La heredera del halcón BAKÚ EL CIRCUITO CALLEJERO #2
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BAKÚ EL CIRCUITO CALLEJERO #2

Vanessa rio mientras abría el ventanal; desde allí, las montañas se alzaban imponentes, con sus cimas perdiéndose en el azul del atardecer.

—Me gusta la luz azul, hace que todo se vea memorable —dijo Vanessa inhalando para llenar sus pulmones de aire puro.

—¿Qué es la luz azul? —preguntó Dante sorprendido.

—Es la hora azul, una luz que no iluminaba, sino que borraba los bordes del mundo. La «hora azul» es ese momento justo después de que se pone el sol, pero antes de que sea noche cerrada. No hay sombras marcadas; todo se ve suave y eléctrico —explicó ella.

Dante dio un paso hacia ella, tomó su cara entre sus manos y plantó un suave beso en su nariz.

Me fascina escucharte hablar de cómo ves el mundo, de tus percepciones; usas los sentidos para explicarte y eso te hace mágica —confesó Dante fascinado.

Vanessa rió y dobló el brazo con picardía, haciendo que el bíceps se alzara con una firmeza envidiable.

—Tengo un superpoder, ¿lo recuerdas? —preguntó ella.

—Sí —contestó Dante—. ¿Y qué otras analogías usas para mostrar el mundo?

—Olor a sol —dijo ella mientras buscaba cosas en su maleta.

—Eso no existe, lo acabas de inventar —dijo Dante explotando de risa.

—Te voy a enseñar; ven —respondió Vanessa Filippis.

Vanessa tomó su mano suavemente y lo llevó al balcón de su dormitorio.

—Recuéstate en la hamaca —le pidió ella.

Dante obedeció como un niño.

—No me vas a embrujar, ¿verdad? —dijo Dante riendo.

—No, eso ya lo hice—. Olvida tus ojos, Dante; entra en mi mundo —susurró ella en su oído—.

Busca el olor a sol. No es una luz; es una caricia pesada y dorada que se quedaba impregnada en la ropa limpia tendida al aire libre y en los poros de la cara.

Es un aroma seco, a piedra que ha bebido calor todo el día y que ahora, al tocarla, le devuelve un pulso de vida.

Un olor que sabe a refugio, a algo que no necesita ser visto para darte seguridad.

Dante cerró los ojos, dejándose llevar por la voz de ella.

—Y entonces llegó el olor a lluvia —dijo ella haciendo una pausa—.

Antes de que caiga la primera gota, el aire se llena de ozono, una chispa metálica que eriza los vellos del brazo.

Es la advertencia de la naturaleza. Segundos después, el aroma a tierra húmeda estalla bajo tus pies.

Es un olor profundo, antiguo y fértil; el perfume de la tierra agradecida al beber—.

Para Vanessa, ese olor era la definición de la verdad algo que se puede tocar, que se puede respirar y que te ancla al presente con una fuerza que ninguna imagen podría igualar.

—Vanessa —susurró Dante, y su voz sonó más baja, como si temiera romper el encanto del momento—.

Tú no necesitas mis mapas, porque tú eres el mapa.

Yo mido la presión del aire, pero tú sientes cómo el azul pesa sobre las montañas.

Yo calculo cuándo vendrá la lluvia, pero tú ya la llevas en la piel antes de que el radar se despierte.

Dante se paró de la hamaca de un salto, —Eres mi constante en un universo de variables. Todo lo demás es solo ruido.

—Dante —respondió ella con amor.

Vanessa y Dante se abrazaron en este ocaso de luces y sombras en el balcón de Asolo. El aire tiene una textura distinta, un perfume a piedra antigua y glicinas que parecen detener el tiempo.

Ellos caminaron por la Via Robert Browning, bajo los arcos de piedra que han visto pasar siglos. Él caminaba con su elegancia habitual, pero sin el escudo de su traje de equipo, luciendo una camisa de lino azul oscuro que lo hacía ver como un aristócrata local.

—Es demasiado silencioso para alguien que vive a 300 km/h, ¿verdad? —murmuró Dante, observando cómo Vanessa tocaba las paredes de ladrillo visto con la punta de los dedos.

—Es el único silencio que no me asusta —respondió ella.

Llegaron a la plaza Garibaldi, el corazón del pueblo. Frente a la fuente, Vanessa se detuvo. Sus ojos brillaron con esa chispa de travesura que Dante ya conocía, esa que precedía a sus maniobras más arriesgadas. De repente, sin previo aviso, se sacó sus sandalias y las dejó sobre el empedrado.

Sandalias, tomó su vestido de lino blanco bordado con hermosas flores en el ruedo y, con agilidad felina, se encaramó al borde de la fuente de mármol.

—Vanessa, ¿qué haces? —exclamó Dante, aunque la sonrisa involuntaria tironeaba de la comisura de sus labios.

—Dicen que, si caminas por el borde sin caerte, la suerte está asegurada —soltó ella en una carcajada.

Empezó a hacer equilibrio sobre el angosto borde de piedra con los brazos extendidos como si fuera un funambulista, mientras los turistas que paseaban la habían reconocido y se detenían a mirar a la piloto de Imperi sacándole fotos.

