BAKÚ EL CIRCUITO CALLEJERO #3
En la penumbra de la habitación, el mundo de la Fórmula 1 se redujo a la distancia entre sus respiraciones.
No hacía falta luz; el aire entre ellos estaba cargado de una electricidad estática que Vanessa sentía en la punta de los dedos, una tensión más potente que cualquier motor.
Dante no la miró, la percibió. Acercó su mano al cuello de ella sin llegar a tocarla, y Vanessa sintió el calor irradiando de su palma como una advertencia.
Era el «olor a sol» de Dante mezclándose con el frescor de las sábanas de lino, una combinación que le nubló el juicio.
—Eres mía —susurró él, y el sonido de su voz contra su oído fue una vibración que le recorrió la columna, desarmando su última defensa.
Cuando finalmente sus pieles se encontraron, solo hubo un choque térmico el frío de la noche de Asolo contra el fuego que ellos mismos estaban generando.
Vanessa sintió que sus pulsaciones subían por la forma en que Dante la sostenía, con una urgencia contenida que decía mucho más que cualquier palabra. Fue un encuentro de frecuencias.
Ella se dejó llevar por la cadencia de sus movimientos, una danza de sombras y peso donde el tiempo dejó de medirse en milésimas de segundo para medirse en suspiros.
Era una rendición absoluta. Dante, el hombre de los cálculos, se perdió en el caos de los sentidos de ella; y Vanessa se aferró al presente con una fuerza que le dolió en el pecho.
En ese rincón de madera y piedra vieja, el ruido del mundo se apagó por completo.
Solo quedaron dos almas que, finalmente, habían encontrado el ritmo exacto para vibrar.
— Mi papá nos invitó a la fiesta de la vendimia —gritó ella, mientras Dante se duchaba—. Es donde su amigo de la infancia, Lorenzo, en Villa Vescovi. —Dice que no es un evento de gala.
Un brolo privado de una villa, aquí el aire huele a uva fermentada y a la humedad fresca que baja de las Dolomitas al atardecer. Esto es una vendimia real, de manos manchadas y pies descalzos.
—Dante, no puedes vestir formal unos jeans y una camiseta; ah, y debes llevar algo para abrigarte, luego hace frío —dijo Vanessa tratando de cerrar el vestido azul que ya no quedaba tan holgado.
—Déjame ayudarte —dijo Dante. Rozó su mano en la espalda antes de tocar el cierre.
—Es extraño, este vestido siempre me quedó bien; ahora está apretado… No podré respirar y, si no puedo respirar, no podré comer —dijo Vanessa aguantando la respiración.
—Lo que pasa es que tus curvas han cambiado y no te has dado cuenta; te crecieron los senos, además. Mira —Dante colocó sus manos en sus pechos para complementar la idea.
—¡Dante! —rio ella apartándose.
—¡Qué! —dijo él riendo—. ¿Cómo luzco? ¿Está bien así?
—Estás perfecto con esa camisa de lino, pero es una vendimia, Dante; esa camisa, seguro no pasa la tarde.
—¿Qué? Pero ¿no traje ropa de vendimia? —exclamó Dante alzando las manos.
—Una camiseta, Dante, ponte una camiseta—. Exclamo Vanessa mirándose al espejo.
—Ok —dijo él, y volvió con una camiseta azul.
—Tienes siempre que verte tan guapo, Dios… —Dante rio.
—Vamos, ¿por ropa mañana te parece ir de compras? Así gastas tu dinero y dejas de ocupar mi tarjeta para comprar helado con Joshua.
Vanessa rio
—Solo fueron cinco veces, hacía calor.
—Diez veces más los cafés y ropa interior; y no me importa, puedes ocupar todo lo que quieras. ¿Ya revisaste tu cuenta, ¿verdad?
Vanessa se sorprendió
—¿Qué cuenta?
—Te enviaron un correo con tus datos de la tarjeta —dijo Dante—. Dime si lo viste.
