La heredera del halcón AUSTIN FRÍO CONTRA FRÍO #2
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AUSTIN FRÍO CONTRA FRÍO #2

Dante golpeó la mesa de telemetría con un puño, ajustándose instintivamente la camisa blanca mientras sentía que el hilo invisible que los unía se acababa de cortar.

El Halcón acababa de escapar de su jaula de radio.

Vanessa no consultó el despliegue de energía; ella misma gestionó el mapa del motor, exprimiendo la batería justa antes de la zona de frenada de la curva 12, lanzándose al interior de los Silver Arrow en una maniobra que desafió toda lógica.

Fue una ejecución perfecta, solitaria y salvaje. Cruzó la meta en P1, reclamando su lugar no como una pieza de ingeniería de Imperi, sino como una piloto total.

Al bajar del coche, la victoria se sintió fría.

El silencio radial que había impuesto en la pista se había trasladado a su vida.

Cuando Vanessa subió al escalón más alto del podio, el sol de Texas golpeaba con fuerza, pero ella solo sentía la vibración residual del motor en sus pies.

Buscó la mirada de Dante entre la multitud de camisas de equipo.

Él no estaba celebrando con gritos; estaba allí, de pie, con la mandíbula tensa y los brazos cruzados, mirándola con una mezcla de orgullo y alivio. Ella levantó el trofeo, no hacia la grada, sino hacia él; era un mensaje mudo «Gané a mi manera».

Dante asintió levemente, un gesto casi imperceptible, aceptando que, en ese silencio radial, ella había encontrado su verdadera voz de piloto.

Max pasó por su lado, soltando un comentario ácido tan parte de él

—Pronto se acabará tu reinado, avecilla —le soltó él con desprecio.

Pero Vanessa ni siquiera parpadeó; para ella, Max era un obstáculo superado en la telemetría. Joshua, en cambio, le dio un empujón amistoso en el hombro mientras se sacaba los guantes.

—Has hecho que a Dante casi le dé un infarto, V. Ese silencio radial ha sido legendario… y suicida —le susurró Joshua con una sonrisa de admiración.

Vanessa miró hacia el muro de boxes. Dante seguía allí, guardando sus auriculares con una parsimonia que delataba su furia contenida. Había ganado la carrera, sí, pero sabía que la verdadera batalla empezaba al cruzar la puerta.

La victoria en Austin había destrozado el físico y la moral de los pilotos; se sentían ahora como cenizas. El silencio radial que ella había impuesto para demostrar su independencia había tenido un precio muy alto.

Dante, en su burbuja, ni siquiera apareció en la cena de cierre.

Esa noche, en el hotel, la tensión entre el equipo se palpaba en el aire acondicionado.

Vanessa y Joshua caminaban por el pasillo alfombrado todavía con el pelo aplastado por el sudor del casco y las marcas del balaclava grabadas en las mejillas.

Parecían zombis comiendo helados gigantes.

—Te lo digo, V —decía Joshua mientras intentaba darle un lengüetazo a una bola color azul radioactivo que amenazaba con chorrear por su muñeca—, el sabor chicle del espacio tiene propiedades antioxidantes y te da energía; si lo como antes de la clasificación, el aire mental mejora al diez por ciento. Es ciencia—.

Vanessa soltó una carcajada que le dolió en los músculos del cuello, aún resentidos por el esfuerzo antihorario.

—Joshua, eso es pura azúcar y colorante —le respondió ella.

—Es combustible de cohetes —insistió él, intentando un caballito con el carrito de maletas que estaba en el pasillo—. Además, ¡mira esto, abre la boca!

Joshua metió la cuchara en su helado y, con una puntería propia de un piloto, intentó lanzarle un trozo de galleta a la boca de Vanessa; ella falló por un kilómetro y el trozo terminó pegado justo en la punta de su nariz.

El ataque de risa fue tan fuerte que Vanessa tuvo que doblarse apoyando las manos en sus rodillas, sintiendo cómo el helado de chocolate le enfriaba la garganta.

