó por el altavoz

—¿Mi qué…? —preguntó Dante, abriendo la puerta desde el volante.

Vanessa salió enojada; vio a Dante manejando tranquilo, mostrando la pulsera del Halcón que ella le regaló.

—Voy a acusarte con Joshua; te va a golpear —exclamó ella sin mirarlo, mientras se ponía sus calcetas de descanso.

Dante observó algo que siempre notaba en ella, pero nunca le había preguntado

—¿Por qué siempre andas con calcetas? —quiso saber él.

Ella puso los ojos en blanco, como si la pregunta estuviera de más.

—Porque no me gusta el contacto de los pies desnudos con el suelo —indicó ella y se cruzó de brazos tajante en el asiento del copiloto.

Dante solo manejó durante una hora; después, el movimiento cesó.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el clic de la puerta.

Dante fue a buscar una caja de madera y una manta.

No se habían ido lejos, pero estaban en un claro rodeado de pinos, donde el aire olía a resina y tierra mojada.

—Primero, cambia la mirada, que debemos hablar —dijo él, serio.

—Ah, por supuesto, su majestad. Sí, aquí, entre nosotros, solo hablamos cuando tú quieras —exclamó Vanessa haciendo una reverencia.

—Y segundo Joshua me ayudó con el secuestro —dijo Dante, bajando una mesa y sillas afuera del motor home para poder disfrutar del paisaje.

—Traidor; todos son traidores —murmuró Vanessa.

Vanessa observaba que Dante entraba y salía.

—¿No me vas a ayudar? —preguntó él.

—No. Tú me secuestraste, es tu plan, no el mío; así que, si los osos me comen, será tu culpa —dijo ella con una mirada muy segura.

—No te van a comer los osos porque aquí no hay… —dijo Dante riendo tranquilamente—. Vanessa, baja del motor home, pero ponte zapatillas.

Ella bajó con cautela. Vio a Dante colgando unas luces tenues doradas; le daban calidez a la mesa preparada con platos, un mantel y unas velas.

—No vamos a mirar las estrellas, Vanessa —dijo Dante, adivinando su pensamiento mientras dejaba la caja sobre la mesa de acero—. Vamos a recuperar el sentido del gusto.

Ella lo observa desde una distancia prudente, tratando de descifrar hacia dónde va todo esto.

Dante sacó una botella de un vino tinto denso, casi negro, y dos copas de cristal pesado.

Pero lo que hizo que el corazón de Vanessa diera un vuelco fue el aroma que inundó la pequeña terraza improvisada queso Asiago curado y pan de centeno con hinojo.

El olor de las mañanas en el mercado de Asolo.

—¿De dónde sacaste esto? —preguntó ella, acercándose a la mesa. Sus dedos rozaron la corteza rugosa del pan. El tacto era real, sólido, familiar.