MÉXICO EL PULSO DEL VACÍO
En el vuelo hacia la Ciudad de México, el ambiente en la cabina de primera clase es denso.
Dante y Alessandra ocupan asientos contiguos; los demás están en grupos conversando, riendo.
Vanessa observa las nubes desde la ventanilla, con el rostro endurecido por la falta de sueño.
Dante va buscando en la memoria de su cabeza su oficina en Londres un santuario tecnológico, un búnker de cristal y acero donde guarda todos los archivos de sus pilotos bajo llave.
Mientras traza este mapa de sombras, Vanessa solo ve la confianza que hay entre Dante y Alessandra hablando en voz baja, compartiendo secretos, conspirando.
Siente que, mientras ella se prepara para luchar, Dante está reconstruyendo su mundo con piezas que a ella la excluyen.
Al bajar del avión, ella prefirió irse en la van donde va el equipo, riendo con Joshua y sus compañeros —algo más cálido que el auto privado—, donde no tuviera que ver a Dante con su amiga.
El gimnasio improvisado en el paddock de México olía a caucho nuevo y desinfectante. En el centro, dos estructuras de carbono idénticas enfrentadas los simuladores de fuerza G.
Vanessa y Joshua estaban sentados en sus respectivos puestos, conectados por cables a la misma central de datos que Dante maneja desde su tablet, donde activó las máscaras de restricción de oxígeno simultáneamente.
—Nivel de altitud 2,400 metros —anunció su voz, gélida y profesional—. Joshua, tu ritmo cardíaco está subiendo demasiado rápido; controla la asfixia. Vanessa, mantén la presión constante —instruyó Dante.
A través del cristal del casco, Vanessa veía a Joshua a tres metros de ella.
Su amigo, rojo, con las venas del cuello marcadas, luchando por cada centímetro de aire.
Ella, en cambio, usaba su Afantasía como un filtro no imaginaba el aire, solo procesaba el concepto de resistencia.
Los preparadores físicos se colocaron detrás de ellos.
A la señal de Dante, tiraron de las cuerdas siete kilos de plomo tirando de sus cuellos hacia los lados.
—Frenada de la curva 1. ¡Ahora! —gritó Dante.
Ambos pilotos patearon el pedal con 120 kg de presión al mismo tiempo.
El sonido de los simuladores chocando fue como un disparo sincronizado.
Dante caminó entre los puestos; se detuvo junto a Vanessa, observando la telemetría en su pecho.
Al inclinarse para ajustar un sensor rebelde en el hombro de ella, el aroma a jazmín y sándalo de Alessandra —que parecía haberse quedado pegado en su ropa tras la noche en la 402— invadió el casco de Vanessa.
Ella apretó los dientes, sintiendo una náusea que no era por la altitud.
Dante, al notar la tensión muscular de Vanessa, retrocedió y, en un acto de nerviosismo técnico, se ajustó el puño de la camisa blanca.
La tela cubrió por un segundo la pulsera del Halcón, ese amuleto de cuero que ella le había regalado en Londres y que él se negaba a soltar.
—No puedo… el aire —jadeó Joshua, soltando el volante por un segundo.
Dante no se inmutó.
—Si sueltas el volante en el Foro Sol, Joshua, terminas en el muro. Vanessa, no lo mires, mantente —sentenció él.
Su mente conceptual se cerró en un solo dato vencer a la máquina.
Pateó el freno una vez más, con tal violencia que el simulador vibró bajo sus pies.
Dante apagó el sistema. Las máscaras se liberaron con un silbido.
Joshua se desplomó hacia adelante, buscando aire real.
Vanessa se quitó el casco con calma y fue a ver si Joshua estaba bien.
—Mañana en la Q3, el aire será aún más ralo —dijo Dante, mientras se ajustaba de nuevo el puño de la camisa para ocultar la pulsera—. Asegúrense de que sus pulmones no les mientan —instruyó él con severidad.
Vanessa ayudó a Joshua a salir del simulador, abandonando el gimnasio y dejando a Dante con el eco de las máquinas y el peso de un secreto que amenazaba con asfixiarlo más que la altitud.
El Autódromo Hermanos Rodríguez no es un circuito de velocidad pura; es un circuito de asfixia técnica.
En México, ese aire ralo significa que es poco denso; los pulmones tienen que trabajar un 25 % más para obtener la misma energía.
Cada bocanada se siente incompleta, como si intentaras respirar por un popote o pajita estrecha mientras corres; es como una comida que no tiene sal, pero tiene textura.
Como el aire no empuja el monoplaza, este alcanza una velocidad de 350 km/h en la recta; el coche se pone nervioso y flotante en las curvas. No hay agarre aerodinámico; es como correr sobre hielo seco.
El aire fino no enfría; los frenos y el motor son bombas de tiempo térmicas.
El calor sube por la columna vertebral y empapa de sudor la espalda de los pilotos.
Tiene una recta de 1,3 km de vuelo; el rugido del motor es más agudo, como si no tuviera peso.