El sonido de la risa de Joshua, aguda y contagiosa, llenaba el pasillo.

Por un segundo, la presión de Dante desapareció; solo estaba el sabor del chocolate.

—Este es chocolate real —exclamó Vanessa saboreándose.

—¿Y cuándo no es real el chocolate? —preguntó Joshua con curiosidad.

—El chocolate real es un final largo; se queda en tu boca durante mucho tiempo. Es seco, no tan dulce y solo sabe a cacao.

—Disfrutemos el azúcar —rio Joshua.

—Sí —contestó Vanessa.

—Me debes dinero —dijo Joshua. Vanessa lo miró sonriendo—. ¿Dónde está tu tarjeta, V? —preguntó su compañero.

—No sé, ni idea; tengo que ver ese tema con Dante.

—Yo no tengo problema en comprarte helados y café, pero en algún momento deberás hablar con él… —le sugirió Joshua.

—Joshua, no es que yo no quiera… él me sacó de su vista —respondió ella.

Justo en ese momento escucharon el taconeo de unos zapatos saliendo del ascensor; el aire del piso cambió a su alrededor. El aroma a azúcar pasó a una nota punzante, elegante y gélida jazmín y sándalo. Un perfume que no pertenecía al sudor de la pista ni a la grasa de los motores.

El sonido de los tacones —TAC, TAC, TAC— era rítmico y autoritario; se acercaban desde el ala VIP. Vanessa sintió un calambre en el estómago, el mismo que sentía cuando perdía una curva rápida.

Alessandra Vichy apareció al final del pasillo. Llevaba un vestido de seda negro que parecía mercurio líquido. No miró a los pilotos manchados de helado que parecían niños perdidos. Su objetivo era una puerta específica la 402. La habitación de Dante.

Vanessa se quedó inmóvil. Sintió cómo el helado en su mano empezaba a derretirse, volviéndose una masa pegajosa que le manchaba los dedos, pero no podía apartar la atención del concepto de traición.

Vio a Alessandra sacar la tarjeta magnética —o quizás Dante le había abierto desde dentro—; ella se deslizó hacia el interior con la confianza de quien es la dueña de la llave y del hombre que está ahí.

La puerta se cerró con un clic metálico que resonó en el pasillo vacío como un disparo de salida.

—V —la voz de Joshua bajó tres octavas, perdiendo toda la chispa del chicle del espacio—. Vámonos de aquí—.

Vanessa no lloró ahí. El llanto vendría después, sola bajo la ducha de su habitación, tratando de quitarse el olor a jazmín imaginario de la piel. En ese momento, solo sintió cómo el oxígeno empezaba a faltarle antes de tiempo. Mucho antes de llegar a México.

Mientras tanto, en la habitación de Dante, Alessandra se sentó frente al ingeniero, quien mantenía sus lentes de sol puestos, ocultando la fatiga de esos días.

—Dante, me sorprende tu llamada —dijo Alessandra cruzando las piernas.

—Necesito tu ayuda —respondió él.

Alessandra se miró las uñas en modo despreocupado.

—¿Me pedirás matrimonio? —preguntó ella mirándolo a los ojos fijamente.

Dante rio.

—Alessandra, nos conocemos desde los cinco años; los dos sabemos que tenemos los mismos gustos en mujeres —sentenció él.

—Lo sé —dijo ella quitándole los lentes oscuros a Dante—. Cariño, estamos dentro del hotel, no los necesitas conmigo. Dime qué sucede —añadió.

Dante resumió la historia en dos palabras «Max Vargas». Alessandra abrió los ojos con esa mirada de sorpresa.

—¿El hermano ilegítimo de Sterling? —preguntó ella.

Dante sirvió un par de copas para poder ver el panorama completo.

—Sabemos que su padre nunca lo reconoció como hijo, pero lo mantuvo con todos los lujos, excluido de su familia legítima. Creció como un niño resentido y, hoy en día, es un adulto emocionalmente inestable buscando validación —mencionó Dante, mientras ella bebía de su copa.

