BAKÚ EL CIRCUITO CALLEJERO
Bakú es la capital de Azerbaiyán y se encuentra exactamente en la costa occidental del mar Caspio, en la región del Cáucaso.
Geográficamente, la ciudad se sitúa en una encrucijada estratégica entre Europa Oriental y Asia Occidental.
De Madrid a Bakú hay un salto cultural enorme; Bakú huele a mar salado del Caspio, una mezcla de un toque metálico del petróleo y el aroma dulce del té con mermelada de las terrazas.
El sonido de este lugar es distinto al eco de Madrid; aquí el rugido del motor rebota en la piedra milenaria. Es un sonido seco, violento y comprimido; ese estruendo hace vibrar hasta los dientes.
El ambiente en el box de Imperi estaba cargado; los comisarios de la FIA, espoleados por las escuderías, irrumpieron minutos antes de la clasificación.
Exigían revisar la flexión del alerón trasero del monoplaza Imperi.
Dante, con su calma habitual que ponía los nervios de punta a los oficiales, no dio un paso atrás.
—Revisen lo que quieran —dijo Dante, cruzando los brazos sobre su impecable camisa blanca—. Mi ingeniería se ajusta a las reglas; están buscando fantasmas —exclamó él tranquilo, con su tablet y teléfono en las manos.
Tras una tensa hora de mediciones, la FIA no tuvo más remedio que dar el visto bueno Imperi está limpio.
Vanessa miraba desde el fondo; no se atrevió a acercarse a ellos.
Prefirió dejar en las manos expertas de Dante lo que debía explicar; él lo tenía más claro.
Dante sigue explicando a los comisarios, pero es renuente y no quiere entregar información de su creación, entonces explica con analogías
—No se trata de cuánta gente metes en el vagón, sino de cómo logras que se sienten en silencio antes de que el tren arranque —sentenció el ingeniero.
Los comisarios siguen sin comprender, pero por esta vez lo dejan tranquilo.
—Sabe que hay acusaciones en contra de Imperi. La FIA ha fijado la reunión; será enviada la citación a sus abogados.
—Sí —dijo Dante seco, pulcro. Ningún músculo se movió en su cara.
Vanessa y Joshua terminaban de ponerse sus EPP cuando Dante se acercó a ella. Joshua se alejó un poco para darles privacidad.
Cuando terminemos aquí, nos vamos a escapar solos; tengo una sorpresa para ti —dijo Dante cerca de su oído, asegurando la mentonera del líquido para hidratación.
A estas alturas, a Vanessa solo se le veían los ojos, mientras Dante acomodaba algo solo con la intención de hablarle.
—Quiero agua helada cuando vuelva, de tu boca —dijo ella riendo.
Para Dante, eso fue combustible.
—Mira, no me tientes aquí, que te rapto y dejamos todo esto —le advirtió él con voz ronca.
Vanessa sonrió y puso su mano en el rostro de él.
—Concéntrate, ingeniero. ¿El traje está más ajustado que antes? —preguntó ella.
Dante notó que el ejercicio y la recuperación de la masa muscular estaban haciendo efecto en ella.
—Debemos comprar otras tallas —dijo Dante.
—Amo mis nuevas curvas —dijo ella en modo muy coqueto.
—Yo también las amo —dijo Dante sosteniendo su mano.
—¡Ya basta! —intervino Joshua—. Estoy aquí, puedo escucharlos por la radio.
—Cállate, malcriado —le dijo Vanessa a Joshua, y hubo risas que aliviaron el momento anterior.
La largada de la carrera fue un infierno de truenos; los Imperi salieron como proyectiles, seguidos por Silver Arrow y Rosso Corse.
La atmósfera en la recta es ensordecedora.
Los monoplazas cortan el viento del Caspio a 350 km/h, pero en la sección del castillo, el silencio de la concentración de Vanessa es absoluto.
Ella lidera con comodidad cuando un trozo de rejilla de drenaje se desprende en la curva 9, debido a la succión de los fondos planos. El monoplaza lo pisa a gran velocidad.
[RADIO HALCON] —¡Ingeniero, 1 impacto seco en el fondo plano! El coche ha saltado, tengo pérdida aerodinámica en el eje trasero —explicó Vanessa gritando y luchando con el volante para no estamparse contra el muro de piedra.
[RADIO DANTE] —Copiado, Halcón. Veo la caída del 15 % en el flujo de aire del difusor; hay 1 agujero en el carbono.
Dante usa toda su calma; oculta la preocupación con su templanza, haciendo que su voz suene equilibrada para no alarmar.
[RADIO DANTE] —Compensa con el reparto de frenada, brake bias al 58 % hacia adelante, ahora.
[RADIO HALCON] —Va a estar pesadísimo, ingeniero.
[RADIO DANTE] —Confía en la física o vas a dar vueltas como un trompo.
Vanessa soltó un gruñido de esfuerzo al hundir el pie en el freno con ese 58 %, sintiendo que el casco quiere salirse de su sitio por la desaceleración.
[RADIO DANTE] —Joshua, vas a entrar a DRS; quédate con ella, no la adelantes. Genera una estela de aire para estabilizar el alerón trasero.
[RADIO JOSHUA] —Recibido, ingeniero. V, me pego a tu caja de cambios. Mantén la línea.