—No, ni sabía que me habías abierto una cuenta bancaria, pero prefiero que me entregues una tarjeta física; mientras, seguiré usando tu cuenta para ir con Joshua por helados y cafés mientras tú trabajas —le propuso ella.
—Vámonos —dijo Dante. —Eres terrible —añadió él, dándole una nalgada.
Cuando llegaron a la vendimia, Lorenzo salió a recibirlos. El amigo de la infancia ahora era un hombre mayor, alto; las canas inundaban el poco pelo que le quedaba y lo ocultaba usando un sombrero.
—Mi viejo amigo, ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos. ¿Dónde está mi pilotina? —preguntó el hombre.
—Aquí estoy, tío Lorenzo, pero ya crecí —dijo Vanessa un poco avergonzada de la situación. Dándole un abrazo, el Tío Lorenzo la rodeo como un padre cariñoso.
—Él es Dante, el novio de Vanessa—lo presentó su padre.
Dante extendió la mano, muy caballeroso y formal, pero Lorenzo lo tomó por los hombros y le dio un abrazo efusivo y el saludo italiano un beso a cada lado más otro. Dante se sorprendió con aquel gesto, pero sonrió.
—Pasen, por favor; mi casa siempre será su casa. ¡Adelante, adelante, por favor! —dijo Lorenzo cerrando las grandes puertas de la entrada.
A esa hora, la luz dorada de la tarde caía sobre los viñedos de la Villa Dei Vescovi, una joya de arquitectura armónica que parecía brotar de la misma tierra de las colinas Euganeas.
El aire estaba saturado del aroma dulce y penetrante de la uva madura. La finca se había transformado en un evento de risas y trabajo compartido. En el centro del patio, unas grandes tinas de madera esperaban el fruto de la jornada.
—¡Ahora, Vane! —exclamó su padre animándola mientras se subía los pantalones, ayudando a Clara a entrar en la tinaja de madera.
Vanessa no lo pensó dos veces. Se quitó las zapatillas, sintiendo la piedra tibia bajo sus pies, y saltó dentro de la tina. Dante la observaba desde el borde con una mezcla de fascinación y timidez, hasta que ella le tendió la mano.
—No te vas a quedar ahí mirando —dijo ella con una sonrisa cómplice.
Él aceptó el reto. Se quitó los zapatos de piel y entró en la tina. Al principio, el movimiento era torpe, pero pronto se encontraron riendo a carcajadas, participando en la pigiatura tradicional.
El jugo frío de las uvas estallando bajo sus pies era una sensación primitiva y vibrante. Era un ritmo humano, constante, que los conectaba con la tierra de una manera que ningún simulador de alta tecnología podría igualar.
Al caer el sol, la fiesta se trasladó a las mesas largas de madera rústica bajo los pórticos de la villa.
No había manteles de lino ni cubiertos de plata.
La comida era un despliegue de honestidad tablas repletas de Asiago y Taleggio, embutidos curados en la zona que se deshacían en la boca, higos y frutas frescas recién cosechadas y panes de corteza dura.
—Prueba esto, Dante —dijo la madre de Vanessa pasándoles una jarra de Prosecco
—Recién cosechado, joven y burbujeante; este es el alma de la colina —comentó Clara mientras le hacía un cariño a su hija en la cara.
La música folk empezó a sonar; un acordeón y un violín marcaban un compás alegre que invitaba a mover los pies. La familia y los vecinos bailaban en grupos y el ambiente era de una gratitud profunda por la cosecha.
Vanessa y Dante compartían un plato de fruta, sentados hombro con hombro.
En ese momento, rodeados de los Filippis y la gente del pueblo, el mundo de la velocidad parecía una fantasía lejana.
Allí, con el sabor del queso artesano y el sonido de la música tradicional, entendieron que la verdadera victoria no estaba en la meta; estaba en la familia y en el placer de las conversaciones bajo las estrellas.