—Max es ambicioso; lo que busca es fama y reconocimiento público. Si gana el campeonato, se convierte en el hijo favorito y el padre negociaría el cambio de apellido; si no, seguirá siendo Max Vargas —expresó ella, ahora un poco más preocupada.

—Me está chantajeando con Vanessa; quiere que la haga perder lo que queda de campeonato —intervino Dante moviendo un lápiz con furia, como si lo fuera a quebrar.

Alessandra bebió de su copa lamiéndose los labios.

—Ella es exquisita.

Dante sonrió —La mantengo alejada de mí; si me acerco, el mundo del deporte hace conjeturas sobre su llegada como piloto oficial, entre otras cosas —mencionó Dante como si esta frase le doliera en la garganta.

—¿Qué otras cosas, Dante? Dime todo o no puedo ayudarte.

Dante respiró profundo para contar este secreto que se supone había guardado

—De alguna forma, alguien entró a mi oficina y tomó fotos de una carpeta médica de Vanessa.

Ella me la entregó y confió en mí, y yo la descuidé; no sé en qué momento.

—Dante se agarró la cabeza con ambas manos—.

Dante, tú eres un hombre muy estructurado y trabajas en todos los lugares; dudo mucho que alguien se metiera a tu oficina sin que lo notaras por las cámaras.

Pero lo cierto es que Max tiene fotos; tengo hasta la gira en Interlagos.

Si no hablo con Vanessa sobre esto y le pido que, de aquí en adelante, solo debe perder, él va a mostrar las fotos a la FIA.

Alessandra, con su porte y extraordinaria belleza, se paró suavemente para mirar por la ventana.

—¿Qué enfermedad tiene? —preguntó ella.

—No es una enfermedad, es una variación neurodivergente Afantasia se llama.

—¿Cómo Ed Catmull de Pixar? —preguntó ella con curiosidad.

—Supongo. Pero ¿sabes de lo que te hablo? —preguntó Dante. A esas alturas, su rostro tenía tristeza en los ojos.

—Sí, cariño, lo he leído. Bien, dime qué necesitas —respondió Alessandra.

—Necesito que te hagas amiga de Max. Hay un topo en la escudería; necesito que entres en la estructura de Imperi. Eres la única que sabe moverse en las cloacas del paddock sin dejar rastro —exclamó Dante, exigente, pero con un suspiro que mostró su lado más vulnerable.

—El dinero compra muchas cosas, querido —dijo ella riendo.

—Bien, ¿me vas a ayudar? —preguntó Dante inquieto; los días pasaban y debía actuar rápido.

—¿Le vas a contar a ella sobre esto? Creo que deberías; ella ha sido capaz de pilotar tus autitos y ganar muchas carreras, creo que ella sabrá qué decisión tomar. La subestimas ocultándole algo así —le aconsejó Alessandra.

—Lo sé —dijo Dante—. Estamos distanciados. Todo salió mal en Singapur y me acordé de Giovanni; tomé distancia, enojado, y no supe cómo regresar a ella.

—¡Dante! —Alessandra puso su mano en el hombro de Dante; se notaba su preocupación real—. Querido, nunca te había visto así por alguien —dijo ella terminando su copa de licor.

—Es que nunca me había enamorado, tal vez —confesó él.

—Bueno, ella debe estar enojada contigo hoy. Me vio entrar a tu habitación; estaba con Joshua en el pasillo, tomando helados —le advirtió ella.

Dante la miró sorprendido y se puso la mano en la cabeza.

—¡Nunca le entregué la tarjeta del banco porque usaba la mía! Pero con lo orgullosa que es, no debe estar usándola. ¡No tiene dinero! —exclamó él antes de llamar por teléfono a su asistente.

asistente—. Quiero que gestiones una tarjeta lo antes posible. —Su voz sonó rápida, en modo «para ayer».

Mientras el pacto se sellaba, Vanessa procesaba la escena del pasillo. Como no lograba ver imágenes, su mente se quedó anclada en el presente táctil. Vanessa siente que Dante la borró, y todo este veneno la quema por dentro.