En el complejo Moisés Solana (curvas 1, 2 y 3, eses de alta presión), el ancla de la frenada más fuerte pasa de 350 a 100 km/h.
La parte más imponente es la sección del estadio el Foro Sol (curvas 12—15).
Este cañón de ruido es el sonido de 40,000 personas que rebota en las paredes de concreto.
Los pilotos aquí no escuchan el motor; se siente la vibración y los gritos en sus Dientes.
Aquí los monoplazas pasan por medio de un estadio lleno de gente, algo único en el mundo.
Las gradas suelen estar tapizadas de banderas de escuderías, especialmente a uno de sus pilotos mexicanos.
Aquí la fiesta es con DJ o artistas internacionales de renombre.
Tiene, además, una salida recta a la mítica Peraltada (recortada) una curva técnica a la derecha que exige cuello de hierro para no dejar que la cabeza caiga por la fatiga acumulada.
Faltaba una hora para que el semáforo del pit lane se pusiera en verde para la FP1.
El garaje de Imperi era un hervidero de equipos moviéndose como hormigas sobre el chasis desnudo de los monoplazas.
Vanessa estaba sentada en un rincón, con el mono de carreras a medio subir, atado a la cintura, dejando ver su camiseta térmica blanca y sus lentes de cristal oscuro.
Sus dedos jugaban con su pelo mientras escuchaba música por los audífonos, pero tenía la mirada puesta en la figura de Dante.
Él estaba de espaldas, inclinado sobre la mesa de telemetría con Alessandra a su lado; ella se paseaba, entraba y salía del lugar.
El brillo del sol de Ciudad de México entraba en diagonal por la apertura del box, iluminando el puño de la camisa blanca de Dante cada vez que señalaba algo en la pantalla.
—Es un riesgo, Dante. Si ella apaga la radio, no sabrás si está desmayada o está siendo solo ella misma… o un «no quiero escucharte» —comentó Alessandra riendo y rozando el brazo de Dante en un toque muy cómplice.
—Gracias, no ayudas con ese comentario —Dante rio junto con ella.
Vanessa actuó como si no se diera cuenta de nada.
Es mejor fingir demencia, se dijo para sí misma.
Caminó hacia el monoplaza subiéndose al cockpit.
Dante caminó hacia ella y se detuvo a centímetros, bloqueando la vista de Alessandra y del resto del equipo.
Se inclinó, fingiendo que revisaba el HANS que colgaba del hombro de Vanessa.
—He desbloqueado el interruptor de la radio —susurró él, tan cerca que ella pudo oler el café y ese rastro metálico de los motores—. Te devuelvo el mando, pero, por favor, no te mueras ahí fuera solo por odiarme —añadió Dante en voz baja.
Vanessa sintió el calor de su aliento y, por un segundo, su mano buscó la muñeca de él, queriendo tocar la pulsera del Halcón a través de la tela de la camisa. Se detuvo a milímetros. El orgullo era más alto que la Peraltada.
—No voy a morir hoy, tengo planes, Dante —contestó ella con voz de acero.
Él acercó su mano para acariciar su rostro, que ella desvió en un segundo sin decir nada más. Dante bajó del cockpit.
—Diez minutos para encender motores —anunció el jefe de mecánicos.
Dante se alejó sin decir más, recuperando su máscara de ingeniero jefe. Vanessa se subió el mono, cerró el cierre hasta el cuello y se puso el casco. El silencio radial comenzó antes de tocar el botón.
En su mente conceptual, México ya no era un circuito, era su campo de batalla; había decidido elegirse a ella misma.
Ya no buscaba la mirada de Dante a través del cristal del box.
No buscaba el destello de la pulsera; incluso dejó de usar el collar que Dante le regaló lo guardó en una caja con llave, la cual entregó a Joshua para no tentarse de volver a sacarla de ahí.
Dante, desde hoy, pasó de ser el centro de su universo a ser simplemente un proveedor de datos.
[RADIO DANTE] —Halcón, chequeo de radio. ¿Me copias?
La voz de Dante entró en su casco; sonaba ansiosa, cargada de una tensión que él ya no podía ocultar. Vanessa presionó el botón. Click. Su dedo no tembló.
[RADIO HALCON] —Copiado, ingeniero. Presión de combustible estable. Mapa de motor cargado. No gastes batería en mensajes innecesarios. Solo dame los deltas de Joshua.
Dante se tensó. «Ingeniero» le dolió más que un insulto. Se ajustó el puño de la camisa en un movimiento nervioso.
[RADIO DANTE] —Copiado, Vanessa —susurró él, rompiendo el protocolo por un segundo.
[RADIO HALCON] —Salgo a pista.
Vanessa bajó la visera; el clic sonó como el cierre de una caja fuerte. Al acelerar por el pit lane. Ella sonrió bajo el casco ya no había opresión en el pecho. Al acelerar por la recta de 1,3 km, Vanessa sintió la física de la escasez.