Mientras los Imperi trabajan en equipo y hacen magia para mantener el coche dañado en pista, Max pierde la paciencia al ver que no puede superar a un Joshua que está actuando como escudo perfecto. Decide, sin consultar a nadie, forzar el mapa de motor Strat 1 de su monoplaza.
[RADIO JOSHUA] —Miren a Vargas, está echando chispas. ¡Fuego! ¡Fuego en el Silver Arrow!
El motor de Max explota con mucha violencia; la tapa sale volando hacia el puerto de Bakú y el auto se detiene en seco, dejando un rastro de aceite que casi provoca un accidente múltiple.
Vargas se baja del monoplaza, golpeando el halo con el casco, mientras la realización de televisión muestra en primer plano cómo su motor se incendia. Por fin, la bandera a cuadros ondea para Imperi Vanessa P1, Joshua P2, Silver Arrow P3.
[RADIO DANTE] —Bien hecho, equipo. Salvaron el monoplaza roto con puro pilotaje —por primera vez se escucha un ligero quiebre de orgullo en su voz.
Los pilotos saben que tienen que recorrer a baja velocidad 6 km más para la ceremonia que se realiza en la Casa de Gobierno. El motor se apaga aquí y, a esas alturas, todos quieren ir a la sala de enfriamiento.
Un oficial de la FIA pronto los viene a buscar. Los tres pilotos estaban muy callados; aunque se entendía en Silver Arrow, Vanessa y Joshua prefieren ser cautelosos y respetuosos con él.
En Bakú, el podio es altísimo. Vanessa mira hacia abajo y ve a Dante y a todo el equipo Imperi saltando y gritando de alegría. Sus ojos se llenan de lágrimas y el viento del Caspio refresca sus pensamientos.
Joshua agita una botella de champán tratando de no darle en la cara, como lo hizo Max. Los fuegos artificiales estallan sobre las Flame Towers y ella solo piensa en lo lejos que está Dante; qué ganas de poder arrojarse ahora a sus brazos y festejar con él.
Julián Sterling se acerca a felicitarlos por primera vez en toda la temporada. —Los respetos; ojalá yo tuviera un compañero como ustedes —dijo él, haciendo una venia solemne hacia ellos.
—Pero tienes a Max —aclaró Joshua levantando las manos a modo de cuestionamiento.
Max solo es un distractor; no se acerca a ser un compañero —indicó Julián con una media sonrisa—. ¿La próxima carrera seguimos siendo enemigos? —preguntó Vanessa riendo.
—Si no fuera así, no sería interesante —respondió Julián antes de irse a festejar con su equipo; el P3 no le sentó muy bien y la estupidez de Max dejó a Silver Arrow con el ánimo muy bajo.
Tras el triunfo en Bakú, el equipo se desplegó para buscar aire.
Joshua tomó rumbo a Austria para perderse en la normalidad con Lukas; pero Dante sabía que Vanessa no necesitaba montañas nuevas, sino sus propias raíces.
Cuando el auto negro de Dante entró en las calles empedradas de Asolo, el corazón de Vanessa cambió de ritmo.
No era la adrenalina de las rectas, sino el latido familiar de su pueblo.
Se detuvieron frente a la cafetería de sus padres, ese lugar que era una hermosa contradicción entre una librería antigua y un santuario del café.
Al entrar, el siseo de la vieja máquina de café la recibió como un abrazo sonoro; el olor a cuero de los libros viejos y el grano recién tostado limpió de golpe el rastro de combustible y goma quemada que Vanessa Filippis sentía pegado a la piel.
Sus padres, al verla, no vieron a la ganadora de trofeos; miraron a su hija. Dante se mantuvo en segundo plano, observando con su habitual frialdad analítica, pero con un respeto silencioso.
Se sentó en una de las mesitas individuales de madera oscura, dejando que Vanessa se fundiera en el ecosistema de plantas y estanterías que trepan hasta el techo.
—Has traído a mi hija a casa, gracias, Dante —dijo Clara preparándole un café.
—La he traído al silencio, como a ella le gusta —respondió Dante emocionado.
Dante, que normalmente solo hablaba de motores y telemetría, se quedó mirando un viejo ejemplar con lomo de cuero en la estantería; por un momento dejó de ser el CEO de Imperi y entendió que, para que Vanessa siga siendo Halcón en la pista, necesitaba volver a ser la chica de Asolo del mono celeste desgastado.
La casa de los padres de Vanessa parecía sacada de una ilustración antigua, pero sin pretensiones. Era una construcción de piedra y madera, modesta y sencilla, donde las enredaderas trepaban por la fachada como queriendo proteger los secretos de su interior.
Dentro, el aire olía a hogar una mezcla de café recién hecho, papel viejo y tierra húmeda de las innumerables macetas que su madre cuidaba con devoción. Al subir al 2.º piso, la madera de los escalones crujía con una nota familiar.
La habitación de Vanessa era sencilla, casi pequeña para alguien que dominaba el mundo, pero hermosa en su sobriedad. En el centro, una cama no tan grande como la de los hoteles, con sábanas de hilo blanco que invitan a descansar.
—¿Vamos a dormir aquí? —preguntó Dante sentándose en la cama para probarla—. ¡No quepo en esta cama! —dijo él riendo.
—Dante, solo una noche deja que me quede aquí, pero contigo; mañana podemos irnos a un hotel —dijo Vanessa a modo de súplica juguetona.
—Va. Ok, aquí no podré hacer nada, la cama suena demasiado; tu papá pensará que te estoy torturando —rio Dante.