Como si nada más existiera, y en un giro repentino, ella gritó

—¡Dante, atrápame! —y saltó a sus brazos.

Él saltó hacia adelante atrapándola justo antes de que tocara el agua. Se quedaron así un segundo ella riendo contra su pecho y él sosteniéndola con una mezcla de alivio y exasperación adoradora.

—Eres imposible —le susurró él al oído.

Por la tarde subieron hasta una pequeña terraza privada de un bar local, en una de las laderas que miraban hacia la Rocca, la fortaleza que corona el pueblo.

Sobre la mesa de hierro forjado, una botella de Prosecco Superiore sudaba por el frío del hielo. Dante sirvió las copas; el dorado del vino burbujeando bajo la luz naranja del atardecer veneciano.

Se sentaron frente a frente, con las colinas de las Dolomitas alzándose como catedrales de piedra al norte. Dante miró a Vanessa con cara de confesión ante un cura de parroquia.

—Quiero contarte algo —dijo él serio.

Vanessa lo miró sorprendida y se acomodó en el asiento.

—Hace años atrás vine a Asolo buscando a un joven piloto que nuestra escudería quería en sus filas.

Cuando llegamos, fui al karting y vi a un muchacho de 16 años peleando con un motor, con un mono gastado y manchado de grasa; estaba con el casco puesto, se veía pequeño —Dante tomó de su copa para aclarar la garganta—.

Nuestra mayor sorpresa fue que cuando se sacó el casco nos dimos cuenta de que era una niña, de piel blanca y una trenza desordenada pelirroja.

—Tengo recuerdos de eso —grito ella tomando la mano de Dante.

—Tengo recuerdos de eso, pero mi versión es mucho más heroica.

Recuerdo que me bajé del kart y le dije a mi papá que no podía decir nada porque la NASA me estaba vigilando con sus hombres de negro.

¡Estaba convencida de que mi motor era tecnología alienígena y que ellos venían por mi secreto!

—exclamó Vanessa soltando una carcajada.

Dante rio con ganas, imaginando a esa niña pelirroja de 16 años con delirios de espionaje espacial.

—Te vimos pelear con el motor y esa mirada de «quítate de mi camino o te paso por encima».

Lo discutimos con el equipo eras una niña, demasiado joven para la presión de la academia, demasiado pequeña para los tiburones —dijo Dante haciendo dibujos en las manos de ella—.

Decidí esperar, porque quería que crecieras, que tu talento madurara aquí.

Tenía un plan perfecto te seguí la pista durante años y pensé «la traeré cuando esté lista».

Dante dejó su copa y buscó sus ojos.

—Lo que nunca calculé, el único error en mi ecuación, fue que no sabía qué me iba a enamorar—. Dante hizo una pausa volviendo a llenar su copa de vino. — Planear tu carrera fue fácil; gestionar lo que siento cuando te veo entrar a fondo en una curva, eso me destruye los nervios—.

—¿Me estás diciendo que tu úlcera es mi culpa? —preguntó ella riendo.

—Sí —contestó él—, y las pocas canas que tengo, también —dijo él riendo.

Vanessa apretó la mano de él, sintiendo que el Prosecco era menos embriagador que las palabras de Dante.

—Quiero una vida contigo, Vanessa; quiero que seas mi hogar y quiero ser el lugar donde descansas. Vanessa lo observó con suavidad mientras una ráfaga de viento movía las glicinas a su alrededor.

No tiene que ser ahora —dijo Dante mirando hacia otro lado.

—Yo quiero despertarme en una casa como esta, con olor a café y, tal vez, un par de niños con tus ojos bellos y, por supuesto, mi inteligencia —dijo Vanessa, rompiendo así el momento solemne y romántico que Dante estaba tratando de darle.

—¿Hijos? Por supuesto que sí —dijo Dante—. Podríamos ensayar esta noche, ya que quieres un par —le propuso él con una sonrisa pícara.

Vanessa contestó a esa invitación

—Sí, hay que practicar. ¡Mozo! —gritaron los dos juntos y se sonrieron con complicidad.

Instalados en un pequeño hotel local, por demanda de Vanessa, que estaba cansada de los excesos y lujos de la temporada, encontraron el lugar perfecto El Albergo al Sole, ubicado en un edificio del siglo XV, justo en el corazón del pueblo.

No es «majestuoso» de mármol y oro, sino de historia, madera crujiente y flores. Su fachada es de un color amarillo ocre cálido, cubierta de enredaderas que cuelgan de los balcones de hierro forjado.

El ambiente es mágico las habitaciones tienen techos con vigas de madera antigua y suelos de terracota que guardan el calor del día. Y lo mejor, la terraza «encantada», con un balcón techado con arcos.

Vanessa siente que el silencio del hotel es «pesado», como si las paredes de piedra absorbieran el ruido del mundo, las sábanas de lino fresco y el olor a lavanda y madera vieja.

Es un lujo que se siente en la piel; en lugar de luces LED blancas, todo es luz de lámparas tenues y velas.

La «hora azul» entra por los ventanales de madera y tiñe las sábanas de ese color eléctrico que ella ama.